“Aspiro tu universo Santa María, tu pecadora tierra de asperezas. Acaricio el lodo de tu río, cristalino y puro en la ribera”, escribió el músico Lucho Hoyos, en su entrañable canción Yokavil. ¿Será esa sensación de estar entre lo severo y lo diáfano lo que vive Simón Fornaciari, actor central de esta historia? Simón, un hombre de unos 40 años, que en medio de muchas luchas y tropiezos, arranca sus mañanas en el Valle de Santa María, cultivando cientos de tipos de dalias que, según comenta, le “llenan los ojos y el alma”.

Santa María, es el nombre de un departamento catamarqueño, también de su capital y del río que le da agua y vida. Monte de sierras y bolsones, su clima es árido, con veranos cálidos y precipitaciones cercanas a los 200 milímetros anuales. Hasta allí llegó Simón, con apenas 4 años.

“Mi papá, que es un ingeniero zootecnista, decide venirse a vivir a Amaicha. Él ya venía trabajando con cabras criollas. En el 89, nos vinimos a pasar unas vacaciones, que se hicieron largas y, en vez de volver a casa en San Miguel de Tucumán, empecé primer grado de la escuela del pueblo. Me la pasaba jugando y cuidando las cabras de mis compañeros”, empieza contando Fornaciari. 

Al tiempo, la familia compra una finca en Santa María, un casco añejo de los Villagra, una familia tradicional santamariana. La casa es muy antigua, algunas partes datan de 1860, a las que les fueron anexando salas y habitaciones sin mucho criterio, hasta que un arquitecto le otorgó un actual diseño señorial, con cornisas y galerías.

“Cuando llegamos allí sentí que mi sueño estaba cumplido”, expresa Simón, refiriéndose al amor a primera vista con esta finca. “Allí mi viejo montó un tambo caprino, que era su especialidad, y yo me la pasaba pasteando cabras, ordeñando, vacunando, haciendo todas las labores de un tambo”. 

Con la crisis del 2001, el tambo se funde y se deshacen de todo el plantel de cabras. Los padres de Simón se separan, la madre se queda en Amaicha y el padre se va a la finca que estaba un poco abandonada. “Allí no había luz, pero yo salía del colegio y me iba a la finca, como si fuera un campamento”. 

En el tiempo en que se distribuyeron las tierras, lo hicieron en lonjas de 100 metros y por la distancia que existía entre el río a la montaña. “Esta finca tiene 3 kilómetros, de los cuales 5 hectáreas son cultivables, porque cuentan con acceso al agua. Podría ampliarse la superficie, pero se necesitan inversiones que hoy no podemos afrontar”, describe. 

Rememora Fornaciari que se fue a estudiar zootécnica a Tucumán, igual que su padre. “la verdad, no he sido un buen estudiante y no avancé mucho en la carrera. Entonces me fui a vivir a Jujuy y luego a Buenos Aires a trabajar de carpintero. Iba a estar dos años y fueron como diez, pandemia de por medio”.

Por todos los periplos pasó Simón para llegar a la finca de Santa María en plena pandemia de COVID. “Cuando me vuelvo a instalar el tambo no existía, así que empezamos, con mi papá Roberto y mi hermano Lucio, a hacer aromáticas, orégano, romero, estragón, tomillo, comino, pimentón que, básicamente, esos son los cultivos tradicionales de esta zona por las condiciones ambientales que los benefician”.

“En ese momento le descubren a mi papá un tumor en la pierna y tuvimos que extraerlo rápidamente. Mientras estaba internado se puso a investigar sobre las dalias. Compró con mucha ilusión, variedades de diferentes colores, y resultó una estafa, eran todas dalias color borravino”.

“Igual, cuando le dieron el alta y a pesar de sus limitaciones, volvió con toda la decisión de iniciar el cultivo. Arrancamos y mi papá sufre una tromboembolia y lo vuelven a internar, ahora en Tucumán. Tan tozudo es que nos daba instrucciones para iniciar el cultivo mientras estaba internado”.

La familia Fornaciari contaba con algunos bulbos de dalias, a las que sumaron otras variedades locales que portaban una bacteriosis lo que les propinó otro cachetazo, “tuvimos que desechar todo”. 

Era tal el convencimiento de Roberto que se puso a conseguir nuevos bulbos de Estados Unidos y de Inglaterra. “A cualquier amigo que se iba de viaje le pedíamos que nos traigan nuevas variedades. También hay algunos importadores ahora, y así armamos nuestra pequeña colección, porque se sabe que hay 50 mil tipos de dalias diferentes”.

Una cosa es producir y otra comercializar. “Nuestros primeros años de comercialización han sido un fracaso”, se sonríe Simón. “Mi papá tenía la idea de vender una maceta de unos 3 litros con una dalia, con una pequeña vara y una flor. Lo hemos conseguido, ha sido mucho trabajo poder lograrlo. Hicimos unas 400 plantas con riego por goteo, todo un despliegue, pero el público no lo aceptó. Apenas vendimos 5 plantas”.

A lo que agrega, “la frustración no termina ahí. Lo peor de todo es que con las heladas se nos murieron todas las papas que no habíamos sacado de la maceta y, bueno, ahí aprendimos”.

“Yo intentando vender algo más tangible, como como el orégano, que nos sale muy bien también, estaba un poco reacio a lo de las flores. Siempre preguntaba: ¿para qué vamos a cultivar flores?, ¿qué vamos a hacer con esto?” Pero con extrema tenacidad y persistencia, transitaron un segundo y tercer año productivo. Pasaron de sembrar en uno de los jardines de la casona a disponer el cultivo en el campo.

“Cuando han comenzado a florecer, me deslumbraron por su belleza y dije ‘es por acá’. Realmente son muy bonitas. Comenzó a llegar gente a visitarlas, a verlas. Comprendí que ahí había algo”.  

Además de las dalias y las aromáticas los Fornaciari elaboran diversos productos regionales como mermeladas, condimentos, escabeches, ajíes, pasta de ajo. “Tenemos una linda producción y las flores con los productos regionales casi siempre se comercializan juntas entre los que nos visitan”, manifiesta Simón.

“Además, estamos vendiendo las dalias en pequeños ramos, todos los sábados, en la tradicional feria de la plaza de Santa María, de la cual soy el presidente hace más de 4 años, con una reelección en el medio”. Con gran aceptación del público local, comercializan entre 300 a 600 flores por sábado, “algo que para nosotros es un logro muy grande”, dice satisfecho.

En torno a la colección de 150 variedades de dalias comenta, “hace unos 2 años teníamos cerca de 50, el año pasado teníamos un poco más de 100, y ahora tenemos unas 150. Seguimos ampliando la superficie, pero también se hace más complejo el trabajo. Hay que atender las plantas, hacemos una poda de formación, una poda para que tengan tallo, el despimpollado, que es cortar los pimpollos para que flor principal adquiera un buen tamaño, con un buen tallo para para poder ponerla en un florero”.

“Todo lo hacemos con mano de obra de la familia y algunos ayudantes que nos dan una mano. Nos desbordan las tareas, siempre tenemos cosas para hacer y no hemos terminado las anteriores. Este año ya tenemos como 4000 papas plantadas. La verdad es que está un poco ambicioso el proyecto. Es de gran belleza y puede resultar de una importancia turística para la zona”, se enorgullece Simón. 

 “Hay que buscarle la vuelta”, dice. Fornaciari hace referencia a los excelentes productos que salen de ese valle, los ajos, las uvas, las diversas aromáticas. “Acá se produce un muy buen pimiento para pimentón, pero hace tiempo que no dan los números. Además, con esto de las importaciones, uno puede conseguir un pimentón de primera calidad de China a la mitad del precio de lo que consigue acá”.

Por eso, agregando más valor a lo producido, es que desarrollaron toda la línea de productos regionales que entreveran con el turismo, las flores y, en un futuro que esperan “no muy lejano”, sus propios vinos. 

Cada rincón de la finca tiene algo en producción. Gallinas ponedoras por allí, zapallos traídos de Suiza y cayotes por allá. Un caballo que acompaña con su trabajo, unas cabras que arrasan con todo lo que puedan ir comiendo.

También hay un niño pequeño que recorre los campos de flores regalando imágenes de almanaque. Ese niño tiene a su padre Simón en alerta permanente, más de una vez llegó diciendo “sepente” alzando una víbora que habían cazado los perros un rato antes.

Hay una madre que vuelve de su trabajo como docente y se suma a la labor del campo. Hay un abuelo que prepara el mate tratando que su hijo Simón pare un poco y comparta el rato que la vida les está regalando.

Hay mucha “esperanza de que esto funcione. Es todo muy bello para que la cosa no funcione. No paramos ni un momento y estamos siempre buscando la vuelta para demostrar que se debería poder vivir en el campo, con dignidad. Es muy triste ver como hay muy pocos jóvenes en el campo, ver como emigran a las ciudades y no vuelven. Es más triste aún, ver los campos vacíos, a veces regados por la desidia de las autoridades, tanto locales como las del país”.