El pensador griego Epicteto dejó una enseñanza sobre la ira que, casi 2.000 años después, mantiene una particular vigencia. Su propuesta no consistía en intentar dejar de enojarse de un día para el otro, sino en observar la frecuencia con la que aparece el enojo y trabajar de manera progresiva para reducirla.

La reflexión aparece en el Libro II, capítulo 18 de Discursos, una de las principales obras que conservan las enseñanzas del filósofo estoico. Allí Epicteto plantea que los malos hábitos se fortalecen cuando se los alimenta y que, por el contrario, pueden debilitarse mediante la práctica y el autocontrol.

La regla de Epicteto para dejar de enojarse

En el pasaje, Epicteto propone comenzar por algo concreto: permanecer tranquilo y contar los días en los que una persona consigue no enojarse.

Solía enojarme todos los días; después, día por medio; luego cada 3 días; después cada 4; si pasan 30 días, ofrecé un sacrificio a Dios, el hábito primero se debilita y luego desaparece”, plantea el filósofo en una de las traducciones del texto.

La frase de Epicteto apunta a aprender a controlar el enojo (Foto: Imagen generada con Inteligencia Artificial Gemini de Google).
La frase de Epicteto apunta a aprender a controlar el enojo (Foto: Imagen generada con Inteligencia Artificial Gemini de Google).

La idea no apunta a conseguir un cambio instantáneo. Para Epicteto, controlar una reacción emocional requiere entrenamiento. Cada vez que una persona logra evitar una respuesta impulsiva, el hábito pierde fuerza.

Qué decía Epicteto sobre los malos hábitos

El filósofo comparaba las pasiones de la mente con una enfermedad que puede dejar marcas incluso después de que los síntomas desaparecen. Por eso advertía que no había que “alimentar” el hábito del enojo ni darle elementos que contribuyeran a hacerlo crecer.

En su razonamiento, la repetición tiene un papel fundamental. Si una persona responde constantemente con ira frente a determinadas situaciones, esa reacción puede convertirse en una conducta cada vez más automática. Por eso proponía interrumpir progresivamente esa cadena.

La secuencia que presenta es sencilla: primero dejar pasar un día sin enojarse, después dos, luego tres y finalmente cuatro. Si el período sin ira llega a los 30 días, el filósofo considera que el hábito ya comenzó a perder fuerza.