Tuvo mala suerte. Tuvo el mal destino de nacer y crecer, lo poco que duró su vida, en aquello que llamaban “paraíso comunista” y que manejaba con mano de hierro Nikita Khrushchev casi a finales de la década del 50: una mano de hierro que al lado de la de su antecesor, José Stalin, era un guante de seda.
Laika no era comunista, ni mucho menos: los perritos suelen pasar de largo por esas vanas y tan transitorias pasiones humanas. Un perrito, comunista, capitalista, ruso, o guatemalteco, busca poco y nada: agua fresca, comida sana, una rascada de panza de vez en vez. A cambio, te miran como para que no te olvides nunca. Se conforman con nada porque así fue desde aquel miércoles de las cavernas, cuando el primer lobo lo pensó mejor y se dijo yo me quedo en esta cueva y con esta gente.
La perra Laika sería famosa en todo el mundo, pero a costa de su vida. Fue el primer ser viviente en viajar y en morir en el espacio exterior. Era una perra de las mal llamadas callejeras, todos los perritos lo son, a la que habían llamado “Kudryavka”, que en ruso significa “Rulitos”, porque los tenía.
Pero los científicos, los ingenieros espaciales y los capitostes soviéticos de la entonces naciente carrera espacial le cambiaron el nombre por Laika, que quiere decir “ladradora”, que también lo era.
La entrenaron junto a otros dos perros en los avatares todavía desconocidos del espacio, la convirtieron de perrita en conejo de indias. Nadie sabía entonces cuáles serían los efectos que los vuelos espaciales podían provocar en los seres vivos, y la idea era que las naves espaciales del futuro fuesen piloteadas por seres humanos.

Pero la tecnología suborbital todavía no se había desarrollado; esa tecnología abarcaba a los vehículos y sistemas que superaban los cien kilómetros de altura y llegaban al espacio exterior, sin la velocidad suficiente para orbitar la Tierra, así que regresaban irremediables a la superficie. En aquel mundo espacial, todo estaba en pañales.
Parte de los científicos involucrados en el proyecto espacial de la URSS, creía que los humanos no podían sobrevivir al lanzamiento de una nave que los tuviera como piloto, ni a las condiciones del espacio exterior, que nadie sabía cómo y cuáles eran. Por eso, los ingenieros de vuelo decidieron que enviar animales al espacio, sería una prueba de fuego imprescindible para el futuro de las misiones espaciales humanas.
Laika cayó en ese proyecto. De los tres perros sometidos a entrenamiento, Laika fue elegida como tripulante de la segunda nave rusa lanzada al espacio, el satélite artificial Sputnik 2, que despegó el 3 de noviembre de 1957.
No había ninguna expectativa de que Laika sobreviviera a su misión. Murió a las pocas horas de despegar por sobrecalentamiento, ocasionado por un fallo en el sustentador del sistema térmico del satélite. Son varios los elementos que hacen de esta historia un horror, al que vistieron con la épica de la hazaña.
Todo el mundo en aquel proyecto, científicos y técnicos, sabían que Laika no iba a sobrevivir a su vuelo espacial, pero juzgaron que era más importante saber si un ser vivo podía superar la puesta en órbita y el todavía no dilucidado enigma de la gravedad y la ingravidez. El despiadado sacrificio de Laika tendría entonces un valor científico y contribuiría al progreso de la humanidad. El progreso pierde su condición cuando media el horror: pongan en el otro plato de la balanza la carita de Laika.
Eso no fue todo. Fieles a la política estalinista, durante cuarenta y cinco años, hasta 2002, la URSS primero y la Federación Rusa después, mantuvieron el secreto que rodeaba las causas de la muerte de la perrita.
Mintieron cuando dijeron que había sobrevivido seis días, mintieron cuando afirmaron que finalmente se había quedado sin oxígeno, y volvieron a mentir cuando dijeron que le habían practicado eutanasia ante la posibilidad de que se quedara sin oxígeno. La verdad era más cruel y más brutal: Laika estaba condenada a muerte y nadie quiso hacerse cargo de aquel brutal sacrificio.

Sputnik: el proyecto de la URSS para espiar a Estados Unidos
Para contar la historia del Sputnik 2 hay que contar primero la del Sputnik 1, aunque sea en pocas líneas. Aquello de conquistar el espacio, la Luna y las estrellas como aspiración y símbolo del progreso humano, eran todas mentiras. La URSS quería espiar el territorio de Estados Unidos como Estados Unidos espiaba a la URSS con sus aviones U-2 que despegaban de las bases estadounidenses en la vecina Turquía y en Afganistán.
Esos aviones, dotados de poderosas cámaras fotográficas, regresaban con datos vitales: clima, hidrografía, cosechas pero, en especial, instalaciones militares soviéticas y despliegue de fuerzas.
Fue el ingeniero Andrei Nikolaievich Tupolev, un poco el padre de la aviación soviética, quien convenció a Khrushchev para que desarrollara una industria espacial que permitiera espiar a Estados Unidos por satélite, dado que la URSS no tenía posibilidad de instalar bases militares vecinas a Estados Unidos. Esa fue la cuna de la carrera espacial y así lo reveló Serguei Khrushchev, hijo de Nikita en un libro casi apologético: “Nikita Khrushchev and the creation of a Superpower – Nikita Khrushchev y la creación de una súperpotencia”.
Serguei, él mismo un ingeniero especializado en el desarrollo de naves y vehículos espaciales, emigró a Estados Unidos en 1991. Murió en Rhode Island, el 18 de junio de 2020, a los 84 años.
El 4 de octubre de 1957, la URSS lanzó el Sputnik 1, el primer satélite artificial de la Tierra. Era un cachivache del tamaño de una pelota de playa, cincuenta y ocho centímetros de diámetro, que pesaba ochenta y tres kilos y llevaba encima dos transmisores de radio, cuatro antenas exteriores y una serie de instrumentos capaces de medir temperaturas dentro y fuera de la esfera.
Fue un acontecimiento sensacional que paralizó de asombro al mundo. Una anécdota pinta el impacto del Sputnik 1 que, además, emitía cada tanto un “bip-bip” audible desde tierra, y su luz podía seguirse en el cielo de las noches humanas. La noticia del éxito soviético llegó a Washington en plena celebración del Año Geofísico Internacional establecido por la ONU. Cuando le preguntaron a un científico americano que esperaba hallar Estados Unidos cuando conquistara la Luna, el tipo dijo: “Rusos”.
El éxito envalentonó a Khrushchev que ordenó de inmediato el lanzamiento de otro Sputnik para que estuviese en órbita un mes después del primero, el 7 de noviembre de ese año, aniversario de la revolución bolchevique de octubre de 1917, según el calendario gregoriano. No había casi tiempo de armar otra nave en ese lapso, pero las órdenes del Kremlin no se discutían. Ni se discuten.
Los ingenieros soviéticos sumaron un nuevo desafío para aumentar el éxito inicial: enviar un perro al espacio. Entre 1951 y 1957, la URSS había lanzado doce perros en vuelos balísticos suborbitales y de estudio. Ahora, aumentarían la apuesta. Sólo tenían cuatro semanas para diseñar y construir una nueva nave con capacidad para un solo pasajero: un perro.
Cómo Laika fue elegida para tripular el Sputnik 2
Así llegó Laika a su breve aventura. Era una perra callejera y mestiza, a la que los técnicos del proyecto espacial encontraron vagando por Moscú: buscaban esos animales porque suponían que estaban adaptados al frío extremo, al hambre y a otras condiciones hostiles que rodeaban a un viaje espacial.
Laika pesaba cinco kilos, le calculaban una edad de tres años y, según una revista rusa, tenía un “temperamento flemático porque no peleaba con otros perros”. El doctor Vladimir Yazdovsky, cirujano y médico militar, que dirigía el programa de perros de prueba para vuelos espaciales, admitió años después: “Laika era tranquila y encantadora”.
Era más que eso. Tenía una expresión pícara y sagaz, una especie de sonrisa permanente, los ojos alertas, el hocico oscuro de punta blanca, una nariz negra siempre húmeda y una especia de confiada certeza que le decía que sus días de frío en las calles de Moscú habían terminado para siempre.
La sometieron a un duro entrenamiento junto a sus dos compañeros de aventura, “Algina” y “Mushka”. Los obligaron a adaptarse a un pequeño espacio que sería el que iban a ocupar en Sputnik 2: el confinamiento les provocó inquietud, estrés, dejaron de orinar, de defecar, comían a intervalos irregulares. Los colocaron en centrifugadoras que simulaban la aceleración que tendría el cohete en el instante del lanzamiento del satélite artificial, y usaron máquinas para simular los ruidos que oirían en el inicio de la misión.
Los científicos detectaron en Laika y en los otros dos perritos un aumento de los pulsos cardíacos, que se duplicaron, y en la presión arterial. Los alimentaron con un gel de gran valor proteico, que sería su única comida en el espacio. Sin embargo, por todo el experimento sobrevolaba un drama del que no se hablaba: el animal que fuese elegido no sobreviviría.
Cuando Laika quedó seleccionada, el doctor Yazdovsky se la llevó a casa para que la perrita jugara con sus hijos. Lo reveló muchos años después en un libro que relata la historia de la medicina espacial soviética y, tal vez, para aliviar un poco su propia conciencia: “Quería hacer algo bueno por ella. Le quedaba tan poco tiempo de vida…”
Laika tuvo su propio y primitivo traje espacial: un arnés que se exhibe hoy en el Museo Memorial de la Cosmonáutica en Moscú. Antes de que partiera hacia el cosmódromo de Baikonur, una pequeña cirugía la conectó a los cables que medirían su pulso y su presión arterial en el espacio.
La colocaron en Sputnik 2 el 31 de octubre de 1957, tres días antes del inicio de la misión espacial. Hacía mucho frío en Baikonur en esa época, por lo que los ingenieros de vuelo usaron una manguera conectada a un ventilador para mantener caliente el contenedor del satélite.
Por fin llegó el día del lanzamiento. Años después, todo se dijo muchos años después, uno de los técnicos que preparó la cápsula para el despegue dijo: “Después que pusimos a Laika en el contenedor, y antes de cerrar la escotilla, le besamos la nariz y le deseamos buen viaje, aunque sabíamos que no iba a sobrevivir”.
Sus últimas fotos la muestran metida en su arnés, de pie, las orejitas alzadas, alerta, segura de su destino; o ya acostada con esa especie de sonrisa ladina y tierna.

Sputnik 2 despegó a las 7.22, hora de Moscú, el 3 de noviembre de 1957. Cuando alcanzó la máxima aceleración, el ritmo respiratorio de Laika aumentó entre tres y cuatro veces, y su frecuencia cardíaca pasó de 103 a 240 latidos por minuto.
Ya en órbita, la punta cónica de la nave se desprendió con éxito, pero la otra sección de la nave, la conocida como “Blok A” no se desprendió: el sistema de control térmico entonces empezó a funcionar mal, o dejó de funcionar. La temperatura interior de Sputnik 2 llegó a cuarenta grados.
Después de tres horas de gravedad, el pulso de Laika había descendido a los habituales 102 latidos por minuto: pero el descenso en la frecuencia cardíaca había tomado tres veces más tiempo que durante los entrenamientos, lo que indicaba el nivel de estrés de la perrita.
Casi medio siglo después de esa experiencia, en octubre de 2002, el científico Dimitri Malashenkov reveló que Laika había muerto entre cinco y siete horas después del lanzamiento por estrés y sobrecalentamiento. En un artículo que presentó en el Congreso Mundial del Espacio, celebrado en Houston, Texas, afirmó: “Fue prácticamente imposible crear un control de temperatura confiable en tan poco tiempo”.
Sputnik 2 orbitó la Tierra dos mil quinientas setenta veces en ciento sesenta y tres días. Se desintegró al entrar en contacto con la atmósfera el 14 de abril de 1958. Fue un gran éxito para Khrushchev y para la carrera espacial de la URSS.
Laika, un destino escrito y los homenajes
El destino de Laika parece que pesó bastante en muchas conciencias, sobre todo en la de quienes la conocieron y sellaron su destino. En 1998, Oleg Gazenko, uno de los científicos responsable de su envío al espacio, dijo: “Cuanto más tiempo pasa, más lamento lo sucedido. No debimos haberlo hecho…Ni siquiera aprendimos lo suficiente en esa misión como para justificar la pérdida del animal”.
La muerte de Laika despertó una controversia mundial, aún la muerte falsa y épica inventada por la URSS y sostenida durante cuarenta y cinco años. La perrita fue homenajeada en todo el mundo. Su carita apareció en estampillas, le cantaron juglares y poetas, cigarrillos y chocolates llevaron su nombre y, luego de la caída de la URSS en 1991, la recordaron también en le Federación Rusa.
En 1997, en la Ciudad de las Estrellas, descubrieron una placa en homenaje a todos los astronautas soviéticos caídos a lo largo de la carrera espacial. Son todas figuras anónimas grabadas en bronce, nadie es reconocible, excepto una figura que aparece entre las piernas de los astronautas: es Laika.
El 9 de marzo de 2005, un área del planeta Marte fue llamada Laika, aunque no de manera oficial, por los controladores de la misión “Mar Exploración Rever”. Está cerca del cráter Boston, en Meridiana Plañen, una llanura al sur del ecuador del planeta donde, sospechan los científicos, puede haber agua en estado líquido.
Por fin, el 11 de abril de 2008 se inauguró en Moscú, un monumento en honor de Laika. Está cerca de un centro comercial vecino al Instituto de Medicina Militar, donde empezaron los primeros experimentos espaciales científicos con perros, de los que Laika tomó parte.
Se trata de una figura de bronce de dos metros de alto que representa uno de los segmentos de un cohete espacial, pero que también tiene la apariencia de una mano humana. En el centro de la palma de esa mano de bronce está Laika, alerta, las orejitas alzadas, el hocico desafiante, grácil, valiente, bella. A ese monumento nunca le faltan flores.



