Mary Harron y su feminista carrera cinematográfica, contra los psicópatas americanos
-ya le dije mil veces que sacara todas estas cajas con esas porquerías del pasillo para que pueda baldear tranquila acá!!!!- -ya sé doña Irma! Lo que pasa es que las tuve que poner ahí, porque está la Paola durmiendo en la pieza, y no hay lugar...- -a mí no me hable de esas inmundicias, que ya le av

-ya le dije mil veces que sacara todas estas cajas con esas porquerías del pasillo para que pueda baldear tranquila acá!!!!-
-ya sé doña Irma! Lo que pasa es que las tuve que poner ahí, porque está la Paola durmiendo en la pieza, y no hay lugar...-
-a mí no me hable de esas inmundicias, que ya le avisé que no metiera gente de mal vivir, no sé para qué quiere todas estas cosas, si ni siquiera televisión tiene-
-ya voy a arreglar la casetera para poder verlas de nuevo, es la colección de toda
una vida! -
Puede ser verdad, que en últimas instancias y sobre justos reparos del empirismo más lúcido y refinado, John Locke y David Hume incluidos, exista algo así como impresión firme, que justifique nuestra idea de identidad personal, o, en todo caso, lo que podemos conservar de ella precariamente, en muchas ocasiones, a despecho de inmoderadas iras del mundo externo.
En orden con estas potencias, el cine y modelos cobijados o repudiados, inclusive sus deseos, amasados por horas y horas, tal vez a nuestra costa y perjuicio; probablemente, sus películas, que amamos por siempre, odiamos otro tanto, empezamos por lo primero para terminar en lo último, o viceversa, sea lo menos desgranado que queda, pasando por el cernidor del maldito tiempo, que nos persigue incansablemente para borrarlo todo, matándolo: el tiempo lo destruye todo, concluía con melancolía Gaspar Noé, en una de ellas con crisis identitaria, que comenzaba torturándonos con lo peor, para conducirnos a lo mejor, en efímeros finales.
Seguramente, como feminista consciente de la importancia axial de este cruce entre cine e identidad personal, trascendente en su plexo de ideas, Mary Harron reflexiona atinadamente en su obra, sobre desafíos dilemáticos que estas estructuras traen aparejadas. En The Notorious Bettie Page (2005), advertimos la trágica aventura femenina devenida de improvisar la segunda, alrededor de oscuros deseos ajenos, proviniendo de una cultura popular desquiciada en su hipocresía, obsesionada de la forma más ridículamente posible, con medias caladas, portaligas, flequillos precisamente delineados, y el fantasma enloquecedor de la perversa pornografía, todo ello, en el epitome de una sociedad consumista en ascenso, reconociéndose monstruo en su espejo deformante.
Si la Bettie Page de Harron no hizo más que encerrarse en laberintos de fetichismos sexuales de la mayoría, conduciéndola a empujones a improvisar identidades como mero objeto de deseo de una insustancial masividad embrutecida, tal vez, expediente desesperado para sobrellevar un pasado de abusos crueles, su escritora y feminista radical, Valerie Solanas (una soberbia interpretación de Lili Taylor), caería en su personal periplo casi por lo mismo. Pero, también en todas las trampas posibles de ese mundo hueco de sentidos trascendentes, plagado de promesas vacías; gestor inasible de las modas más esperpénticas y componedor de conflictos valiosos, mantenidos ellos, a fuerza de luchas por principios gloriosos, perdiéndose una y otra vez por lo mismo: desbarrancamientos en nimias obsesiones individuales.
Acaso por ajusticiar todo ello, en, I Shot Andy Warhol, 1996, Harron se tienta con un personaje principal maldito en toda regla, capaz de abandonar aquello por lo que vive con pasión transformadora, solamente para seguir cantos de sirena y efímera notoriedad, sometiéndola a rigurosas pautas de aburridos peligrosos de siempre, esos, queriéndolo consumir todo, en todo momento y lugar, embanderados por aquel brujo talentoso a rabiar, a reconocer, que hizo de este juego perverso un riesgoso ejercicio artístico. Todo esto, en una ópera prima valiente, esencialmente consignada a poner en escena rasgos identitarios que eventualmente nadie quiere ver, esta vez de un movimiento feminista que la autora anima abiertamente, sin recelos ni condescendencia, pero también necesario sentido crítico: diseccionándolo con mirada de artista filosa, apuntando aquí sus relaciones innecesarias con la violencia más absurda, por momentos, denunciándolo como cultivador de odios, seducido por la claridad mentirosa de reflectores potentes de los medios masivos de comunicación, por fin, tristemente embelesado y transformado en adicto repugnante, indigente, en definitiva, intentando matar impunemente en desaforada demanda de otros quince minutos de fama y alboroto airado, proviniendo de una opinión pública de clase media estadounidense, que aparece irremediablemente empeñada en cebarlo, solamente para verlo sacrificarse, en próximo paso hacia el altar –bajo- de sus misérrimas, eventuales conveniencias.
Como suponemos con facilidad bosquejando su propuesta alucinante, esta película es naturalmente relevante por muchas más cosas, pero, concluyendo, se hace imperativo remarcar que abrió inesperadamente la puerta para que su directora se hiciera cargo de adaptar para el cine y dirigir, una obra literaria clave de su tiempo, la novela American Psico (1991), del hoy imprescindible Bret Easton Ellis, en su momento, rodeada de escándalo publicitario sin precedentes por supuestos contenidos misóginos.
Patrick Bateman, su atormentado protagonista de primera persona, es otro individuo alienado por la totalidad y contradicciones del tiempo que le tocó en suerte, su tragedia más relevante, aparece confesada precisamente al no conseguir coagular identidad alguna, en el marasmo de un capitalismo financiero de finales de los 80´, que ya casi produce nada, pero tiene, con Ronald Reagan en el gobierno del estado que está a punto de establecer la hegemonía sobre la debacle soviética, supuesto ariete, para dar por fenecida la historia de todos y sus conflictos consustanciales. Esta certeza disparatada, fruto de un clima epocal enrarecido que no tardará en evaporarse, al toparse con su máxima -desgraciada- pretensión de mediocre diplomático caprichoso hecha realidad, compone, tentativamente, el callo más duro de una identidad –pobre performance intelectual- sistemáticamente disuelta, a través de fantasías incontenibles de matar al modo como lo hacen e hicieron en el pasado los psicópatas asesinos de mujeres, más renombrados del género policial americano: el caníbal, Ed Guein, el sociópata, Ted Bundy y muchos otros.
Bateman codicia grotescamente de ellos un modelo, rasgos identitarios lo suficientemente convincentes para amasar esa voluntad esquiva que espera estúpidamente, adquirir de este desafío infame; establecido contra lo único que pudo contornearlo hasta el momento y odia con toda su alma microscópica: la atávica hipocresía acendrada, asfixiante y paternal, de la sociedad de clase alta, que habita terroríficos y glaciales distritos comerciales y financieros neoyorquinos, plagados de yuppis, discotecas de moda inundadas de cocaína, efímeros restaurantes con menúes impresos en chapas oxidadas, y plétora de modelos publicitarias, buscando entretener de la peor manera a la gente más aburrida y convenientemente acomodada del mundo. Harron y sus convicciones se cargan este reto cinematográfico colosal, con las mismas miradas críticas y tonos acidificantes encaradas en la trama y contrapunto entre sus Valerie Solanas y Andy Warhol, efectivamente, más cercanos a su universo de referencias; y el resultado es una verdadera obra maestra: incomoda fabula moral invertida, ásperamente sardónica hasta extremos impensados, cruentamente fustigadora de criterios conciliatorios con el eternamente estéril “buen gusto” izquierdista, centrificante o conservador de la moralina imperante, y un final, a tono con el destino de villanos merecedores de piedad ninguna, ni simbólica contemplación.
Los ecos fantasmales del psicópata americano desesperado, pero abominablemente resignado, quitándose una mascarilla facial de todas las mañanas frente a la impunidad de espejos de miles de dólares, en su baño de cientos de miles y departamento de millones de ellos, convocando al público masivo de su película, a reconocer en personajes como él no más que una apariencia evanescente, es algo que quizá, solo una directora desde la posición de Mary Harron podría lograr escuchar plenamente. Ella, por armarse con perfiles feministas de aristas complejas, esgrimiéndolos con determinación absoluta y precisa en su obra cumbre, presentando existencias monstruosas en su caricatura justa, para alumbrar fantásticamente desde allí, insuperables frustraciones devenidas de conflictos identitarios típicamente posmodernos, montándolos sagazmente, sobre la corriente arremolinada de la cultura popular y sus potencias narrativas infinitas.
Después de todo, las consistentes identidades personales de conquista imposible del empirismo más escéptico, quizá su disputa despiadada y existencial con totalidades inabordables en su complejidad mutante, instituyen –nos constituyen- promesas que solo el cine y caracteres desmesurados pueden conseguir llevar adelante con algún suceso, y esto, a fuerza en este caso, de entretenernos hora y media de promedio con sugestivas desgracias y ríos de sangre, antes de salir prontamente del cine para ver, experimentar, recibir...otra tanda de martillazos, consignados ahora en demoler las pocas certezas que nos enseña con ahínco de chica comprometida e inteligente, apoyada en ilustrados -icónicos- esquemas de buenas, malas, pretenciosos y locos, justamente re-concentrados, como el peor de los jugos de fruta o cualquier otra cosa con descuento del más salvaje de los supermercados, del mejor Pop-art imaginable.


