Casi un cuarto de siglo después, siguen en movimiento, convirtieron la geografía de América en una especie de patio de su casa, tuvieron una hija a la que criaron a bordo de un autobús escolar que es “su casa”, se autoproclamaron Amunches -viajeros en lengua mapuche-, y descubrieron que lo importante no es el destino, sino el viaje, y todo lo que ocurre cuando transcurre.

Pero su historia comenzó mucho antes de encender el motor de la camioneta con la que emprendieron el recorrido, una vieja Land Rover con la que realizaron lo que podríamos decir la primera etapa de su viaje, hasta 2008.

La semilla, podríamos decir, comenzó a germinar apenas se conocieron, cuando Patricia terminaba su secundaria y, ya recibida de maestra, comenzaba a dar sus primeros pasos como docente en un hogar para niños en situación de vulnerabilidad en la periferia de San Nicolás. En ese mismo momento, Germán avanzaba en su carrera en un banco internacional, tare que combinaba con su desempeño como ultramaratonista.

El sueño fue creciendo y tomando forma a lo largo de casi una década en la que su San Nicolás natal comenzaba a quedarles pequeño. Porque si algo estaba claro entre ellos era que sentían un anhelo por salir a explorar, descubrir qué era lo que había más allá de zona de confort.

Decididos a conocer el continente americano, de punta a punta, empezaron a ahorrar. “Todo el mundo sabía que nos íbamos a ir, pero nadie nos creía, porque nunca salíamos”, dice Patricia. Hasta que un día pusieron fecha, como quien se casa. Y llegó 2001, y como a muchos argentinos, lo que habían ahorrado para el viaje quedó atrapado en el banco. Y hubo que volver a empezar.

Lo que para muchos hubiera significado el fin, para ellos fue el empujón definitivo. “Fue ahí cuando pensamos: ‘Hay algo que no se recupera, y es el tiempo. Habíamos perdido demasiado tiempo esperando el momento perfecto, y el momento perfecto no existe’”. Así que dos años después, tras recuperar unos pocos pesos, en pleno 2003, “nos subimos a la camioneta y nos fuimos”.

Patricia y Germán recorriendo América con su camioneta. (Foto: gentileza Amunches)
Patricia y Germán recorriendo América con su camioneta. (Foto: gentileza Amunches)

La idea inicial era viajar un año, en lo posible llegar a Alaska, y volver. El 10 de marzo de 2003, exactamente, iniciaron su periplo por las rutas sudamericanas, por entonces, apenas guiados por unos mapas de papel y un presupuesto inicial que, con el correr de los días, se volvió un desafío en sí mismo. Y fue en Ecuador, a seis meses de partir, cuando un inconveniente mecánico hizo que el viaje cobrara un nuevo sentido.

“En teoría ya teníamos que estar en Alaska, pensando en regresar, pero recién íbamos por Ecuador. Y con Germán nos dimos cuenta de que el viaje había tomado otro sentido, que ya no se trataba de los puntos que queríamos visitar: Humahuaca, el lago Titicaca, Machu Picchu; y nos dábamos cuenta de que en el camino aparecían lugares que ni siquiera estaban en los mapas, pero que había historias ahí que nos atrapaban. Historias que hacían que por ahí nos pasaramos 10 días con una familia que habíamos conocido”, cuenta Patricia a poco de volver a San Nicolás, en una especie de parada que hicieron, un poco con la intención de visitar a su familia y amigos, y otro poco, para pensar y redefinir el futuro.

Y así, mientras América Latina comenzaba a convertirse en su casa, ellos empezaban a idear una manera de vivir y solventar el viaje, más allá de los doce meses. Se pusieron a pensar en qué cosas iban a necesitar y comenzaron a contactar, guía telefónica en mano, a las empresas capaces de proveerles esas cosas, a cambio de publicidad. “Ropa, cubiertas, combustible”, incluso una asistencia al viajero que los acompañó durante buena parte del viaje, enumera Patricia no sin antes aclarar que, en aquel entonces, las comunicaciones no estaban tan avanzadas como hoy, pero al menos cuando lograbas comunicarte, hablabas con el dueño, el gerente, o la persona indicada o capaz dentro de la empresa, de solucionarte el problema.

Luego, vendrían los artículos y fotografías para publicaciones, las charlas, workshops y conferencias en escuelas o empresas, a las que llevaban anécdotas del viaje que rápidamente se convertían en motivación para otros.

Así fue como anduvieron durante unos años más, cruzando fronteras, hasta llegar al límite entre México y Estados Unidos, donde una idea los puso en pausa. “Habíamos conocido tanta gente, tantas formas distintas de vivir, habíamos tenido experiencias tan alucinantes, y el viaje estaba tan bueno, pero para mí había otra cosa, que era que yo quería ser madre. Y así como venía, era complicado”, cuenta.

“Pensábamos que una familia tenía que ser mamá, papá, una casa en algún lugar, y el papá trabajaba, la mamá también”. Pero quiso el destino -o la decisión- que para ellos las cosas fueran distintas. Patricia quedó embarazada y llegó a Alaska, el punto final que se habían propuesto para la travesía, con siete meses de embarazo.

Patricia y Germán cuando llegaron a Alaska. (Foto: gentileza Amunches)
Patricia y Germán cuando llegaron a Alaska. (Foto: gentileza Amunches)

Después de unos controles en Estados Unidos y de hablar con unos amigos que estaban en Europa, decidieron cruzar a España para que naciera Inti -su primera y única hija- y, quizá, seguir el viaje desde allí. Vendieron todo lo que tenían, tomaron un avión, llegaron a Málaga, el 20 de noviembre de 2008 nació Inti y, apenas la bebé cumplió tres meses, volaron de nuevo hacia América, donde compraron un enorme ómnibus escolar -de esos amarillos que vemos en las películas- que convirtieron en su hogar.

Inti creció nómada, viajando por América y educándose a distancia. Ya tiene 18 años y tras completar sus estudios formales, explorar y convivir con distintas culturas y aprender a distancia chino mandarín, ya tiene sus propios planes: quiere estudiar leyes, justicia criminal o negocios internacionales en Estados Unidos. “Necesita su espacio, es organizada y muy exigente. Ahora la protagonista y la que va a ir por sus sueños es ella, y a nosotros nos toca darle ese enorme empujón”, cuenta su mamá.

Por eso, decidieron hacer un alto en el viaje, dejar su casa autobús en Cholila, estado de Puebla, México, reorganizarse y diagramar un nuevo futuro. “Es muy difícil pensar en detenernos. Creo que es más difícil eso que haber salido. A veces la gente nos pregunta si no tenemos miedo en la carretera, y la verdad es que no, ese es nuestro lugar seguro. El viaje es maravilloso porque todos los días es una nueva oportunidad”.

El plan a corto plazo no significa abandonar la ruta, sino transformarla. Buscan establecer una base, un espacio desde donde recibir a otros soñadores y relatar lo aprendido en más de dos décadas ininterrumpidas de movimiento. La vida itinerante les enseñó a soltar el control; ahora, les pide detenerse para dejar volar a quien nació viajando. Porque, como descubrieron en Ecuador, la meta nunca fue la llegada, sino lo que se transforma mientras están en marcha.