Cuando un grupo de inmigrantes llegó en 1924 al lugar donde hoy está Colonia Liebig, en el límite de Corrientes con Misiones, no había pueblo, no había nada. Por eso primero hicieron casas, calles y sembraron cultivos. Y dos años después, en 1926, decidieron que para progresar tenían que hacerlo juntos y también fundaron una cooperativa.
Un siglo más tarde, aquella organización está por cumplir 100 años y su principal producto, la yerba Playadito, ocupa desde hace dos años el primer puesto en ventas del mercado argentino.

Ricardo Handziak conoce bien de cerca al menos una quinta parta de toda esta historia, pues es presidente desde hace 17 años de la Cooperativa Agrícola de la Colonia Liebig. Aunque en realidad conoce toda la historia, pues la misma atraviesa a su propia familia.
“Mi abuelo era socio, mi madre era socia de la cooperativa y después me tocó a mí”, contó Handziak, descendiente de inmigrantes ucranianos. En su caso, él ingresó al consejo de administración hace unos 30 años y ya lleva casi dos décadas en la presidencia. Coinciden sus mandatos con una etapa de fuerte crecimiento de la empresa, aunque Ricardo se resiste a adjudicarse ese resultado.
“Siempre digo que atrás de cada persona hay un equipo. Messi no hace nada solo, necesita al equipo, y a mí me tocó el mejor equipo que me pudo haber tocado”, afirmó durante una entrevista con Bichos de Campo.
Mirá la entrevista completa:
Según Handziak, el crecimiento más importante de la cooperativa yerbatera comenzó hace entre 15 y 20 años. Y fue tan vertiginoso, que en los últimos cuatro o cinco, Playadito empezó a disputar los primeros puestos del mercado local de esa infusión. Desde hace dos años, la del paquete amarillo es la yerba que lidera las preferencias de los argentinos, superando incluso a marcas también centenarias como Las Marías, con su popular yerba Taragüí.
¿A qué atribuye Ricardo semejante avance? “Siempre nos recostamos fuertemente en la calidad. Nunca negociamos eso. Creo que es nuestro caballito de batalla”, respondió ante esa pregunta.
Cuando habla de calidad de la yerba no se refiere solamente a lo que ocurre dentro del molino. “Es todo, desde el vivero hasta que uno está en la góndola. Todos los procesos son importantes”, explicó el presidente de Playadito.

Ese presente con viento a favor contrasta con los orígenes, que no fueron fáciles. Los primeros inmigrantes alemanes llegaron a la zona en 1924 y participaron de la fundación de Colonia Liebig. Posteriormente se incorporaron familias ucranianas y polacas. Dos años después, en 1926, nació la cooperativa.
Según reconstruyó Handziak, aquella colonización estuvo integrada por unas 250 familias que recibieron chacras de alrededor de 50 hectáreas cada una. “La cooperativa se funda para primero juntarse y entre todos tirar del carro. Para eso se fundó: hacerlo entre todos”, resumió.
Su abuelo materno llegó algunos años después, durante la década de 1930. Era ucraniano y se dedicó inicialmente a producir arroz. No era una rareza mo nada por el estilo. Antes de que la yerba mate se convirtiera en la actividad emblemática de esa zona, el arroz tenía un lugar importante y las chacras con disponibilidad de agua eran particularmente valoradas.
La historia yerbatera de la cooperativa se consolidaría varias décadas después. Hacia los años 60 comenzó a vender yerba canchada a grandes molinos. Y en la década siguiente dio un paso decisivo: construyó su promer molino. Fue entonces que apareció Playadito.
-¿Por qué se llama Playadito?- nos animamos a preguntarle al presidente.
No hay ningún misterio y mucho menos un márketing muy sofisticado. El nombre proviene del paraje donde nació la cooperativa, una zona de terrenos ondulados donde existen sectores conocidos como “playas”. Esos terrenos son las “playadas” o “playaditas”, como se define a una zona de terreno levemente ondulado y plano, característico de la transición entre las sierras y la llanura en ese paraje correntino.

También el diseño del paquete que décadas después se volvería fácilmente reconocible surgió de una decisión bastante sencilla. Handziak recordó que fue uno de los socios quien eligió el característico color amarillo del paquete. La elección sobrevivió al paso del tiempo y terminó acompañando el crecimiento de la marca hasta las góndolas de todo el país.
Pero para Handziak, la mejor manera de explicar por qué, cien años después, siguen eligiendo funcionar como cooperativa no está en el paquete de yerba sino en lo que ocurre antes, dentro de las chacras. “Estamos acostumbrados a vivir dentro del cooperativismo. No sabemos otra cosa que no sea la Cooperativa Liebig”, aseguró.
Un ejemplo es el sistema que utilizan para impulsar nuevas plantaciones de yerba mate. Un asociado que quiere implantar un yerbal puede solicitar asistencia técnica y maquinaria. La cooperativa prepara el terreno y acompaña el proceso, pero el productor no comienza a devolver esa inversión inmediatamente sino recién a partir del quinto año.

No es un plazo caprichoso: establecer una nueva plantación requiere varios años antes de alcanzar la madurez productiva. De este modo el esquema permite que el socio atraviese esa etapa inicial sin tener que afrontar inmediatamente el costo completo de la implantación del yerbal.
Luego, prácticamente toda la producción de esos asociados vuelve a canalizarse a través de la cooperativa.
Handziak sostiene que esa relación también ayuda a mantener los estándares que finalmente necesita Playadito. “El socio de Cooperativa Liebig ya sabe que tiene que hacer eso. Está mamando lo que le enseñaron sus abuelos, sus padres: sabe que tiene que hacer las cosas bien por el bien de la cooperativa, de la sociedad y de su familia”, explicó el dirigente.
El pueblo de Colonia Liebig, al cual se llega o bien desde Apóstoles o por un desvío desde la Ruta Nacional 14, creció alrededor de la cooperativa y de su secadero. Aquel lugar que inicialmente era apenas un cruce de caminos fue incorporando viviendas, servicios y actividad económica alrededor de la producción.

Quizás por eso, cuando se le pregunta si todavía tiene sentido mantener ese modelo cooperativo después de un siglo de historia, Handziak no encuentra demasiadas razones para cambiarlo. “Derrama en la familia del asociado, en el empleado y en toda la comunidad. La cooperativa siempre derrama”, sostuvo.
El mismo Ricardo, que empieza a pensar en dejar la presidencia después de 17 años, sabe que eso no significará alejarse. “Vienen los hijos. Uno siempre piensa en los que vienen atrás”.
El próximo 19 de diciembre la Cooperativa Liebig cumplirá su primer siglo, pero Handziak ya piensa en lo que viene bien atrás: “Me imagino a la Cooperativa Liebig dentro de 100 años, cumpliendo los 200. Seguramente va a estar”, se despide.




