En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, la científica del comportamiento e investigadora argentina Lucía Macchia reflexionó sobre qué dice la ciencia acerca de la felicidad y el bienestar. Explicó por qué la felicidad es una emoción pasajera y por qué perseguirla como un estado permanente puede llevar a la frustración. También analizó el impacto del dinero, la adaptación hedónica y las comparaciones sociales, y explicó por qué muchas veces sobreestimamos cuánto nos harán felices los logros materiales.

Además, habló sobre el rol de los vínculos sociales, el ejercicio, la naturaleza y la gratitud como algunos de los factores asociados al bienestar, y explicó cómo nuestras expectativas y recuerdos pueden distorsionar la manera en que evaluamos nuestras experiencias. También abordó la relación entre estrés, soledad y dolor físico, el uso de actividades sociales como herramienta frente al dolor crónico y la importancia de las pequeñas decisiones cotidianas para construir una vida con mayor satisfacción.

Lucía Macchia es una científica del comportamiento e investigadora argentina, especializada en el estudio del bienestar humano desde una perspectiva interdisciplinaria que combina psicología, economía del comportamiento y ciencias sociales. Es Ph.D. en Psicología por City, University of London, donde actualmente se desempeña como Lecturer, y también es Research Affiliate del Wellbeing Research Centre de la Universidad de Oxford y Visiting Fellow de la London School of Economics. Su trabajo académico se centra especialmente en el bienestar, la felicidad, el dolor físico y la manera en que factores sociales y económicos influyen en la vida de las personas. Ha publicado investigaciones en revistas científicas internacionales y participó del Global Flourishing Study, un proyecto internacional sobre bienestar y desarrollo humano.

Lucía Macchia explicó que la felicidad es una emoción pasajera y que buscarla como un estado permanente puede generar frustración, mientras la satisfacción con la vida constituye una evaluación más amplia y estable (Imagen Ilustrativa Infobae)

—En los últimos años te dedicaste a investigar sobre la felicidad. ¿Por qué esa decisión?

—Cuando estaba haciendo mi maestría en Ciencias del Comportamiento, tuve una clase donde nos explicaron cómo se creaba el ranking de la felicidad, ese tan famoso que sale en los diarios y que dice que los países nórdicos son los más felices. Me llamó la atención que casi no había investigación al respecto en los países de América Latina. Entonces empecé a interiorizarme en el tema y a tener charlas con la profesora que había dado esa clase, quien después resultó ser mi supervisora en el doctorado.

Cuando estaba por terminar la maestría me ofrecieron una beca y dije: “Sí, quiero hacer mi doctorado en este tema, en la felicidad de las personas en América Latina y también en el mundo en general”. Así fue como empecé a estudiar esto, a raíz de una clase que me mostró algo que nunca antes había visto. Lo que más me sorprendió fue que, en un momento, los gobiernos empezaron a medir el bienestar subjetivo de las personas y a considerarlo en sus decisiones económicas y de política pública. Hablamos de países quizás más desarrollados que Argentina, donde hoy tenemos otro tipo de problemáticas, o en general a lo largo de la historia. Me interesó mucho la importancia que los gobiernos le daban a la felicidad de las personas, un tema que suele considerarse más blando, más de charla de café, y no tanto algo presente en las políticas públicas y en las decisiones que toman los gobiernos. Eso me llamó la atención: la relevancia que se le daba desde un lugar de decisión en el mundo.

La ciencia del bienestar diferencia la felicidad diaria de la satisfacción con la vida, la primera se vincula con sentimientos cambiantes y la segunda con una evaluación mental de la salud, la familia, los vínculos y el trabajo (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Crees que nos equivocamos a la hora de predecir qué nos va a hacer felices?

—Sí. El error más estudiado es la relación entre el dinero y la felicidad o el bienestar; es la investigación que abrió el campo de estudio conocido como la economía de la felicidad. Si bien hay un millón de hallazgos en esa literatura y mucha discusión entre quienes trabajaron en eso, podemos decir que el dinero nos da felicidad hasta cierto punto. Ese punto llega, en general, cuando nuestras necesidades básicas están cubiertas; una vez cubiertas, más dinero no aumenta el bienestar. De ahí la famosa frase “me gustaría vivir de rentas”. También sucede que, cuando alguien trabaja para llegar a vivir de rentas, como somos malos para predecir lo que realmente queremos o lo que nos hará más felices, anhelamos eso, pero el día que llega, la felicidad que nos da es ínfima comparada con la que imaginábamos.

—Si esto está comprobado y nos damos cuenta de que, cuando las cosas empiezan a ir bien y adquirimos eso que tanto soñábamos, no nos trae tanta felicidad, ¿por qué seguimos buscando algo que ya se probó que no funciona así?

—Excelente pregunta, porque creo que, en general, los hallazgos científicos mueren en el estudio. Es muy difícil que la ciencia trascienda a la vida real de las personas, o incluso que llegue a quienes diseñan las políticas públicas, donde podría haber una bajada más formal o un mecanismo para que llegue a la población en general. Es muy difícil que cualquier persona ajena al ámbito académico pueda leer esas investigaciones.

Esto tiene dos explicaciones, que son justamente las que dieron los investigadores que descubrieron ese punto en la curva —por decirlo de manera estadística— al que llamaron punto de saciedad, es decir, cuando el dinero ya no aumenta la felicidad. La primera es la adaptación hedónica: el ser humano se adapta a su estado actual. El caso típico es el del aumento de sueldo: me lo aumentan un día, la felicidad me dura una semana, y a la semana quiero otro aumento. ¿Por qué? Porque me adapté a esa felicidad o a ese nuevo estilo de vida al que pude acceder con el aumento. La segunda explicación son las aspiraciones: cuanto más tengo, más quiero. Si tengo un aumento de sueldo, puedo acceder a cosas que quería; por ejemplo, me compro el último teléfono y, al mes, ya quiero uno más nuevo.

Las preguntas sobre felicidad cotidiana suelen enfocarse en el día anterior porque ese período permanece fresco en la memoria y permite reducir las distorsiones que pueden aparecer al evaluar experiencias más lejanas (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Hay algo que me da curiosidad: la diferencia entre cómo evaluamos nuestra vida y lo que realmente sentimos en el día a día. Puedo tener un buen trabajo, una familia, una buena situación económica y una evaluación positiva de mi vida, pero si tengo mal temperamento o no descanso bien, tiendo a ver los problemas más graves de lo que son, y mi realidad puede no ser tan feliz. ¿Cómo se evalúan esas dos dimensiones, que son distintas, pero terminan formando una misma interpretación de nuestra vida?

—Acá hay varias cuestiones. Primero, como mencionaste, la medida de satisfacción con la vida es una medida cognitiva o mental. Uno pone todos los aspectos de la vida sobre la mesa y dice: “De cero a diez, ¿cuán satisfecho estoy con mi salud, con mi familia, con mis amigos, con mi trabajo, con mi vida en general?”. De ahí sacamos un puntaje. En cambio, la felicidad diaria es un sentimiento, algo que uno siente y no evalúa mentalmente. Ahí está la gran diferencia desde el lado científico y estadístico, en los mecanismos psicológicos que necesitamos entender para saber cuán feliz se siente una persona o cuán satisfecha está con su vida. Una es una evaluación y la otra es un sentimiento del día a día que varía tan rápido que la pregunta estándar suele ser: “¿Cuán feliz te sentiste ayer?”.

Puntualmente se pregunta por el día anterior porque es lo más fresco en la mente de una persona. Si le preguntamos por algo ocurrido hace un mes, puede haberlo olvidado y dar una respuesta distinta; en cambio, con el día anterior no existe el sesgo del momento, como que le toque un encuestador de mal humor y eso influya en la respuesta. Eso habla del día a día, incluso en la forma en que se miden estos conceptos.

¿Cuál es la relación entre ambos conceptos? Sobre tu punto de que uno puede tener un día a día muy malo y, a la vez, estar satisfecho con su vida: a mí me parece importante reconocer que tanto las emociones positivas como las negativas —y cuando digo negativas no hablo de que sean inútiles, porque todas las emociones nos dan información, sino de que no son placenteras, y así se etiquetan en este campo de investigación— son temporarias.

Puedo tener un muy mal día y, aun así, estar satisfecho con mi vida. Está bueno reconocer que tuve un mal día, pero no por eso mi vida carece de sentido o de propósito, ni mi puntaje baja de ocho a dos. Simplemente tuve un mal día. Sé que mi emoción negativa, como también las positivas, es temporaria, así que quizás mañana tenga un mejor día. Eso, por un lado: reconocer que las emociones no van a determinar el movimiento en mi puntaje de satisfacción con la vida, que es algo más amplio. Y, por otro lado, que existe una relación directa entre las emociones que vivimos día a día y nuestra satisfacción con la vida. Cuando mencionaste lo del temperamento: si soy una persona negativa, probablemente eso influya en mi puntaje de satisfacción con la vida, porque mi evaluación va a estar teñida de esa negatividad.

Los recuerdos pueden cambiar a partir de relatos propios y ajenos, una experiencia que inicialmente fue valorada de manera positiva puede adquirir un significado negativo cuando se la revisa muchas veces o se escuchan otras versiones (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Nuestra memoria muchas veces nos engaña. Está comprobado que, cuando vivimos una experiencia, solemos recordar sobre todo el final y algunos momentos puntuales. Entonces, ¿cuánto influye esa evaluación de nuestra vida en la felicidad y cuánto depende de cómo realmente nos sentimos?

—Hay un estudio muy famoso que se llama “The Peak-End Rule”, que muestra que recordamos el final de los eventos y también los picos de esos eventos. Por ejemplo, si nos vamos de vacaciones, hay más probabilidad de que recordemos los últimos días que los primeros; pero si hubo un evento muy sobresaliente, positivo o negativo —con mayor peso los negativos que los positivos, y ahí entra otra rama de conocimiento—, vamos a registrar ese evento sobresaliente. Muy probablemente, en cuanto a la memoria de largo plazo, va a predominar el final de esa experiencia y el pico de esa experiencia.

¿Qué es lo que sucede? En general, recordamos los eventos por cómo los sentimos y no por lo que realmente fueron. Eso es totalmente normal, de algún modo, porque el cerebro humano funciona así: no recordamos con exactitud. De hecho, hay un estudio muy famoso, que a mí me gusta mucho, en el que testearon esto en personas que fueron testigos de crímenes. Lo que sucedía —y aquí hay otro punto— es que podemos alterar nuestra memoria según lo que nos cuentan. Si nos vamos de vacaciones con otra persona y esa persona la pasó mal, y después recuerda todo lo malo, va a llegar un momento en el que mi propio recuerdo también será malo. Quizás mi recuerdo inicial no era malo, pero el cerebro humano es tan permeable que hace que nuestro recuerdo se modifique a través de lo que nos vamos contando a nosotros mismos o de lo que otras personas nos cuentan.

—A veces es mejor tener una buena capacidad de resignificar los eventos que nos fueron pasando que poder vivirlos en el momento con emociones positivas.

—Exacto. Una herramienta muy útil para esto es llevar un diario, por ejemplo. No sé si alguna vez escucharon a alguien decir: “Leí mi diario de cuando escribí sobre este recuerdo y no lo recordaba como lo viví inmediatamente después de que sucedió”. Eso nos ayuda, de algún modo, no a mantener los recuerdos intactos —porque todos van a estar influidos por el sentimiento, sea en el momento del recuerdo o después, en esta resignificación que surge con el análisis—, sino a volver atrás y decir: “Al final no me sentí tan mal con esto. Me estoy sintiendo mal porque le doy mil vueltas por lo que me dijeron, pero mi primera impresión no fue tan mala”.

La regla del pico y del final plantea que las personas recuerdan con más fuerza los momentos sobresalientes y el desenlace de una experiencia, por encima de muchos otros episodios que formaron parte de ella (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Laurie Santos también habla de cómo sobreestimamos tanto la felicidad que nos van a generar ciertas experiencias como el dolor o la incomodidad.

—Sí, eso tiene un nombre y viene de la teoría de las perspectivas de Kahneman, uno de los fundadores de las ciencias del comportamiento, quien junto con su coautor encontró que el dolor de una pérdida es el doble que la ganancia o la felicidad que nos da ganar algo. Entonces, yo estimo que el dolor del dentista va a ser dos veces más grave de lo que va a ser en realidad. Pero, a su vez, si bien también sobreestimo la satisfacción que me va a dar ese fin de semana en París, ahí no es al doble, sino una vez y media, es más chico. El ser humano sobreestima todo: lo bueno y lo malo. Eso también tiene que ver con las expectativas, porque que lo que sucede en la realidad no coincida con nuestra estimación se relaciona con que vamos con una expectativa mucho más alta de lo que realmente es y, después, en la realidad se produce un ajuste; ahí aparece esa distancia. Sucede también en lo negativo: sobreestimamos todo y le damos más peso a los eventos negativos que a los positivos.

—¿Saber de qué va la felicidad, qué cosas nos acercan más y cuáles menos, te ayudó a vos a ser más feliz? ¿O intelectualizarla no tiene nada que ver con poder sentirla después?

—Creo que uno hace lo que puede en todos los ámbitos y a mí lo que sí me ha ayudado mucho, justamente lo que hablábamos antes, es saber qué es lo que me puede llegar a pasar o lo que puedo llegar a sentir en una situación u otra. Por ejemplo, esto de las experiencias y los objetos materiales: digo “quiero un teléfono nuevo”, pero científicamente sé que esa satisfacción va a ser corta. Entonces, quizás oriento mis recursos hacia otro lado.

—¿La felicidad es algo que se puede aprender?

—Totalmente. Uno puede modificar sus comportamientos. ¿Cuál es el punto de conocer la ciencia de la felicidad? Que incluso tener una definición de felicidad, dejar de considerarla como un estado permanente de largo plazo, nos ayuda a no perseguirla incansablemente y a dedicarnos a otros aspectos. A su vez, conocer qué nos puede hacer sentir más felices, qué actividades podemos hacer, o cuando tenemos ese conflicto de quedarme dos horas más en la oficina o ir a dar una vuelta al parque, sabemos que pasar tiempo en la naturaleza y hablar con otras personas nos hace bien. Conocer la ciencia de la felicidad es útil, creo, para tomar decisiones activas que aumenten nuestro bienestar.

El ejercicio físico, el contacto con la naturaleza y los vínculos sociales figuran entre los factores asociados al bienestar, los vínculos fuertes son aquellos que ofrecen apoyo cuando una persona atraviesa un problema  (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Cuáles son los hábitos que se comprobó que aumentan la felicidad?

—Podemos clasificarlos en dos conjuntos: uno físico y otro mental. Dentro de lo físico, por ejemplo, hay un montón de investigaciones que comprueban que hacer ejercicio hace bien para el bienestar, así como pasar tiempo en la naturaleza y construir vínculos sociales. Estos últimos son el predictor más fuerte del bienestar humano. Y con construir vínculos sociales no hablamos solamente de tener amigos o compañeros de trabajo, sino que la ciencia define esos vínculos fuertes como personas con las que podemos contar si tenemos algún problema. Ahora, ¿cómo construimos esos vínculos? Puede ser con amistades o a través de relaciones familiares, pero también hay otras actividades, como el voluntariado o participar en actividades comunitarias.

De hecho, hay un estudio muy famoso sobre este aspecto prosocial que tienen los seres humanos: la idea de dar a otra persona, algo que Laurie Santos también menciona mucho en su curso y en sus artículos. Ayudar a otras personas nos hace bien a nosotros mismos; no solo beneficiamos a quien ayudamos, sino que obtenemos un beneficio propio. Una investigación muestra que hacer voluntariado ayuda más a aumentar nuestro bienestar que juntar donaciones, y la variable que marca la diferencia en esos casos son las conexiones sociales. El voluntariado nos ayuda a conectar con otras personas, ya sea a quienes ayudamos o a quienes ayudan junto a nosotros. Eso muestra cómo, dentro de una misma actividad —ayudar a otras personas—, hacerlo en compañía y establecer lazos fuertes potencia el bienestar.

Eso sería dentro de lo físico. Después está lo mental, que tiene que ver, por ejemplo, con el mindfulness o con llevar diarios de gratitud. La gratitud es uno de los mecanismos psicológicos que podemos usar para aumentar nuestro bienestar, y el diario de gratitud es bastante fácil de hacer. El experimento clásico, el primero en descubrirlo, les pedía a los participantes anotar tres cosas por las que estaban agradecidos, que les habían pasado en el día, durante un mes o veinte días. Y, retomando lo que hablábamos sobre genética, el rasgo de la gratitud es algo que se puede construir con el tiempo, sin carga genética.

A diferencia de muchos rasgos de la personalidad humana —incluso la felicidad o la satisfacción con la vida—, la línea base de la gratitud es muy baja. No es que nacemos siendo desagradecidos, sino que hay mucho espacio, por decirlo de algún modo, para construirla con el tiempo. Es un hábito y un rasgo de la personalidad que se puede desarrollar: es fácil, es barato, es rápido y tiene un efecto acumulativo en el tiempo.

Los diarios de gratitud proponen anotar tres hechos por los que una persona se siente agradecida durante 20 días o un mes, una práctica que puede transformarse en un hábito con efectos acumulativos en el tiempo (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Qué te ha servido a vos puntualmente?

—Ahí te puedo mencionar dos cosas, pero esto es pura experiencia propia; no sé si hay ciencia detrás. Una es tomarme las mañanas con más lentitud: no levantarme a las seis y salir corriendo porque a las seis y media o siete tengo que estar en algún lugar. Me levanto, me hago mi café, escribo mi diario. Y algo que me saca de los apuros es la respiración; de nuevo, esto es muy personal porque no es mi área de investigación, pero utilizarla me ayuda mucho.

La respiración es casi un reflejo, algo que hacemos de manera automática, pero registrarla me ayuda mucho para bajar un momento y decir: “Registro qué es lo que me está pasando” y esperar antes de reaccionar. Eso, para mí, también es clave. Pero bueno, ahí ya nos metemos en otro tema.

—¿Hay algo que hayas investigado en el último tiempo que te haya sorprendido?

—En los últimos años estuve estudiando mucho el rol del dolor en el cuerpo, en la mente, y cómo la mente puede generarnos dolor en el cuerpo. Esta idea de que uno puede tener dolor sin una herida física hoy, después de ciertos años de intentar convencer a quienes moldean de algún modo los campos de investigación, hace que el dolor en el cuerpo sea considerado una emoción negativa a la altura de la tristeza o el enojo, por ejemplo. Eso es algo que, si bien se viene hablando en ciertas disciplinas, todavía en la medicina tradicional es casi una mala palabra.

A raíz de eso, y no solo para tratar el dolor sin herida física —si nos duele la cabeza o nos quebramos un brazo, sí hay que ir al médico tradicional porque necesitamos algo puntual—, hay muchas personas que tienen dolor sin herida física o dolor crónico, lo que significa que la medicina tradicional ya no puede hacer mucho más. A raíz de eso, y también aplicado a otras condiciones, en muchos países se utiliza lo que se conoce como recetario social. Ante la pregunta de qué se puede hacer, en vez de recetar fármacos o tratamientos tradicionales, se recomienda unirse a grupos o actividades que brinden contención social.

Por ejemplo, a una señora mayor con dolor crónico, en vez de recetarle un medicamento para aliviarlo, se le receta unirse al club del barrio donde leen un libro por semana. Muchas de las actividades de las que hablamos, que generan un vínculo social, se usan incluso en los países más desarrollados del mundo para tratar condiciones de salud: desde el dolor en el cuerpo, que es un ejemplo puntual, hasta la demencia o el dolor crónico y la fatiga.

El estrés puede generar inflamación en el cuerpo y traducirse en dolor físico, con manifestaciones frecuentes como molestias en el cuello o la espalda que se vinculan con el descanso insuficiente y la acumulación de exigencias (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Cuáles son las emociones más frecuentes que llevan al dolor crónico?

—La más frecuente es el estrés. No hay ninguna magia detrás: el estrés inflama el cuerpo y el cuerpo duele, hay un mecanismo biológico. Lo que sucede es que esa inflamación no viene de un golpe o una caída, sino de una inflamación en el cuerpo generada por el estrés. El ejemplo clásico, muy del día a día, es el dolor de cuello o de espalda, que la medicina tradicional a veces no puede explicar, y que viene de dormir cinco horas por día, de estar a tope en el trabajo, de manejar la familia y de acumular eventos estresantes que eventualmente se traducen en el cuerpo.

La soledad es uno de los predictores más grandes del dolor, incluso cuando tenemos en cuenta la cantidad de amigos que alguien dice tener. La idea es que no tiene tanto que ver con la cantidad de amigos, sino con cómo uno se siente. En relación con esto, en Inglaterra desarrollaron hace unos años una intervención desde el gobierno: los carteros les hacían algunas preguntas sobre su bienestar a las personas mayores, que en aquel momento —creo que fue en 2018— eran quienes reportaban mayor nivel de soledad. Que el cartero les hiciera dos o tres preguntas durante dos minutos hacía que el nivel de soledad disminuyera, y con eso también bajaban las visitas al médico y el dolor en el cuerpo: está intrínsecamente relacionado.

El otro punto es la distracción, que también está detrás del recetario social y de los médicos que recetan actividades. La visión científica del dolor en el cuerpo evolucionó: primero se lo consideraba un síntoma de una herida, la visión tradicional que muchos médicos en el mundo todavía sostienen sin dar lugar a otra interpretación. Después llegaron las teorías más bien cognitivo-conductuales o de aceptación, que se enfocan en el dolor: uno habla acerca de él, lo enmarca de otra forma, le da utilidad, importancia, un significado.

Y la tercera, la del recetario social, tiene que ver con la idea de que el dolor no está sobre la mesa. Si tengo dolor crónico y me uno al grupo de lectura del barrio, no hablamos del dolor, hablamos de la novela que leímos. El dolor está, pero el foco no está ahí. La distracción, ese mecanismo psicológico que nos aparta del dolor, hace que duela menos: cuando le quitamos atención a algo, eso duele menos. Aplica incluso al dolor emocional.

—Voy a despedirte con la última pregunta que le hago a todos los invitados: que nos dejes algo que te parezca valioso, que en el último tiempo te haya sorprendido, conmovido, ilusionado. Puede ser algo que leíste, que estás estudiando, que te contaron. Lo que sea que creas valioso para dejarnos como último mensaje.

—Creo que, como hablamos en algún momento, esta idea de ser conscientes y de tener información acerca de lo que nos puede hacer sentir mejor es un activo que va a ser útil para nuestra vida en el largo plazo. Está bueno tenerlo presente en los actos del día a día, en esas microdecisiones, porque al final del día son las que nos hacen tener un día feliz y una vida con satisfacción alta.