La interacción social y el control de factores de riesgo forman parte de la prevención (Imagen Ilustrativa Infobae)

La enfermedad de Alzheimer tiene características de una epidemia, ya que 57 millones de personas viven con demencia en todo el mundo y esta patología es responsable de entre el 60% y el 70% de los casos. Cada año se registran cerca de 10 millones de casos nuevos a nivel global, lo que equivale, prácticamente, a un diagnóstico cada tres segundos. Se estima que, para 2050, el número de personas afectadas ascenderá a 131,5 millones. Más del 60% de las personas con demencia vive en países de ingresos bajos y medianos, una cifra que trepará al 71% hacia 2050.

Con estas cifras y las características de la enfermedad, el diagnóstico se ha convertido en uno de los grandes fantasmas, no solo por la progresión de una patología, sino por lo que implica en cuanto a la pérdida de la identidad.

Desde los primeros hallazgos de Alois Alzheimer, el médico que descubrió la enfermedad neurodegenerativa que lleva su nombre, el eje ha sido encontrar la falla estructural en el cerebro. Se ha buscado entender de qué forma la pérdida de neuronas impacta en el cerebro y cambia el comportamiento, con la esperanza de que la solución pasara principalmente por encontrar respuestas a estas anomalías orgánicas.

La memoria emocional puede preservarse en la enfermedad de Alzheimer lo que sostiene la importancia de los vínculos y del acompañamiento en el tratamiento cotidiano (Imagen Ilustrativa Infobae)

Sin embargo, la realidad clínica y farmacológica actual exige cautela. Si bien los nuevos fármacos, como el lecanemab o el donanemab, muestran avances al retrasar la progresión en estadios tempranos, su eficacia es limitada, conllevan riesgos y están lejos de representar una cura definitiva.

Este panorama exige un replanteo que se ha venido llevando adelante en los últimos tiempos: colocar a la persona en su conjunto en el centro de la mirada y dejar de observar exclusivamente la placa amiloide u otra anomalía. Es decir, pasar de una visión predominantemente médica a otra más integral, que contemple a la persona y su medio.

Para ello, primero debemos desarmar las falsas creencias que llevan al pánico frente a cualquier forma de dificultad o deterioro cognitivo y entender que estos no indican, por sí mismos, patología, gravedad ni un pronóstico específico.

Es imperativo desterrar ideas arraigadas, como pensar que, a determinada edad, el deterioro es inevitable o que, si algún familiar tuvo un cuadro que suponemos que puede asemejarse a un deterioro cognitivo, también lo tendré.

Las evidencias, tanto estadísticas como empíricas, lo contradicen sistemáticamente. Como mostró el reporte de 2024 de la Comisión Lancet, los factores modificables ya no explican el 40%, sino casi el 45% del riesgo global de padecer demencia.

Esos factores modificables no pasan por el uso aislado de apps de entrenamiento cerebral, memoria u otras herramientas similares. La verdadera prevención radica en construir una red consistente: sumar a la práctica mental y cognitiva —como aprender un idioma, una habilidad o un instrumento, e incluso usar aplicaciones— la interacción social y el abordaje de cuestiones de base, como el control de la hipertensión y la diabetes, el tratamiento de la pérdida de audición o visión y, si es el caso, del aislamiento social.

Una melodía conocida, una caricia o la presencia de un ser querido pueden despertar respuestas emocionales (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cada vez más trabajos advierten sobre el impacto estructural de la soledad y demuestran que las personas con aislamiento crónico presentan una resiliencia significativamente menor frente a la acumulación de neuropatología. Es decir, la soledad acelera la vulnerabilidad neurológica.

A la toxicidad de esta soledad se suma otro de los grandes peligros, muy frecuente en la clínica diaria: la polifarmacia. La urgencia por encontrar respuestas químicas y la incapacidad de tolerar el deterioro llevan, con frecuencia, a una medicalización al límite de la iatrogenia.

Es alarmante recibir en consulta a pacientes atrapados en una cascada de prescripciones, que toman un sinnúmero de fármacos diarios sin un propósito claro. Con frecuencia, ni ellos mismos conocen la cantidad que toman, y ni ellos ni sus cuidadores comprenden para qué sirve cada uno.

Un diagnóstico parcial, sumado a la desesperación por frenar el cuadro, deriva a menudo en dosis incorrectas y en la superposición de tratamientos. Estas interacciones terminan por poner al paciente en riesgo real: provocan mayor letargo, aumentan el riesgo de caídas y empeoran de forma iatrogénica la confusión cognitiva.

Por eso, el cambio de paradigma más profundo debe orientarse hacia la despatologización de la vida cotidiana del paciente y la reconstrucción del soporte humano. No se trata de una patología, sino de una persona. El viejo aforismo —tratamos pacientes, no enfermedades— resulta más aplicable que nunca, en especial en estos casos.

El acompañamiento afectivo puede sostener el bienestar de las personas con Alzheimer
(Imagen Ilustrativa Infobae)

El mito más profundo y destructivo que enfrentamos es creer que olvidar un nombre o una fecha equivale a la pérdida absoluta del ser. En la práctica clínica observamos a diario algo muy distinto: aunque el paciente olvide las coordenadas temporales o las palabras, conserva intacta la resonancia emocional.

Esto se denomina efecto de la memoria emocional en la enfermedad de Alzheimer y muestra que, mientras la memoria episódica decae, el procesamiento y la retención de estímulos vinculados con emociones fuertes se preservan de manera notable. Una caricia, una melodía conocida o la presencia de un ser querido siguen despertando respuestas profundas.

Esto nos enfrenta a un argumento central: la memoria no habita únicamente en las redes neuronales; también reside en los vínculos. En términos de resiliencia, ya no son solo los factores individuales los que transforman, sino también los sociales.

Un diagnóstico temprano permite planificar cuidados, iniciar tratamientos disponibles y acompañar mejor a la persona y su entorno (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esa riqueza de recursos se observa en diversas áreas y es una de las teorías que explican la menor incidencia en ciertos grupos sociales, tal como plantea Thinking About Dementia: Culture, Loss, and the Anthropology of Senility, donde la red familiar y social funciona como un soporte externo y configura una suerte de memoria distribuida. Es en casos forenses donde vemos, de manera brutal, la fragilidad que implica la soledad, no solo en la enfermedad, sino también en los adultos mayores.

Como ocurre en muchos casos, “luchar” contra la enfermedad es un planteo destinado al fracaso. Forzar al paciente a responder, por ejemplo, al pedirle que recuerde datos precisos, suele generar únicamente frustración y angustia. El verdadero tratamiento cotidiano comienza por aceptar esa fragilidad neurológica, frenar el exceso químico, mantener una terapéutica farmacológica basada en la buena práctica clínica y conectar desde el presente emocional. Se trata de acompañar y comprender que, detrás del olvido biológico, la esencia de la persona sigue allí, a la espera de ser reconocida por el otro.

* El doctor Enrique De Rosa Alabaster es médico psiquiatra, neurólogo y médico legista. Estudia la conducta desde una perspectiva biológica, psicológica y social.