Eran las 9:41 de la mañana del 11 de septiembre de 2001 cuando el fotógrafo Richard Drew apretó el obturador y registró “El hombre que cae” (The Falling Man): una figura perfectamente vertical, el cuerpo paralelo a las líneas de las Torres Gemelas, que eligió el vacío porque el fuego y el humo ya habían cerrado todas las puertas. Veinticinco años después, la imagen sigue sin poder mirarse con indiferencia.
La fotografía se publicó al día siguiente en diarios de todo el país. En 48 horas, desapareció. El rechazo del público fue tan inmediato y tan furioso que los propios colegas de Drew en la Associated Press (AP) la bautizaron con una paradoja: “la foto más famosa que nadie ha visto”.
Esta es la historia de cómo un veterano del fotoperiodismo llegó desde un desfile de modas al epicentro del peor ataque terrorista en suelo estadounidense y de por qué la imagen que tomó esa mañana todavía incomoda, todavía duele y todavía importa.
Richard Drew fotografió “El hombre que cae” del 11 de septiembre tras salir de un desfile de modas
Esa mañana, Drew —fotógrafo de 54 años con más de tres décadas en la AP y parte del equipo que ganó el Premio Pulitzer en 1993— no tenía previsto estar cerca de la tragedia. Su agenda marcaba un desfile de maternidad con modelos embarazadas reales en Bryant Park, en el centro de Manhattan, a unos 5,6 kilómetros del World Trade Center. Estaba junto a un camarógrafo de CNN cuando este escuchó por su auricular la primera noticia y la repitió en voz alta. Segundos después, el teléfono de Drew sonó: su editor fue directo. “Olvida el desfile. Tienes que ir”, le dijo, según recogió CBS News.

Drew tomó el metro en Times Square hasta Chambers Street. Cuando subió a la superficie, ambas torres ya ardían. “Vi las dos torres en llamas y me pregunté cómo un solo avión podía haber golpeado las dos”, recordó en declaraciones recogidas por WBUR. Un policía lo sacó del error: un segundo avión había impactado la torre sur mientras Drew aún estaba bajo tierra. Salió a la calle y comenzó a fotografiar de inmediato, en lo que él mismo describe como piloto automático. “La cámara es para mí un filtro entre la realidad y yo”, explicó.
Hasta 200 personas cayeron de las Torres Gemelas el 11 de septiembre: el contexto detrás de la foto
Mientras Drew trabajaba entre ambulancias y agentes del FBI, un socorrista señaló hacia arriba y gritó. La gente caía. A partir de fotografías, videos y testimonios, se estima que unas 200 personas murieron al precipitarse desde los pisos superiores en los 102 minutos transcurridos entre el primer impacto y el colapso de ambas torres. La mayoría cayó desde la torre norte.
Drew apuntó su teleobjetivo de 200 milímetros hacia arriba y disparó en ráfaga. “No sé si saltaron por elección o si el fuego o el humo los expulsó. Solo sé que tuve que registrarlo”, declaró a la BBC. Podía escuchar los cuerpos al llegar al suelo, aunque su lente de largo alcance le impedía ver el impacto. La secuencia completa constó de 12 fotogramas del mismo hombre en caída; la imagen icónica corresponde aproximadamente al noveno cuadro.
Cuando Drew llegó a la sala de redacción y revisó su laptop, supo al instante cuál era la imagen: el hombre perfectamente vertical, la cabeza abajo, las líneas de las dos torres a cada lado como una firma geométrica del horror.

“Si la cámara no hubiera ciclado en esa fracción de segundo exacta, igual hubiera tenido fotos del hombre, pero no habrían sido tan impactantes”, explicó Drew a WBUR. La posición fue azarosa: un instante antes o después, la historia visual del 11-S habría sido distinta.
El Servicio Forense de la Ciudad de Nueva York fue taxativo: quienes cayeron de las torres no podían ser clasificados como suicidas, porque el humo, el fuego o las explosiones los expulsaron. En todos los certificados de defunción, la causa de muerte quedó registrada como homicidio. La “elección imposible”, como la denominó la curadora del Museo Memorial del 11 de Septiembre, Jan Ramirez, era en realidad lo que ella llama una “choiceless choice”: una disyuntiva sin salida real.
La foto generó un rechazo inmediato y se convirtió en imagen prohibida
Al día siguiente de los atentados, decenas de diarios publicaron la fotografía. La reacción fue fulminante. Lectores de todo el país inundaron las redacciones con cartas de protesta. “Apelar al morbo más bajo de la naturaleza humana”, escribió un lector de Pensilvania en una carta que leyó en voz alta ante las cámaras del documental 9/11: The Falling Man (2006), según recogió USA Today. Otros la tacharon de “voyeurista” y “sensacionalista”.

El rechazo fue tan intenso que la imagen desapareció de la prensa en cuestión de días. El contraste con otras imágenes igualmente crudas —las de la muerte de Robert F. Kennedy en 1968, también captadas por Drew, o las escenas de guerra publicadas durante décadas— resultó revelador. “La gente se identifica con ella. Creo que tiene miedo de tener que enfrentarse algún día a la misma decisión que ese hombre”, reflexionó Drew en declaraciones recogidas por la BBC.
Una excepción notable al rechazo colectivo fue Sir Elton John, quien adquirió la fotografía para su colección personal. “Es la imagen más bella de algo tan trágico. Es probablemente una de las fotografías más perfectas jamás tomadas”, afirmó el músico británico en declaraciones citadas por CBS News y Metro UK.
Quién era el hombre que cae: la búsqueda de la identidad del Falling Man llevó a dos nombres sin certeza oficial
La pregunta sobre quién era el hombre que cae en la foto del 11-S —cuál era su nombre, dónde trabajaba, qué lo llevó a esa ventana— movilizó al periodista Tom Junod, que en 2003 publicó un reportaje de portada en Esquire —el texto que acuñó definitivamente el nombre “El hombre que cae”— con el propósito de identificarlo. Su investigación arrojó dos candidatos.
El primero fue Norberto Hernández, chef pastelero del restaurante Windows on the World, ubicado en el piso 106 de la torre norte. El diario Toronto Globe and Mail ya lo había señalado con base en entrevistas a familiares. La familia de Hernández quedó dividida ante la identificación: la esposa y la hija mayor la rechazaron de plano —en parte porque su fe consideraba el suicidio un pecado mortal—, mientras que dos de sus hermanos afirmaron que sí podía tratarse de él, según relató Esquire en 2003.

El segundo nombre fue el de Jonathan Briley, ingeniero de sonido de 43 años que también trabajaba en Windows on the World. Briley compartía la complexión del hombre en la foto, calzaba las mismas zapatillas de caña alta negras que llevaba ese día y padecía asma grave, lo que habría hecho el humo insoportable. Días después de los atentados, el padre de Briley, un pastor, reunió a su familia y le exigió una respuesta a Dios. No pidió: exigió. Sus palabras exactas, según recoge Esquire, fueron: “Señor, exijo saber dónde está mi hijo”. Durante tres horas rezó sin pausa. Al día siguiente, el FBI llamó: habían encontrado el cuerpo de Jonathan, milagrosamente intacto. Su hermano Timothy fue a identificarlo. Lo reconoció por sus botas negras de caña alta; se llevó una a casa como único recuerdo.
La hermana de Briley, Gwendolyn Briley-Strand, de 72 años, convivió durante un cuarto de siglo con esa posibilidad. “Sea Jonathan o no, este hombre tomó la decisión de poner su vida en sus manos y lanzarse a los brazos de Dios”, declaró a USA Today. “Creo que todas esas personas que saltaron fueron atrapadas. Sus espíritus fueron atrapados”, agregó.
Junod nunca pudo confirmar con certeza absoluta que Briley sea el hombre de la foto, pero su argumento final fue que la identidad era lo de menos: en un ataque donde el 40% de las víctimas jamás fue identificado, este hombre anónimo era todos ellos a la vez. En 2016, una retrospectiva deTimelo definió como “un soldado desconocido improvisado en una guerra incierta, suspendido para siempre en la historia”. Drew hizo propia esa lectura: prefería pensar en él como el representante de todos aquellos para quienes ese fue su destino ese día.
La fotografía encontró su lugar en el museo del 11-S y ayudó a cerrar heridas de otras familias
En el Museo Memorial del 11 de Septiembre de Nueva York, la imagen de Drew no cuelga de una pared como un cuadro. Se proyecta en forma de imagen fugaz sobre el muro de un pequeño nicho, junto a otras fotografías de personas que cayeron ese día. La impermanencia de la proyección es deliberada: refleja la sensibilidad que rodea la foto más de dos décadas después. “Tuvimos largas conversaciones sobre si incluir estas imágenes”, reconoció la curadora Ramirez a USA Today.
Pero el trabajo de Drew dejó algo más que debate. Años después de los atentados, un hombre llamó a las oficinas de AP con una petición fuera de lo común: quería sentarse con el fotógrafo a revisar sus fotos. Sabía exactamente qué ropa llevaba su prometida el día en que fue al trabajo en el World Trade Center y nunca regresó. Juntos, cuadro por cuadro, la encontraron. “Dijo: ‘Esa es ella’. Y eso fue todo”, recordó Drew en entrevista con CBS News. El hombre se fue con el dolor intacto, pero también con una certeza que durante años le había faltado.
Drew, hoy de 79 años, continúa en activo para la AP. Cada 11 de septiembre recibe una llamada de su hija. “Solo para decirme que me quiere”, contó a la agencia. “Porque ese día yo podría no haber sobrevivido”.



