A media tarde, el cuerpo pide algo dulce. Un alfajor, una banana, una cucharada de dulce de leche a escondidas. Ese antojo, que tantas veces carga con culpa, tendría una historia de millones de años.
Una investigación publicada en la revista Science propone que los azúcares naturales, sobre todo los de las frutas y la miel, fueron una pieza clave para que el cerebro humano alcanzara su tamaño actual.
Los autores bautizaron la idea como SWEET, que en inglés significa “dulce”. Y el planteo sacude una explicación que parecía cerrada.
De una manzana a litro y medio
Hace unos 4 millones de años, el cerebro de los primeros ancestros bípedos pesaba alrededor de 300 gramos, más o menos lo que una manzana mediana. Hoy promedia 1.500 gramos.
Buena parte de ese estirón ocurrió antes de que se dominaran el fuego y la cocina, que habilitaron el consumo regular de almidones como tubérculos y legumbres.
El detalle no es menor: la glucosa es el combustible principal del cerebro. Y alguien tenía que proveerla.

Para averiguarlo, el equipo calculó las necesidades nutricionales de chimpancés, humanos actuales y tres especies de ancestros, con datos de fósiles, dientes y metabolismo. Concluyó que los primeros homínidos eran casi vegetarianos y que la fruta les aportaba más de dos tercios de la energía.
“Nuestro deseo por lo dulce es instintivo”, sostiene la australiana Jennie Brand-Miller, profesora emérita de la Universidad de Sídney y autora principal del trabajo.
Pistas en los dientes y en la memoria
La hipótesis no surgió de la nada. Se apoya en varias señales que venían acumulándose:
- Un estudio de 2017 mostró que los primates que comen frutas tienen cerebros más grandes que los que se alimentan de hojas.
- Conseguir fruta exige memoria: saber cuándo madura cada especie y dónde encontrarla en el bosque. Para Brand-Miller, esa capacidad se asocia a un cerebro de mayor tamaño.
- Fósiles de primates y del Homo erectus, el primer pariente que salió de África, muestran caries. Todo un indicio de una dieta rica en alimentos blandos y azucarados.
La científica compara esos hallazgos con piezas de un rompecabezas que, juntas, apuntaban en la misma dirección.
Ni carne sola ni vía libre al azúcar
Durante décadas, la protagonista de esta historia fue la carne. Hace unos 2,5 millones de años, los ancestros empezaron a consumirla con más frecuencia, primero cruda y después cocida, y sus proteínas y grasas parecían explicarlo todo.
Brand-Miller no la descarta. Habla de historias paralelas, no de un reemplazo.
“Hoy en día, la carne es un alimento de gran prestigio”, señala la arqueóloga sudafricana Julia Lee-Thorp, de la Universidad de Oxford, que no participó del estudio. A su juicio, esa valoración moderna pudo teñir la lectura del pasado.
No todos coinciden con ese diagnóstico. El antropólogo biológico estadounidense Brian Wood, de la Universidad de California en Los Ángeles, sostiene que la disciplina nunca se enfocó solo en la carne y que la evolución se alimentó de una canasta variada: caza, frutas, miel, frutos secos y raíces.
Ahora bien, el hallazgo no habilita a vaciar el paquete de galletitas. El azúcar de entonces llegaba en frutas enteras, con fibra y agua, y la miel era un premio ocasional. Nada que ver con gaseosas y golosinas.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que los azúcares libres no superen el 10% de las calorías diarias, y sugiere bajar a menos del 5% para obtener más beneficios. Al mismo tiempo, aconseja consumir al menos 400 gramos de frutas y verduras por día.
Dicho de otro modo: el antojo tiene raíces antiguas, pero la respuesta más sensata sigue estando en el frutero.




