Aquellos que peinamos canas o que ya ni siquiera peinamos cabellos recordamos que, en los estudios escolares de historia argentina, 1820, o simplemente el “año 20”, daba inicio al período de la anarquía, que solo iba a terminar con la sanción de la Constitución Nacional, el 1.º de mayo de 1853, aunque el momento exacto de la definitiva organización del país quedaba establecido por la batalla de Pavón, el 17 de septiembre de 1861. Era el relato planteado por la historiografía liberal desde fines del siglo XIX, que fue cuestionado por el revisionismo desde la década de 1920, cuando fueron incorporados a los libros de historia los caudillos, federales o unitarios, y las experiencias provinciales como parte fundamental de aquellos años de formación del país.

El concepto de anarquía, que llegó a absolutizarse, se basaba en el hecho de que, desde la primera batalla de Cepeda —cuyo bicentenario fue celebrado ayer, 1.º de febrero, de manera bastante opaca—, no existió durante un largo período de más de cuarenta años ningún gobierno nacional que tuviera poder sobre la totalidad del territorio argentino, salvo durante el año y medio de la presidencia de Bernardino Rivadavia, circunstancia excepcional en el contexto del primer conflicto exterior de la Argentina independiente: la guerra contra el Imperio del Brasil, producida entre 1825 y 1828.

Así es, entonces, como un relato histórico más sólido nos obliga a establecer las siguientes etapas en el devenir político del país: A) los gobiernos revolucionarios: Juntas, Triunvirato y Directorio (1810-1820); B) la formación de las provincias argentinas (1814-1834); C) la presidencia legal de Rivadavia (1826-1827); D) la federación imperfecta en el marco de la guerra civil interprovincial, atravesada por la disputa entre federales y unitarios (1828-1852); E) el acuerdo político constitucional (1853); y F) la secesión de Buenos Aires (1852-1861). Es necesario aclarar que estos períodos se superponen en ciertos años debido a la dinámica, muchas veces violenta, de los procesos políticos. Desde 1861 puede hablarse de la historia de la República Argentina hasta hoy, con todos sus avatares.

Los diputados que conformaron el Congreso General Constituyente encargado de redactar la Constitución Nacional Argentina de 1853 (Foto: Eduardo Lazzari)
Los diputados que conformaron el Congreso General Constituyente encargado de redactar la Constitución Nacional Argentina de 1853 (Foto: Eduardo Lazzari)

Salta y Tucumán: las pioneras provincias independientes

El 8 de octubre de 1814, por decisión del director supremo Gervasio de Posadas, se divide la colonial Intendencia de Salta del Tucumán en dos provincias: Salta, con capital en la ciudad del valle de Lerma, y Tucumán, con capital en San Miguel. La primera establece su consolidación con la gobernación del general Martín Miguel de Güemes. La segunda, por el contrario, en un período tumultuoso que durará varios años, verá crecer la figura del gobernador Bernabé Aráoz, que gobernará casi cinco años, alternando el poder con otros nueve mandatarios.

El inicio de Tucumán como Estado autónomo está atravesado por hechos fundamentales de la historia nacional: la batalla del 24 de septiembre de 1812, en la que Aráoz influye en el general Manuel Belgrano para enfrentar al ejército invasor del Perú y lograr la victoria en las afueras de la ciudad de San Miguel de Tucumán; y la realización del Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas de Sudamérica, desde el 24 de marzo de 1816, en la casona histórica de doña Francisca Bazán de Laguna, que no calmará las luchas internas entre partidos ni frenará los impulsos autonomistas de las antiguas ciudades.

Martín Miguel de Güemes, gobernador de Salta. (Foto: gentileza Eduardo Lazzari)
Martín Miguel de Güemes, gobernador de Salta. (Foto: gentileza Eduardo Lazzari)

La autonomía de Santiago del Estero

La influencia de la Liga de los Pueblos Libres, encabezada por el oriental José G. de Artigas, llegó a las ciudades interiores, llamadas así debido a su lejanía de los ríos navegables. Santiago del Estero, la “madre de ciudades” desde su fundación en 1553, había sufrido la declinación de su poder desde mucho tiempo atrás, al perder su condición de sede episcopal en 1699 y de capital de intendencia desde 1700. Su declive económico fue generando un deseo de autonomía, que se acentuó seriamente desde 1814, cuando se constituyó la provincia de Tucumán. La situación se precipitó en enero de 1815, cuando Pedro Domingo Isnardi asumió como teniente de gobernador en Santiago del Estero. El gobernador tucumano Aráoz lo destituyó en abril y nombró al santiagueño Antonio Taboada como si fuera un delegado personal.

La reacción de las fuerzas vivas santiagueñas fue inmediata: se reunió un cabildo abierto que rechazó el nombramiento de Taboada y pidió al director supremo Ignacio Álvarez Thomas —único gobernante argentino nacido fuera del territorio del antiguo Virreinato del Río de la Plata, ya que nació en Arequipa, Perú— la reposición de Isnardi y la autonomía de la “madre de ciudades”. El lenguaje del petitorio permite avizorar tiempos violentos. Los santiagueños dicen: “...no tuvimos un día más amargo que aquel aciago en que se estableció Tucumán en cabeza de provincia y se nos sometió a este Gobierno bajo el cual no hemos experimentado otra cosa que vejaciones, insultos y despotismos”.

La respuesta de Buenos Aires fue pedir paciencia a los santiagueños, a la espera de la reunión del Congreso General en Tucumán para solucionar las discordias. No hay que dejar de lado que estos graves conflictos políticos se producían al mismo tiempo que ocurrían los episodios más álgidos de la guerra de la Independencia.

José Gervasio de Artigas, el caudillo líder popular de la Banda Oriental. (Foto: gentileza Eduardo Lazzari)
José Gervasio de Artigas, el caudillo líder popular de la Banda Oriental. (Foto: gentileza Eduardo Lazzari)

Primera rebelión de Borges

La falta de apoyo del Directorio provocó la renuncia definitiva de Isnardi y el tucumano Aráoz aprovechó la circunstancia para que otro cabildo abierto nominara a Tomás de Taboada, miembro de una familia que iba a dominar la política santiagueña durante más de medio siglo. El 4 de septiembre de 1815, el coronel Juan Francisco Borges encabezó una rebelión militar contra Taboada: llegó a su casa con un batallón de 60 hombres y le exigió la renuncia. En la plaza mayor de Santiago, la campana del Cabildo llamó al pueblo y una gran convocatoria proclamó a Borges gobernador y declaró a Santiago del Estero “Pueblo Libre”.

Cuatro días después, las tropas partidarias de Aráoz y Taboada emboscaron a Borges en la misma ciudad y lo capturaron, enviándolo herido a Tucumán. Puede afirmarse que este combate fue el primero en el camino hacia la autonomía provincial de Santiago del Estero. Borges escapó de su prisión en Tucumán, llegó a Salta y, hacia mediados de 1816, regresó a Santiago del Estero. Hay versiones que sostienen que Borges fue indultado por el Congreso General y que su llegada a Salta fue en carácter de asilado.

En medio de este clima violento, se eligieron los dos diputados santiagueños al Congreso de 1816: Pedro León Díaz Gallo, párroco de la ciudad, y Pedro Francisco de Uriarte, párroco del pueblo de Loreto, quien también era vicario foráneo del obispo de Córdoba. La amable relación de Bernabé Aráoz con el general Belgrano, a la sazón comandante del Ejército del Norte, hizo que este simpatizara con las posiciones políticas del tucumano y, por ello, propusiera al Congreso el nombramiento del sargento Gabino Ibáñez a cargo del gobierno político y militar de Santiago, en septiembre de 1816.

Segunda rebelión de Borges

Ibáñez impuso su poder sin tomar en cuenta las opiniones de los santiagueños, lo que fue creando el ambiente para una nueva rebelión, encabezada por Borges, quien derrocó al enviado del Congreso el 10 de diciembre de 1816 y lo confinó en Loreto. Una vez asumido como gobernador, Borges recorrió el territorio santiagueño reclutando hombres y la reacción de los pueblos fue enorme. Sin embargo, ante el desafío a la autoridad central que significaba la situación de Santiago, Belgrano envió a Gregorio Aráoz de Lamadrid para reprimir el levantamiento, con la orden del Congreso de apresar y pasar por las armas a los sublevados contra su autoridad.

En el paraje de Pitambalá, donde Borges había establecido su campamento, el 26 de diciembre fue derrotado, a pesar de la superioridad numérica de sus hombres —unos quinientos—, por los cien húsares comandados por Lamadrid. Borges intentó escapar hacia Salta, confiando en el apoyo del gobernador Güemes, pero en el paraje de Guaypé fue capturado el 27 y remitido hacia Santiago, donde quedó recluido en un convento dominico a diez kilómetros de la ciudad.

Al mismo tiempo que Borges era fusilado, a las nueve de la mañana del primer día de 1817, en un lugar que José María Paz describe así: “bajo un frondoso algarrobo estaba atada una mala silla de cuero, que habría de servir de banquillo”, en la casa histórica de Tucumán sesionaba el Congreso General. La suerte de sus seguidores iba a ser castigada con menos rigor.

“El Redactor del Congreso”, órgano oficial del Congreso, relata la reunión del 1.º de enero de la siguiente manera: “Enseguida se traxeron… dos oficios del general Belgrano…, comunicando en el segundo el triunfo de la legión restablecedora del orden, destinada a Santiago del Estero al mando del teniente coronel La Madrid, quien en el día 26 del pasado mes derrotó completamente al insurgente Borges y grupo de hombres que supo seducir. Este hombre ha trabajado con el mayor empeño en proporcionarse este fin desastroso, oxalá que sirva de escarmiento a otros entes de igual calibre”. Los pedidos de indulto por la vida de Borges fueron tramitados, pero, obviamente, no llegaron a tiempo.

El juicio de la historia y su carácter moderador

El juicio de la historia no es favorable al general Belgrano en esta instancia, pero una valoración completa del marco en el que se desarrollaron estos hechos fundacionales de la autonomía santiagueña permite establecer un manto de piedad sobre los protagonistas. La brutalidad del desenlace tiene que ver con el contexto general. El gobierno de las Provincias Unidas y el Congreso General Constituyente estaban en guerra contra el Imperio español y contra la Liga de los Pueblos Libres. La posible incorporación de Santiago del Estero a esta última coalición fue vista con gran temor en Tucumán y en Buenos Aires.

La gesta del coronel Borges, que, al decir de Ricardo Levene, uno de los grandes historiadores argentinos, fue la lucha por un federalismo comunal”, terminó pagando un precio enorme en vidas y miserias por el horroroso panorama en el que se desenvolvía la historia de las nacientes Provincias Unidas. La construcción de la Argentina fue un largo proceso en el que la fraternidad fundacional quedó expuesta, incluso, en los episodios sangrientos de las guerras civiles, en los que la cordialidad dio paso a la discordia.