Durante décadas, las canas fueron presentadas como algo que había que disimular. Especialmente en las mujeres, la aparición del cabello blanco quedó fuertemente vinculada con el envejecimiento y con una presión estética difícil de ignorar. Teñirse pasó así a formar parte de la rutina de muchas personas durante años.

Pero las modas cambian y ahora cada vez es más habitual encontrar mujeres que deciden interrumpir ese proceso y dejar que el cabello recupere progresivamente su color natural. Y dicha tendencia fue objeto de análisis de la psicología.

La transición no siempre resulta sencilla. Durante meses pueden convivir una raíz completamente blanca con medios y puntas teñidos, una etapa que desde afuera puede interpretarse equivocadamente como falta de cuidado.

Una de las ideas que ayuda a entenderla proviene de la teoría de la autodeterminación, desarrollada por los psicólogos Edward Deci y Richard Ryan.

Dejarse el color natural del pelo está relacionado con la autodeterminación. (Foto: Imagen generada con IA-Gemini)
Dejarse el color natural del pelo está relacionado con la autodeterminación. (Foto: Imagen generada con IA-Gemini)

Este enfoque plantea que las personas tienden a experimentar mayor bienestar cuando sienten que sus decisiones son autónomas y reflejan sus propios valores, en lugar de responder principalmente a presiones externas.

Aplicado a la apariencia, el cambio puede producirse cuando una persona deja de preguntarse qué debería hacer para cumplir con determinada expectativa y empieza a preguntarse algo mucho más personal: “¿Qué quiero hacer yo?”.

Para algunas mujeres, dejar de teñirse puede convertirse entonces en una manera de recuperar control sobre su propia imagen.

Cuando la imagen externa empieza a parecerse más a cómo uno se siente

Otra perspectiva útil aparece en los trabajos del psicólogo Carl Rogers sobre el autoconcepto.

Rogers otorgaba importancia a la congruencia entre la forma en que una persona se percibe internamente y la manera en que vive o se presenta ante los demás.

Cuando existe demasiada distancia entre ambas cosas, puede aparecer malestar. En cambio, sentirse representado por la propia imagen puede contribuir a una mayor sensación de autenticidad.

Dejar de teñirse puede significar recuperar tiempo, dinero o dejar de mantener una rutina que ya no siente propia. (Foto: Freepik)
Dejar de teñirse puede significar recuperar tiempo, dinero o dejar de mantener una rutina que ya no siente propia. (Foto: Freepik)

Desde ese punto de vista, las canas pueden dejar de ser interpretadas como algo que debe corregirse y convertirse simplemente en una parte más del aspecto personal.

La teoría de la selectividad socioemocional, desarrollada por la psicóloga Laura Carstensen, propone que a medida que las personas perciben el tiempo como más limitado tienden a priorizar experiencias y relaciones que consideran emocionalmente significativas.

Eso puede implicar dedicar menos energía a determinadas expectativas sociales y más a aquello que realmente importa.

Para alguien que lleva décadas organizando citas con la peluquería cada pocas semanas, dejar el tinte puede significar también recuperar tiempo, dinero o simplemente dejar de mantener una rutina que ya no siente propia.

El cabello no cambia completamente de un día para otro y durante meses pueden quedar claramente visibles dos colores diferentes. Superar esa fase exige, en algunos casos, tolerar comentarios, miradas o la sensación de no responder temporalmente a determinados cánones estéticos.

Por eso, el cambio puede convertirse también en un pequeño ejercicio de aceptación. Pero los expertos advierten que tampoco conviene transformar una elección estética en un diagnóstico psicológico.

No todas las personas que dejan de teñirse buscan autenticidad, del mismo modo que quienes continúan haciéndolo no necesariamente están preocupadas por envejecer. Puede haber razones económicas, prácticas, dermatológicas o simplemente preferencias personales.

Lo interesante está en que esa decisión de mostrar las canas puede representar un momento en el que alguien deja de organizar su apariencia exclusivamente alrededor de cómo cree que debería verse y comienza a elegir en función de cómo quiere vivir.