La historia de Nazareno Andorno podría empezar en Roma, donde hoy pasa buena parte de sus días. Podría empezar en Miami, en Nueva York o en Los Ángeles, ciudades en las que construyó buena parte de su carrera. También podría empezar en un estudio de grabación junto a Plácido Domingo. Pero cuando él cuenta su vida, casi siempre vuelve al mismo lugar: Mariano Acosta, en Merlo.
Allí creció, en un contexto que recuerda como una verdadera supervivencia. “Mariano Acosta ni siquiera tiene una sala, ni una salita, nunca tuvo un hospital”, contó a TN. “Mis padres hicieron enormes sacrificios para acompañarme. Mi mamá viajaba todas las semanas desde Mariano Acosta hasta Once para llevarme a estudiar. Ese esfuerzo familiar fue una parte fundamental de mi formación”, sostuvo.
La música apareció cuando tenía cinco años, cuando sus abuelas le regalaron una guitarra. Tres años después llegó el piano y la guitarra quedó abandonada. “Me pasé al piano, que ya no lo dejé más. Tiré la guitarra por la ventana”, recordó entre risas.
Su familia no tenía músicos ni formación académica, pero hizo todo lo posible para acompañarlo. Su mamá consiguió una profesora que iba a darle clases a su casa y, en la escuela, un docente descubrió que aquel chico tenía una facilidad poco común para aprender de oído. Lo conectó con otros maestros y Andorno empezó a estudiar música clásica, jazz, composición y orquestación.

“En el colegio era prácticamente el único músico y muchas veces me hacían tocar en las fiestas. Creo que al principio era difícil que los demás entendieran hasta dónde quería llegar, pero muchos tenían mucha fe en mí”, indicó.
Todavía estaba en el secundario cuando esa facilidad empezó a convertirse en trabajo. A los 15 años ya hacía arreglos y poco después comenzó a entrar a estudios de grabación. Alejandro Lerner, Estela Raval, Marilina Ross, Julia Zenko, Los Panchos, Víctor Heredia, Valeria Lynch y otros artistas argentinos aparecieron en su camino.

“De golpe estaba en cuarto año del secundario y estaba entrando al estudio de grabación con todos los artistas que eran mis ídolos”, cuenta. A los 18 años, además, participó como orquestador y director musical en una producción que reunió a numerosos músicos y cantantes argentinos. “Todos los artistas habían grabado bajo mi dirección musical. No lo podía creer”, rememoró.
El siguiente salto fue todavía más grande. Entre los 18 y los 19 años se fue a Estados Unidos. “A los 19 años tomé una decisión enorme: dejar mi lugar, mi familia y mi país para irme a Estados Unidos. Llegué a Miami y tuve que empezar prácticamente de cero. Trabajé, estudié, busqué oportunidades y fui construyendo mi carrera paso a paso”, dijo.

Su carrera lo llevó a participar en proyectos con artistas como Marco Antonio Solís, Ricardo Montaner, Alejandro Sanz y Cristian Castro, además de trabajar con músicos y orquestas de primer nivel.
Pero hubo un nombre que para él marcó un antes y un después: Plácido Domingo. “Cuando me llamó Plácido Domingo y me dijo que quería que le orquestara su disco, imaginate. Eso fue la cumbre de mi carrera”, sostuvo.

Después de años escribiendo y arreglando para otros, llegó un momento en el que sintió que necesitaba hacer algo propio. La oportunidad apareció a través de Alejandro Roemmers, con quien comenzó a desarrollar proyectos que mezclaban música, poesía y espiritualidad.
“Me dijo: ‘Naza, vos tenés que hacer tu música’”, indicó Andorno. Ese camino lo llevó a Italia, donde compuso y dirigió Suite Francisco, estrenada en Asís, y posteriormente musicalizó Los Cánticos de las Criaturas, a partir de los textos de San Francisco de Asís.

Ese recorrido también lo acercó al papa Francisco. Andorno nunca llegó a conocerlo personalmente, pero sus obras fueron interpretadas dentro de los proyectos vinculados con El Abrazo de Asís. Cuando Francisco murió, el músico estaba viajando a Roma. La obra que preparaba para presentar era una de las que el Papa había mostrado interés en escuchar, pero no llegó a hacerlo. “Desafortunadamente no llegó a escucharla”, cuenta.
“Para mí Francisco representó muchísimo, no solamente como Papa, sino por el mensaje que transmitió durante todo su pontificado. Después de su partida sentí la necesidad de expresarlo también a través de la música. De ahí nació ‘Adiós Francisco’, una obra concebida como un homenaje y una despedida que fue estrenada en Roma”, manifestó.

“No es un tango, aunque tiene bandoneón. Es una obra”, explicó. Ahora quiere que esa historia tenga otro capítulo: conocer a León XIV y mostrarle personalmente la obra. Después de haber recorrido escenarios, estudios y ciudades que alguna vez parecían inalcanzables para aquel chico de Mariano Acosta, el próximo desafío vuelve a ser una puerta.
“Si alguna vez tengo la oportunidad de estar frente a León XIV, me gustaría que no fuera simplemente para decirle quién soy, sino para poder mostrarle qué quiero transmitir con mi música”, expresó.

Y quizá por eso, cuando le preguntan qué fue lo que finalmente le permitió llegar tan lejos, no menciona un premio, un disco ni un artista famoso. Habla de una característica que lo acompañó desde el comienzo: su capacidad para moverse entre mundos.
“Cuando miro hacia atrás, no pienso solamente en los escenarios o en los reconocimientos. Pienso en el esfuerzo de mis padres, en mis maestros, en haberme ido muy joven y en todas las veces que tuve que insistir. Creo que mi historia está mucho más relacionada con la perseverancia que con la suerte”, completó.


