Con la llegada de septiembre, las clases de nuestros centros educativos vuelven a tener vida con un nuevo curso escolar al que exprimir al máximo. Pero con este también llegan los problemas de comportamiento que pueden existir en el ámbito educativo y que de manera tradicional se han sancionado con la expulsión durante varios días del centro con el objetivo de que recapacitaran un poco. Pero lo que se está viendo es que esta no es una medida eficaz, e incluso puede ser contraproducente.
Lo que se pensaba. Uno de los grandes pilares que se ha tenido siempre muy presente es la "tolerancia cero", haciendo que la expulsión sistemática se haya convertido en la receta por excelencia ante cualquier mala conducta. Y la idea es que, estando en casa, un estudiante podría reflexionar sobre lo que ha hecho, aunque para muchos es un alivio no tener que ir a clase a estudiar y atender al docente.
La ciencia. Para analizar si de verdad una expulsión puede suponer un cambio de comportamiento en los estudiantes, la Asociación Estadounidense de Psicología realizó una revisión de 20 años de bibliografía. Su conclusión apuntó a que no encontraron evidencia alguna de que la expulsión de los alumnos mejore la seguridad ni el clima escolar general.
Lo que sí detectaron es que los alumnos que eran expulsados con más frecuencia tenían una mayor tasa de abandono escolar y también un peor rendimiento académico. Y a esto se suma el hecho de que hay grandes disparidades demográficas, puesto que se ha visto que la expulsión suele cebarse con los colectivos más vulnerables, agravando la brecha social sin resolver el problema de raíz.




