En un nuevo episodio de La Fórmula Podcast, el exfutbolista y exarquero de la Selección Argentina Mariano Andújar reflexionó sobre el retiro del fútbol profesional, la preparación mental para enfrentar el final de una carrera y los sacrificios que implica llegar a la alta competencia. Habló sobre la importancia de la disciplina, el esfuerzo y tener un objetivo claro, y contó cómo fue atravesar el cambio de dejar la cancha y comenzar una nueva etapa.

Además, compartió su experiencia como director deportivo de Banfield, habló sobre el vínculo entre jugadores, técnicos y dirigentes y destacó la importancia de entender a las personas detrás de cada profesional. También reflexionó sobre la paternidad, los aprendizajes que le dejó el deporte y la necesidad de aprender a disfrutar los logros. El episodio completo podés escucharlo en Spotify y YouTube.

Mariano Andújar es un exfutbolista argentino nacido en Villa Lugano, Buenos Aires, que se destacó como arquero y desarrolló gran parte de su carrera en Estudiantes de La Plata, donde fue capitán y conquistó la Copa Libertadores 2009, el Torneo Apertura 2010 y la Copa Argentina 2023. También tuvo una extensa trayectoria en el fútbol italiano, con pasos por Palermo, Catania y Napoli, y defendió la camiseta de la Selección Argentina: disputó los Mundiales de 2010 y 2014 —en Brasil fue subcampeón del mundo— y las Copas América de 2011, 2015 y 2016. Se retiró del fútbol profesional a fines de 2023, a los 40 años, y desde entonces continúa vinculado al deporte: se desempeñó como director deportivo de Banfield y busca seguir desarrollándose en el ámbito de la gestión futbolística.

Andújar se retiró a fines de 2023, a los 40 años, tras una carrera con títulos en Estudiantes y presencia en dos Mundiales con la Selección Argentina

—Quiero explorar muchos temas relacionados con tu vida como futbolista, pero también qué pasa después de una carrera profesional en el fútbol. ¿Cómo es tu vida hoy?

—Bastante tranquila, en el sentido de que no tengo una obligación laboral. Pero sí tengo inquietudes, charlas, reuniones y estudio. Trato de mantenerme informado sobre lo que pasa en lo que me gusta, que es el fútbol. Voy a la cancha a ver partidos, pero la vida está bastante tranquila. Es como ser un jubilado, pero muy joven. Entonces, tengo esos períodos sin actividad hasta que vuelvo a encontrar algún laburo. Es así.

—¿Te encontrás en esta vida de “jubilado”?

—Sí, porque yo lo preparé. Me preparé para el retiro. No es que me sorprendió: lo fui trabajando. Yo sabía que, a partir de los 37, el jugador entra en una fase de retiro que puede durar un año, dos, tres o cuatro, pero no más allá de los 42. Hay pocos jugadores que pueden desarrollar una actividad de manera profesional más allá de esa edad.

Entonces, usé ese tiempo para prepararme psicológicamente y saber que, al día siguiente, no suena el teléfono. Dejás de ser el jugador que todos quieren llamar para pedirle algo o comentarle algo. Pasás a ser, no un anónimo, pero tu vida cambia 100%.

Yo sabía que iba a dejar de hacer algo que no recordaba no hacer. Desde que tengo memoria, me levantaba a la mañana, iba al colegio y a entrenar. El día después fue un choque al inicio. Pero ahora lo llevo bien porque estoy preparado mentalmente para esto. No me afecta.

—¿Cuáles eran tus preocupaciones en ese momento? ¿Recordás?

—Era si iba a poder disfrutar del tiempo libre y no caminar por las paredes, empezar a tener mala relación con mi familia o sentirme incómodo. No es tan fácil porque, al inicio, por ahí todo es lindo: te vas de vacaciones un mes, algo que antes no podías hacer; te acostás un poquito más tarde, te tomás un vino, vas a ver amigos.

Hasta que, a los dos o tres meses, decís: “Bueno, ¿ahora qué hago?”. Empieza el torneo y ves que tus excompañeros están compitiendo. Pero no fue algo que me llamara la atención, sino que dije: “Me acomodo”. Empecé a entrenar un poquito más fuerte en mi casa. No tuve nada que me llamara la atención. Fue todo más o menos como esperaba.

—Recién me dijiste: “Hice un trabajo psicológico previo”. ¿Cuál es el trabajo que hay que hacer cuando uno tiene que duelar no solo una profesión, sino también una identidad?

—No lo tomé como que perdía mi identidad. Pero está bueno, no lo había pensado así. Tuve un psicólogo. En los últimos años de mi carrera empecé a trabajar con él para desahogarme, tratar el retiro y tener la valentía de tomar la decisión y dar el paso. Porque parece que fuera algo descontado, pero no. Yo estaba en un muy buen nivel. En mi último partido salimos campeones. Me retiré levantando la Copa Argentina. Y el trabajo que hice, básicamente, era entender que no iba a perder mi identidad. Iba a seguir siendo quien soy, pero esta era una parte de mi vida que tenía que tener un final. Todo tiene un inicio, un desarrollo y un final.

Ya venía preparándome desde ese lado y, además, tenía muchas inquietudes sobre la dirección deportiva y la gestión. Ahí dije: “Tengo que empezar a darle un poco más de tiempo, desarrollo y fuerza a eso”. Físicamente, mi temor siempre era que el fútbol me dejara a mí y no ser yo quien tomara la decisión de decir: “Hasta acá”. Siempre tuve ganas de que, el día de mañana, cualquiera que se me cruzara por la calle me dijera: “Podrías haber seguido jugando”. Sí, claro, y es verdad. Y no que pensaran, porque no te lo dicen: “La robaste los últimos dos años”. Yo quería tener esa satisfacción de decir: “Lo dejé yo porque quería. Estaba bien, pero le puse el broche de oro. Listo. Me retiré siendo campeón, jugando de titular y siendo capitán. Hasta acá llego”.

Después empieza un desarrollo distinto, otra manera de trabajar la cabeza y de relacionarte. Cuando el deportista de élite se baja de ese lugar, no pasa nada. La vida sigue y vas encontrando nuevas inquietudes. Nada te llena como te llenaba la alta competencia. La alta competencia también tiene sus riesgos: es muy incómoda, no es un lugar grato para estar. Requiere mucho esfuerzo y sacrificio. El otro día escuchaba a Luis Scola, que decía: “No extraño jugar, extraño jugar bien”. Me pasa lo mismo. Me hubiera gustado seguir teniendo el mismo nivel, pero sabía que iba a empezar a decaer. Entonces, era el momento de poner un punto final. Además, jugué hasta los 41, casi. ¿Cuánto le iba a errar? ¿Un año más? Ya no tenía mucho sentido.

La pérdida de su padre fue un momento duro que le tocó atravesar en plena competencia (Imagen Ilustrativa Infobae)

—En esto que me decís: “Nada te llena igual”. Si me pudieras explicar a mí que no tuve nunca esa sensación en lo deportivo, ¿cómo me la pudieras describir? ¿Qué es?

—Es imposible describir la adrenalina que te produce salir a la cancha, tener en riesgo un resultado o un éxito deportivo, y contar con 60 mil personas que te insultan o te alientan, según dónde juegues. Es imposible describirlo. Por eso, después es difícil llenarlo. Hay diferentes sensaciones y momentos que podés disfrutar en la vida. Obviamente, no se termina ahí. Pero esa adrenalina, ese momento que te da ganar o perder un partido, porque también está la angustia que te genera, es muy difícil de describir. Yo no podría hacerlo. Y no lo vas a encontrar más. Después me dediqué a la dirección deportiva. El equipo ganó, tuvimos suerte. Ganó y perdió, obviamente, pero tuve la suerte de traer jugadores al club que funcionaron bien. ¿Es una satisfacción? Sí, pero nada que ver con la otra.

—Y así como recién me hablabas de todo el costo que tiene ser un deportista de élite y los sacrificios, ¿cuáles te parece que son los que tal vez la gente menos se imagina?

—Ponerte siempre en el centro de todo, por encima de tu familia. El ejemplo más claro es el de Leo Messi en el último Mundial: con el padre enfermo e internado, él siguió compitiendo. Nosotros, por ejemplo, en la final del Mundial de 2014, Enzo Pérez fue papá esa misma mañana y estábamos ahí. Otro ejemplo es el de Dibu Martínez, durante la pandemia: vio a su hija, o a su hijo, no me acuerdo, cuando tenía un mes. Y así, todo. A mí me pasó con mi papá. Falleció cuando yo estaba en Italia y no lo vi durante los últimos seis meses. Entiendo que hay muchas profesiones que también requieren mucho sacrificio y quizá no están remuneradas como la nuestra. Pero lo nuestro, además, tiene la exposición pública y, a veces, el castigo público. La crítica puede ser muy cruel. Y hay que hacer esos sacrificios.

Yo no me fui de viaje de egresados. Me cambiaba de escuela según el horario que tenía para entrenar. Terminé el colegio a la noche porque quería terminar el secundario, cuando todavía existía el colegio nocturno. Son pequeños sacrificios que, por ahí, un chico de 16 años, en plena juventud y con ganas de salir, no hace. Yo lo hice porque tenía un objetivo bien claro y sabía a dónde apuntaba. También tuve que decirle a mi mujer, cuando teníamos 21 años y ella estaba embarazada de siete meses, que nos íbamos a Italia sin hablar una palabra de italiano, para que mi hija naciera allá. Entonces, esas cosas por ahí no se ven. Uno se queda con la punta del iceberg: ve que el jugador es exitoso y que puede ganar mucho dinero. Pero todo lo que construyó abajo, el 99% de la gente no está dispuesta a hacerlo. Y nosotros sí. Esa es la definición.

—Y es cierto que hay muchas cosas que se desean de ese mundo que se ve. Hoy creo que si vas a un colegio secundario, muchos chicos te van a decir: “Mi sueño es ser futbolista”

—Sí, claro. Pero no tenés que salir a la noche ni estar con tus amigos hasta las 11. Todos los días tenés que entrenar. Si te duele el cuerpo, tenés que entrenar igual. Si tenés algún pariente o amigo que cumple años, lo saludás por teléfono. Si mañana te dicen que te tenés que ir... La primera vez que me vendieron a Italia, en 2005, el viernes me dijeron: “Mirá que el domingo viajás”. Yo no tenía ni bermudas. Todavía vivía en Lugano, en mi casa; no teníamos nada y me tuve que ir con mi mujer embarazada de siete meses. Todavía no existía el teléfono como hoy. Y el 99% de esos chicos que tienen el deseo de jugar no lo hace. Te tenés que cambiar de colegio, olvidate del viaje de egresados: no hay chances. Son un montón de cosas que quien quiere llegar a cierto nivel tiene que resignar, con la expectativa de llegar y tener una buena carrera, porque hay muchos chicos que lo hacen y no llegan.

Andújar dejó el fútbol como campeón, titular y capitán de Estudiantes después de conquistar la Copa Argentina 2023 a los 40 años

—Después de todo lo que lograste, tal vez es más fácil decir: “Valió la pena”. Pero cuando tenés 16 o 17 años y todavía no ves ese objetivo que querés alcanzar, ¿cuesta más tener ese norte tan claro?

—Sí, cuesta más. Pero, para mí, después te ayuda para la vida. Si sos disciplinado, apasionado por lo que hacés y tenés un norte claro y fijo sobre lo que querés hacer, aunque no se te dé en el fútbol, en las otras áreas en las que te desarrolles el día de mañana —como preparador físico, por ejemplo— vas a tener la misma obsesión y la misma cultura del trabajo que desarrollaste como joven futbolista, como joven proyecto. Hay muchos otros factores que influyen a la hora de que un jugador trascienda o no. Yo divido a los jugadores que trabajamos en el fútbol de los grandes campeones de la vida del fútbol, que son muy pocos: terribles jugadores.

Después, los demás somos trabajadores del fútbol, que tenemos que ser aplicados, serios y dedicados. Bueno, todo eso te lo da. Si practicás un deporte desde chico, sobre todo uno de conjunto, ni hablar si es individual, te da muchas herramientas para el día de mañana. Si no te tocó llegar, triunfar o tener una carrera en el fútbol de Primera, podés aplicar esas herramientas en otra cosa: en una empresa, en un banco, en lo que sea. Sirve para todo: el trabajo en equipo, el trabajo en grupo y ser una persona metódica y dedicada. No solo para el deporte.

—Recién me nombraste un par de características: dedicado, disciplinado. Más allá del talento, ¿cuáles son las que hacen a un gran jugador?

—Primero tenés que tener talento y después tenés que ser disciplinado, en el sentido de tener orden diario y orden de vida. Está el entrenamiento invisible, como le dicen: la alimentación, el descanso, la preparación y la recuperación. Tenés que ser disciplinado. También tenés que tener pasión por lo que hacés. Yo siempre digo que la disciplina derrama en todo, porque, si sos un apasionado, vas a tener disciplina: te va a nacer. Y si sos un apasionado de lo que hacés, la disciplina te va a ayudar a empujarte un poquito más.

Tu metodología de entrenamiento, levantarte temprano, acostarte a horario, no tomarte una copa de más: todo eso es disciplina, es autocontrol. Es saber que estás en pos de algo que te va a llevar a conseguir tu logro, tu objetivo y cosas importantes. Para mí, lo fundamental, además del talento —porque si no tenés talento no llegás a ningún lado—, es la disciplina. Entender que, para lograr muchas cosas, tenés que estar dispuesto a hacer cosas que el resto no quiere hacer. Lo hablo siempre con mi hijo. He conocido a muchos jugadores talentosos que salían a la noche, no descansaban y les daba lo mismo entrenar. Y llegás hasta ahí. La disciplina mata al talento. A igualdad de condiciones de talento, el más disciplinado va a tener mejores oportunidades y llegará más lejos que el que solo es talentoso.

El exarquero sostuvo que la disciplina puede superar al talento, cuando existe igualdad de condiciones entre los jugadores y objetivos claros (Imagen Ilustrativa Infobae)

—En tu caso, ¿naciste siendo una persona muy disciplinada o fue algo que en algún momento te diste cuenta que tenías que construir para llegar a donde querías?

—Me empecé a construir, pero de muy joven, porque a mí se me fue dando todo bastante fácil. Nací en un barrio de Lugano I y II, cerca del autódromo. Ya en primaria me tuve que cambiar de turno porque en Huracán, de donde yo salí, empecé a entrenar a la mañana. Me cambié al turno tarde en cuarto grado. No me importó, no tenía ningún problema. Y mi mamá me decía: “Bueno, aguantemos. A ver qué onda, no sabés con el fútbol”. “No, no, yo quiero ir por el fútbol”, le dije. Entonces, ya lo tenía en la cabeza, me cambié. Después, en la secundaria también me volví a cambiar.

Hice los dos primeros años a la mañana en Flores y me cambié a la noche con toda gente grande, pero porque yo tenía el objetivo ya planteado, que se me iba dando fácil, porque en séptima, octava, o sea, para ponerlo en edades para los que no conocen, a los 15 años más o menos, yo ya entrenaba con el plantel profesional, cosa que es bastante raro. El arquero debuta a los 20 o 21 años. Yo a los 15 ya estaba entrenando con el plantel profesional. Entonces, era más simple, en mi caso, ser disciplinado porque yo veía el objetivo cerca.

Se me iba dando. A los 16 debuté en reserva, que también es la previa a la Primera. Es bastante raro que a los 16 un arquero debute en reserva. Entonces, esa disciplina yo la fui construyendo con el tiempo. Nadie nace disciplinado, me parece. Pueden nacer más serio, menos serio. Pero para mí fue normal no salir a la noche o salir justo cuando se podía, no tomar alcohol, no fumar en la esquina. Se me fue dando más simple porque también la zanahoria la tenía cerca y la veía. Eso fue, fue algo que me ayudó a mí.

—En cuanto a ese norte que vos venías teniendo, ¿fue cambiando a medida que pasaron los años? A veces uno va alcanzando cosas que en su momento parecían difíciles o imposibles y necesita ponerse otra zanahoria

—Sí. Yo siempre digo que a veces hay que frenar un poco y disfrutar de lo que lográs. Pero en el fútbol y en la alta competencia, creo que siempre es difícil disfrutar, porque todo el tiempo tenés nuevos objetivos. Mi objetivo primero era llegar a Primera. Cuando llegué a Primera, ya estaba en el plantel, quería jugar. Cuando empecé a jugar, quería que me vendan al exterior. Cuando me vendieron al exterior, quería estar en la Selección. Y cuando estaba en la Selección, quería jugar. Y cuando estaba en la Selección, quería ir al Mundial. Y después quería ir al otro. Quería salir campeón y después quería ser el jugador con más partidos en la historia de Estudiantes, que tenía la posibilidad.

Entonces, siempre la zanahoria se te va alargando un poquito más en distancia o siempre que agarrás una, aparece una nueva. Yo creo que en cierto nivel de deporte siempre hay una nueva obligación, un nuevo desafío. Yo no disfruté nunca jugando al fútbol. Nunca disfruté. Era una discusión que yo tenía con Gaby Milito, que él decía que había que disfrutar y yo le decía: “No puedo disfrutar, Gaby, porque yo estoy en una posición de la cancha que estoy al borde del ridículo todo el tiempo y hago perder al equipo. O sea, si yo cometo un error, el equipo pierde por culpa mía. Entonces, esa mochila no me permite disfrutar”.

Nosotros tuvimos la suerte de salir campeones de la Copa Libertadores en 2009, un 15 de julio. Yo el 17 de julio me estaban presentando en Catania. Festejamos el 16 y al otro día viajé y ya estaba presentándome. Siempre los desafíos en la alta competencia están a la vuelta y duran poco. Las victorias duran poquísimo. Deberían durar poco las derrotas, pero esa te la llevas con vos. A mí me costó disfrutar y disfrutar el momento de decir: “Bueno, llegué a Primera, qué bien”. ¿Cuánto disfrutás? Una semana.

Después de su primer ciclo en Estudiantes, Andújar viajó a Italia para ponerse la camiseta del Catania

—Me gusta la analogía de que mañana siempre hay un nuevo partido, no importa a qué te dediques. Pero creo que uno no se toma ese tiempo para disfrutar algo que le costó mucho y ese “mañana hay otra cosa” tampoco te deja soltar lo que fue una derrota

—A mí, en el último tiempo, que por ahí tengo más tiempo para leer, para analizar algunas cosas o para pensar, digo: “Me hubiera gustado disfrutar mucho más esto”. Yo fui a dos mundiales y estaba fastidioso a veces porque no había jugado un partido, no me había tocado jugar. Entonces, yo me sentía mal en vez de valorar haber sido uno de los tres arqueros de la Selección Argentina durante 10 años, prácticamente, que me convocaron siempre.

Pero si me hubiera gustado jugar más, en vez de valorar lo otro. Nosotros tenemos un enfoque, porque no tenemos un chip. El chip sería más fácil, te lo sacás y te ponés otro. Estamos enfocados para la alta competencia, seteados de esa manera. Es todo el tiempo querer algo más. Y en el mundo del fútbol a veces conformarse con algo te lleva a que el otro que no se conforma te pase por arriba. Es lógico y es verdad, vos tenés razón, hay que disfrutar un poco más, pero se hace difícil cuando la bola va tan rápido y el mundo del fútbol va tan rápido, que si vos te quedás mucho pensando en algo que lograste, se te pasa lo otro. Es complicado.

El exfutbolista recordó que la alta competencia exige sacrificios familiares, disciplina diaria y renuncias desde la adolescencia (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Son las dos caras de una misma moneda. Cuando estás tan apresurado, vas hacia algo y tenés muy claro adónde vas, necesitás cierta velocidad. Pero el costo de esa velocidad es nunca detenerte a mirar a los costados

—Nunca. Y pasa, totalmente. La analogía puede ir para el CEO de una compañía que está enfocado en que esa compañía crezca y deja de lado su familia, sus colegas, su propia vida, su propio bienestar y va enfocado en algo. El gen competitivo del ser humano es así y te lleva a eso. Hay poca gente que pueda tener la capacidad de bajar un cambio, analizar y compartir una buena experiencia y sentirse contento porque salió segundo. Poquísimos. Con el tiempo, sí. Con el tiempo todo eso se valora, porque te alejás un poco del momento, de esa vorágine que te llevó y mirás y decís: “Bueno, esto lo hice muy bien, acá llegué bien”. Pero la perspectiva del tiempo te lo da cuando hacés una revisión general.

En ese momento que estás enroscado ahí, a vos te debe pasar hoy, querés llegar a ser la número uno. Y no está mal. Obviamente que hay gente que puede tener una mayor capacidad de disfrutar el proceso de llegar y de disfrutar cada momento. A mí no me pasaba, era un sufrimiento cuando salía a la cancha, era pensar de cómo hacer para que esto salga bien, de recuperarme para poder estar enseguida al otro día disponible, con un dolor tratártelo todo el tiempo. Tenés cansadas las piernas o tenés una lesión en el hombro y te dicen: “Tenés que descansar”. “No, infiltrame porque tengo que jugar igual porque necesito jugar dentro de dos días. Entonces, infiltrame, sacame el dolor o acelerame la recuperación, porque yo tengo que jugar”. Es la vorágine y la rapidez que va es difícil. Estamos seteados con un gen competitivo y queremos ganar. Es así.

—¿Dónde encontrás hoy una manera de expresar tu gen competitivo?

—Juego los sábados al fútbol, con un grupo ahí donde vivo y es gente que va a divertirse y yo me desespero por ganar (risas). Que está mal, pero me pasa. O cuando entreno en el gimnasio trato de ordenarme bien con las comidas y de empezar a mantener un peso que es difícil porque dejás de tener una actividad diaria de aeróbico y de musculación a tenerla mucho más de musculación y eso hace que crezca un poco más el peso. En eso digo: “Bueno, compito conmigo mismo, quiero bajar de peso, quiero hacer esto, quiero estar más marcado”, cualquier cosa. Quiero levantar más peso en una sentadilla, lo que sea, pero luego conmigo, porque estoy aprendiendo tenis porque quiero competir contra alguien, pero todavía no quiero jugar contra nadie porque sé que voy a perder (risas).

—Pero en algún momento vas a tener que perder un partido para...

—Tener la sensación de perder. Sí, es verdad. Pero ahora voy a perder 6-0, 6-0. Entonces, quiero por lo menos pelearla.

—Sé que tenés un hijo que es arquero, ¿cómo hacés para transmitirle todo esto?

—Es difícil. Trato de no invadirlo. Él tiene su entrenador de arqueros del club, tiene su técnico, tiene las personas que le están guiando su camino y tiene 15 años. Cuando juega le pregunto si quiere hablar del partido y tratamos de charlar. Lo que yo veo trato de decírselo, pero no me gusta invadirlo porque yo para él no soy el Andújar que atajó en la Selección, soy papá. Entonces, como todos con nuestros padres, pensamos que no saben nada o que no entienden. Trato de ayudarlo a cuentagotas. Me gustaría ayudarlo más, me muerdo la lengua, obviamente.

Cuando voy a la cancha también no hablo nada, no opino, no grito, nada. Es difícil para mí mantenerme callado y tratar de decirle las cosas, o tratar de encontrar la palabra justa para que no se sienta súper invadido. Me cuesta el día a día, me cuesta porque quisiera decir un montón de cosas, pero también tengo que entender que tiene 15 años y tiene que hacer su propio camino, pegarse la cabeza contra pared, equivocarse. En el arco vos vas creciendo cuando te equivocás, cuando cometés un error que te cuesta un partido, que te cuesta un gol. Por más que yo se lo diga, él lo tiene que cometer.

Andújar integró la Selección Argentina durante casi 10 años, participó en los Mundiales de 2010 y 2014 y fue subcampeón mundial (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Y en cuanto a lo que es: “Mirá que si seguís este camino, estos son los costos”. ¿Con eso sos muy claro?

—Sí. Lo que yo dije recién es en cuanto al campo de juego. Afuera le marco el límite. Afuera sí soy estricto: “Si mañana jugás o si no jugás, si vas al banco, a las 11 tenés que estar durmiendo o a las 10.30 tenés que estar durmiendo”. Y la contestación una sola vez fue: “Si mañana no juego”. “Vos no lo sabés, porque mañana el arquero que está atajando de titular tiene un inconveniente en el primer minuto del partido y tenés que entrar. Entonces, vos no sabés si no jugás. Después vemos. Vos preparate para jugar siempre”, le dije.

Siempre hay que prepararse para ser el titular, siempre hay que prepararse para estar disponible desde el primer minuto. Después está el técnico que decide quién sí y quién no. Es lógico como en cualquier lado. Pero en cuanto a la alimentación, los cuidados personales, el entrenamiento en casa que tiene que tener, porque a veces hay dos días que no entrena: “Bueno, vamos, vení, vamos a hacer algo”. El descanso y el colegio, obviamente, es clave. En eso soy como soy yo en mi vida: disciplinado.

—Exigente.

—Exigente. “La alimentación es esta”. “Vamos a comer un McDonald’s”. “No, jugás dentro de dos días. McDonald’s lo comemos el sábado a la noche, si querés”. Te falta una semana. Desde ese lado sí trato de enseñarle, con el ejemplo, obviamente, porque yo soy así, y con la palabra también, con las dos.

— Hay algo que te escuché contar que vos lo llevabas a entrenar a un lugar para mostrarle que la vida no era...

—La realidad diferente que él vive hoy. Te dije antes yo soy de Lugano I y II, que es un barrio que trato de ayudar siempre cuando organizan torneos. Entonces, muchas veces lo llevo conmigo para que vea otra realidad de lo que a él le toca vivir hoy. Y en el mundo del fútbol siempre está el dicho de: “Este tiene calle, tiene potrero, tiene hambre”. Y hoy mi hijo no tiene ni calle, ni potrero, ni hambre, por suerte. Pero sí tiene deseo. Entonces, hay que encontrarle esa motivación para que él llegue a Primera o para que él pueda cumplir su objetivo, sin que tenga que pasar necesidades que por ahí yo pasé o que pasaron un montón de chicos y que por ahí no teníamos tanto. Bueno, él no las tiene esas.

A igualdad de condición y de talento, si mi hijo duerme bien en una buena cama, no pasa frío, se alimenta bien, tiene un acompañamiento de su familia, debería tener mejores herramientas para desarrollarse mejor en su carrera que el que no lo tiene, lamentablemente. No puede ser que solamente la motivación de que porque tiene hambre lo lleve a triunfar en algo y este que no lo tiene no. Entiendo en la parte que dicen: “Bueno, este está dispuesto a hacer más cosas para lograr algo, que este no pasa nada si no llega a Primera, si no gana plata y si no triunfa en el fútbol, total va a vivir bien igual”. Lo entiendo.

Entonces, ¿por dónde le entro con la motivación? ¿Cuál es el objetivo de él? Porque sino hay un montón de chicos que viven en country o que son de barrios más acomodados que no pueden jugar al fútbol. ¿No pueden hacer ningún deporte porque no tienen hambre, porque no tienen necesidades? Porque además ya nos vamos a un mayor porcentaje y perdemos talento, porque tiene que haber jugadores con talento de este lado igual que de este lado. No dejemos de lado a ninguno de los dos. No los discriminemos, porque al final es la misma discriminación. No discriminemos porque uno tiene un mejor pasar económico que uno que no, solo por el hecho de que este tiene hambre y este no. Hay que encontrarle otra vuelta, hay que encontrarle algo, algo que lo motive para poder cumplir su objetivo y su sueño, que sea jugar en primera, jugar en Europa, lo que sea, sin tener la necesidad de que la condición sine qua non para jugar en primera sea tener que tener hambre. No existe.

Tras retirarse, fue director deportivo de Banfield, un rol que definió como vínculo entre dirigentes técnicos y jugadores (AP)

—En tu caso, ¿vos sentías que lo que más te motivaba era el estatus económico de pasar a algo mejor?

—No. Estamos hablando 30 años atrás, yo tengo 43 ahora. La cultura y la sociedad, sobre todo en los chicos, había diferentes deseos, no solamente ser jugador de fútbol. Hoy, el 95, 96 o 97 por ciento de los chicos quiere ser jugador de fútbol. Antes estaba más diseminado, estaba más abierto, no había tanto deseo de ser jugador de fútbol sí o sí. En mi caso, se me fue dando natural. Empecé en Yupanqui, que es un club que está ahí dentro de Lugano. Me fui a Huracán porque un amigo me dijo: “Vamos a Huracán, que está la prueba”, y me empecé a desarrollar. Nunca me imaginé una cuestión económica. Siempre mi deseo era jugar, jugar más, un poquito mejor, llegar a Primera.

Y después sí te encontrás en un momento que decís: “Bueno, tengo un buen pasar, puedo permitirme un montón de cosas, regalarle cosas a mi familia, puedo sacarlo y comprar una casa mejor”. Fue una decantación de eso. Yo veo que hoy, la sociedad, sobre todo la parte del fútbol, de los más chicos, están con los representantes desde que tienen 12 años. O le dan una casa para los padres, un trabajo. Ya se transformó en un business muy grande desde muy chicos. Entonces, llegan esos pibes a los 20 años y si no llegaron al nivel que el representante pensaba, los dejan medio en banda. Hoy es un negocio mucho más grande, que reparte mucha más plata y que involucra a mucha más gente. En mi época, no. Lo mío fue natural, fue más normal, fue algo que se fue decantando solo.

—Cuando murió tu viejo, hacía seis meses que no lo veías. ¿Fue algo que te recriminaste durante mucho tiempo, que te costó procesar, o fuiste benévolo con vos y dijiste: “Era mi situación y no podía hacer otra cosa”?

—No. Me costó. Yo lo vi a mi papá en diciembre y me fui porque empezaba la segunda parte de la temporada en Italia. Nace mi hijo en mayo y teníamos que esperar un mes por el tema de los oídos para volver para acá. Y ahí es cuando mi viejo se muere. No sé qué otra cosa podría haber hecho, eso es verdad. Pero estuve un tiempo muy mal. Yo volví directamente para ir al velatorio de mi papá, porque cuando yo saco pasaje mi viejo ya había fallecido. Me avisan que estaba internado, saco pasaje en ese momento y cuando voy para el aeropuerto ya me avisaron que había fallecido.

En el viaje me tomé dos pastillas para dormir, que son fuertísimas y no me dormí. Me acuerdo que hice todo el viaje despierto, terrible, que obviamente cada uno reacciona como puede. Me bajé del avión, me fui a buscar a un amigo, fui directamente al velatorio. Y dos días después me fui a concentrar con la Selección porque jugamos la Copa América. A mí me fue difícil, el primer mes de mi hijo la pasé mal. No pude tener conexión al principio porque estaba todavía mal con lo de mi papá. Yo no sé qué hubiera podido hacer diferente, pero sí que fue durísimo y que me costó y que me cuesta hoy todavía no haber podido compartir o que no haya conocido a mi hijo. Me costó. Es difícil de explicar porque en esa situación no hubiera podido hacer nada yo diferente a lo que pasó.

El apoyo psicológico en los últimos años de su carrera le sirvió para prepararse ante el retiro profesional y el cambio de vida (Imagen Ilustrativa Infobae)

—A la mayoría de las personas, cuando les toca atravesar algo así, la vida las obliga a seguir con su rutina. Después de que fallece alguien, también tenés que volver a tu casa, sentarte y comer. Es parte de la vida también

—Totalmente. Eso es verdad. La vida sigue todo el tiempo, no espera nada. Y también es verdad que cada uno reacciona distinto y no está ni bien ni mal. Yo tengo mis hermanos, que ninguno va al cementerio y a mí me hacía bien. Yo me reencontraba. Ahora ya lo dejé de hacer porque si bien me reencontraba en el momento, después estaba un día destruido. La vida no espera a nadie y pasa lo mismo en el fútbol. Yo me retiré y a los 10 días, Estudiantes está jugando. Ahora va a pasar con Leo, se retira la Selección, la Selección va a seguir jugando. O sea, todo sigue. Pero se engancha también a lo que hablábamos antes de la competencia. ¿Me podría haber tomado más días para poder estar con mi familia, con mi mamá, esperar a mi familia, a mi mujer que volvía de Italia para estar con ellos y abrazarlos? Sí.

¿En qué lugar yo me sentía más cómodo en ese momento que necesitaba? Adentro de una cancha. Descargar, no pensar tanto, porque en la alta competencia vos, por lo general no pensás, estás actuando todo el tiempo. Necesitaba estar en actividad, en movimiento y no quedarme como decís vos. ¿Que hace te encerrás en una pieza? No va a cambiar en nada. Uno necesita siempre hacer duelos de diferentes maneras. Mi manera fue esa. Después te lo llevas con vos, es una mochila que vas cargando. Igual el tiempo te pone en una perspectiva mejor. Los que se van terminan siendo más buenos siempre.

Entonces, con el tiempo vos recordás mejor, estás más tranquilo. Por ahí en el momento tenés broncas con vos mismo y después decís: “No, bueno, pará, pero yo fui un buen hijo”. Para mí todo se reduce a que se necesita tiempo para que las cosas maduren, para que uno pueda desarrollarlas en su cabeza y pensarlas mejor. La vida es muy larga, en realidad. Parece corta, pero es muy larga. Hay un montón de tiempo para todo. Y cuando vos tenés un vínculo tan fuerte con otra persona y la perdés, parece poco. Yo tuve la suerte de que mi papá me pudo ver hasta que fui a un Mundial. Eso es bueno. En el mismo lado está mi hermano, que no lo pudo disfrutar tanto porque tenía 19. Y del otro está mi hermana, que le dio tres nietos y lo vio. Igualmente todos pensamos que es poco y es la misma línea de tiempo. Cuando compartís tanto y querés tanto a una persona, todo te va a parecer poco. Después, cada uno tiene que hacer su duelo como pueda.

—Volviendo un poco a tu vida como hoy exdeportista, hoy que podés hacer como ese zoom out y mirar un poco con perspectiva, ¿qué lecciones del deporte hoy te ves aplicando a tu vida?

—Siempre volvemos a la misma palabra: a la disciplina.

—¿Es lo que más te define hasta el día de hoy?

—Sí. Yo soy un tipo que a la mañana entreno, que si tengo que hacer una tarea de inglés, porque trato de mejorar, me pongo a hacerla. Leo libros porque me interesa algún tema en especial, voy y lo leo y hasta que no lo termino estoy ahí. Yo creo que la disciplina, te ayuda en la vida en general. Una persona metódica que tiene los parámetros claros te sirve para todo. Es fundamental. Desde el cuidado personal, porque quiero vivir todo lo que pueda de la mejor manera posible y para eso hay que cuidarse, hasta para estudiar y para mejorarme en mi carrera. Todo el tiempo hay que poner un ladrillito más. Hay un dicho en Italia que dice: Roma no se hizo de un día para el otro. Bueno, es todo el tiempo construirse... Piano piano si arriva lontano es el dicho.

Estudiar inglés lo define como una actividad clave para mejorar como gestor deportivo (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Qué cosas hacés para ser mejor? Recién me dijiste: “Estudio inglés”. ¿Por qué?

—Porque quiero aprender bien hablar inglés. Tuve la experiencia de ser director deportivo en Banfield y tener que tratar con árabes, con rusos. El idioma universal es el inglés. Entonces, si bien son palabras muy específicas y son temas que se te acota un poco el vocabulario, prefiero saberlo bien. A parte tengo a mi hija que vive en Estados Unidos y ya me imagino que si en el futuro tiene un hijo o una hija y se cría allá, yo sé que ella le va a tratar de transmitir su idioma. Pero también me pasó de vivir en Italia y mis hijos, hasta que no volvimos para acá para Argentina, hablaban italiano. Y, a mayor cantidad de tiempo que pasas allá, vas perdiendo un poco la fluidez de tu idioma. Entonces, si necesito el inglés para hablar con mi nieto, ¿qué hacemos? Que está lejísimos, ¿no? Pero bueno, yo quiero aprender bien inglés. Ya sé hablar bien italiano, hablo bien español, quiero hablar bien inglés.

Después entreno. Entreno porque quiero estar bien físicamente, primero porque me gusta y después porque creo que te hace bien a la cabeza y te hace bien a la salud. Leo porque es necesario siempre agrandar el vocabulario sino te vas quedando corto de palabras y no podés expresar lo que vos sentís o lo que vos podés saber. Hay una cosa de Julio Velasco que me gusta, que él decía que uno no es lo que sabe, sino lo que puede transmitir. Entonces, si yo sé 50, pero transmito 10, sé 10. Ahora, si yo sé 20 y transmito 20, ya le gané a este, que es mucho más capaz que yo. Eso te lo da leer diferentes tipos de temáticas, no solamente una. Todo eso yo lo hago y porque me gusta y aparte porque me entretiene para matar el tiempo (risas).

—¿Recordás un libro que te haya impactado, que te haya dejado algo?

Ética para Amador es un libro chiquito, lindo. Me lo recomendó mi psicólogo cuando estaba en un momento y me encantó. Ahora estoy terminando el libro del Indio Solari, Recuerdos que mienten un poco, que es una biografía más que nada y unas conversaciones con él. El libro de El camino de la libertad, de Mandela, es muy bueno. Y después trato de leer un montón de libros. Ética para Amador es el que más me marcó porque me gustó siempre.

—¿De qué trata?

—De un padre que le va enseñando cosas al hijo sobre cómo manejarse en determinadas situaciones. Es un librito chiquito, más bien para una lectura fácil.

—¿Y qué te gustaría vos dejarle a tu hijo? Si le pudieras transmitir algunas cosas que te hubiese gustado saber de chico

—A mí me encantaría que él escuchara más de lo que yo tengo para decirle, pero con nosotros, con nuestros padres, no los escuchamos hasta una cierta edad. Hoy está en esa etapa de que está bajando al padre del pedestal, que tenemos todos a una determinada edad y que no entiende nada. Quizá dentro de 10 años, como me pasó a mí con mi papá, vuelvo otra vez a estar en ese lugar. Más que nada el ser buena gente, ser honesto, una persona honesta, una persona responsable, seria. A mí me encantaría que él pueda tomar eso. Porque después ser mejor o peor en una cancha de fútbol, poca gente se lo va a acordar.

Lo importante es ser buena gente, buena persona, intentar tener valores claros, ser honesto con los que te rodean y en base a eso ya perduras un poco más en el tiempo, porque la cancha se termina y si jugaste bien o mal, algunos se van a acordar un poquito más, otros un poquito menos. Cuando te preguntan, a mí me ha pasado ser director deportivo, vos llamás a una persona para que te dé una referencia, no llamás para que te diga si trabaja bien o trabaja mal. Te llama para que te diga si es buena gente o no, si podés confiar o no. Así que para mí es eso, ser confiable, ser amigo de sus amigos de verdad, ser directo, eso es importante, no dar vueltas. Para mí es algo clave eso.

El exarquero explicó que acompaña a su hijo arquero sin invadirlo, con límites sobre descanso alimentación estudio y entrenamiento diario (Imagen Ilustrativa Infobae)

—¿Recordás alguien que para vos haya sido un mentor?

—En la vida creo que tuve algunos entrenadores que me ayudaron mucho. Mi papá siempre fue un tipo muy honesto, muy recto, muy querible. Yo tomé mucho de él de esa parte. Y después dentro de lo que es el ambiente del fútbol, tanto Alejandro Sabella, como Mihajlović, que lo tuve en Catania, el Cholo Simeone, es gente que me enseñó. Algunos me enseñaron a entrenar, otros me enseñaron a competir, que es muy diferente. Otros me enseñaron a sobrellevar algunas situaciones más difíciles, dentro de un campo de juego, porque te pasa que vos empezás a dudar de vos mismo. Por lo general, a todos les pude robar algo. Ahora, en la última etapa, Eduardo Domínguez, una persona que me abordó en mi última etapa de jugador desde otro lado. Entonces me permitió tener otra relación con él, de técnico-jugador completamente distinta y que todo se reduce a la parte humana.

—Aun ellos siendo entrenadores de fútbol

—Totalmente. Aun ellos buscando ganar, buscando ser los mejores y teniéndote que decir cosas que no quieren o que hiciste mal, todo se reduce a la parte humana. Al final, vos tratás con personas. Lo mismo pasa en las empresas. Yo entiendo de comprar y vender jugadores, entiendo de scoutear un jugador joven. Ahora, más entiendo de personas. Porque detrás del jugador, detrás del profesional o detrás de un empresario hay una persona. La IA que viene con todo, está perfecto. Atrás de eso hay alguien que está gestionando esos datos, que está corrigiendo, que está recolectando una inteligencia artificial. Hay que entender de esa persona.

Hay que tratar de saber siempre de personas, para mí. Y de emociones que esas personas tienen y de cómo gestionás, porque todos somos diferentes. En el deporte de conjunto, sobre todo, hay una mentira grandísima que es: “Somos todos iguales”. Llega un técnico y dice: “Para mí son todos iguales”. Una gran mentira. Porque no somos todos iguales. Todos tenemos diferentes intereses, edades, problemáticas y diferentes historias dentro de ese deporte. Hoy llegó el Kily González al Inter Miami. ¿Qué les va a decir? “Son todos iguales ustedes”. Está Messi ahí. No son todos iguales. Entonces, en base a eso, uno tiene que aprender a tratar con una persona de 40 años que está en su última etapa de carrera y con uno de 18 que recién está arrancando. A mí me pasó siendo capitán: tratar de acomodarme a todas esas problemáticas diferentes que había y de entender a cada uno, y unir todas esas voluntades en un bien común, que es ganar. O, en una empresa, puede ser tener un gran año económicamente.

Andújar sostuvo que los jóvenes con talento necesitan orden descanso alimentación y objetivos para avanzar en el fútbol profesional (NELSON ALMEIDA / AFP)

—¿Y eso cómo se hace?

—Escuchando, entendiendo que cada uno es diferente. No juzgando porque tengan diferentes objetivos. Vos tenés tus intereses, yo tengo el mío, ella tiene el de ella. El bien común es uno. Hay que unir esas voluntades para que entre nosotros nos llevemos bien, porque al final, cuanto mejor relación interpersonal hay, más fácil es que todo fluya. Pero para eso no tenés que juzgar a nadie. Porque si yo ya llego con una idea, con un preconcepto tuyo, ya arrancamos mal. Hay que escuchar, hay que prestar atención a las señales que hay. Hay que mirar. Es difícil. A veces, cuando son grupos más reducidos, es más fácil. Cuando tenés 25 o 30 jugadores, es un poco más complejo, pero se puede.

—¿Recordás algún momento en el que vos necesitabas eso siendo jugador y que alguien te ayudó?

—Vuelvo porque es lo más reciente, que es lo más fácil de recordar. El último año mío de carrera llega Eduardo Domínguez después de un mal inicio de torneo, en el cual yo tampoco había tenido un gran inicio. Y yo ya tenía medianamente en claro que a fin de año me iba a retirar. Y él, desde que llegó, me empezó a hablar de otras cosas. Hablamos de vinos que nos gustaban a los dos, pero yo le decía: “Sí, Eduardo, pero yo...”. Dice: “Bueno, pero después dentro de dos años te lo vas a poder tomar. Este vino probalo”. O: “Quiero hacer esto”. O me llamaba por teléfono y hablábamos. Me abordó desde otro lado y a mí me ayudó un montón porque me sacó una mochila, un peso que yo tenía de hacerme responsable de un montón de situaciones que no necesitaba, que las podía abordar él.

Como también después tuve en el tiempo charlas con él, cuando ya me retiré, que él me decía: “Y vos a mí me ayudabas porque yo cuando entraba al vestuario y quería decir algo, vos ya lo decías”. Entonces decía: “Listo. Ya lo dijo Mariano, me sacabas un problema”. Entonces, como que nos ayudamos mutuamente, capaz sin saberlo. Pero bueno, hay personas que tienen ese don. Sabella era igual, el Cholo, desde otra perspectiva, muy parecido. Son tipos que te ayudan hasta por ahí sin darse cuenta, porque son así y te sacan una mejor versión. Yo creo que el técnico tiene que sacar una mejor versión de cada uno de los jugadores. Algunos serán un ocho o nueve, jugadores de selección; otros serán esto. Pero ya si le sacaste poco más, y al otro también, y al otro también, ya el equipo crece.

El exfutbolista afirmó que las metas cambian en la alta competencia, porque cada logro abre un desafío distinto para el jugador activo (Imagen Ilustrativa Infobae)

—Hablame de tu rol como director deportivo.

—Básicamente, es la pata más dirigencial de la parte de fútbol y la más futbolista de los dirigentes. Está en el medio. Es el que tiene la información económica y la bajada de línea del club, qué es lo que quiere, y la parte que sabe lo que el técnico quiere para poder potenciar ese equipo. Entonces, estás ahí para bajar una línea, sea futbolística, económica, de comprar y traer jugadores, del técnico... El objetivo de todo es ganar primero partidos y después darle un rédito económico al club. Depende del club que te toque estar, es más fácil o más difícil, y el objetivo es más económico o más deportivo.

Eso va a depender del club que te toque. A mí me tocó en Banfield. Nosotros pudimos traer muchos jugadores a muy bajo costo: Augmendi, Arboleda, Mauro Méndez, Acero, Martín Río, un montón de jugadores que se desarrollaron bien y que nos dieron grandes cosas. El club pudo vender y después, ganando partidos, nos falló esa pata, porque el fútbol a veces... Lo más difícil es poder conseguir el resultado, porque pega en el palo y sale, y perdiste, y parece que nada sirve. Pero bueno, es un rol que gestiona prácticamente toda el área de fútbol junto con el presidente, obviamente.

—Te paraste como del fútbol, pero desde otra cara. ¿Qué viste que no veías como futbolista?

—Todo. El futbolista, en su rol de futbolista, tiene un solo pensamiento, que es mejorarse a sí mismo. Obviamente que quiere ganar, pero el jugador entrena, hace su recuperación, almuerza o hace lo que sea y se va a su casa, y mañana vuelve. Como director deportivo, tengo que pensar en ese jugador, en el técnico, en qué jugadores vamos a traer en el próximo mercado para potenciar este equipo que estamos teniendo ahora. Charlar con los dirigentes para pasarles el parte de lo que se hizo ese día; las juveniles, ver cómo están desarrollándose, si están siguiendo el plan que teníamos que tener; si los técnicos están mejorando a los jugadores que tenemos en juveniles; si el coordinador está bajando la línea que tiene que bajar; el kinesiólogo, si está tratando al jugador como lo tiene que tratar y cuánto tiempo le lleva y por qué no está.

Los proveedores, la gente de marketing, ver cómo hacemos alguna campaña para que nos bajen los costos del almuerzo, por ejemplo, o de alguna máquina que necesitemos para la parte kinesiológica. Es más global. El problema te lo llevás a tu casa: es 24/7, todo el tiempo director deportivo. Cuando el jugador es: entreno, hago lo mío y me voy a mi casa. Son momentos de la vida. Está perfecto que sea así. Yo era así. Cuando pasás para el otro lado, te encontrás con un montón de cosas que sabías que iban a ser así, pero hay un momento en que te avasallan. No te para de sonar el teléfono. Si no ponés un límite, es terrible.

—Marian, voy a hacerte las últimas preguntas. ¿Sos una persona espiritual, creés en algo?

—Yo creo que soy agnóstico. No tengo pruebas, pero también creo que no lo sé. Entonces, no puedo certificar nada. Entiendo que puede haber algo más. No tengo una prueba, tengo un montón de preguntas. Sí leo mucho, sobre todo de budismo y de ese tema. Me cuesta entender que, si hay algo mucho más allá y que quiere el bien de todos, pasen ciertas cosas. Entonces, no me gusta esa de que Dios le da las mejores batallas a...

El exarquero considera que comprender las emociones y las historias personales mejora el trabajo de los equipos de fútbol y de las empresas (Imagen Ilustrativa Infobae)

—A sus mejores soldados

—Claro. Eso es muy injusto. No me las des esas, dejá. Dáselas a otro. Entonces, me cuesta eso, pero sí soy una persona que respeto a todos y me emociono. Cuando me pude encontrar con el papa Francisco estuve dos veces y es emocionante, pero también me fue muy emocionante cuando fui a la mezquita del Rey Hassan, en Marruecos. Es imponente y quiero ir al Muro de los Lamentos. Es imponente esa situación. Tengo una amistad con un rabino muy famoso en Panamá, que creó un método para luchar contra la ansiedad. Él dice que funciona bárbaro. Yo no tengo ansiedad, pero hemos generado una amistad y también me parece alguien fantástico. Me parece fantástica la gente que cree y que tiene esa devoción por algo.

—Más allá de lo que creas que hay ahí arriba, ¿hay algún momento en donde vos te conectás con un ritual que te haga bien a vos?

—No. A ese punto no. Sí, cuando jugaba, después de que falleció mi papá, yo le pedía no lesionarme, solamente. Siempre que yo salía a jugar, siempre pedí no lesionarme en la cancha. Después, como saliera el partido y mis actuaciones eran secundarias ya. Lo único que yo pedía era no lesionarme para poder seguir jugando. Lo mismo que volvemos a lo anterior, ¿no?. Es una enfermedad. Sí soy tranquilo, sí me conecto con la naturaleza. A la mañana salgo y me voy afuera, por más que haga frío, respiro un poco y arranco. Sí me gusta estar en contacto con algo así, tranquilo, música tranquila, todo, pero no soy un tipo espiritual.

—Tu gran motor fueron los objetivos, las zanahorias, el moverte, el ir para adelante. ¿Hoy dónde está eso depositado? Si me tuvieras que decir: “Hoy mi norte se ve así, hoy mi vida idílica la imagino así”.

—Mi norte está en mejorarme como director deportivo, como gestor deportivo, estar gestionando en el fútbol y tratar de hacer carrera en eso. Entiendo que tengo que empezar y arrancar y estar en esa rueda que a veces es difícil, que es la industria del fútbol, y en estar con mi hijo. O sea, en esas dos fases. Mi hija se fue a estudiar a Estados Unidos, ya está en su momento, pero tengo los objetivos claros. Sé lo que no me gusta, que es ser director técnico. No me encanta hoy. Quizá más adelante sí. No me pongo barreras.

Pero sí está en la parte de mejorarme como director deportivo, como una persona, mejorarme como profesional, tener más fluido el inglés, tener contacto con más personas, que a veces es difícil porque llamás, te reunís y charlás. Está ahí puesta. Es otro enfoque, pero lo llevo bien, lo llevo tranquilo. A veces, disfrutar. Este año me tocó viajar mucho. Tratar de aprovechar el momento, porque después, cuando empezás a trabajar, como decíamos antes, 24/7, no se puede. Entonces, tengo el enfoque puesto ahí: en tratar de pasarla bien, de mejorarme humana y profesionalmente.

—Te voy a despedirte con la última pregunta que le hago a todos los invitados y es que nos dejes algo que te parezca valioso como último mensaje. Puede ser una frase, una anécdota que te marcó, algo que venís pensando, lo que quieras dejar para compartir

—Lo que siempre pienso es que si uno está convencido de algo y quiere algo, tiene que hacer cosas que la mayor cantidad de la gente no quiere hacer. Entonces, para ser exitoso en algo, hay un 1% de la población o un 5% que tiene éxito verdadero en algo. Bueno, esos son los que están dispuestos a hacer cosas que toda la otra parte no hace. Y al final es eso: estar dispuesto a ir por más, a sacrificarte un poquito más, a decir: “Voy. Aunque tenga miedo, aunque esté dolorido, aunque esté fastidioso, aunque no funcione en el corto plazo, sigo. Sigo porque mi objetivo y mi norte está allá”. A veces vas a llegar, a veces no, pero todo ese camino te va a dejar un montón de otras cosas. Te va a dejar relaciones, enseñanzas, disciplina, objetivos chiquititos, pequeñas victorias que vas consiguiendo. Hay que estar dispuesto a hacer cosas que la gran mayoría de la gente no está dispuesta a hacer para tener un éxito o para ser alguien que uno quiere ser. Es así.