Javier Martín
Segovia, 5 sep (EFE).- Contemplar algo que consideramos bello no es solo una experiencia agradable en sí misma, sino que también activa redes cerebrales relacionadas con el bienestar y puede contribuir a nuestra salud mental, según la neurocientífica Nazareth Castellanos.
En una entrevista con EFE, a pocos días de participar en el Hay Festival de Segovia con una conversación con Carmen Delibes titulada 'El cerebro y la belleza', Castellanos ha subrayado que rodearnos de belleza "favorece ese bienestar que tanto ansiamos".
La investigadora explica que un estudio en el que participó el hijo del escritor Camilo José Cela permitió analizar qué ocurre en el cerebro cuando una persona aprecia subjetivamente algo como bello: “Vimos que hay zonas en el cerebro que se procesan desde la parte más emocional”.
La belleza implica una valoración subjetiva por parte de quien contempla: “Yo juzgo esto, me gusta”, ha detallado. Esa percepción de que algo es bueno para uno mismo genera emociones como alegría, curiosidad, admiración o entusiasmo y activa redes cerebrales implicadas en el bienestar.
“Eso hace que se activen en el cerebro redes cerebrales que están involucradas en hacernos sentir bien. Y eso, poco a poco, sostenido en el tiempo, es también una forma de mantenernos mejor”, sostiene.
Aunque cada persona pueda considerar bello algo diferente, Castellanos explica que, cuando dos individuos perciben algo como bello, se activan las mismas redes cerebrales. Sí existen, apunta, estudios que han observado diferencias entre hombres y mujeres en las regiones cerebrales implicadas, aunque la experiencia sea similar.
La neurocientífica considera, además, que apreciar la belleza es una capacidad que puede cultivarse. Para explicar esta idea recurre al neurocientífico Judson Brewer, quien, según recuerda, define el cerebro como “el mayor sistema de costumbres”.
“A mí esto me gusta porque nos da esa oportunidad de decir qué es lo que quiero ir cultivando, qué significa bello para ti y, sobre todo, cultivar la búsqueda de esa belleza que te hace sentir bien”, explica.
A su juicio, uno de los retos consiste precisamente en aprender a detenerse ante aquello que proporciona bienestar, algo que en la actualidad resulta cada vez más difícil por la acumulación de tareas y la falta de tiempo.
Castellanos considera que el cuidado de la salud mental no puede quedar exclusivamente en manos de cada individuo. “La salud mental no es solo de uno”, subraya, y reclama también responsabilidad a las administraciones y al conjunto de la sociedad.
Pasear, acudir a un museo, leer, escuchar música o entrar en contacto con la naturaleza pueden formar parte de esos hábitos cotidianos que contribuyen al bienestar, según Castellanos.
La neurocientífica pide, no obstante, prudencia a la hora de presentar estas actividades como una solución a los problemas de salud mental. “A veces tenemos esa panacea de decir 'con esto te curas', pero la salud mental es muy integral y depende de muchos factores”, advierte.
Castellanos trabaja en el ámbito de la medicina del estilo de vida, que aborda la influencia de los hábitos, y los llamados ‘microhábitos’, en el bienestar. El objetivo, explica, es contribuir a que una persona se mantenga bien o, cuando atraviesa un momento de dificultad, ayudar a “aminorar” ese estado.
Entre esos hábitos destaca la relación con la naturaleza, cuya influencia sobre el cerebro se conoce ampliamente y que, según explica, ayuda a sostener la atención y actúa como “un gran reductor del estrés”.
Castellanos también considera necesario introducir cierta perspectiva en el actual auge de las conversaciones sobre salud mental. A su juicio, el aumento de la atención sobre estas cuestiones era necesario, aunque reconoce que también puede conducir a “frivolizar y patologizar todo. Necesitábamos hablar de ello. Creo que con el tiempo todo se irá mesurando”, afirma.
La inteligencia artificial constituye otro de los grandes retos relacionados con el cerebro y la sociedad, por lo que Castellanos se muestra partidaria de aprovechar sus posibilidades, aunque considera fundamental que la tecnología permanezca al servicio de las personas.
“Yo soy más de la opinión de que nos puede ayudar mucho, creo que a nuestro servicio es un aliado inmejorable. Ahora, si nosotros estamos a su servicio, no”, afirma.
La neurocientífica compara el momento actual con el que se produjo con la física nuclear, una tecnología que, según recuerda, ha tenido consecuencias muy positivas, pero que, mal utilizada, puede convertirse en “una bomba de destrucción”.
Uno de sus principales motivos de preocupación es que la inteligencia artificial pueda incrementar las diferencias entre quienes sepan utilizarla para mejorar sus capacidades y quienes no. “Los que la utilicen para mejorarse van a mejorar significativamente y los que no van a empeorar significativamente”, advierte.EFE
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