“No quiero ser madre si siento que no quiero. Me parece lo más irresponsable hacerlo porque sí”, afirmó Fernanda Metilli al hablar sobre su decisión de no tener hijos en Casino Deluxe, el ciclo de entrevistas de Infobae. La actriz explicó que no romantiza la maternidad ni la gestación y que tiene claro cuáles son las cosas a las que no está dispuesta a renunciar.

Durante la charla, la comediante recorrió distintos momentos de su vida personal y profesional y habló de su relación con Agustín “Rada” Aristarán, con quien lleva varios años y mantiene un vínculo basado en la independencia. Contó que atravesaron dos distanciamientos y explicó qué aprendieron de esas crisis.

Metilli también recordó los trabajos insólitos que tuvo antes de dedicarse a la actuación, se refirió a su amor por los perros y al vínculo que logró crear con Bianca, la hija de Rada, quien la define con humor como su “mamastra”. Además, reflexionó sobre el paso del tiempo, la vejez y la importancia de estar rodeada de personas honestas.

Nacida en Tandil y radicada en Buenos Aires desde los 22 años, Fernanda construyó una trayectoria en teatro, televisión, stand up y clown. Es integrante de Las chicas de la culpa, junto a Malena Guinzburg, Connie Ballarini y Natalia Carulias, y participó en producciones como Buenos Chicos, El Host, Loco x vos y Yo, narciso. Actualmente protagoniza Berlín Berlín, dirigida por Corina Fiorillo, que se presenta de miércoles a domingos en el Teatro Apolo, junto a Pablo Rago, Maxi de la Cruz, Juan Pablo Gerecco, Lucía Duris, Andrés Vicente, Daniel Campo Menosi y Marcelo Sabiñones.

Fernanda Metilli aseguró que si tuviera un millón de dólares compraría propiedades para toda su familia y amigas. (Maximiliano Luna)

— Bienvenida a Casino Deluxe. Mi primera pregunta es: ¿qué haría Fernanda Metilli con un millón de dólares?

— Lo primero que haría es comprarle casas o departamentos a mi familia y amigas. No sé si alcanza mucho, pero me gustaría hacer eso.

— Sos re generosa. ¿Estarían a tu nombre o de ellos?

— No, a nombre de todos ellos. Es un regalo. Muy de familia viene eso: que tengan sus cuatro paredes. Y con lo que puedan ahorrar de alquiler, viajamos.

— ¿Y para tus perritos no harías nada? ¿Una mega mansión con un montón de juegos?

— Podría ser. Tal vez compraría cosas para el bienestar de mis perris. Hay uno que no camina mucho, entonces todo lo que sea para su salud y su bienestar de todos los días.

— Para que tengan una vejez más amena.

— Sí. Me acuerdo que cuando yo tenía ocho años le dije a mi mamá: “Cuando sea grande quiero tener un geriátrico de perros” (risas). No es que quería tener muchos perros, quería tener perros viejos. Ya había algo ahí. O perros que tengan alguna incapacidad y que no son adoptados.

— ¿Son todos viejitos los que tenés actualmente?

— Sí.

— ¿Cuántos son?

— Ahora tengo dos. Pero llegué a tener cinco, en Tandil, en la casa de mi familia. Ellos son iguales. Toda la vida era: “¡Uy! Apareció este". “Bueno, que se quede”. Mi viejo es muy perrero, mi vieja siempre protestó un poco más, pero con mi hermano decíamos: “Donde hay cuatro, entran cinco”.

— ¿Y Rada se banca eso? ¿Es perrero?

— Él no era perrero. Empezó a ser perrero conmigo y cuando llegó Honorio, que se lo regaló Bianqui, ahí fue amor total. Pero yo lo jodo con que tiene que tener otro para compañía de Honorio, que es cachorrón. Donde entra uno entran dos y donde entran dos, entran tres. Ya tres o cuatro es otra cosa.

La actriz mantiene desde hace años una relación con Agustín Aristarán, con quien decidió vivir en casas separadas. (Maximiliano Luna)

Pareja, crisis y futuro

— ¿Cuántas veces te separaste de Rada, según las redes sociales?

— Según las redes sociales, una (risas).

— ¿Y cuántas en la vida real?

— Dos.

— ¿Se puede contar esa segunda que las redes no se enteraron, por qué fue y cuánto tiempo duró?

— Fue un distanciamiento por enojo. Cuando hay enojo a mí dejame que se me pase. Se me pasa sola. Bueno, con amigas, con terapia...

— Pero no te gusta tener cerca a la persona que te hizo enojar.

— Exacto. Porque me enojo más.

— ¿Y cuánto tiempo tarda en irse ese enojo?

— Un mes, mínimo.

— Pero, para que dure todo ese tiempo, tiene que ser un enojo suculento.

— Es que generalmente lo que hago es ir acumulando, que está re mal eso. En el momento me adapto y después un día hiciste algo y digo chau. Y me fui (risas). El otro entiende después lo que pasa.

— Pero en el momento dice: “¿Qué le agarró a esta loca?”

— Claro. Ahora con Rada ya nos conocemos.

— Y te dice: “Bueno, empezá a sacarme la lista. Te escucho”.

— Sí. Y a mí un poco me enoja cuando el otro dice: “Ah, sí, es verdad”. Entonces, si lo veías, sí sabías, ¿qué pasó? No me gusta actuar en caliente en nada, porque cuando me enojo es heavy. Soy un torbellino. Pero no solamente con la relación de pareja. En algo que me parezca injusto en el laburo, contra una compañera, un compañero, soy re mansa, pero de golpe se activa un botón que no lo recomiendo (risas).

— En el trabajo, ¿cómo funciona? ¿De la misma manera?

— No, en el trabajo no me voy. Ahí es hablar. Yo soy muy clara para hablar. Digo claramente lo que vi, lo que siento, porque hay que decir las cosas. Si hay algo lo hablamos y nos ponemos de acuerdo todos. Porque aparte en el teatro es convivencia pura.

— ¿Y cuánto tiempo fue lo que te duró la primera y la segunda crisis con Rada?

— La segunda fue un mes. Y la primera fue la más larga. Fueron seis meses. Estábamos de novios hace cuatro años o un poco más en ese momento.

— ¿Entraron otras personas en juego en esos seis meses?

— No sé de su parte. Yo no. Yo estaba tranquila, sola, sacando el raye para afuera. Viajé sola y con amigas, que igual lo hago estando en pareja, pero en ese momento era sin pensar en nada y sin estar en contacto con la otra persona.

— ¿Y por qué volviste?

— Volví porque lo extrañaba y sentía que todavía quedaba algo más.

— ¿Y por qué fue ese enojo?

— Los dos fueron por lo mismo. Nosotros tenemos una pareja muy libre, no de estar con otros vínculos, sino de ser nosotros mismos. No convivimos, somos muy independientes. Entonces, tener ese tipo de pareja lleva más laburo que una pareja tradicional porque en general terminás el día y te encontrás con tu pareja porque viven juntos. Cuando vos no tenés ese tipo de relación, te ves porque realmente lo organizás, tenés ganas, le ponés un plan a eso. Y las dos veces que nos separamos fue porque no alimentamos esa responsabilidad y las ganas de esa relación. A ambos nos gusta ese tipo de relación, pero lleva un trabajo extra que no tiene una pareja tradicional. Por esto de que llegás y el otro ya está ahí.

— Pero ojo que en la pareja tradicional también pasa que llegás matado y te quedás en el sillón, que tampoco está mal. Pero la acumulación de que esté todo ahí, todo dado, también hace que no se alimente la necesidad de crear momentos distintos.

— Es lo mismo. Cuando parece que el otro está ahí, a mí hay algo que no me gusta. Y no hablo del histeriqueo ni de ser tóxica, no pasa por ahí.

— Del cuidado, de la atención.

— Claro.

— ¿Y las dos veces te enojaste vos?

— Sí.

— ¿Y las dos veces volviste vos?

— Sí.

— ¿Y qué hizo él para que vuelvas?

— La primera vez, él estaba en una actitud de no irse y yo le tuve que decir: “Retírate, por favor”. La segunda vez fue más de los dos, de volver a intentarlo, de estar más atentos.

— ¿Y sentís que esas dos crisis sirvieron para tomar conciencia del cuidado del vínculo?

— Sí. Siento que ambos sabemos que es nuestro punto débil. Es lo que nos mantiene juntos, pero a su vez lleva este laburo de atención y no irnos como barrilete.

— Porque si no se pueden perder.

— Exacto. Si sucede, sucede y ya está. Pero si sentimos que todavía hay algo y más por vivir, hagámoslo.

Trabajos raros antes de dedicarse a la actuación

— ¿Cuáles fueron los trabajos más random que tuviste?

— Hice de todo (risas). En Tandil, por ejemplo, el primero que se me viene a la mente fue cuando tenía 17 años. Era promotora de una marca, yo creo que era de gomas de auto o algo así. Tenía que ir en bici vestida de blanco y azul por todas las gomerías repartiendo calcos.

— ¿Cuántos piropos te han tirado?

— Tuve un Dios aparte, la verdad. Si es ahora, diría: “¿Qué hacés? ¡No!”. Ahora lo pienso y en un montón de situaciones me diría: “No te metás ahí”. Encima, ¿sabés lo que es Tandil? Una loma atrás de la otra. Llegás todas chivadas (risas). Era como “tomá este calco, me quiero a mi casa”. Aparte es un peligro, ni un casco teníamos. Caímos ahí con una amiga. Una locura.

— ¿Y qué otro trabajo tuviste antes de actuar?

— Tuve muchos trabajos en movimiento, como de recorrido. Trabajé para una publi de una marca muy conocida de un protector solar y yo tenía que recorrer jardines y escuelas primarias para leer un cuento. El cuento se llamaba El señor Tomate. La moraleja era que ibas a quedar colorado como el señor Tomate si no usabas ese protector. Y no había plata para viáticos, entonces recorría en subte, en colectivo y tren todo Buenos Aires para llegar a horario a contar ese cuento que duraba tres segundos.

— ¿Y te recibían bien en las escuelas?

— Me acuerdo que me veían entrar los nenes y me decían: “Floricienta” (risas). Y las maestras pobres estaban quemadas, me tiraban a los pibes y yo las miraba como diciendo mirá que esto dura nada. El cuento son tres páginas.

— ¿Y cómo era tu look que te confundían con Floricienta?

— Era un jardinerito naranja y tenía una vinchita amarilla. Yo encima tenía los rulos. Y ahí también me recorría todo para trabajar. Había que pagar el alquiler. Pero he hecho de todo (risas).

Fernanda explicó su decisión de no ser madre y aseguró que no romantiza la gestación ni la maternidad. (Maximiliano Luna)

La decisión de no ser madre

— ¿Cuál es el comentario más hiriente que te dijeron por no querer ser madre?

— La gente confunde. No sé si es el más hiriente, pero es el que creo que es más confuso. Cuando digo que no quiero ser madre, me dicen: “¡Qué egoísta!”. Y para mí es todo lo contrario. ¿Para qué voy a ser madre si siento que no quiero? Me parece más egoísta hacerlo porque sí, porque después está ahí, es una persona. Y si vos decís: “¡Ay! No estaba tan segura de quererlo”. ¿Qué hacés?

— Sos responsable porque asumís cómo sos y eso no tiene nada de malo. Te conocés y sabés que, por tus valores, justamente no tomarías una decisión así a la ligera.

— Si. Tengo un montón de cosas en claro que sé que no cedería.

— ¿Qué no cederías?

— Mi tiempo. Tengo una amiga, Gabi, que deseó muchísimo ser madre y pudo tener a Justi a los 41. Su deseo era: sea como sea, quiero llegar a mi hija. Y ella siempre me dice: “Tu vida, tu estilo de vida, tu carrera no va con una maternidad”, al menos no como ella lo soñó o como más o menos se cree que tiene que ser. Y yo lo pensaba y es verdad. Hay un montón de mamás actrices o modelos, que lo hacen y siguen su vida igual. Entonces, yo en un momento me pregunté: “¿No lo veo con mi estilo de vida por mi trabajo?”. Y no. No es por mi trabajo.

— No querés estar en ese rol.

— Yo no quiero, no me veo gestando, no romantizo el gestar. No me pasa nada. Nunca me pasó nada con ser madre. Entonces, ¿cómo lo voy a ser? Me parece totalmente irresponsable.

— ¿Y cómo es ser una madrastra? Porque estás en pareja hace muchos años, él tiene una hija, ¿cómo te sentís con eso? ¿Qué título le ponés?

— Mamastra (risas). Bianca me dice mamastra y yo le digo: “Soy tu mamastra”. Es fantástico porque está muy buena la relación con su mamá y con el esposo de su mamá, con Noe y con el Ruso; y con Agus y conmigo. Somos muy presentes los cuatro y la verdad es que está bárbaro. Bianca también lo siente así y habla de eso con sus amigas de que tiene cuatro adultos que...

— Son sus referentes.

— Sí, cada uno con su estilo, porque en un montón de cosas somos parecidos y en otras no. A mí me fascina verla crecer y con sus inquietudes en la facultad. Me hace acordar a cuando yo iba a la facultad y tenía su edad. Sé los miedos que se te pueden cruzar. Ella también estudia teatro y le digo: “Bianca, esto es normal que te pase, sobre todo en agosto, es la crisis de mitad de año”. Porque entre agosto y septiembre tenés los finales y te pasa de todo. Así que me fascina acompañarla en su crecimiento.

— ¿Cuántos años tiene?

— 20 años.

— ¿Estás en su vida desde qué edad?

— Y ella tenía ocho cuando la conocí.

— Hay un vínculo formado para siempre, pase lo que pase.

— Sí, yo con Bianca puedo estar en silencio. Para mí eso es muy importante con una persona. Viste que llega ese punto de tranquilidad que podés estar con el otro en silencio y los dos haciendo sus cosas. A mí eso me parece re valioso con Bian. Podemos hablar un montón y también no decir nada.

— Lo vivís con naturalidad.

— Sí, totalmente.

En diálogo con Emilia, la actriz reflexionó sobre la vejez y manifestó su intención de atravesar esa etapa rodeada de personas honestas. (Maximiliano Luna)

Yo nunca, nunca

— En este juego, tenés que tomar un sorbo cada vez que la frase sea afirmativa.

— Dale, vamos.

— La primera dice: “Yo nunca, nunca dormí con mis perros en la cama de Agustín sin que se entere”.

— Sí, tengo que tomar (risas).

— ¿Se está enterando en este momento?

— Un poco.

— ¿No le gusta que duerman los perros en la cama?

— No. Pero igual ahora aflojó un poco. A Honorio lo hace subir un rato antes de dormir. Porque le gusta abrazarlo. Lo abraza un rato. Después al perro le da calor y se va. Pero sí, un par de veces que yo he estado en su casa y él no estaba, metía al gigante, a Honorio y los otros dos chiquitos conmigo.

— ¿Adentro tapaditos o arriba de la cama?

— Arriba porque les da calor. Pero yo con mi perro anterior, Vicente, compartíamos almohada. Los dos apoyados en la almohada y tapados. Es hermoso, la respiración te calma.

— ¿Eso es motivo de pelea dormir con los perros en la cama?

— No, yo creo que ahora no. Ya aflojó un montón con Honorio. En otro momento, sí. Porque él es re ordenado, re limpio. Yo soy un despelote. Sí me encanta limpiar y ordenar, pero lo desordeno en cinco segundos y no me molesta, lo vuelvo a ordenar.

— ¿Y la decisión de vivir en casas separadas tiene que ver con eso o con querer cuidar el espacio de cada uno y buscarse en esos momentos en los que se eligen?

— Creo que son las dos cosas. Yo no me bancaría mucho su orden y él mi desorden. Si a vos te gusta dejar la taza ahí y a mí me molesta, ¿para qué?

— Son cosas muy simples, pero que pueden generar distancia. ¿Él tiene un nivel de TOC que necesita que todo su hogar funcione de la misma manera?

— Sí, con sus cosas sí.

— ¿Pero podría convivir con tu caos? O sea, de la línea para allá, tu caos; y de la línea para acá, su orden.

— Yo creo que sí podría. Pero como nunca vivimos en un mismo lugar. La única vez que convivimos fue en cuarentena, durante la pandemia. Creo que fueron como tres meses. Pero era inusual porque estaba Bianchi y Tincho, el mejor amigo de él, que se estaba yendo a Bahía Blanca y quedó varado. Entonces, éramos varios conviviendo (risas). Yo me adapto un poco a su orden y él un poco a mi desorden, cuando nos toca fusionar.

— ¿En qué otras cosas él tiene TOC con el orden?

— Agus tiene neceser para cables. ¿Viste los cables que tenés tirados o en cajones? Él los tiene prolijos en un neceser. Yo doy vuelta la casa, pero bueno cada uno es feliz así. ¿Viste que personas como tienen su caos se entienden? Yo sé dónde está todo. Me lo ordenaste y me mataste.

La idea del geriátrico de perros y cómo surgió

— Esta pregunta la voy a tomar de algo que me dijiste al principio de esta entrevista: “Yo nunca, nunca quise poner un geriátrico para perros”

— ¡Sí! Fue cuando yo tenía entre ocho y diez años que vino mi tío Alberto, el hermano de mi mamá, con una bolsa de súper, la típica blanca de nylon. Mi mamá era modista y le dice: “Marita, te traje este pantalón para que me arregles”. Y se reía. Cuando apoya la bolsa en la mesa, mi mamá la mira y le dice: “¡Sos un hijo de put*!”. Se empieza a reír y saca un perrito blanco, que era juguetón. Fue mi primer perro. Y con mi hermano estábamos felices.

— ¿Tener ese perro te despertó la idea?

— Ese momento con mi tío Alberto tuvo mucho significado porque a partir de ahí nunca más dejamos de tener perros. Y yo me acuerdo que, al poco tiempo, fue que le dije a mi mamá: “Yo cuando sea grande quiero tener un geriátrico de perros”.

— ¿Tenías la misma empatía por los humanos de edad avanzada? ¿Por qué pensaste en un geriátrico?

— Era porque yo veía nadie quería un perro viejo. Lo que pasa ahora también, que nadie adopta perros viejos. Yo pensaba en eso. Quizás me venía porque estarían hablando mis papás de sus papás, sobre qué iban a hacer con mi abuela, dónde iba a ir. No sé. Había algo ahí con la vejez.

— ¿Y vos cómo te imaginás de viejita?

— ¡Con perros! (risas). No lo pienso mucho, pero ojalá esté rodeada de gente buena. Ante la vulnerabilidad de la vejez, ojalá me ilumine el universo con buena gente. Porque siento que es lo más peligroso. La inocencia del viejo es igual a la del nene, ¿viste? La necesidad, la soledad, la credulidad y la vulnerabilidad de la gente mayor, enferma, es muy peligrosa en ese sentido. Te podés topar con cuidadoras o cuidadores que les vas a agradecer de por vida y otros que decís: “Qué caca, ¿realmente te aprovechás de alguien en esta situación?”. Así que me imagino rodeada de buena gente, de honestidad.