La Asamblea de la ONU ilustró la profundidad de la crisis de liderazgo que atraviesa Estados Unidos en el mundo. Con un Trump que habló de muchos logros, sin ningún fundamento, y lo único concreto que pudo mostrar fueron dos avances, bastante modestos, en su “patio trasero”: primero, que ha ganado aliados entre los gobiernos latinoamericanos, gracias al triunfo de fuerzas afines en una docena de países en los últimos años, fuerzas y gobiernos que ahora avalaron su “Escudo de las Américas” contra el terrorismo y el crimen organizado; y segundo, que ha sometido al régimen chavista, gracias a la captura de Nicolás Maduro y la firma de un acuerdo petrolero que beneficia ampliamente a las empresas norteamericanas.
Para graficar estos logros, Trump se sacó dos fotos durante la Asamblea. Una discurseando sobre la seguridad regional frente a 14 sonrientes presidentes latinoamericanos, entre los cuales, a un costado, apareció el nuestro, quien mereció una mención elogiosa aunque comprometedora del jefe republicano (le dijo, más o menos, que le debía su triunfo en las legislativas de 2025 y, por tanto, su supervivencia), y debe haber extrañado la época en que era su único aliado firme en la región, y aparecía cada dos por tres a su lado. La otra foto que se sacó Trump fue con la reemplazante de Maduro, Delcy Rodríguez, que sí consiguió el reconocimiento que solía tener Milei, para desgracia de los opositores venezolanos, las fuerzas democráticas del continente y los defensores de los derechos humanos de todo el planeta.
Ambos episodios parecen abonar la tesis, muy difundida en estos días en los análisis prospectivos sobre lo que se viene para el gobierno libertario, de que Trump, con toda su megalomanía y sus apuestas indefendibles y frustradas, lo va a arrastrar en su derrota. Porque si los republicanos pierden las elecciones de medio término dentro de unas semanas (y las encuestas al respecto acaban de registrar un gran salto: las chances de que los demócratas se queden con ambas cámaras pasaron de 40 y pico por ciento a más de 60), estas escenas decadentes que ofreció el norteamericano en la ONU se van a repetir y agravar, su asistencia financiera a Milei va declinar, o directamente desaparecer, y las ideas que comparten van a quedar asociadas a un ciclo político olvidable.

Así que Milei debería emprender la batalla por su reelección con dos handicaps en contra: una economía en problemas y una creciente orfandad de apoyos externos. Si en los próximos meses perdiera Netanyahu y ganara Lula, ya tendría cartón lleno en contra.
El propio Milei parece muy asustado con esa posibilidad, y por eso simuló demencia: en su discurso hizo como si nada hubiera cambiado respecto a los últimos dos años, volvió a insultar a la ONU, al progresismo bienpensante, a los europeos en particular, y adhirió a pie juntillas a todo lo que hagan y digan Trump y Netanyahu.
No solo fue un papel bastante penoso el que ofreció con su discurso, sino un grave error de estrategia. Porque perdió la oportunidad de sacar provecho, desde el vamos, de todo lo bueno que podría resultar para su plan de estabilización y reformas, y para el lugar de la Argentina en el mundo, de un escenario en que el trumpismo esté de salida.
Primero y fundamental, que sin ese lastre, no tendría que dedicarse tanto a sus “batallas culturales” y podría invertir más tiempo y esfuerzos en lo que realmente interesa a su sociedad, y él se comprometió ante ella a hacer cada vez que fue a las urnas: combatir la inflación, atraer inversiones, abrir la economía, reformar el Estado.
La agenda trumpista y ultra por la que nadie, o casi nadie, lo respaldó, quedaría en un muy segundo plano. Así que su gobierno consumiría menos energías que hasta aquí en pelearse con las izquierdas locales, regionales y globales, con los pañuelos verdes, los periodistas, los europeos y los organismos internacionales.
Si Scott Bessent perdiera su cargo sería un buen golpe. Y si hubiera impeachment contra Trump, el escenario se volvería más impredecible. Pero incluso en ese caso sería muy remota la posibilidad de que el swap se elimine, o que los acuerdos de inversiones, como el ya muy avanzado para producir gas licuado, se detengan.
Al mismo tiempo, con un Trump de salida, la idea de que vamos hacia una era de proteccionismo y nacionalismo económico también declinaría. Y con ella perdería asidero el argumento de que la Argentina no puede ir a contramano: no debería abrir su hipercerrada economía justo cuando todos los demás dan pasos en la dirección contraria. Así que Milei podría tener más chances, y no menos, de defender con éxito sus políticas de apertura comercial, de aliento a las inversiones externas, a la idea de crecer con la locomotora de las exportaciones y de promover para ello alianzas de libre comercio, como la que ya nos está beneficiando precisamente con los europeos (de los que tal vez él debería dejar de decir, entonces, que son la desgracia de Occidente).

Contra lo que sostienen los pronosticadores de catástrofes en auge en nuestros días, un final de la administración Trump con poder acotado significaría, además, más política antiinflacionaria en los EE.UU. Por tanto, tasas de mediano y largo plazo más bajas de los bonos del Tesoro, y en consecuencia menores tasas para el financiamiento que la Argentina necesita. Fausto Spotorno, Javier Timmerman y otros analistas económicos han destacado el efecto positivo para la Argentina de que la Reserva Federal (Fed) ya esté ahora ignorando las presiones de Trump para seguir “recalentando” su economía, lo que seguramente se va a profundizar con una derrota de los republicanos en noviembre.
Por último, se despejaría el fantasma de la “amenaza tecnofascista”, y se justificaría mucho menos que la izquierda radical tenga público y legitimidad en su pretensión de ser la defensora de la democracia liberal, acá, en otros países periféricos y también en Nueva York o Berlín. La polarización retrocedería, y sería más factible que los peronistas y progresistas argentinos escuchen a Aníbal Fernández, o a algún Chacho Álvarez moderno que tome su idea de dar continuidad al plan antiinflacionario, y no tanto a Kicillof y Grabois.




