
Un amanecer leí la noticia: en Japón una práctica llamada Jouhatsu habilitaba a las personas a, literalmente, evaporarse de sus lugares habituales: familia, trabajo, amistades. Y así construir una nueva vida lejos de todo y sin que nadie pudiera ubicarlos.
La primera vez que la vi fue allá por marzo de 2018: a la pancarta la cargaban varias personas que marchaban debajo. Me detuve para leerla dos veces. “Historias desobedientes. Hijas, Hijos y Familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia”: sublevarse al progenitor.
Mucho tiempo después, tomé contacto con esa organización y, gracias a su generosidad y en particular a la de Analía Kalinec, pude participar de alguna de sus reuniones. Ellas y ellos sabían que tomaba notas (una especie de etnografía literaria) para una futura novela que más adelante escribiría.
Pude hacer entrevistas, escuchar historias y entender el dolor. Confieso que fue difícil mantener la distancia de la tristeza que me provocaban aquellos relatos y de la rabia de saber que la deriva de la dictadura todavía permanece... ¿Cuándo terminará su legado?
En esas reuniones fue que oí por primera vez la frase que después reproduje: “¿Qué hizo el abuelo, mamá?”.
Enseguida llegó a mis manos un artículo sobre libros escondidos y enterrados, escrito por Ana Sánchez. Coincidió, además, el tiempo de ciertas lecturas deliciosas: Los errantes y Un lugar llamado Antaño, de Olga Tokarczuk. Esos dos libros abrieron mi cabeza hacia micro ensayos -apócrifos y verdaderos- que acompañan la primera parte de la novela y de la vida de Eugenia, la protagonista principal.
Y así, el hilo de Faro Negro estaba definitivamente tendido entre aquellas piezas aparentemente inconexas entre sí.
Solo se trataba de empezar.

Si Eugenia debía irse, habría de hacerlo lejos. Y el sur de Argentina tiene esa cualidad, la lejanía allí no solamente es distancia sino también, ausencia. El pueblo que elegí da la cara al mar, aunque algunos de sus habitantes afirman que, por lo contrario, le da la espalda para mirar al desierto. Y la soledad así, es inmensa.
¿Por qué las personajes centrales son mujeres? Porque la desobediencia al Patriarca viene con ellas desde el mismísimo Edén, o como se llame en las otras religiones. Y si esta novela es atravesada por las mil maneras de la insurrección, la respuesta a esa pregunta no necesita más comentario.
Sus voces, sus formas y sus decisiones fueron el verdadero desafío a superar. Para eso, durante toda la escritura, incluyendo revisión y correcciones que realicé a lo largo de tres años junto a mi tallerista Diego Alfaro Palma, leí casi exclusivamente autoras mujeres: narrativa, ensayos, poesía y ciencias sociales.
¿Será que tal vez ahí haya aprehendido algunas de las claves que, también me permitieron trabajar con los personajes masculinos? Varones que, a pesar de su rol secundario, estereotipan de propósito cada una de sus palabras y acciones.
¿Y por qué la biblioteca escondida debajo del faro es anarquista? En los tiempos que corren, donde la apropiación se agota en el léxico, pareció ser una buena idea recuperar los “libros enterrados” y su sentido conceptual para restituir la franca lucidez de la palabra libertario. Y justamente de esto se encargaron Eugenia, Natasha, Ashley y Ana.
Cuando Faro Negro estaba ya en la imprenta de El Brujo Ediciones, Sandro Barrella, mi librero de siempre, me recomendó: Matar al Comisario, la novela gráfica del Fondo de Cultura Económica, (2026) cuya autoría pertenece a Jorge Consiglio, Paula Brecciaroli e Iñaki Echeverría. Otra soga más llegada al rescate en tiempos de posverdad.
El 19 de agosto de este año, presenté mi novela y no lo hice al modo tradicional porque allí, otra de las protagonistas, Lucía, me entrevistó. Sí, llevamos la invención y el escenario ante los y las asistentes. Juego ficcional entre autor y personaje que rompió con el tedioso, largo y previsible discurso que hubiera tenido que disparar, sentado en una mesa poco iluminada, frente a un público ansioso para que termine y por fin servirse una copa de vino.
Y la pregunta de Lucía que más entusiasmo me produjo fue justamente aquella. La anarquía no reconoce mandatos, ni propiedad privada, ni tampoco propiedad estatal, ni monogamia, ni tampoco religión, ni dios ni amo. Por eso, el tesoro enterrado debajo del faro fue mucho más que una biblioteca que me permitió construir la metáfora de su destino final.
Más arriba afirmé que debí apelar a micro ensayos ya que estos resultaron imprescindibles para acompañar la trama sin “ensuciar” la narración; y para hacerlo tuve que indagar en diversas fuentes, casi siempre confiables. Seguramente cada lectora, cada lector, sabrá elucidar la veracidad de esas narrativas; un ejemplo: Para reconstruir el naufragio que maldijo al faro para siempre, tanto, que lo sacó de servicio, tuve que reconstruir las andanzas del barco llamado Anne B y la de sus tripulantes al mando de Raquel, recurriendo a un historiador uruguayo, quizá, injustamente poco nombrado.
Otros ejemplos de tales micro ensayos: la voz que habla, la voz que piensa, la voz que manda, la voz que intuye y la voz del horror, hipotetizadas por la lingüista y psicóloga Nohara Ishikawa; o los tubos exotérmicos; o también el efecto Dunning Kruger. En todos estos casos y en los otros, el proceso de ideación y escritura resultó tan rico como la narración principal.
Así, pensando la Memoria, la Verdad y la Justicia como el acto desobediente de varias mujeres, nació Faro Negro. Parafraseando al indio Solari, “Empiezo por el final, terminaré en el principio”, dejo acá un fragmento:
“A cierta hora de la noche y desde el altillo de su casa, Eugenia, una niña de siete u ocho años, ve pasar una estrella. Escuchó que se llama Marzo. Es difícil de observar, porque por momentos una nube de gas galáctico la cubre. Para Eugenia, los días sin el padre fueron días felices”.




