“Premia lo que quieres que se repita” es una de las frases más extendidas dentro del adiestramiento moderno. Para Luis Vallbona, sin embargo, quedarse únicamente con esa lógica puede llevar a perder de vista una parte fundamental del comportamiento del perro: por qué está haciendo lo que hace.
El especialista sostiene que una conducta visible es solamente la parte superficial de un problema mucho más amplio.
Un perro puede ladrar, tirar de la correa, destruir objetos o reaccionar frente a otros animales, pero detrás de esas respuestas pueden existir miedo, inseguridad, estrés acumulado, experiencias anteriores o necesidades que no están siendo atendidas.
Por eso, Vallbona plantea que educar no debería consistir únicamente en premiar aquello que agrada al humano o corregir aquello que molesta.

“Dar comida no garantiza que el perro se sienta comprendido, seguro o emocionalmente estable”, explica. Eso no significa que rechace la existencia del refuerzo. Su propuesta es ampliar el enfoque.
El perro también aprende a través de la convivencia diaria, la previsibilidad, la confianza y la manera en la que las personas responden a sus señales.
Como ejemplo, cuenta que desde que nació su bebé prefieren que su perro no permanezca dentro de la cocina mientras preparan alimentos. En lugar de recurrir a premios o gritos, comenzaron a indicarle que saliera mediante la voz, el movimiento corporal y una pauta repetida de manera consistente.
Según Vallbona, el animal terminó comprendiendo el límite porque existía una comunicación coherente.
Cuando el problema no es el ladrido, sino el miedo que hay detrás
Esta perspectiva adquiere todavía más importancia frente a perros con miedo o conductas reactivas. Vallbona propone imaginar, por ejemplo, a un perro que ladra cada vez que se cruza con otro.
Una estrategia podría consistir en esperar a que deje de hacerlo y ofrecerle comida. Pero también se puede trabajar aumentando la distancia, permitiéndole observar sin sentirse desbordado y acompañándolo hasta que pueda manejar mejor la situación.
Para el especialista, la pregunta central no debería ser solamente cómo conseguir que deje de ladrar, sino qué necesita ese perro para sentirse seguro.

Algo parecido ocurre con los animales que tienen miedo de las personas. Forzar un acercamiento mientras alguien les ofrece comida puede no ser siempre la mejor opción.
Vallbona compara esa situación con una persona que tiene miedo a los perros. Probablemente avance mejor si se respetan sus tiempos que si se la expone constantemente al estímulo temido mientras recibe algo agradable a cambio.
Por eso critica una interpretación demasiado simplificada del llamado adiestramiento “en positivo”. Usar comida no convierte automáticamente una experiencia en positiva para el animal.
Un perro puede aceptar un premio y, al mismo tiempo, continuar sintiendo miedo, tensión o inseguridad.
En los problemas de conducta, Vallbona considera necesario observar el panorama completo. Es decir el estado emocional, las rutinas, el entorno, las dinámicas familiares y también posibles causas médicas.
Pequeñas modificaciones en la vida cotidiana pueden generar cambios rápidos, especialmente cuando consiguen reducir el nivel general de estrés.
El veterinario reconoce que muchas familias llegan buscando una solución inmediata porque llevan meses conviviendo con ladridos, destrucción, sobreexcitación u otras situaciones desgastantes.
Pero advierte contra la idea de tratar al perro como si fuera algo que simplemente necesita ser “arreglado”.
“Un perro no es un electrodoméstico que se rompe y puede arreglarse con tres pautas rápidas”, sostiene.
Su planteo es que ningún premio sustituye por sí solo una relación en la que el animal pueda sentirse seguro, escuchado y comprendido.



