Jack London volvió a ganar lectores más de un siglo después de su muerte por una obra que cruza aventura, denuncia social y ciencia ficción.

Jack London murió a los 40 años, pero dejó una obra que sigue siendo difícil de clasificar. Por separado, la literatura de aventuras, la denuncia social y la ciencia ficción le quedan chicas. Hoy, más de un siglo después de su muerte, el autor estadounidense vuelve a ganar lectores que buscan en él algo que la narrativa contemporánea a veces esquiva: riesgo físico y preguntas sin resolver sobre hasta dónde aguanta una civilización.

Jack London nació en San Francisco en 1876, en una familia sin recursos. Antes de los 20 años había trabajado como marinero y cazador de focas, y había sido vagabundo. Participó en la fiebre del oro en el Yukón, fue reportero de guerra en Corea y vivió en los barrios más pobres de Londres para escribir sobre ellos. Toda esa experiencia directa impregna su escritura con una materialidad poco frecuente: el frío tiene temperatura, el hambre tiene duración, el mar tiene peso. Cuando describe el peligro, escribe desde la memoria corporal, no desde la imaginación.

Esa urgencia vital también marcó su ritmo de trabajo. Publicó más de cincuenta libros entre 1900 y 1916, el año de su muerte. La cantidad no sorprende si se considera que necesitaba el dinero: sostenía una vida costosa, un rancho en el condado de Sonoma, barcos, viajes. La relación entre su discurso socialista y su nivel de gasto fue una de las contradicciones que sus contemporáneos le señalaron con frecuencia, y que todavía define su figura pública.

Un perro en el Yukón como puerta de entrada

Para quien no lo haya leído, La llamada de lo salvaje —publicada en 1903 y conocida también como El llamado de la selva— sigue siendo la mejor puerta de entrada. Buck, un perro doméstico arrancado de California y arrojado al Yukón durante la fiebre del oro, aprende a sobrevivir entre la brutalidad de los hombres y la violencia del territorio. La novela narra esa transformación: de animal domesticado a criatura que responde a un instinto más antiguo que cualquier norma social. Es breve, directa y construida con una economía narrativa que no ha envejecido.

La llamada de lo salvaje presenta a Buck en el Yukón y convirtió a la novela en una puerta de entrada central a la obra de Jack London.

En 1906, London publicó el relato inverso con Colmillo Blanco: un lobo-perro nacido en el territorio salvaje que se aproxima gradualmente al mundo humano. Juntas, las dos novelas forman un díptico sobre la domesticación, la violencia y los límites entre la naturaleza y la cultura. Colmillo Blanco tiene escenas de crueldad animal que siguen siendo difíciles de leer, pero esa dureza es parte del argumento: London no romantizaba el mundo natural.

Una sociedad secreta que mata inocentes por dinero

Colmillo Blanco explora la domesticación, la violencia y los límites entre naturaleza y cultura desde el recorrido de un lobo-perro hacia el mundo humano. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Menos conocida pero igualmente intensa es Las muertes concéntricas, también publicada como Los sicarios de Midas, de 1901. Un grupo anónimo y organizado le exige a un magnate industrial una suma millonaria; si no paga, irá asesinando personas al azar, gente sin ninguna relación con el empresario. El relato avanza mediante cartas y confesiones, con una estructura que anticipa el thriller político moderno. La violencia aquí es burocrática: fría, planificada, sostenida por una lógica que no necesita odio para funcionar.

Lo que diferencia a este relato de un ejercicio de suspenso convencional es su dimensión ideológica. London pregunta si la violencia de una organización clandestina es cualitativamente distinta a la que ejerce el sistema económico sobre quienes no tienen nada. No da respuesta; plantea la pregunta con rigor y la sostiene hasta el final. Jorge Luis Borges, que prologó la edición española de esta antología y tradujo algunos de sus cuentos, señaló que en London convivían dos ideologías en tensión: el darwinismo social de la supervivencia del más apto y el amor incondicional por la humanidad.

La pandemia que borró la civilización en semanas

Las muertes concéntricas, también conocida como Los sicarios de Midas, anticipa el thriller político al vincular extorsión, asesinatos al azar y crítica al sistema económico.

En La peste escarlata —publicada en 1912 y situada en el año 2073— un anciano sobreviviente le cuenta a sus nietos cómo era el mundo antes de que una enfermedad fulminante destruyera en pocas semanas lo que había tardado siglos en construirse. Los jóvenes apenas comprenden qué era una ciudad, una universidad, una biblioteca. La novela plantea la fragilidad de la civilización como su argumento central, y lo hace con una economía narrativa que posterga durante páginas el relato de la catástrofe para mostrar primero el abismo entre quienes la recuerdan y quienes nacieron después de ella.

La pandemia de covid-19 reavivó el interés en este texto, que circuló ampliamente en listas de lectura durante 2020 y 2021. La anticipación de London es inquietante porque entendió la lógica del colapso antes que sus detalles: el derrumbe institucional, la desigualdad ante el peligro y, sobre todo, la pérdida de la memoria colectiva como herida más lenta y más profunda.

Martin Eden, su novela más incómoda

La peste escarlata imaginó en 1912 una pandemia que destruye la civilización y recuperó actualidad durante la covid-19 por su visión del colapso y la memoria colectiva.

Fuera del territorio animal o apocalíptico, Martin Eden (1909) es el London más moderno y posiblemente el más doloroso. Un joven obrero autodidacta decide convertirse en escritor y acceder al mundo de la burguesía cultivada. La novela sigue su ascenso y su destrucción con una mirada que no concede salidas fáciles: ni la clase trabajadora ni la intelectual quedan en buen lugar. London escribió este libro como crítica al individualismo, pero muchos lectores lo leyeron como su contrario. Esa ambigüedad no es un accidente: el libro no resuelve la tensión entre el mérito individual y la trampa de clase, y eso lo dejó abierto a apropiaciones opuestas.

Entre el socialismo militante y el darwinismo racial

Leer a London hoy implica aceptar una figura contradictoria. Fue militante socialista, cubrió las condiciones de vida de los trabajadores pobres en El pueblo del abismo (1903) con una mirada que todavía tiene fuerza documental, y dedicó parte de su vida pública a la denuncia de la desigualdad. Pero también adoptó en distintos momentos ideas de jerarquía racial y eugenesia que pertenecen al darwinismo social más crudo, y que aparecen en algunos de sus textos con una naturalidad que hoy resulta inaceptable.

Esa contradicción no es un defecto de su recepción: es el núcleo de su figura histórica. Un lector que lo aborde sin esa tensión estará leyendo solo una parte de lo que escribió. La honestidad crítica no requiere cancelar al autor, pero sí leerlo con los ojos abiertos.

Para empezar, la secuencia más eficaz es también la más breve: el cuento “Encender una hoguera”, que narra en pocas páginas la pelea de un hombre solo contra el invierno del Yukón, ofrece la mejor muestra de la capacidad de London para sostener la tensión sin artificios. Desde ahí, cualquier camino —el de Buck, el del extorsionador de Midas, el de la epidemia escarlata— conduce al mismo escritor: uno que puso a la civilización contra la pared y esperó a ver qué pasaba.

Martin Eden y El pueblo del abismo exponen a un Jack London contradictorio, entre la crítica al individualismo, la defensa de los obreros y ideas hoy inaceptables sobre raza y eugenesia.