Hay amores que cambian la existencia. El de Mariana Pineda y Manuel Peralta y Valte fue uno de esos. Cuando ella todavía era una adolescente, él se enamoró de aquella joven que había crecido entre pérdidas.

Mariana nació en Granada en 1804. Su infancia estuvo atravesada por la ausencia. Su padre murió cuando ella era muy chica y quedó bajo la tutela de familiares y personas cercanas que se ocuparon de su crianza. Fue educada en un ambiente que le permitió aprender a leer y escribir y acercarse a una formación poco frecuente entre las mujeres de su época.

Granada era una ciudad llena de contrastes. Religiosa y tradicional, pero también atravesada por las nuevas ideas políticas que recorrían España. En 1812 se había aprobado la Constitución de Cádiz, una de las grandes banderas del liberalismo español. Pero el regreso de Fernando VII significó también la vuelta del absolutismo. La libertad política comenzó a ser perseguida. Los liberales fueron encarcelados y exiliados. Y en medio de ese mundo convulsionado apareció Manuel. Un hombre mayor que ella, militar y liberal, natural de Huéscar. Mariana tenía 15 años. Manuel 25.

Grabado del siglo XIX de la Mariana Pineda. (Foto: Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico)
Grabado del siglo XIX de la Mariana Pineda. (Foto: Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico)

El 9 de octubre de 1819 se casaron en la iglesia de Santa Ana, en Granada. La partida matrimonial todavía existe. Dos nombres escritos sobre un papel. Mariana Rafaela Pineda. Manuel Peralta y Valte. Y una historia de amor que, aunque duraría poco, iba a dejar una marca más profunda de lo que cualquiera podía imaginar.

El amor fue rápido. Y el matrimonio también. Llegaron los hijos. Primero José. Después Úrsula. Durante un tiempo, Mariana tuvo aquello que una joven de la época podía imaginar como una vida completa: marido, hijos, casa, familia. Pero el destino tenía otros planes.

Manuel estaba enfermo. Y el 12 de mayo de 1822 murió. Tenía poco más de veinte años. Ella quedó viuda con dos hijos chicos, a los 17 años. Él no solo fue su marido: fue quien la acercó a las ideas liberales. Y cuando Manuel murió, Mariana no abandonó sus ideas, más bien las hizo propias.

La muerte de Manuel coincidió con un período de fuerte persecución política en España. En 1823, Fernando VII recuperó el poder absoluto y comenzó la llamada Década Ominosa. Los liberales fueron hostigados y Granada se convirtió en escenario de conspiraciones.

Mariana visitaba presos. Ayudaba a personas perseguidas. Servía de enlace con liberales exiliados. Ocultaba en su casa a personas comprometidas con la política. Incluso participó en planes para facilitar la fuga de un condenado a muerte.

Retrato de la heroína liberal española Mariana Pineda hecho por Isidoro Lozano en 1862. (Foto: Ayuntamiento de Granada)
Retrato de la heroína liberal española Mariana Pineda hecho por Isidoro Lozano en 1862. (Foto: Ayuntamiento de Granada)

Y entonces apareció una bandera que, más que una bandera, era un mensaje: en una Granada vigilada por la policía de Fernando VII, los liberales preparaban un levantamiento. Mariana había encargado a unas mujeres del barrio del Albayzín que bordaran una enseña, en un paño de seda morada, con un triángulo verde. Y alrededor del triángulo debían aparecer tres palabras bordadas en letras rojas: Libertad. Igualdad. Ley.

Pero alguien habló. La policía llegó hasta las bordadoras y las obligó a llevar la bandera a la casa de Mariana. Después fueron a buscarla. Mariana entendió enseguida lo que estaba ocurriendo. Intentó esconder el paño. Lo metió en el hueco de una hornilla. Pero la policía lo encontró.

Aquella bandera incompleta se convirtió en la prueba que necesitaban para acusarla. Mariana fue detenida. Tenía 26 años. Y el hombre que quedó encargado de perseguirla fue Ramón Pedrosa, uno de los principales representantes del poder absolutista en Granada.

Pedrosa quería que Mariana hablara. La confinaron en su propia casa, vigilada por un guardia. Pero Mariana no estaba dispuesta a quedarse esperando. Intentó escapar disfrazada de anciana. Salió. La reconocieron. La volvieron a detener. Terminó recluida en el convento de las Arrecogidas de Santa María Egipcíaca. Y allí comenzó a comprender que aquella bandera podía llevarla al patíbulo.

El proceso fue cuestionado incluso después de su muerte. Mariana no era la cabeza de la conspiración liberal; las autoridades buscaban que delatara a quienes estaban involucrados. Querían nombres, información, que aquella joven dijera quiénes eran sus compañeros.

El cuadro
El cuadro "Mariana Pineda en capilla", pintado por Juan Antonio Vera Calvo en 1862. (Foto: congreso.es)

Hay algo trágico en imaginarla en esos últimos días. Una mujer de 26 años. Dos hijos. Una bandera encontrada en su casa. Un marido muerto nueve años antes. Y una decisión. Hablar o callar. Salvarse o proteger a los demás.

El poder le ofreció una posibilidad de indulto si delataba a sus compañeros. Mariana se negó. Su abogado intentó defenderla. También hubo personas que pidieron clemencia. Pero Fernando VII terminó aprobando la sentencia. La condena era por conspiración contra la seguridad del Estado y los derechos del trono. La pena sería el garrote vil.

El 24 de mayo de 1831 Mariana fue trasladada a la cárcel baja. Entró en capilla. Le quedaban dos días de vida. Durante esas últimas horas volvieron a ofrecerle la posibilidad de salvarse. No aceptó. No entregó nombres. No señaló a nadie.

La mujer que alguna vez había conocido la política de la mano de su marido ahora estaba sola frente al poder que había perseguido aquellas mismas ideas. Manuel ya no estaba. Sus hijos eran chicos. Y, sin embargo, Mariana permaneció fiel a aquello que había aprendido junto a él.

Quizás ahí esté la verdadera dimensión de aquella historia de amor. No sabemos cuánto se amaron ni cómo eran sus tardes juntos. No hay cartas, ni otros elementos románticos que hablen de su amor. Pero sí sabemos que después de la muerte de Manuel, Mariana conservó algo que había nacido durante aquel matrimonio. Una idea de libertad. Y esa idea terminó siendo más fuerte que el miedo a morir.

La mañana del 26 de mayo de 1831, Mariana salió de la cárcel. Vestía de negro. Las manos atadas. La llevaron hacia el Campo del Triunfo, donde estaba preparado el patíbulo. Granada la miraba pasar. No era una criminal común. Era una mujer que se había convertido en símbolo.

Grabado de Marian Pineda antes de su ejecución en Granada. (Foto: Biblioteca Rector Machado y Núñez)
Grabado de Marian Pineda antes de su ejecución en Granada. (Foto: Biblioteca Rector Machado y Núñez)

El cortejo avanzó acompañado por soldados, religiosos y el pregonero que anunciaba en público la sentencia. Cuando llegó al patíbulo, Mariana subió. La bandera por la que había sido condenada estaba allí, convertida en prueba de su supuesto delito. Y ella seguía sin hablar. Sin renunciar a sus principios.

Después de su muerte, Mariana Pineda se convirtió en leyenda. La mujer que castigaron para escarmentar a los liberales terminó transformándose en uno de los grandes símbolos de la libertad en España. Su historia fue contada en libros, poemas, obras de teatro y canciones. Federico García Lorca, muchos años después, la convertiría en protagonista de una de sus obras más conocidas: Mariana Pineda.

Tal vez por eso la historia de Mariana y Manuel no terminó el día en que él murió. Porque el amor no siempre continúa en la presencia de la persona amada. A veces perdura en aquello que el otro despertó en nosotros.

Hay una frase que la tradición histórica le atribuye y que resume la dimensión de aquella decisión: prefería una muerte honrosa antes que delatar a una persona viva. Y quizá ahí esté la última escena de aquel amor. Una mujer de 26 años parada frente a la muerte, sosteniendo hasta el final aquello que había aprendido junto al hombre que amó.

Manuel murió joven. Mariana murió todavía más joven. Pero el amor que comenzó entre ellos sobrevivió de una manera inesperada. Sobrevivió en una idea. La libertad.

Y algunas historias de amor, quizá, no necesitan durar toda una vida. Alcanza con que cambien para siempre a quien las vivió.

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Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

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