Rara vez una inundación o sequía puede dejar buenas noticias para el sector productivo, pero un grupo de investigadores del Conicet ha trabajado lo suficiente por hallar una: que estos fenómenos pueden ayudar a combatir especies invasoras de almejas.

Se trata, específicamente, de la Corbicula fluminea -o almeja asiática- y la Corbicula largillierti -o almeja canasta-, ambas de agua dulce, que se han dispersado en la región durante los últimos 50 años y tienen efectos muy nocivos para la industria de la construcción y para la toma de agua que utilizan las plantas energéticas o los sistemas de riego agrícola.

Actualmente, se la intenta combatir con biocidas y barreras físicas en las tuberías, pero una investigación local descubrió que el freno más efectivo y eficiente es el que ofrece el clima. Ahora, avanzan con el diseño de estrategias de control que puedan emular las condiciones extremas de sequía o inundación.

Como bien lo indica su apodo, la Corbicula fluminea es oriunda del sudeste de Asia. Se la considera una de las especies de almejas invasoras más agresivas del mundo y sus efectos se ven desde una punta a la otra del continente: en Estados Unidos encendió alarmas en la industria de la construcción, por la contaminación que genera en la arena y grava; en Brasil se la empezó a combatir porque obstruye tuberías o tomas de agua para la refrigeración o generación de energía y hasta hizo su salto a Venezuela.

En Argentina, estiman desde el Conicet, ingresó “por acción del ser humano”, se presume fundamentalmente por el agua de lastre de los barcos o como alimento, a través del Río de la Plata entre los años sesenta y setenta. Desde entonces, sus ejemplares se esparcieron rápidamente y hay registros de estas almejas incluso en Chubut.

En algunas zonas cohabita con la almeja canasta, una especie de características similares. Eso es lo que impulsó a los investigadores del Museo de La Plata (UNLP) a elegir el arroyo Santa Catalina, en la ciudad bonaerense de Azul, para estudiar cómo performan ambas y qué condiciones ayudan a combatirlas.

“El arroyo sobre el que trabajamos presenta un ambiente templado y muy fluctuante o discontinuo en materia hidrológica, con alteraciones que van desde sequías extremas en las que queda absolutamente seco, hasta importantes inundaciones”, explicó Gustavo Darrigran, uno de los impulsores del estudio que acaba de ser publicado en la revista Biology en coautoría con Cristina Damborenea y Diego Gutiérrez Grégoric.

El equipo, integrado también por especialistas del Instituto de Limnología de La Plata y el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”, estudió en detalle ambas poblaciones a lo largo del tiempo y concluyeron que, aunque la inestabilidad hidrológica -sea inundaciones o sequías- limita a ambas especies, cada una responde al estrés ambiental de manera diferente.

“La almeja asiática es más longeva y resistente y llega a mayor tamaño. La canasta crece muy rápido al principio de su ciclo, pero es más pequeña y sumamente sensible ante sequías y crecidas”, señaló Darrigran.

Como ambas poblaciones se asientan en reservorios de agua dulce naturales, no es fácil trabajar en su control. En la actualidad, se utilizan ciertos biocidas para neutralizar su daño en tomas de agua, pero muchas veces no se puede evitar que haya obstrucciones en tuberías, tomas de agua y otras estructuras hídricas con efectividad.

En ese sentido, los investigadores se entusiasman con la posibilidad de implementar mecanismos para manipular o modular artificialmente los flujos de agua, y emular los efectos que provocan las sequías e inundaciones sobre estas especies. Del mismo modo, también evalúan la posibilidad de diseñar herramientas pensadas específicamente para la industria.

Todas ellas, aseguran, no sólo son clave en términos económicos, sino también ambientales.