Quienes conviven con perros probablemente hayan percibido alguna vez un olor bastante particular al acercarse a sus patas.
Algunos lo comparan con pochoclos, otros con nachos y muchos directamente con los chizitos. Incluso el actor Ryan Gosling contó durante una entrevista que uno de sus aromas favoritos era precisamente el de las patas de su perro.
Lejos de ser una rareza, existe una explicación para ese olor. La piel de los perros alberga de manera natural distintos microorganismos que forman parte de su microbiota. En las patas, especialmente entre los dedos y alrededor de las almohadillas, encuentran además condiciones favorables para desarrollarse.
Entre las bacterias que suelen mencionarse en relación con este fenómeno aparecen géneros como Proteus y Pseudomonas.

La actividad de estos microorganismos genera compuestos volátiles que pueden producir ese aroma característico que muchas personas asocian con snacks de maíz o queso.
Los perros no regulan su temperatura mediante una sudoración generalizada como los humanos. Su principal mecanismo para perder calor es el jadeo, aunque también poseen glándulas sudoríparas en las almohadillas.
Eso genera cierta humedad en una zona que, además, suele permanecer cálida y con poca ventilación, especialmente entre los dedos.
El resultado es un ambiente donde las bacterias que normalmente viven sobre la piel pueden encontrar condiciones favorables.
Cuándo el olor deja de ser algo normal
Que las patas tengan un ligero aroma particular no significa que haya que desinfectarlas constantemente.
De hecho, intentar eliminar por completo el olor mediante perfumes, productos para humanos o lavados excesivos puede terminar irritando la piel o alterando el equilibrio normal de su microbiota.
Lo importante es observar si ese aroma cambia. Un olor considerablemente más intenso que el habitual, desagradable o diferente puede acompañar un problema en la piel, sobre todo si aparece junto con otros signos.

Entre las señales a las que conviene prestar atención están el enrojecimiento, la inflamación, heridas, secreciones o sensibilidad al tocar las patas.
También hay que observar el comportamiento del animal. Si comienza a lamerse o morderse las patas de manera repetitiva, evita apoyarlas o parece sentir dolor, ya no conviene atribuir todo simplemente al olor natural de las almohadillas.
La humedad excesiva también puede favorecer desequilibrios. Después de caminar por lugares mojados, barro o superficies sucias, puede resultar útil retirar suavemente la suciedad y secar bien la zona, prestando especial atención al espacio entre los dedos.
No hace falta, sin embargo, convertir esa limpieza en una desinfección permanente. La piel necesita conservar su barrera natural y el uso reiterado de productos inadecuados puede terminar produciendo justamente el problema que se intenta evitar.
Por eso tampoco se recomienda aplicar perfumes o productos con fragancias para disimular el aroma.
Si es necesario utilizar un champú o algún producto específico para las patas, lo más seguro es elegir uno formulado para perros y consultar al veterinario cuando exista irritación.
El famoso “olor a chizitos”, entonces, suele ser simplemente una consecuencia de la combinación de humedad, calor y microorganismos normales de la piel. Puede considerarse tranquilizador cuando es leve, estable y las patas tienen un aspecto saludable.




