A las 23:00 de este domingo, la última proyección de Infratest dimap situaba a AfD en 44,0% y a la CDU en apenas 17,4%: una brecha de 26,6 puntos. AfD proyectaba 39 de los 83 escaños del Landtag (Parlamento regional), a tres de la mayoría absoluta, mientras la participación rondaba un récord del 78%.
Pero quizá lo más inquietante ocurrió después del cierre: Alice Weidel trasladó inmediatamente la batalla de Magdeburgo (capital del estado federado de Sajonia-Anhalt) a Berlín y Ulrich Siegmund, vencedor operativo de la noche, advirtió que si nadie permite formar gobierno “en el peor de los casos habrá nuevas elecciones, entonces tendremos 50 o 55%”.
Hay olor a cable pelado en Berlín y Frankfurt: teléfonos encendidos, una CDU en shock y una pregunta que ya llega a bancos, industrias y mesas de inversión: ¿qué ocurre con Alemania —y con el euro, los Bunds, el crédito corporativo y el DAX— si esto no es el techo oriental de AfD sino el comienzo de su expansión nacional?
El fenómeno tampoco puede explicarse ya simplemente por la nostalgia de la antigua RDA. AfD penetra hombres y mujeres, jóvenes y generaciones nacidas mucho después del Muro. Alemania amanece este lunes ante una Zäsur (ruptura histórica, punto de inflexión): O replantea las causas económicas, sociales, demográficas y tecnológicas que alimentaron el fenómeno, o corre el riesgo de responder a una transformación estructural con instrumentos políticos del siglo pasado. El sismo está instalado. Y AfD acaba de dejar claro que, para ella, Magdeburgo es solamente el comienzo.
Hay elecciones que cambian un gobierno y otras que cambian la pregunta. Lo ocurrido este domingo en Sajonia-Anhalt pertenece a la segunda categoría.
Como se mencionó, a las 23:00 del domingo, con la mayor parte de las mesas ya escrutadas, la proyección de Infratest dimap situaba a Alternativa para Alemania (AfD) en 44,0%, frente a sólo 17,4% de la CDU, el partido del canciller Friedrich Merz. La SPD aparecía tercera con 9,2%, seguida por los Verdes con 8,9%, la izquierda dura Die Linke con 8,6%, BSW con 5,1% y FDP con 2,5%. AfD había obtenido 20,8% en 2021 y CDU 37,1%. En cinco años, la relación de fuerzas prácticamente se invirtió. Algo pasó.
La aritmética parlamentaria seguía siendo decisiva: AfD proyectaba 39 escaños de un Landtag de 83 miembros. La mayoría absoluta exige 42. Quedaba a tres. El BSW, con 5,1%, conseguía por ahora superar la Sperrklausel (barrera electoral) del 5%, alejando la posibilidad de una mayoría absoluta de AfD. La participación rondaba 78%, contra 60,3% en 2021 y por encima del anterior récord regional de 71,5% de 1998.
No fue la victoria silenciosa de una minoría movilizada frente a una mayoría que decidió quedarse en casa. Fue una movilización electoral masiva.
Y mientras avanzaba el recuento comenzó otra elección: la batalla por interpretar lo ocurrido. Tino Chrupalla, copresidente federal de AfD junto con Alice Weidel, celebró un “claro mandato para gobernar” y la legitimidad que de los votos surge. Weidel presentó a Ulrich Siegmund (claro ganador del experimento) como el próximo Ministerpräsident (gobernador regional). Siegmund, de 35 años, fue todavía más lejos: “Hemos escrito historia en este Land”, afirmó; “recuperamos nuestro país, comienza en Sajonia-Anhalt” y aseguró que “un impulso recorre toda Alemania”.
Sobre el filo de la medianoche endureció el mensaje. Rechazó una Regierung in Minderheit (gobierno en minoría), dijo que AfD lleva años preparándose para asumir responsabilidades y anunció que tenderá la mano a fracciones o diputados dispuestos a acompañar su programa, especialmente en energía y migración. Y dejó una amenaza electoral de enorme potencia: si la formación de gobierno fracasa, “en el peor de los casos habrá nuevas elecciones, y entonces tendremos 50 o 55%”.
Eso cambia el tono de la noche. AfD ya no habla como un partido que reclama ser escuchado. Habla como una organización que considera que ha llegado su turno de gobernar.
El legado histórico

Existe una explicación poderosa para comprender el fenómeno AfD en el Este alemán. Sería un error descartarla. La periodista y escritora británica Anne McElvoy, que estudió en la Universidad Humboldt del Berlín Oriental antes de la caída del Muro y posteriormente cubrió las transformaciones de Europa oriental, dedicó un libro precisamente a esa fractura: The Saddled Cow: East Germany’s Life and Legacy. Su trabajo ayuda a comprender algo que desde Occidente muchas veces se olvidó: la reunificación política alemana ocurrió mucho más rápidamente que su reunificación económica, cultural y emocional.
El Muro cayó en 1989. Las diferencias no. Persistieron disparidades salariales y patrimoniales, emigración de jóvenes hacia el Oeste, pérdida de población, diferencias de productividad y la percepción —justificada unas veces, exagerada otras— de que la antigua República Democrática Alemana había sido absorbida antes que verdaderamente integrada.
A eso se agrega una relación histórica con Rusia diferente de la existente en buena parte de Europa occidental. Décadas de presencia soviética dejaron recuerdos familiares y culturales que ayudan a explicar por qué propuestas de AfD —restablecer relaciones con Moscú, abandonar sanciones y terminar el apoyo alemán a Ucrania— encuentran mayor receptividad en determinadas zonas orientales.
La historia posee incluso una presencia física inquietante y casi macabra en Magdeburgo (pero histórica). Allí permanecieron durante años (desde el 21 de febrero de 1946), bajo control soviético en el cuartel céntrico de la policía secreta soviética-alemana, parte de los restos de Adolf Hitler, Eva Braun y la familia Goebbels antes de que los servicios soviéticos procedieran finalmente a destruirlos el 4 de abril de 1970 por orden del entonces jefe de la KGB soviética Yuri Andropov bajo el visto bueno de Leónidas Breznev, presidente del Politburo ruso en aquellos momentos.
Y existe otro dato histórico que conviene tener presente: En abril de 1932, en el antiguo Estado Libre de Anhalt, el NSDAP —Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán), el partido de Adolf Hitler— obtuvo 40,88%. Si AfD termina alrededor del 44%, el porcentaje sería superior. Pero la comparación termina exactamente allí: no es el mismo territorio, no es el mismo sistema político, AfD no es el NSDAP y Alemania en 2026 no es la República de Weimar. Construir una equivalencia sería irresponsable, ignorar completamente la potencia simbólica del número en Alemania también sería ingenuo.
La tesis histórica funciona. El problema es que ya no alcanza.
Los hijos del muro ya son adultos
Han pasado 37 años desde la caída del Muro. Una parte creciente del electorado actual no vivió la RDA como adulto. Muchos ni siquiera habían nacido. Y las encuestas a pie de urna muestran que AfD quedó primera entre hombres y mujeres y entre jóvenes y mayores.
Ayer los estudios demoscópicos mostraron que entre los 18 y 24 años, los primeros desgloses de Infratest dimap sitúan a AfD alrededor del 42%, frente a apenas 18% en esa franja en 2021. Es más del doble en cinco años. Y entre los 35 y 59 años su penetración llegó a niveles todavía mayores. La explicación de la Ostalgie (nostalgia por la antigua Alemania Oriental) empieza así a crujir: un joven de 18, 20 o 24 años no recuerda la RDA, los soldados soviéticos ni el Muro.
Existe además una transformación demográfica silenciosa. La generación que vivió directamente la guerra, la destrucción del nazismo y la inmediata posguerra está desapareciendo naturalmente del electorado. Incluso quien nació en 1954 tiene hoy 72 años. Prácticamente todo el electorado menor de esa edad nació una década o más después del final de la Segunda Guerra Mundial. La memoria de 1933-1945 pasa progresivamente de ser memoria vivida a memoria transmitida.
Para las nuevas generaciones Hitler, Stalin, la RDA y el Muro pertenecen a los libros. El alquiler, el sueldo, TikTok, la energía, el empleo y la inseguridad económica pertenecen al lunes por la mañana. Y entonces cambia la pregunta: ya no es solamente qué recuerda un votante, sino cuánto gana, qué puede comprar con su sueldo, cuánto paga por la energía, qué seguridad posee su empleo y si cree que dentro de cinco años vivirá mejor o peor que hoy.
Del muro de Berlín al recibo de Luz

Alemania lleva años discutiendo inmigración, identidad, Rusia, Ucrania y el pasado. Mientras tanto, debajo de esa gigantesca conversación política existe otra bastante menos sofisticada: el bolsillo.
Sajonia-Anhalt arrastra desde la pandemia un período difícil, con aumento de insolvencias y desempleo, aunque todavía lejos de los niveles posteriores a la reunificación. El votante no necesita estar desempleado para sentirse económicamente inseguro. Le basta con comprobar que su salario compra menos, que determinadas facturas pesan más, que una fábrica reduce personal o que sus hijos encuentran menos oportunidades.
Alemania tampoco necesita encontrarse en una depresión para producir malestar político. Su industria procesa simultáneamente energía más cara, competencia china, transformación del automóvil, digitalización, inteligencia artificial y un entorno geopolítico radicalmente diferente. La percepción económica muchas veces precede a la estadística económica. Ahí encontró AfD uno de sus nuevos combustibles. Weidel percibió antes que el actual canciller Merz dicho cambio. Había visto la dinámica durante su larga estadía de años en China.
El establishment empieza a oler humo
Durante años la gran industria podía considerar a AfD un problema periférico: reputacional, político y esencialmente oriental. Después de esta noche resulta mucho más difícil. Alemania necesita exportaciones, inversión, talento extranjero, cadenas internacionales de producción y un mercado europeo integrado. Pero existe otra pregunta igualmente seria: ¿por qué millones de ciudadanos dejaron de escuchar a quienes les explican que determinada alternativa sería perjudicial para ellos?
Steffen Kampeter, director general de la Confederación de Asociaciones de Empleadores Alemanes, condensó recientemente el nuevo pragmatismo con una frase extraordinariamente épica, filosa y cáustica: “La patronal es un grupo de interés, no un centro de educación política de adultos”.
Ahí está el cambio. Si AfD gobierna municipios, regiones o eventualmente participa algún día del poder federal, las empresas deberán relacionarse con esas administraciones. Marie-Christine Ostermann, dirigente de las empresas familiares, intentó abrir contactos con representantes de AfD. Hubo una reacción empresarial durísima y posteriormente retrocedió. Pero quedó flotando una pregunta: aislar políticamente a una proporción cada vez mayor del electorado no constituye, por sí mismo, una estrategia para recuperarlo.
Esta noche ese problema dejó de ser académico. Es difícil imaginar los teléfonos apagados en Berlín a esta hora: en la CDU, en los grandes grupos industriales, en los bancos, en las embajadas y en las mesas de inversión. La pregunta empieza a ser inevitable: ¿qué demonios hacemos ahora? Hay olor a cable pelado.
El olor a cable pelado llega a Frankfurt

Porque Alemania no es un país cualquiera dentro del euro. La madre monetaria del euro fue el Deutsche Mark, el marco alemán. No jurídicamente, pero sí económica, cultural y reputacionalmente. La disciplina del Bundesbank, la obsesión alemana por la estabilidad monetaria y la credibilidad acumulada durante décadas por el marco constituyeron buena parte del capital intelectual sobre el cual se edificó la moneda única europea.
Por eso, si la madre empieza a enfermar políticamente, el hijo inevitablemente lo siente. El primer termómetro aparecerá este lunes en los mercados: el euro, los Bunds (bonos soberanos alemanes), los bonos corporativos, los bancos, las acciones industriales y el DAX, principal índice de la Bolsa de Frankfurt, todos acusarán el impacto de la crisis política en marcha.
No sabemos todavía si este lunes el euro caerá medio punto o dos; si los Bunds subirán o bajarán inicialmente por búsqueda de refugio o serán castigados por una prima política; ni si el DAX sufrirá una corrección violenta o absorberá rápidamente el resultado. Afirmarlo antes de que el mercado cotice sería confundir análisis con adivinación. Pero un gestor de activos, un presidente de banco o el director financiero de Mercedes-Benz, Siemens o BASF inevitablemente deberá preguntarse: ¿cuánto riesgo político alemán incorporo ahora a mis modelos? El riesgo político pasa a incertidumbre y de ahí a la volatilidad de los activos financieros.
Durante décadas Alemania fue exactamente lo contrario de una prima de riesgo: era el país contra el cual se medía el riesgo de los demás. El Bund fue la referencia. El marco era la referencia, la estabilidad alemana era LA referencia. Sajonia-Anhalt no destruye nada de eso en una noche, pero introduce una variable nueva.
La crisis de una moneda no siempre comienza en el mercado de cambios. A veces comienza mucho antes, cuando empieza a deteriorarse la confianza política del país que le dio reputación. Durante treinta años Alemania exportó estabilidad. Ayer a la noche empezó a exportar incertidumbre.
La lección incómoda de Trump
Estados Unidos proporciona una advertencia interesante. Donald Trump ha cometido numerosos errores económicos y políticos. Su utilización errática de los aranceles y decisiones difíciles de anticipar han generado costes e incertidumbre. Pero existe también un hecho incómodo para sus críticos: varias predicciones mecánicamente catastróficas sobre las consecuencias inmediatas de sus políticas no se materializaron exactamente en la magnitud ni en los tiempos anunciados.
Eso no convierte a Trump en buen economista. Demuestra que una economía es un sistema bastante más complejo que un modelo político. Que Siemens, Deutsche Bank, Mercedes-Benz o un instituto económico adviertan sobre los riesgos de AfD no demuestra que estén equivocados. Pero tampoco garantiza que el ciudadano vaya a obedecerlos. Cuando la experiencia cotidiana contradice durante demasiado tiempo lo que se escucha de gobiernos, empresarios e instituciones ocurre algo peligrosísimo para cualquier establishment: pierde autoridad predictiva. Berlín hizo oídos sordos a las advertencias.
Widel y Merz: dos radares diferentes
Lo que detectó antes. Alice Widel: Economista, antigua empleada de Goldman Sachs, experiencia profesional en China, dominio del mandarín y años en Suiza: una biografía que difícilmente coincide con el estereotipo tradicional del nacionalismo alemán. Eso no elimina sus contradicciones. Las multiplica. Pero también le proporciona un radar diferente.
Mientras Friedrich Merz y buena parte de la CDU continúan moviéndose dentro del ecosistema tradicional alemán —gran industria, asociaciones empresariales, instituciones europeas, prensa establecida y estructuras partidarias— Weidel parece haber comprendido antes otra transformación: la política se está desintermediando.
Redes sociales, podcasts, TikTok, X, inteligencia artificial, comunicación directa, comunidades digitales y rechazo de intermediarios. Y aquí aparece Ulrich Siegmund, el gran vencedor operativo de este domingo.
Siegmund, de 35 años, es el Spitzenkandidat (principal candidato electoral) de AfD en Sajonia-Anhalt y el hombre que pretende convertirse en Ministerpräsident (gobernador regional). Antes de profesionalizar su carrera política trabajó en el sector privado vendiendo equipos de aire acondicionado, e incluido en el negocio de la climatización. Su campaña intensiva en redes estuvo cuidadosamente diseñada para presentarlo simultáneamente como radical en determinadas posiciones y absolutamente cotidiano en su imagen personal. El lobo con piel de oveja como dijimos el sábado.
Puede hablar de inmigración, Rusia y seguridad y luego mostrarse con su familia almorzando un plato de pasta con tuco ayer al mediodía. La banalidad forma parte del método: parecer menos político que los políticos. No significa necesariamente que tenga mejores políticas. Significa que habla donde una parte creciente del electorado escucha.
Y esta noche dejó claro que su horizonte no termina en Magdeburgo: “Vision 2026 ist Wirklichkeit geworden” (La visión 2026 se hizo realidad), proclamó. Si no consigue socios, descarta gobernar en minoría, si el bloqueo fuese total, plantea incluso volver a las urnas convencido de que AfD podría alcanzar 50 o 55%. Esa seguridad —o temeridad— es quizá la fotografía psicológica más importante de la noche.
Silicon Valley contra el viejo capitalismo
Aquí aparece otra fractura. No es exactamente derecha contra izquierda, ni capitalismo contra socialismo. Es una tensión entre dos culturas del capitalismo.
Una pertenece a la gran corporación industrial, los directorios, cámaras empresariales, bancos tradicionales e instituciones construidas durante la segunda mitad del siglo XX. La otra nace alrededor de Silicon Valley: tecnología, capital de riesgo, inteligencia artificial, criptomonedas, empresas capaces de transformarse rápidamente en gigantes y una cultura profundamente desconfiada de las burocracias.
Elon Musk y Peter Thiel representan, con enormes diferencias entre ambos, ese segundo universo. Weidel parece intelectualmente mucho más cómoda cerca de esa cultura disruptiva que del viejo capitalismo corporativo alemán. Merz enfrenta una paradoja: él mismo procede del mundo empresarial y financiero, pero políticamente representa hoy a la estructura encargada de conservar el sistema. La verdadera división quizá ya no sea mercado contra Estado. Puede estar convirtiéndose en establishment contra disrupción.
El punto ciego de Alice: Rusia

Pero precisamente aquí aparece el límite más serio de Weidel: Rusia. AfD construye buena parte de su discurso alrededor de la soberanía —soberanía alemana frente a Bruselas, fronteras nacionales y capacidad propia de decisión—. Ese argumento encuentra un problema conceptual gigantesco cuando llega a Ucrania, porque Rusia invadió militarmente un Estado soberano reconocido internacionalmente.
Si la soberanía nacional es inviolable cuando Berlín discute competencias con Bruselas, debería ser igualmente importante cuando Moscú cruza con tropas una frontera internacional. Defender prioritariamente los intereses de Alemania es perfectamente legítimo. Convertir interés nacional en indiferencia frente a la soberanía del vecino es otra cosa.
Aquí la propia biografía de Weidel produce una contradicción casi literaria. Durante años construyó parte de su vida personal en Suiza, uno de los países más seguros y prósperos de Europa y del mundo. Desde allí puede resultar intelectualmente seductora una nueva Realpolitik (política basada en intereses y relaciones de fuerza): gas barato, comercio, negociación con Moscú. Pero la geopolítica no es solamente una cuenta de gas.
Suena romántico y cruel al mismo tiempo vivir protegido en Suiza y proponer abandonar a Ucrania a las garras de Putin.
Entre Suiza y Kyiv, la palabra seguridad significa cosas radicalmente diferentes. Y apenas se desplaza el mapa hacia el Este aparece Polonia: aproximadamente seis millones de ciudadanos polacos murieron durante la Segunda Guerra Mundial; Varsovia quedó devastada y después de 1945 Polonia permaneció durante décadas dentro del bloque dominado por Moscú. Checoslovaquia posee otra memoria: en agosto de 1968 las tropas del Pacto de Varsovia encabezadas por la Unión Soviética invadieron el país y aplastaron la Primavera de Praga.
Por eso lo que puede sonar pragmático en Magdeburgo adquiere otro significado en Varsovia, Praga, Vilna, Riga o Tallin. Y ahí aparece probablemente la mayor contradicción geopolítica de AfD: ¿por qué la soberanía alemana debería ser sagrada frente a Bruselas mientras la soberanía ucraniana puede convertirse en moneda de negociación frente a Moscú?
Weidel puede haber leído correctamente una parte profunda del malestar alemán. Y simultáneamente estar leyendo peligrosamente mal a Putin. Ambas cosas pueden ser ciertas.
La noche en que cambió el verbo
Hasta este domingo el verbo alrededor de AfD era contener: contener mediante la Brandmauer (cortafuegos político), mediante coaliciones, mediante advertencias empresariales y mediante el recuerdo histórico. Esta noche apareció otro verbo: gobernar.
La última proyección de Infratest dimap disponible a las 23:00 de anoche otorgaba a AfD 39 de 83 diputados. La mayoría absoluta estaba en 42. El BSW, con 5,1%, entraba por poco en el Parlamento y alteraba decisivamente la aritmética. La Brandmauer puede todavía impedir que AfD gobierne. Pero un cortafuegos posee una limitación matemática: cuanto mayor se vuelve el incendio de un lado, menos espacio queda del otro para construir una mayoría.
El dilema es especialmente áspero y crítico porque el electorado está literalmente partido por la mitad sobre esa estrategia: 47% de los consultados por Infratest dimap considera correcto impedir que AfD participe del gobierno; otro 47% considera incorrecto bloquearla. La Brandmauer ya no divide solamente a los partidos. Divide a la sociedad alemana.
¿Y puede terminar formándose un gobierno contra un partido que obtuvo alrededor de 44% de los votos y una ventaja superior a 26 puntos sobre el segundo? Será constitucionalmente legítimo. Pero alimentará el argumento más potente de AfD: “ganamos y todos se unieron para impedirnos gobernar”. Esa es la pesadilla que Sajonia-Anhalt deja esta noche sobre el escritorio de Friedrich Merz y en su atormentada cabeza de estas horas.
Y ahora viene la montaña

Pero conviene evitar el error inverso. Sajonia-Anhalt no es Alemania. AfD puede haberse convertido allí en una auténtica Volkspartei (partido popular de masas). Alemania federal, sin embargo, también se gana en Baviera, Baden-Württemberg, Hesse, Renania del Norte-Westfalia, Hamburgo y las grandes ciudades occidentales.
La Alemania rica posee mayor patrimonio familiar, mercados laborales más diversificados, estructuras industriales diferentes y tradiciones políticas considerablemente más resistentes. Baviera presenta una dificultad adicional: la CSU ocupa buena parte del espacio conservador que AfD captura donde la CDU se derrumba.
Por eso sería prematuro imaginar a Alice Weidel caminando hacia la Cancillería. El camino hacia 2029 sigue siendo largo, complicado y lleno de contradicciones. Necesita convertir el terremoto de Magdeburgo en crecimiento de otros Land más cerca del borde occidental, penetrar electorados más ricos, demostrar capacidad administrativa, transformar una formidable maquinaria de protesta en una organización capaz de gobernar y probar que su política económica funciona en una economía exportadora extraordinariamente integrada al mercado europeo.
Magdeburgo no es Berlín
Eso es finalmente lo que decidió Sajonia-Anhalt. No quién será el próximo canciller. Decidió algo quizá más importante: ¿qué preguntas Alemania tendrá que empezar a hacerse…?
La RDA, la reunificación, Rusia, la pérdida de identidad y las diferencias Este-Oeste siguen siendo fundamentales. Pero ya no alcanzan. Cuando un movimiento queda primero entre hombres y mujeres, jóvenes y mayores; cuando obtiene 44% frente a 17,4% del partido del canciller; cuando la participación trepa a un récord cercano al 78%; cuando conecta inseguridad económica con identidad; cuando domina instrumentos de comunicación del siglo XXI mejor que organizaciones construidas en el XX; y cuando las instituciones que intentaron aislarlo empiezan a preguntarse cómo convivirán con él, estamos ante algo diferente.
Alice Weidel puede haber ganado este domingo la batalla política más importante de su carrera. No ganó Alemania. Para hacerlo deberá atravesar no sólo la Brandmauer (cortafuegos político), sino otro muro probablemente más difícil: la frontera invisible que todavía separa políticamente a las dos Alemanias.
Tendrá que convencer a la Alemania rica, industrial y exportadora. Tendrá que demostrar que AfD puede gobernar y no solamente protestar. Tendrá que resolver sus contradicciones respecto de Rusia, Ucrania y Europa. Y tendrá que demostrar que Sajonia-Anhalt no fue el techo de un fenómeno regional, sino el comienzo de uno nacional.
Pero esta noche los teléfonos siguen encendidos en Berlín. Y en Frankfurt empiezan otras preguntas: ¿qué hará el euro?, ¿qué harán los Bunds?, ¿qué hará el crédito corporativo?, ¿qué hará el DAX cuando abra el mercado? No conocemos todavía esas respuestas. Y ése es precisamente el problema.
Durante décadas, cuando Europa entraba en una crisis, los inversores miraban hacia Alemania buscando una respuesta. Esta noche empiezan a mirar hacia Alemania buscando la pregunta. Hay olor a cable pelado.
La Brandmauer continúa en pie. Pero detrás del muro hay ahora 44% de los votos. Y Ulrich Siegmund acaba de advertir que, si el bloqueo termina en nuevas elecciones, cree que la próxima vez serán 50 o 55%. Magdeburgo todavía no es Berlín. Pero después de esta noche, el camino entre ambas ciudades acaba de hacerse bastante más corto.
El tormento de Merz: Berlín amanece en estado de alerta
A las 22:58, la propia Landeswahlleiterin (autoridad electoral regional) informaba que ya habían sido escrutados 2.519 de los 2.660 distritos electorales: 94,7% del total. Es decir, el terremoto dejó de ser una fotografía de encuestas para convertirse, a esa altura de la noche, en una realidad electoral casi completa. Los ajustes finales pueden mover décimas; difícilmente cambien la naturaleza política de lo ocurrido.
Para Friedrich Merz, el tormento recién empieza. Si mantiene intacta la Brandmauer (cortafuegos político), puede impedir que AfD gobierne, pero corre el riesgo de regalarle a Weidel y a Siegmund el argumento más rentable imaginable: que el partido que ganó por enorme distancia es bloqueado por una suma defensiva de todos los demás. Si abre siquiera una rendija en ese muro, puede provocar una crisis interna en la CDU. Si gira a la derecha para recuperar votantes, AfD dirá que le copia el programa. Si permanece en el centro, puede continuar perdiéndolos. Y si la economía no mejora con rapidez, cada fábrica que reduzca personal, cada salario que pierda poder adquisitivo y cada factura energética volverán a alimentar el mismo incendio.
No existe, a esta hora, una salida cómoda para Merz. Y el problema ya empezó a tener nombres propios. Sven Schulze, el Ministerpräsident (gobernador regional) y candidato de la CDU derrotado en Sajonia-Anhalt, anunció que llevará a la dirección de su partido una propuesta sobre cómo seguir y que hablará de las consecuencias de la catástrofe electoral. No es una frase protocolar: cuando el jefe de gobierno regional que debía contener a AfD termina a más de 26 puntos de distancia, la discusión sobre responsabilidades deja de ser optativa.
Y desde la propia familia democristiana llegó el primer disparo sobre Berlín. Y precisamente no es “fuego amigo”…se llama percepción de GRAVE CRISIS POLÍTICO-INSTITUCIONAL en desarrollo…Tim Brand, dirigente de la Junge Union (Juventud Democristiana) de Brandeburgo, reclamó un “nuevo comienzo personal y político” y pidió que Friedrich Merz renuncie tanto como canciller como presidente de la CDU. Puede ser por ahora una voz de segunda línea. Pero en política alemana las grandes crisis rara vez comienzan con un coro: comienzan con una voz que se anima a decir en público lo que muchos todavía sólo comentan por teléfono. ARD fue todavía más lejos en su análisis: después de esta elección, considera difícil imaginar a la CDU afrontando otra campaña federal con Merz si la erosión continúa.
Hay otro número que vuelve más inquietante el panorama. Según las primeras estimaciones de Infratest dimap, AfD consiguió movilizar casi 160.000 antiguos abstencionistas, más que cualquier otra fuerza. Eso significa que no se limitó a robar votos dentro de un mercado electoral fijo: agrandó su propio mercado político. La alta participación, lejos de diluir a AfD, la alimentó. Para los estrategas de Berlín, ese dato puede ser incluso más preocupante que el 44%.
Y Ulrich Siegmund no está ayudando precisamente a bajar la temperatura. Rechaza una Regierung in Minderheit (gobierno en minoría), descarta diluir el programa que prometió y sostiene que AfD está preparada para asumir responsabilidades. Si el bloqueo hace imposible formar gobierno, ya dejó sobre la mesa la amenaza más agresiva de la noche: nuevas elecciones. Y entonces, dice, “tendremos 50 o 55%”.
La frase puede sonar arrogante. El problema para Berlín es que hace apenas unos años también habría parecido arrogante imaginar a AfD en 44%.
Por eso el lunes alemán empieza antes de que amanezca. En la CDU se preguntarán quién paga la derrota. En la industria, cuánto riesgo político empieza a incorporarse a Alemania. En Frankfurt, qué harán el euro, los Bunds, el crédito corporativo y el DAX. En Bruselas, hasta dónde puede erosionarse uno de los pilares políticos y financieros de Europa. Y en AfD la pregunta será exactamente la contraria: ¿hasta dónde podemos avanzar ahora?
La Brandmauer sigue en pie. Pero detrás de ella hay alrededor de 44% de los votos, una participación extraordinariamente alta, casi 160.000 antiguos abstencionistas movilizados por AfD y una generación joven que ya no responde con la misma intensidad a los viejos reflejos históricos. El partido que durante años golpeó desde afuera ahora está golpeando la puerta del poder.
Merz puede cambiar de estrategia. Puede cambiar ministros. Puede endurecer el discurso. Puede confiar en la recuperación económica. Puede intentar ganar tiempo. Lo que ya no puede hacer es comportarse como si Sajonia-Anhalt hubiera sido una elección regional más.
Porque mientras Berlín intenta decidir qué hacer con Alice Weidel, Alice Weidel ya decidió qué quiere hacer con Berlín. Ulrich Siegmund ganó la batalla de Magdeburgo. Alice Weidel acaba de abrir la batalla por Alemania.
Magdeburgo todavía no es Berlín. Pero esta noche la distancia entre ambas ciudades dejó de medirse en kilómetros. Ahora se mide en votos. Y el reloj hacia 2029 acaba de empezar a correr.




