El Ejército Simbionés de Liberación secuestró a la heredera Patricia Hearst en California durante febrero de 1974 (Grosby)

“La metamorfosis de recuperar a la antigua Patricia, si es que existió, requirió tiempo y pelotones de abogados, reunidos desesperadamente por los frenéticos Hearst… La joven a la que se suele llamar ‘la acusada’, que será llevada a juicio, es una réplica aparente de la Patricia Hearst original, la Patty de voz suave que fue arrancada de su entorno familiar por tal violencia… Su cabello, teñido de un rojo cobrizo cuando fue arrestada, ha sido teñido de un suave castaño y peinado con delicadeza alrededor de su rostro. Su suéter y jeans ajustados y reveladores han sido reemplazados por pantalones y chaquetas de buen gusto. Ya no levanta las muñecas esposadas en el saludo del poder negro y sus ojos, casi siempre, están cabizbajos, como si compartiera un secreto consigo misma”, escribía la periodista Carolyn Anspacher, acreditada por el San Francisco Chronicle para cubrir el juicio que tenía sentada en el banquillo de los acusados a la heredera del imperio periodístico más grande de Estados Unidos.

Corrían los primeros meses de 1976 y el proceso judicial contra la nieta del magnate de medios William Randolph Hearst era tema cotidiano en todos los medios del mundo. El público seguía fascinado la historia de Patricia Campbell Hearst, la joven millonaria que luego de ser secuestrada por una desconocida organización política armada, el Ejército Simbionés de Liberación, se había convertido en guerrillera urbana. El juicio se desarrollaba en la Corte Federal de Distrito para el Distrito Norte de California, a cargo del juez Oliver J. Carter, y la joven Hearst, de 22 años, estaba acusada del robo a mano armada del Banco Hibernia, donde las cámaras de seguridad la habían registrado armada y amenazante, en unas imágenes que habían recorrido –y seguían haciéndolo– todo el planeta.

Los defensores de Patty, los costosos abogados F. Lee Bailey y su socio Albert Johnson, llevaban adelante una estrategia que apuntaba a demostrar que la joven había sufrido un lavado de cerebro y que padecía del Síndrome de Estocolmo, un trastorno que lleva a algunos prisioneros o secuestrados, luego de un período de total dependencia de sus captores, a simpatizar con ellos. En otras palabras, que Patricia Hearst no se había incorporado al Ejército Simbionés de Liberación ni participado de sus acciones sin estar en pleno uso de sus facultades mentales, lo que la hacía inimputable.

La opinión pública estaba dividida y en todas las conversaciones se hablaba del caso que había comenzado dos años antes con el secuestro de una heredera millonaria y terminado con la captura cinematográfica de la misma joven metamorfoseada en una peligrosa guerrillera.

Las cámaras de seguridad del Banco Hibernia registraron a Patricia Hearst armada durante un asalto en San Francisco (EFE/FBI)

Secuestro de una heredera

Hasta principios de 1974, Patricia Campbell Hearst había llevado la vida de futura heredera de una familia millonaria que todavía no debía ocuparse de su fortuna. Para eso estaban sus padres, que a su vez habían heredado todo del magnate de medios norteamericano William Randolph Hearst, el mismo que había inspirado a Orson Welles para filmar la película que muchos críticos consideran la mejor de la historia del cine: Citizen Kane, conocida en español como El Ciudadano.

Patty no había llegado a conocer a su abuelo, muerto en 1951, pero sí disfrutaba de los millones que supo amasar. La heredera había dejado Nueva York, donde pasó sus primeros años, y estaba en California como estudiante de la Universidad de Berkeley. Vivía con su novio, Steven Weed, y su preocupación más inmediata era por entonces cómo festejaría los veinte años que cumpliría el 20 de febrero. No llegó a cumplirlos como pensaba. Poco después de las nueve de la noche del 4 de febrero una pareja armada irrumpió en su departamento del campus de la Universidad, la sacó a punta de pistola y se la llevó en el baúl de un Chevrolet robado.

Todo el mundo creyó que se trataba de un secuestro extorsivo. Por eso, las autoridades montaron el operativo con todos los protocolos del caso para esperar el pedido de rescate de los delincuentes. Sin embargo, la hipótesis se cayó a pedazos pocas horas después del secuestro, cuando se conoció el primer comunicado de un hasta entonces desconocido Ejército Simbionés de Liberación, un grupo guerrillero urbano cuyo objetivo manifiesto era acabar con “la dictadura corporativa” norteamericana encabezada por el presidente Richard Nixon. El comunicado explicaba también que habían secuestrado a Patty porque formaba parte de “una familia de la clase dirigente superfascista” que gobernaba desde las sombras a los Estados Unidos. Esa fue la primera sorpresa y no demorarían en aparecer muchas más.

La joven anunció mediante un mensaje de audio su integración a la organización guerrillera bajo el seudónimo de Tania

Los agentes del FBI, que intervino de inmediato, estaban desconcertados: ni siquiera sabían de la existencia de ese Ejército Simbionés de Liberación y mucho menos quiénes eran sus líderes ni cuántos miembros tenía. La intervención de los teléfonos tampoco servía para nada: los secuestradores se comunicaban con la familia Hearst a través de grabaciones de audio que enviaban a los medios con la exigencia de que las reprodujeran para evitar que mataran a Patty. La primera exigencia llegó dos días después del secuestro: la liberación de dos de sus miembros, que habían sido arrestados y acusados de asesinato. El FBI tuvo que averiguar quiénes, dónde estaban y por qué se los había detenido. Se los tenía por simples delincuentes comunes. “Los Estados Unidos no negocian con terroristas”, fue la previsible respuesta.

Los secuestradores cambiaron entonces sus exigencias. En una nueva grabación enviada a los medios y exigió a los Hearst que invirtieran dos millones de dólares en un programa para dar alimentos a los pobres de California. El reparto de comida –que se hizo poco después– terminó en un desastre, con peleas por las bolsas de alimentos y saqueos cometidos por quienes no las habían recibido. Fue apenas el principio, porque los secuestradores redoblaron la apuesta y demandaron a los Hearst que gastaran otros cuatro millones. La familia se negó y las negociaciones quedaron suspendidas.

La siguiente grabación que recibieron los medios de comunicación llevaba la voz de la propia Patty. Le pedía a su familia que cumpliera con lo que le pedían porque si no lo hacían la iban a matar. En la cinta, la joven sonaba desesperada. Muchos años después, en las memorias que publicó en 1981, contaría que la habían tenido encerrada en un armario durante 57 días.

A todo esto, la investigación no avanzaba. El FBI no tenía idea de dónde podían tener secuestrada a Patty y tampoco pudo descubrir la identidad de los secuestradores, porque en los interrogatorios los dos supuestos miembros del Ejército Simbionés de Liberación cuya libertad habían exigido aseguraban que no los conocían.

Los agentes del FBI arrestaron a Patricia Hearst en San Francisco tras un año y medio de búsqueda

La metamorfosis de Patty

Entonces estalló la bomba que conmocionó a todo el país. El 3 de abril llegó una nueva grabación que cambió todo. La voz de Patricia Hearst sonaba muy diferente a la del mensaje anterior. Con firmeza decía que se había incorporado al Ejército Simbionés de Liberación y que ahora se llamaba “Tania”, el mismo nombre de guerra que había utilizado la argentino-alemana Tamara Bunke en la guerrilla boliviana de Ernesto “Che” Guevara. El mensaje terminaba con una consigna en español: “Patria o muerte. Venceremos”.

Era solo el principio. Diez días después un comando de la organización asaltó una sucursal del Banco Hibernia en San Francisco y se llevó 20.000 dólares. Se produjo un tiroteo que dejó como saldo dos clientes heridos. Las grabaciones de las cámaras de seguridad mostraron a Patricia Hearst empuñando un fusil durante el asalto. El 15 de abril llegó un nuevo mensaje a los medios de comunicación. No era una grabación sino una foto de Patty. Estaba vestida con ropa de combate y tenía una ametralladora en sus manos; detrás de ella se veía una bandera con una cobra de siete cabezas, el símbolo del Ejército Simbionés de Liberación. La imagen recorrió el planeta.

Entonces el caso dio un nuevo giro: la Fiscalía Federal de California caratuló a Patricia Campbell Hearst como “delincuente” y ordenó su detención. La joven millonaria secuestrada pasó a ser uno de los criminales más buscados de Estados Unidos. Ahora la foto que difundían los medios mostraba su rostro y debajo una palabra que lo decía todo: “Wanted”.

El 16 de mayo, un grupo integrado por Patty y la misma pareja que la había secuestrado, el matrimonio Harris, asaltó una casa de deportes. El asunto salió mal, porque el dueño los persiguió armado y uno de los asaltantes perdió el arma mientras huían. Patty, que esperaba en un auto robado en marcha, se bajó y le disparó al hombre que perseguía a sus compañeros y también a la puerta y los ventanales del local. Dejaron el auto y escaparon a pie, pero a dos o tres cuadras del lugar detuvieron a otro vehículo, hicieron bajar al conductor apuntándole con sus armas y se alejaron en él.

Los prófugos intentaron volver a la casa que usaban como base de operaciones, pero no pudieron llegar. La zona estaba llena de policías y se escuchaban disparos. Patty y los Harris dieron media vuelta y huyeron. El tiroteo se prolongó durante horas y fue transmitido por los canales de televisión. Terminó cuando la casa empezó a incendiarse. Luego de apagar el fuego, los bomberos encontraron seis cuerpos calcinados. El FBI todavía no lo sabía, allí había caído exactamente la mitad de los miembros del Ejército Simbionés de Liberación.

Tampoco se sabía si Patricia Hearst estaba viva o muerta hasta que llegó un nuevo casete a los medios. La voz de Patty reivindicaba a sus compañeros caídos y prometía seguir con la lucha. También le juraba amor eterno a uno de ellos, su pareja y líder del grupo: “El más gentil y hermoso hombre que alguna vez conocí. Nunca ni Cujo (así lo llamaba) ni yo habíamos amado de una manera tan verdadera e intensa como esa. Nuestro amor también fue un compromiso de lucha de nuestro pueblo”, decía con una voz que ya todo el mundo conocía.

Aunque el Ejército Simbionés de Liberación había quedado desmantelado, Patty y los Harris estuvieron prófugos durante casi un año y medio, cometiendo pequeños robos para sobrevivir. Finalmente fue detenida por agentes del FBI el 18 de septiembre de 1975 en San Francisco. Hacía días que la tenían cercada. Las cámaras de televisión la mostraron con la mirada desafiante, mostrando los puños en alto a pesar de las esposas que aprisionaban sus muñecas.

La justicia impuso una condena inicial de 35 años de cárcel, aunque el presidente Jimmy Carter redujo la pena a 22 meses (Grosby)

Juicio, condena e indulto

El juicio empezó el 20 de marzo de 1976 y fue seguido con pasión en todo el mundo. Patricia Hearst tuvo la mejor defensa que los millones de su familia podían pagar, pero no alcanzó para salvarla. En las primeras audiencias, los abogados esgrimieron que había sido víctima de un “lavado de cerebro” y cuando vieron que esa estrategia no funcionaba, sacaron a relucir un nuevo argumento, casi desconocido para la época: el síndrome de Estocolmo. Menos de tres años antes, durante un robo a un banco en la capital sueca, un delincuente mantuvo a cuatro personas como rehenes durante seis días. Cuando se entregó, una de las rehenes –una chica joven– lo defendió ante la policía. El psiquiatra sueco Nils Bejerot estudió el caso, lo comparó con otros similares, analizó esa suerte de “enamoramiento” de la víctima con el victimario y lo llamó “Síndrome de Estocolmo”.

Los psiquiatras desempeñaron un papel fundamental en el juicio. Los miembros del jurado escucharon más de doscientas horas de testimonios de profesionales de salud mental presentados por la fiscalía y los defensores. En la controversia de opiniones de expertos, la defensa resultó derrotada. Según Shana Alexander en su libro Anyone’s Daughter: The Times and Trials of Patty Hearst, antes de escuchar los testimonios de esos expertos la mayoría de los jurados pensaba que Hearst era probablemente inocente o, al menos, “no culpable” más allá de toda duda razonable.

El jurado, integrado por siete hombres y cinco mujeres, deliberó doce horas antes de dar el veredicto de culpable y el 24 de septiembre de 1976 el juez Carter el impuso una pena de 35 años, la más dura que fijaba la ley, por el robo del Banco Hibernia. Sin embargo, no pasó mucho tiempo entre rejas. El presidente Jimmy Carter –que había reemplazado en la Casa Blanca a Richard Nixon– redujo la pena a 22 meses y Patricia Hearst salió en libertad el 1° de febrero de 1979.

Después de su liberación, Patty Hearst escribió sus memorias, se casó con uno de sus guardaespaldas, Bernard Lee Shaw, y tuvo dos hijos. Intentó hacer carrera como actriz y participó en varias películas, como Cry baby (1990), Serial Mom (1994), y Pecker (1998), aunque las críticas nunca le fueron favorables. También trató de lavar su nombre y su imagen a través de obras benéficas y con la creación de una fundación de ayuda a niños con SIDA. En noviembre de 2001, cuando transitaba los últimos meses de su segundo mandato en la Casa Blanca, el presidente Bill Clinton firmó un indulto solitario, que sólo llamó la atención porque su beneficiaria era una mujer que había mantenido en vilo al país un cuarto de siglo antes pero cuyo nombre estaba casi olvidado. Fue la última vez que Patricia Hearst fue noticia. Hoy vive discretamente entre Nueva York y Connecticut, dedicada a la cría de perros de raza que lleva a participar de concursos caninos.

A pesar del paso de los años, el debate sobre si Patricia Hearst se unió voluntariamente o no al Ejército Simbionés de Liberación sigue abierto. En 2018 la directora Pat Kondelis lo retomó en The Radical Story of Patty Hearst, una miniserie documental de seis capítulos que se convirtió en un éxito en Estados Unidos.