El pintor, dibujante y grabador falleció este lunes en su casa de las Sierras Chicas, donde se había radicado al regresar del exilio. Su obra atravesó más de siete décadas y convirtió la violencia política, la memoria, el cuerpo y la historia argentina en algunos de sus grandes temas.


Carlos Alonso, una de las figuras fundamentales de las artes visuales argentinas del último siglo, murió durante la madrugada de este lunes en su casa de Unquillo, Córdoba. Tenía 97 años.

La noticia fue comunicada por su familia, que anunció una despedida íntima. Se apagó así una trayectoria de más de siete décadas marcada por la pintura, el dibujo y el grabado, pero también por una forma de entender el arte como testimonio de su tiempo.

Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, Alonso encontró en Córdoba mucho más que un lugar de residencia. Después del exilio impuesto por la última dictadura militar, regresó al país a comienzos de los años 80 y se instaló en Unquillo, donde vivió y trabajó hasta sus últimos días.

Allí, en las Sierras Chicas, mantuvo su taller junto a la Casa Museo de Lino Enea Spilimbergo, quien había sido su maestro en la Universidad Nacional de Tucumán y una influencia decisiva en su formación.

Unquillo terminó convirtiéndose en una parte inseparable de su biografía artística.

Pintar la historia argentina

Alonso se formó desde adolescente en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo. En 1949 realizó su primera exposición individual en Mendoza y al año siguiente viajó a Tucumán, donde se integró al grupo encabezado por Spilimbergo.

Desde entonces construyó un lenguaje propio, reconocible por la potencia del dibujo, la expresividad de las figuras y una mirada que nunca se desentendió de la realidad social.

El cuerpo humano, la carne, la violencia, el poder, la desigualdad y la muerte aparecen una y otra vez en una producción que dialogó permanentemente con la historia argentina.

Su obra también mantuvo una conversación profunda con grandes maestros de la pintura y con la literatura. Van Gogh, Rembrandt y Spilimbergo reaparecieron en diferentes momentos de su trabajo, mientras que como ilustrador abordó textos de autores como Dante Alighieri, Esteban Echeverría y Roberto Arlt.

Algunas de sus imágenes más recordadas nacieron de esa combinación entre tradición artística y presente político.

En la serie Lección de anatomía, iniciada a fines de los años 60, reelaboró la célebre pintura de Rembrandt a partir de las fotografías del cuerpo de Ernesto “Che” Guevara después de su ejecución. En El ganado y lo perdido y posteriormente en Manos anónimas, la violencia ejercida sobre los cuerpos adquirió una dimensión cada vez más ligada a la realidad argentina.

La dictadura, Paloma y el exilio

El golpe de Estado de 1976 atravesó brutalmente su vida y su obra.

Ese año, Alonso trabajaba en Manos anónimas, una instalación concebida para una exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes que finalmente fue suspendida tras el golpe. La obra presentaba cuerpos fragmentados, figuras militares y escenas de violencia que anticipaban un período que terminaría golpeándolo de manera personal.

En 1977 desapareció su hija Paloma Alonso Fauvet, víctima del terrorismo de Estado. Su paradero continúa sin conocerse.

Alonso partió al exilio, primero hacia Roma y luego a Madrid. La desaparición de Paloma quedó desde entonces incorporada a una obra en la que memoria personal e historia colectiva resultaron imposibles de separar.

Cuando regresó a la Argentina, en 1981, eligió Córdoba para reconstruir su vida.

Desde Unquillo continuó trabajando sobre aquellas heridas y produjo algunas de las series que terminaron consolidándolo como uno de los artistas centrales de la memoria sobre la violencia política argentina.

Córdoba, refugio y creación

Su relación con Córdoba excedió ampliamente su casa y su taller.

Alonso dejó su marca en instituciones y espacios culturales de la provincia. Obras suyas forman parte de colecciones públicas y realizó, entre otros trabajos, paneles para la cúpula del Teatro del Libertador General San Martín.

En Unquillo participó además de la vida cultural de una ciudad marcada por una particular tradición de artistas. Fue uno de los referentes vinculados al desarrollo del Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo (MACU), institución que durante los últimos años volvió repetidamente sobre su producción.

En 2024, el MACU presentó una gran exposición dedicada al retrato con unas 80 obras seleccionadas por el propio Alonso. Durante 2025 completó una trilogía de muestras con una retrospectiva centrada en sus paisajes.

Incluso cuando las apariciones públicas se hicieron cada vez menos frecuentes, el artista siguió pintando.

Una obra que atravesó generaciones

Su producción recorrió museos y galerías de Argentina, Europa y América Latina y recibió numerosos reconocimientos.

Entre ellos figuran dos Premios Konex de Platino y el Premio Nacional a la Trayectoria Artística. En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes realizó Carlos Alonso. Pintura y memoria, una retrospectiva que reunió 60 obras y permitió reconstruir Manos anónimas, más de cuatro décadas después de que la exposición para la que había sido concebida fuera suspendida.

En aquella oportunidad, el entonces director del Bellas Artes, Andrés Duprat, sintetizó la dimensión histórica de su trabajo: “No puede pensarse la historia del último medio siglo de la Argentina sin la obra de Carlos Alonso”.

Su pintura pudo ser feroz, incómoda y dolorosa, pero nunca fue indiferente.

En febrero pasado, cuando cumplió 97 años, la Secretaría de Cultura de la Nación volvió a destacar una trayectoria en la que memoria, historia y experiencia colectiva permanecieron unidas.

Este lunes, esa extensa vida artística terminó en Unquillo, el lugar que Alonso había elegido al regresar del exilio y desde donde continuó pintando durante más de cuatro décadas.

Queda una obra que recorrió buena parte de las heridas argentinas del siglo XX y que convirtió a la memoria no solamente en un tema, sino en una forma de mirar.

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