
La gran ilusión de Gabriela Sabatini nació mucho antes de que el mundo supiera sobre ella. Con solo 20 años, y aunque ya llevaba cinco temporadas como profesional, se hizo gigante en Nueva York y cumplió, punto por punto, el sueño que la había acompañado desde sus primeros pasos en el tenis. Lograrlo, sin embargo, tuvo un costo: durante las dos semanas que duró el torneo, y según ella misma recuerda, le costó dominar la ansiedad.
Aquella temporada de 1990 no venía siendo sencilla para Gaby. Luego de un título en Boca Ratón y caídas tempranas en el Australian Open (tercera ronda) y Roland Garros (cuarta fase), además de semifinales en Roma y Amelia Island, la argentina decidió replantear su estructura de trabajo y puso fin al ciclo junto al entrenador español Ángel Giménez. Fue entonces que su representante, Dick Dell, le acercó un nombre que terminaría siendo determinante en su carrera: el del brasileño Carlos Kirmayr.
“Con Carlos siempre tratábamos de buscar la manera de que yo me sintiera más relajada. Hacer cosas que me hicieran sentir bien. Por ejemplo, jugar al fútbol tenis era algo que me divertía y que me gustaba. Siempre tratábamos de implementarlo antes de un partido y, obviamente, también antes de aquella final contra Steffi Graf, sin perder el enfoque”, comentó Sabatini en una charla con Infobae.
Dos meses antes de la llegada a Flushing Meadows, el debut de la fórmula con su entrenador arrojó señales positivas. Con un puñado de entrenamientos en el Hurlingham Club, Sabatini afrontó su primer torneo junto a su nuevo equipo, nada menos que Wimbledon, donde llegaría hasta las semifinales, instancia en la que cayó ante Martina Navratilova, ganadora de 9 títulos individuales en Londres.
Ese primer resultado fue apenas el anticipo de lo que Kirmayr representaría para la carrera de la argentina. Más allá de los ajustes técnicos, el brasileño se convirtió en una figura clave también fuera de la cancha: entendió que la presión de competir al máximo nivel necesitaba momentos de distracción.

Desde cumplirle a Gaby el sueño de salir a andar a caballo por la playa hasta los paseos en moto, Kiki implementó una rutina que ayudó a la tenista a batallar contra la ansiedad y llegar más tranquila y convencida a los momentos importantes.
“Desde el día uno en el US Open, antes de ir a la cama pensaba en el momento en que levantaba el trofeo, y eso no me dejaba dormir”, contó.
El 8 de septiembre, cuando todavía quedaban unos días de sol radiante del verano neoyorquino antes de darle paso al otoño, Sabatini se paró en la cancha central de Flushing Meadows para disputar la segunda final de su carrera en el Grand Slam estadounidense. La primera había sido en 1988, cuando cayó justamente ante Steffi Graf. Esta vez, la alemana, en su condición de número 1 del mundo, volvía a estar del otro lado de la red.
“Tenía esa tensión que se vive antes de un partido y en un momento tan importante, porque llegar a la final de un Grand Slam es algo único y lo que una siempre anhela en la carrera”, reconoció la extenista, que fue número 3 del ranking WTA y cosechó 27 torneos a lo largo de su trayectoria.
Pese a la inquietud, llegaba con la confianza intacta: “Sentía que, por cómo se venían dando las cosas, tenía grandes posibilidades. Me sentía con mucha confianza en mi juego y, por todo lo que venía viviendo desde el día uno, sabía que podía ganarlo ese día”. Esa mezcla de emociones, aseguró, formaba parte de un combo inevitable: “Una instancia así siempre se vive con mucha emoción, con mucha adrenalina y, obviamente, con muchos nervios”.

A la hora de preparar el partido, Sabatini no necesitó estudiar demasiado a su rival. “Yo ya conocía muy bien el juego de Steffi”, explicó. “En esa época yo ya venía entendiendo y había encontrado la manera de jugarle. Entonces me tenía mucha confianza en poder aplicar ese juego y sabía que la podía dañar”, evocó.
La certeza de que el título estaba a su alcance no tardó en aparecer una vez que arrancó el partido. “Yo creo que me di cuenta ahí mismo que sí, que lo podía ganar. Más cuando gané el primer set, que fue 6-2. Ahí me enfoqué definitivamente”, recordó.
La propia Sabatini se impuso una exigencia extra, condicionada por el particular calendario de la época: “Me presioné a mí misma diciendo: ‘Tengo que terminar este partido en dos sets’, porque no sabía cómo iba a estar para jugar un tercer set viniendo de jugar el día anterior (ante la estadounidense Mary Joe Fernández, a la que superó por 7-5, 5-7 y 6-3 en un extenso partido). Entonces ahí me impuse esto de enfocarme bien y tratar de terminarlo en dos sets. Fue prácticamente ahí que me di cuenta de que podía ganarlo”.
El marcador fue contundente: 6-2 y 7-6 (4). En el punto que sirvió para sellar el título, Sabatini tiró un servicio lento, casi una invitación, que le dio a Graf el tiempo justo para cargar toda su potencia en la respuesta. La pelota, sin embargo, pegó en la faja de la red y, con un pique extraño, cayó dentro del cuadrado de saque. Gaby no dudó, tiró un passing shot pegado a la línea que fue imposible de alcanzar para la alemana. Ese golpe final, cuando el reloj marcó las 16 horas y 16 minutos, terminó por consagrarla campeona del US Open de 1990.




