Uno de los enfoques clásicos en el diseño de robots es la bioinspiración. Si bien muchos de los autómatas emulan características de animales y humanos, un desarrollo proveniente de China llevó esa inclinación a límites impensados. Uno de sus desarrollos no solo imita nuestra fisonomía, sino también nuestro modo más elocuente para expresar la tristeza.

En la Inclusion Conference que se celebró recientemente en Shanghái, el fabricante Yanxi Technology exhibió a Yansyn-X2, un robot que acaparó la atención de los asistentes por su capacidad para llorar. La inquietante habilidad de la máquina se activa mediante un comando verbal del usuario. Basta con decirle “¿podés derramar algunas lágrimas?” para que el robot haga su magia.

Además, llora en forma automática cuando detecta que la conversación así lo amerita.

¿Para qué sirve un robot que llora?

Tal como señala la publicación Engadget, esta destreza del autómata chino no es simplemente una maniobra publicitaria. En cambio, es uno de los avances que se inscribe en lo que se conoce como “computación afectiva”, una movida en la que las máquinas aprenden a reconocer, interpretar y reaccionar a nuestras emociones.

“El objetivo no es engañar a nadie haciéndole creer que un robot siente tristeza de verdad, sino lograr que las interacciones entre humanos y robots resulten más naturales”, explica la fuente y reconoce, sin embargo, que ver a un robot con los ojos llorosos no deja de ser inquietante.

Los esfuerzos en favor de la denominada “ingeniería de las emociones” son más que una extravagancia. Un estudio publicado en la revista Frontiers indicó que los robots con expresiones faciales que se ajustan a las emociones de una interacción son percibidos más positivamente en relación a las máquinas inexpresivas. Esta consideración podría ser cada vez más relevante, conforme los robots trascienden los laboratorios y las fábricas para incorporarse gradualmente en los hogares.

El fabricante explicó que Yansyn-X2 utiliza una técnica de tres capas para lagrimear. La primera es un algoritmo de inteligencia artificial que analiza el contexto —de qué trata la conversación, el tono, etcétera— para determinar cuándo es apropiado llorar.

Luego, envía señales a componentes que están debajo del rostro siliconado, no solo para que expulse lágrimas, sino también para modificar gestos y adoptar una expresión triste. Finalmente, un sistema libera gotas a través de un lagrimal artificial.

La versión exhibida en el evento mencionado es estática: no puede caminar, aunque gira la cabeza, mueve los brazos y sigue a las personas con la mirada.