En pocos días se celebrará en Morse la Fiesta Nacional del Cosechero. Allí, en esa pequeña localidad del noroeste bonaerense, entre el 2 y el 4 de octubre se celebrará la tradicional fiesta local, en la que habrá fogones y peñas, danzas, exhibiciones de productos regionales, y números artísticos. Es, como cada año, uno de los eventos destacados de la región.

Es una fiesta nacional que tiene como objetivo celebrar a los “cosecheros” de toda la provincia, pero con extensión a los de todo el país. En los próximos días tendrá lugar la edición número 29 de esta celebración, y no será una más. Es que una de las atracciones particulares que tiene esta fiesta, es el tradicional desfile que se realiza en las calles de Morse, del cual participan instituciones, centros tradicionalistas y, claro, la maquinaria agrícola.

Este domingo 4 de octubre desfilará, montado de su histórica cosechadora, Oscar “Toto” Policastro, un antiguo “cosechero” de la zona. La novedad, es que Toto ya no desfilará como cosechero, sino como ex. A sus 97 años, Policastro abandonó la actividad que tuvo durante 85 años, y entregó la cosechadora Deutz que utilizó hasta hace unos meses para que sea expuesta en la entrada principal de Morse, como testigo de la entrega que campaña a campaña, Toto realizó.

Toto sigue viviendo en Morse, y sigue ligado a los fierros. Es que su hijo Horacio y su nieto Alejandro mantienen vivo el legado y realizan labores agrícolas en la región, ya no bajo el nombre tradicional de “cosechero”, sino que con un más moderno “contratista”, que es como se llama la actividad de quienes trillan los campos. El galpón de los Policastro está en pleno pueblo que huele a grasa de taller mecánico. Hoy se ven tractores y cosechadoras más modernas que su vieja Deutz, que puede verse entrando al pueblo.

Bichos de Campo fue hasta ese taller a buscar a Toto para conocer su historia, la de la zona, de los fierros, y de como eran las cosas antes y como son ahora según su visión. Para estrecharle la mano y poder charlar un ratito, pese a que no le gusta hablar con periodistas. Tal como nos indicó su hija Nora, lo esperamos en la puerta del galpón, pues estaba haciendo unos mandados en el pueblo, antes de meterse de vuelta a trabajar en los fierros.

Allí pudimos arrebatarle unos momentos para que nos brinde sus palabras. La entrevista completa, a continuación:

La historia de Toto empezó mucho antes de que pudiera tener una cosechadora propia. Tenía apenas 12 años cuando comenzó a trabajar junto a su padre, arriba de aquellas máquinas que necesitaban cuatro personas para hacer una tarea que hoy puede realizar un solo operador, y a distancia.

“En esa época, en la cosechadora andábamos cuatro personas. Uno manejaba el tractor, dos trabajaban en la plancha, que era donde se embolsaba el cereal, porque en aquel entonces se embolsaba, y otro manejaba la plataforma”, recuerda.

La plataforma era el cabezal que llevaba adelante la máquina y por donde ingresaba el cereal, como ahora, pero de forma manual. Ese era el trabajo que hacía Toto desde chico. Su padre, mientras tanto, se ocupaba de atender y reparar las máquinas.

Así transcurrieron sus primeros años. Recién a los 35 pudo comprar su primera cosechadora y empezar a trabajar por su cuenta. El campo que conoció entonces era muy diferente al actual. “Lo que más se hacía en esa época era trigo y girasol. No existía la soja”, cuenta.

El maíz estaba, pero todavía se juntaba a mano. La cosecha de granos estaba dominada por el trigo y, más adelante, por el girasol, para el que las máquinas fueron incorporando nuevos implementos. Pero el cambio que más recuerda Toto no fue solamente el de las máquinas. Fue el del propio campo.

Cuando él comenzó a trabajar, las chacras eran más pequeñas y las familias vivían mayoritariamente en ellas. Había vacas, cerdos y otros animales. La producción agrícola convivía con la ganadería y el chacarero tenía una relación mucho más directa con el lugar donde producía.

La histórica cosechadora de Toto, expuesta en el ingreso a Morse

“Antes las chacras tenían su vaca, su vaquita, su cerdo. El chacarero vivía en el campo. La gente de esa época vivía toda en el campo”, explica.

Para Policastro, la llegada de la soja fue uno de los grandes puntos de quiebre. La nueva agricultura empezó a modificar la estructura productiva de aquella zona y también la vida de quienes habitaban las chacras. “La gente empezó a vender toda la hacienda porque era mal negocio tener vacas en vez de sembrar soja”, recuerda.

Después llegó el sistema de alquiler de campos y comenzaron a crecer los contratistas que trabajaban superficies cada vez mayores. Los lotes se agrandaron, las distancias también y muchas familias dejaron las chacras para mudarse al pueblo.

“Ahí empezaron a agrandarse los campos. Después empezaron las distancias grandes también. Se achicó mucho la hacienda y se sembraron los campos grandes”, cuenta.

Toto todavía recuerda aquellas casas que quedaron abandonadas en medio de los campos. Son, de alguna manera, los restos visibles de aquella transformación.

“Dejaron todo. Apareció la soja porque el boom era la soja. No quedaron alambrados, no quedó nada”, dice.

Él también tuvo que adaptarse. La evolución de la agricultura modificó el trabajo de los cosecheros y obligó a incorporar nuevas tecnologías, cultivos y formas de trabajar. Policastro atravesó todo ese proceso desde arriba de una cosechadora. “Uno fue adaptándose a la evolución que había”, resume.

No dice que haya sido sencillo. De hecho, cuando se le pregunta si alguna vez fue fácil, responde con una frase que parece resumir buena parte de su vida. “Fácil nunca fue nada. Pero teniendo voluntad, ganas de trabajar, y que a uno le guste lo que hace, se hacía.”

En esos 85 años también cambió de manera radical la escala del trabajo. Las primeras máquinas con las que trabajó podían cosechar unas diez hectáreas por día y no se trabajaba de noche. Con el tiempo llegaron las jornadas nocturnas, máquinas más grandes y una capacidad de trabajo que Toto todavía mira con asombro. “Ahora el trabajo que te hace una máquina de estas equivale al de diez máquinas de aquellas”, explica.

Policastro desfilando en Morse, en la primera Fiesta Nacional del Cosechero, en 1996

Las diferencias no están solamente en la capacidad de cosecha. También están en la comodidad y, sobre todo, en la tecnología.

“Ahora andan arriba y tienen aire acondicionado, calefacción. El tractor, por ejemplo, tiene cajas automáticas, como los autos. La cosechadora ahora es la última tecnología que hay”, describe.

Toto explica la modernidad. Entiende que hoy, la máquina moderna reconoce lo que está haciendo, controla buena parte de la tarea y hasta puede avisarle al tractor que debe acercarse para recibir el grano. “La misma máquina, cuando está llena, llama al tractor. El tractor va solo”, cuenta.

Toto se ríe al comparar esa escena con aquellas campañas en las que había que subir, bajar, embolsar, reparar y hacer prácticamente todo a mano. La tecnología cambió el trabajo, pero no eliminó los problemas. Después de 85 años entre máquinas, Policastro lo tiene claro. Se renegaba con los fierros antes, y también ahora: “Los fierros son fierros siempre. Siempre tienen su problema. Antes eran problemas más chicos, ahora son problemas más grandes. Pero bueno, es la evolución del trabajo, de la agricultura.”

Su última campaña terminó en junio. Fue cosechando maíz, arriba de la misma máquina que durante tantos años fue una extensión de su vida. La decisión de parar no tuvo que ver con haber perdido las ganas. Al contrario. El cuerpo empezó a imponer sus propios límites.

“Las piernas no son las que tendría que tener y las manos también pierden sensibilidad. Para manejar la máquina no tengo problema. Me siento ahí y la manejo. Pero si tengo que bajarme y apretar un tornillo, no lo hago, o lo hago con mucha dificultad”, explica.

A los 97 años, Toto entendió que ya no podía seguir haciendo el trabajo completo que exige una campaña. “No sé si será para bien o para mal, pero la máquina ahora ya la dejo”, dice.

No significa, sin embargo, que haya abandonado los fierros. Su lugar sigue siendo el galpón. Allí trabaja con las máquinas, mientras su hijo Horacio y su nieto Alejandro continúan saliendo al campo.

Y está también aquella cosechadora histórica, la que utilizó durante décadas y que ahora quedó expuesta en la entrada de Morse. Ya no sale a trabajar. Esta vez será parte del desfile de la Fiesta Nacional del Cosechero, con Toto nuevamente arriba de ella.

Será una imagen difícil de separar de la historia del pueblo. Un hombre de 97 años sobre una máquina que atravesó buena parte de la historia agrícola de la región.

Porque Policastro no solamente dejó de cosechar después de 85 años. También fue testigo del paso de un campo de pequeñas chacras, familias viviendo entre los cultivos, animales y bolsas de cereal, a otro de grandes extensiones, soja, contratistas y máquinas capaces de hacer en un día lo que antes demandaba diez.

Quizás por eso, cuando se le pregunta por qué siguió trabajando hasta una edad en la que casi nadie lo hace, Toto no encuentra una explicación demasiado complicada. “Hay que tener ganas de trabajar y de salir.”

Toto nos saludó amablemente, estrechó nuestras manos y vovió al galpón. Como hizo durante buena parte de sus 97 años. Bajó las compras de su vieja Jeep y se puso a laburar, lo que hizo durante sus últimos 85 años.