Los fósiles se han convertido en el nuevo tesoro de los millonarios. Y eso preocupa mucho a los paleontólogos

Hace unos años, un coleccionista europeo le mostró un fósil al paleontólogo argentino Federico Agnolín, cerró el cajón de inmediato y lo condenó a no poder saber nada más de él, ni a investigarlo nunca. Esa pieza, que para el coleccionista era un trofeo exclusivo para la vista de sus allegados, habría resuelto de un plumazo el misterio evolutivo del origen de las víboras. Y esta anécdota que recoge El País refleja que el imparable mercado privado está arrebatando descubrimientos cruciales a la comunidad científica.

Un problema. Los restos que se encontraban de los dinosaurios antes eran considerados un inestimable patrimonio de nuestro conocimiento como humanidad, pero ahora se han convertido en el último gran fetiche de las personas más ricas del planeta. Y mientras estas pujan grandes cantidades de dinero por estos restos, los científicos se quedan sin poder estudiarlas y brindarnos el conocimiento que nos dejarían. 

Cifras récord. El negocio de las subastas de fósiles vive una escalada sin precedentes y el caso más reciente e ilustrativo es el de "Gus", un esqueleto de Tyrannosaurus rex que fue subastado en julio de 2026 por la casa Sotheby's. En una puja que duró apenas 10 minutos, el espécimen fue adquirido por 50,1 millones de dólares, marcando un récord histórico.

Incluso las grandes estrellas de Hollywood han sucumbido a esta particular moda. Celebridades como Leonardo DiCaprio o Russell Crowe han comprado piezas prehistóricas de alto valor. Sin embargo, estas adquisiciones entrañan graves riesgos, puesto que el actor Nicolas Cage, por ejemplo, tuvo que devolver un cráneo de Tarbosaurus por el que había desembolsado 246.000 euros tras descubrirse que había sido saqueado en Mongolia.

El secreto de la extinción aviar estaba escondido en el lugar más insospechado: un excremento de dinosaurio
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