Nueva chance para Juan López y John Ward
Hace poco más de un año, nos preguntábamos con el profesor Santiago Espósito, en una columna publicada en Hoy Día Córdoba, si el Reino Unido podía consolidarse como potencia global en un mundo multipolar, mientras conservaba territorios cuya soberanía es objetada por otros Estados. Malvinas aparecía

Hace poco más de un año, nos preguntábamos con el profesor Santiago Espósito, en una columna publicada en Hoy Día Córdoba, si el Reino Unido podía consolidarse como potencia global en un mundo multipolar, mientras conservaba territorios cuya soberanía es objetada por otros Estados.
Malvinas aparecía entonces como una paradoja. Londres buscaba proyectarse hacia el futuro, pero sin desprenderse de atavismos imperiales.
Frente a los recientes acontecimientos que volvieron a poner a las islas sobre el tapete, aquella pregunta merece una segunda mirada. No está cerca de resolverse la diferencia, ni las partes han modificado sus posiciones. Pero pareciera que está cambiando el contexto.
En junio, el Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas volvió a llamar a la Argentina y al Reino Unido a reanudar las negociaciones bilaterales destinadas a encontrar una solución pacífica y definitiva a la disputa. La OEA hizo lo propio. Los organismos internacionales sostienen este criterio desde hace décadas. Pero adquiere otro significado cuando coincide con una creciente incertidumbre sobre el orden internacional y con nuevas tensiones en el Atlántico Sur.
En 1966, después de la Resolución 2065 de Naciones Unidas, Londres y Buenos Aires volvieron a sentarse a negociar. Las conversaciones continuaron durante los dos años siguientes, llegaron a producir un Memorándum de Entendimiento en 1968 y durante la tercera presidencia del general Perón hubo acercamientos que quedaron truncos tras su fallecimiento. Los equipos diplomáticos habían avanzado hasta discutir una eventual solución de la cuestión de soberanía, contemplando al mismo tiempo los intereses de los habitantes de las islas. El acuerdo finalmente no prosperó, pero los hechos demuestran que negociar no fue siempre una palabra prohibida en Londres. La historia diplomática de Malvinas es bastante más rica y compleja que la fotografía de 1982.
En el medio, la guerra y sus consecuencias. Hasta llegar a estos días, donde surgen novedades en torno a las islas.
En primer lugar, el proyecto hidrocarburífero Sea Lion, en aguas próximas a las islas, convirtió a los recursos naturales en un nuevo componente de la controversia. La iniciativa, liderada por Navitas Petroleum junto con Rockhopper Exploration, prevé comenzar a producir en 2028 con una inversión superior a los 2.200 millones de dólares. Argentina considera ilegítima la explotación, en el marco de normas ya vigentes (la Constitución Nacional, las leyes de creación de la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, la Constitución fueguina y diversa legislación producida en la jurisdicción, la ley 27.558 de políticas sobre Malvinas, las leyes de explotación de hidrocarburos, entre otras). Inició acciones penales contra la compañía y sus responsables. Se anunciaron sanciones a firmas que participen en los proyectos. Empresas internacionales de servicios petroleros como SLB, Baker Hughes y Halliburton se han alejado de la iniciativa ante las advertencias argentinas.
El segundo interrogante emerge de la Casa Blanca. Su polémico inquilino, Donald Trump, lo introdujo al afirmar que Estados Unidos estaba revisando su posición respecto de las islas. Washington no ha reconocido la soberanía argentina. Pero por primera vez en mucho tiempo, la certeza británica respecto de la continuidad automática de la posición estadounidense parece menos sólida.
El Reino Unido continúa afirmando que su soberanía sobre las islas es innegociable y que debe respetarse el derecho de los isleños a determinar su futuro. Esta semana, además, el Gobierno británico insistió en que no existen dudas sobre esa posición, pero simultáneamente sostuvo que quiere construir una relación “moderna y constructiva” con la Argentina. En términos diplomáticos, ello no necesariamente implica conversar tras resolver las diferencias, sino dialogar para crear condiciones que permitan administrar las tensiones, reducir los riesgos y, paulatinamente, encontrar una aproximación.
Si la escena sigue mostrando un avance descomedido por parte del Reino Unido, un endurecimiento de la posición argentina, y más incertidumbre desde los Estados Unidos ¿habrá incentivos suficientes para producir soluciones?
El problema es que Malvinas puede convertirse nuevamente en una cuestión instrumental. Para Buenos Aires, en un recurso de política interna. Para Londres, en una demostración de firmeza frente a sus aliados y adversarios. Para Washington, en una pieza más de su negociación con el Reino Unido sobre defensa y política exterior. Para las empresas, en un cálculo de rentabilidad y riesgo.
La Argentina debería evitar la ilusión de que una eventual modificación de la política estadounidense resolvería la controversia. El Reino Unido, por su parte, precisa a Europa, pero no quiere revertir el Brexit. Necesita a Estados Unidos, pero la relación especial atraviesa tensiones. Busca ampliar sus vínculos con las potencias emergentes y sostener su presencia en el Indo-Pacífico, pretendiendo conservar una influencia global, pero ésta ya no puede descansar solamente en la memoria de su antiguo poder.
¿Puede una potencia media pretender un papel de facilitador y defensor del orden internacional mientras mantiene cerrada una controversia que Naciones Unidas sigue invitando a negociar? ¿Puede la Argentina sostener una política de Estado sobre soberanía sin convertirla en una herramienta de coyuntura? ¿Pueden ambos gobiernos explorar espacios de cooperación sin que ninguno deba renunciar, de entrada, a su posición de fondo?
Y, a propósito, el coro de periodistas que derramó obsecuencia tras la cadena nacional de Milei en diferentes medios nacionales adictos al oficialismo recordó tristemente al “estamos ganando” de otra generación de oportunistas, cuando los dolorosos días de 1982
Quizás la respuesta no sea una solución inmediata, sino una conversación.
Y cómo no recordar en ese orden de ideas a Jorge Luis Borges, quien falleciera hace cuarenta años exactos en Ginebra -una de sus patrias según confesó-, un año después de editarse Los conjurados, su último libro publicado en vida.
El volumen reúne cuarenta y cuatro poemas y prosas poéticas muy personales que refieren sueños, intuiciones, sensaciones, despedidas, increíblemente actuales. Entre sus páginas está “Juan López y John Ward”, publicado originalmente en Clarín y en The Times (en inglés, traducido por Rodolfo Terragno), unos meses después de la guerra de Malvinas. Borges concibió allí a dos hombres profundamente afines. López había estudiado castellano para leer el Quijote; Ward amaba a Conrad, quien le había sido revelado en un aula porteña. Pero la guerra los enfrentó “y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel”.
Argentina y Reino Unido tienen mucho camino que recorrer, aunque partan desde posiciones aparentemente irreductibles. Aunque Londres y Buenos Aires luzcan intransigentes; aunque América y Europa sigan mirando el Atlántico Sur desde perspectivas diferentes y la geopolítica seguirá su extraño viraje, aparece algo inequívoco: ambos países son viejos conocidos.
Cuarenta y cuatro años después, Juan López y John Ward tienen otra oportunidad para encontrarse. No será en una trinchera. Quizás los reúna una mesa de negociación.
Frente a frente, con (volvemos a Borges) “esas islas demasiado famosas” aún entre ambos, pesará lo mucho que saben el uno del otro: un bagaje determinante frente a la recurrente improvisación, el egoísmo y la especulación.
Las opiniones vertidas en cada columna son de exclusiva responsabilidad de sus autores. En consecuencia, no necesariamente responden a la línea editorial del medio.



