Tomaba una virgen en cada pueblo por el que pasaba con su ejército, organizaba ballets acuáticos con nadadoras desnudas, en su salón principal se hacían bailes dónde él era el único hombre y luego obligaba a las mujeres elegidas a participar en una orgía organizada por él, padecía enfermedades venéreas y no le importaba contagiar a las múltiples mujeres con las que tenía relaciones, siempre llevaba su cama con él, era adicto a barbitúricos y otras drogas, nunca en su vida se cepilló los dientes, no se bañó en los últimos 50 años de su vida.
Mao Tse -Tung, el líder revolucionario chino, fundador y presidente de la República Popular china que gobernó con mano dura el país oriental durante más de dos décadas, tuvo una vida privada que logró mantener oculta durante muchísimo tiempo aún después de su muerte ocurrida medio siglo atrás, el 9 de septiembre de 1976.
Condujo primero la guerra civil, comandó la Larga Marcha, luego se opuso y combatió la ocupación japonesa hasta que encabezó la revolución que derrotó a Chaing Kai-Sek y en 1949 tomó el poder definitivamente hasta su muerte. Transformó a China y, en el medio se convirtió en uno de los mayores asesinos de masas de la historia. Se cree que sus víctimas fueron alrededor de 70 millones de personas. Sólo en la gran hambruna de 1959-1961 murieron 30 millones de campesinos.
Su vida privada y personal durante años permaneció en las sombras. Pero a partir de la década del noventa muchos secretos comenzaron a ser develados. Muchos de estos detalles de la vida cotidiana y sexual de Mao han llegado a Occidente gracias al libro La vida privada del Presidente Mao que en la década del noventa publicó su doctor personal, Li Zhisui, que no tuvo pruritos en revelar las intimidades y los secretos del líder chino luego de 22 años de estar a su lado. Posteriores biografías confirmaron estas historias y agregaron otras para mostrar al Mao de la intimidad.
Más allá de su prédica política y de las condiciones a las que sometía a su pueblo, él viajaba, sólo en tramos breves, en una limousine blindada. Siempre le tuvo aversión a los aviones, pero luego de un vuelo traumático a mediados de la década del 50, sólo utilizó El Proyecto 91, tal como se llamaba su tren de lujo que se desplazaba por vías totalmente despejadas; cada trayecto de Mao alteraba el esquema de horarios de todo el sistema ferroviario de la región: el suyo era el único tren que podía moverse. Sus movimientos eran impredecibles. Se movía sin aviso y en total secreto para preservar su seguridad. Los vagones eran a prueba de balas y estaban fuertemente armados.

Lo más notable de sus movimientos es que nunca viajaba sin llevar su cama con él. Sus lacayos debían armarla y desarmarla en cada lugar al que llegaban.
Era una cama enorme de madera sólida. Tenía un desnivel para que la pila de libros que lo rodeaba no se cayera sobre él. El colchón no era tan confortable. Acostumbrado a dormir en lechos duros por su pasado campesino, detestaba los colchones blandos occidentales. El suyo era firme, poco mullido.
Mao pasaba mucho tiempo acostado. La utilizaba como oficina y como biblioteca. Allí escribía sus discursos, recibía a sus ministros y consejeros, discutía los autos de estado y comía.
También, por supuesto, era la sede de sus múltiples encuentros sexuales.
El Gran Timonel -como era llamado- tenía sexo con muchas mujeres, por lo general muy jóvenes. Le gustaba que hubiera más de una mujer en su cama; organizaba orgías y sesiones de sexo colectivo con frecuencia. Mantenía una especie de harem que iba incrementando.
Esos encuentros sexuales masivos no eran un secreto. Pese a que no les prestaba mucha atención a las chicas cuando estaban con él, era celoso de ellas. Una vez vio a uno de sus guardias tocándole la cola a una chica y lo mandó detener. El hombre no sólo dejó de integrar su ejército personal sino que fue enviado al ostracismo.
Era taoísta y consideraba, tal como lo escribió, que “la sexualidad es una fuerza cósmica cargada de potencialidad revolucionaria”. En su juventud adscribía a la teoría del vaso de agua que habían difundido los soviéticos apenas ocurrió la Revolución Rusa. Sostenían que la satisfacción sexual debía ser tan natural, sencilla y libre de culpa como tomar un vaso de agua; subrayaban que un vaso de agua no se debía tomar sólo cuando la sed ya se hacía insoportable.
En su juventud, durante La Gran Marcha, se dice que, pese a la enorme disciplina que le exigía a su ejército, él tomaba una chica virgen en cada pueblo por el que pasaban, era un tributo que reclamaba en cada lugar.
Su obsesión por el sexo se incrementó con los años. Durante la década del sesenta era frecuente que cada noche se llevara entre 3 y 5 jóvenes a su habitación.

El baile, por ser considerada una práctica burguesa y decadente estaba prohibido en la China de Mao. Sin embargo, él tenía en su palacio un gran salón de baile. Una vez por semana, una orquesta tocaba fox trots, valses y hasta tangos. Mao ingresaba con la música sonando. Una pequeña multitud de jóvenes lo esperaba. Debían quedarse quietas hasta que el líder eligiera a una y se pusiera bailar con ella. Dicen que se desplazaba por toda la pista, algo erguido y con pasos de baile que parecían una larga caminata: la llevaba con fuerza de una punta a la otra del salón, como mostrándola a las demás y demostrando que él era el que tenía la fuerza, el que conducía. Hablaba unos minutos con la joven y después cambiaba de pareja. Las mujeres eran elegidas a través de un largo casting. Debían reunir los rasgos de belleza que él exigía, tener buena conversación y haber demostrado fidelidad política. Algunas fueron expulsadas de ese harem por sospechas de simpatía con opositores políticos. En la habitación de al lado del salón de baile habían montado una réplica de su cama para que Mao pasara allí con las mujeres que iba seleccionando a lo largo de la noche.
Otra fuente de chicas era la natación. Mao solía nadar en todas las aguas con las que se cruzaba. A veces sus asesores querían disuadirlo de meterse en ríos peligrosos o en aguas contaminadas, pero nunca lo conseguían. En la piscina de su mansión organizaba competencias acuáticas y ballet submarino con el requisito indispensable de que todas las participantes estuvieran completamente desnudas. Luego las elegidas pasarían a su habitación.
El día que Mao cumplía 65 años, su esposa organizó una gran fiesta en su honor. Pero él no acudió. Después de esperarlo un par de horas y luego de que algún funcionario dijera que el Gran Timonel estaba atendiendo asuntos de estado, la mujer que conocía a su marido a la perfección fue hasta la habitación principal y lo encontró con varias jóvenes desnudas en su cama. La esposa lo abandonó esa misma noche, pero a las pocas semanas regresó escribiendo una carta de disculpas que luego se hizo pública.
Su médico personal afirmó que la intensa actividad sexual de Mao no se limitaba a las mujeres. Los jóvenes y musculosos guardias que lo custodiaban, que integraban su ejército personal, eran obligados a realizarle masajes por las noches. Les pedía que pusieran especial dedicación en la zona de la ingle. Él también aprovechaba para manosear a los improvisados masajistas. Para el doctor esa era una manifestación más de su apetito desbocado por cualquier forma de sexo.
Después de cumplir los 60 años comenzó a tener problemas de impotencia. A los profesionales les costó que entendiera que eran asuntos que venían con la edad. Él consideraba que de esas cosas debía estar exento, que no correspondía que le pasaran como al resto de los mortales. Recurrieron a inyectarle extracto de cuerno de ciervo, un supuesto afrodisíaco oriental milenario.

La búsqueda de vírgenes y jóvenes no mermó con sus problemas eréctiles. Siguió haciendo sus bailes y encontrándose con las chicas que le acercaba su jefa de enfermeras. Las prácticas que se llevaban a cabo en su dormitorio y en esa cama de madera hecha a medida no son conocidas. Alguno de los que integró su corte en esos años le dijo a un biógrafo: “Siguió siendo un maniático sexual hasta el final”.
De incógnito, viajó a China una sexóloga rumana que le inyectó novocaína en el miembro viril para ver si podía hacerle recuperar la potencia de antaño.
Su aversión a los productos occidentales cedía cuando se trataba de pornografía. Tenía gente que se encargaba de conseguirle las revistas, películas e implementos que él solicitaba.
Padecía enfermedades venéreas, dato que no sorprende por la enorme cantidad de parejas sexuales que tuvo. Se supone, por cómo lo describe el Dr. Li en su libro, se trataba de blenorragia y de otra de la cuál era portador pero que no manifestaba síntomas en él. El doctor lo percibió porque debió atender a varias mujeres de su harem con malestares y lesiones similares. Cuando le propuso a Mao iniciar un tratamiento este se negó de plano. Con su status de casi deidad era inconcebible que él estuviera enfermo o pudiera transmitir algo malo. Por otro lado, por el mismo status cuasi divino, mientras él no tuviera síntomas graves decidió no iniciar ningún tratamiento y el contagio no le importaba en lo más mínimo. Acaso pensara que era el precio que las mujeres debían pagar por estar con él.
Uno de los mayores problemas que enfrentaba en su vida cotidiana era la dificultad para conciliar el sueño. Desde muy joven el insomnio lo acosó. ya en el poder se hizo adicto a barbitúricos potentes que empezó tomando para poder dormir. Con el acostumbramiento a la droga, las dosis fueron aumentando hasta convertirse en peligrosas. Luego, el Doctor Li le dio un sedante, hidrato de cloral líquido, al que también se volvió adicto. Pasaba de la somnolencia a la euforia de manera muy veloz y desconcertante para los que no conocían su adicción.
Tanto frenesí sexual, además de por la asimetría en las relaciones por la diferencia de edad y de poder, adquiere todavía un tono peor cuando se lee sobre los (nulos) hábitos de higiene del líder chino.

“Un tigre nunca se lava los dientes”, solía decir. No era una metáfora. Él se consideraba un tigre y nunca se cepilló los dientes en su vida. De chico solía tomar té cada mañana. Masticaba las hojas y con el líquido se hacía buches enjuagando la boca. A eso se limitaba la rutina de higiene bucal que practicó toda su vida.
Cuando ya ostentaba el poder en China sus dientes se habían puesto verdes, como si una nena hubiera decidido pintarlos con marcadores de colores fuertes. Otros líderes comunistas quisieron disuadirlo pero él recurría a la frase del tigre para alejarlos. Las piezas dentales se aflojaron solas y se fueron cayendo. De las encías salía pus. Los que se sentaban cerca de él en una mesa debían aguantar las arcadas por el olor nauseabundo que despedía.
Ese hedor no sólo provenía de la boca. El de cepillarse los dientes no era el único hábito que no cultivaba. Tampoco se bañaba. La rutina de limpieza corporal se reducía a que varios de sus sirvientes pasaran por su cuerpo unas toallas calientes húmedas, mientras él leía o mantenía alguna discusión política con algún asesor.
Luego de esa limpieza precaria, se hacía embadurnar el cuerpo con una sustancia que lo habían convencido que estaba hecha de secreciones vaginales, que supuestamente lo dotarían de mayor energía.
En medio de los convulsionados años sesenta, con el mundo dividido en dos y con cada país alineado con alguna de las dos grandes potencias, Mao se convirtió en ícono pop así como el Che Guevara se convirtió en póster. Andy Warhol hizo una serie de retratos de Mao semanas después de la visita de Nixon a China. Warhol dijo que la elección del personaje para su nueva serie de obras era obvia, se trataba del hombre más famosos del mundo.

En China su presencia sigue siendo central. Diariamente, miles de personas hacen fila para ver su cuerpo embalsamado en Tiananmen. Pero hay un dato cotidiano que muestra su importancia: todos los billetes de curso legal llevan todavía, a cincuenta años de su muerte, su imagen.
Mao tuvo cuatro esposas oficiales a lo largo de su vida. La última, Jian Qing, fue la que más tiempo estuvo con él. En los últimos años, sin embargo, la mujer que tuvo más influencia sobre su vida fue Zhang Yufeng, una hermosa joven, que se convirtió en su secretaría personal alrededor de 1970. Ella manejaba mucho más que su agenda. Se volvió su persona de confianza, a lo que le contaba los secretos. Nadie, ni siquiera su esposa oficial, podía ver al Gran Timonel sin que Yufeng franqueara el paso.
Cuando estaba moribundo y farfullaba desde su cama, era ella la que traducía lo que decía, la que oficiaba de médium. A ella le dijo sus últimas palabras: quería que el doctor Li le dijera si todavía tenía esperanzas de sobrevivir. El médico personal le mintió que sí. Murío pocas horas después, el 9 de septiembre de 1976.
El cuerpo fue embalsamado y la despedida duró varios días. Más de un millón de ciudadanos chinos pasaron frente al cajón para despedirse de su líder.




