Silvina Bertazzo empezó a dar clases en 1984 y se jubiló en cuarenta años después: ese arco fue el punto de partida de la nueva conversación del podcast de TICMAS, la empresa EdTech enfocada en el aprendizaje y el desarrollo de talento. El encuentro abordó este tiempo: cómo se enseña y se conduce una escuela mientras cambian la tecnología, las familias y los problemas que llegan a las aulas. Bertazzo atravesó buena parte de esas transformaciones desde distintos lugares del sistema educativo y, cuando mira hacia atrás, encuentra una continuidad: “Los chicos son iguales. Lo que cambia es la tecnología”.
Terminó su carrera como directora de la Escuela N°4 D.E. 1 “José Manuel Estrada” que, según recuerda, fue la primera fundada por Domingo Faustino Sarmiento en la ciudad de Buenos Aires. Había comenzado como maestra, después pasó a tareas de conducción y en 2011 asumió su primera dirección, en una escuela de Devoto. Ese cambio le dio otra perspectiva sobre el oficio: ya no alcanzaba con pensar en un grado o en una clase, había que mirar una escuela completa.
En ese recorrido aparecen algunos de los asuntos que atraviesan hoy la vida escolar: cómo se forma un docente con el paso de los años, qué significa conducir equipos que uno no elige, de qué manera se responde ante conflictos que exceden lo pedagógico, qué lugar ocupa la tecnología cuando ya forma parte de la vida cotidiana. Bertazzo vuelve, frente a problemas muy diferentes, a una misma palabra: diálogo.

Aprender a ser maestra
De sus primeros años recuerda el entusiasmo y también el miedo. La formación podía darle herramientas, una clase preparada y respuestas posibles, pero después había que entrar al aula y encontrarse con un grupo concreto. Había preguntas que podían descolocarla y situaciones para las que todavía no tenía experiencia.
Con el tiempo aprendió que también había que poder decir que algo no se sabía. Investigar, preguntar, apoyarse en otros docentes y ganar confianza formaban parte del mismo aprendizaje profesional. “De a poquito vas tomando confianza con los otros docentes, con tus compañeros, con los equipos de dirección”, explicó al recordar ese comienzo.
Para Bertazzo, la conducción llegó después de muchos años y terminó de modificar su manera de entender la docencia. “Recién cuando sos personal de conducción sos una buena maestra, porque vos sos maestra de maestros”, dijo. La frase señala una acumulación de experiencia: dirigir le permitió transmitir lo aprendido y, al mismo tiempo, incorporar una mirada sobre la escuela que ya no terminaba en la puerta del aula.
La primera tarea de una directora que llega a una escuela, dice, es conocer. En el sistema estatal no elige a los docentes con los que va a trabajar y tampoco recibe una institución vacía: encuentra vínculos, costumbres y una comunidad que ya tiene una historia. Allí están los maestros y los alumnos, pero también las familias, los auxiliares, los equipos de supervisión y quienes trabajan alrededor de la escuela.

Una directora tampoco sabe todo
La conducción puede dejar a quien toma decisiones en un lugar de bastante soledad. Bertazzo, sin embargo, insiste en que dirigir no significa resolver cada problema sin ayuda. Cuando una situación la superaba, llamaba a supervisión o buscaba asesoramiento. “Uno no tiene el saber acabado”, señaló. Conocer las leyes, los reglamentos y el estatuto da un marco; después está la vida diaria de la escuela, que siempre podía plantear algo nuevo.
Eso se hizo particularmente visible con problemas que fueron adquiriendo mayor presencia durante sus años como directora. Las redes sociales trasladaron conflictos hacia dentro de la escuela; también aparecieron situaciones de vulneración de derechos que requerían la intervención de las familias, los equipos de orientación, la supervisión y, en algunos casos, otras instituciones.
Bertazzo propone siemrpe empezar a resolver los conflictos con la escucha. Preguntar qué pasó, qué dijo, por qué un compañero se sintió mal. Después vendrán los adultos y las intervenciones que correspondan. Esa manera de trabajar necesita tiempo, incluso cuando las tareas administrativas ocupan buena parte de la jornada. “Siempre hay que encontrar un huequito para atender a un niño, que es por el que en realidad estás ahí. Lo demás se hará en otro momento. Pero vos estás ahí por él”.
Hay situaciones, además, que obligan a la escuela a intervenir sobre realidades especialmente duras. Bertazzo menciona casos de abuso y vulneraciones que deben ser informadas y derivadas. En esos momentos, dice, la institución tiene una responsabilidad que no puede eludir. Al mismo tiempo, la cantidad de problemas que recibe una escuela puede terminar desplazando aquello para lo que existe. “El rol de la escuela es la enseñanza y el aprendizaje”, sostuvo. Atender una urgencia, acompañar a un chico o recurrir a un hospital puede ser indispensable; después habrá que hacer los trámites correspondientes y seguir acompañando. Pero la enseñanza tiene que continuar.
Cuando la tecnología dejó de ser una novedad
Bertazzo empezó a formarse en informática en 1993. Lo hizo, según cuenta, porque percibió que allí había algo que necesitaba entender. Todavía no existían las condiciones tecnológicas que años después serían habituales en las escuelas, pero ya había decidido que no podía mantenerse al margen. Luego llegaron las computadoras, los carros con notebooks y la posibilidad de trabajar con ellas dentro del aula.
La experiencia le permitió relativizar la idea de que el director debía saber más que los demás. Muchas veces eran los propios maestros quienes pedían las computadoras e incorporaban recursos digitales a sus planificaciones. Y durante la pandemia fueron ellos quienes podían explicarle cómo utilizar una herramienta o resolver una dificultad para comunicarse con los alumnos. “Son ellos los que me enseñan a mí; también los chicos”, contó.
La tecnología cambió mucho de lo que sucedía alrededor de una clase, pero Bertazzo vuelve a colocar el centro en otro lugar. “El niño necesita del maestro y el maestro se nutre con el niño”, afirmó. Puede variar la forma de comunicarse, pueden aparecer estudiantes más inquietos o nuevas herramientas para enseñar; esa relación, en su experiencia, sigue organizando la vida escolar.
Quizás por eso, dos años después de jubilarse, lo que dice extrañar es bastante concreto: las risas, los recreos, estar con los chicos. Durante sus años como directora solía compartir con ellos el comedor y también los juegos. Los conflictos, reconoce, van a existir. La cuestión es qué hace una institución con ellos y qué condiciones construye para que enseñar y aprender sigan siendo posibles.
Después de cuarenta años, Bertazzo no parece interesada en elegir entre la escuela que conoció en 1984 y la que dejó en 2024. En su relato conviven los cambios, los problemas nuevos y algunas cosas que permanecen. Tal vez por eso, cuando intenta explicar qué le dejó ese recorrido, invierte la pregunta habitual sobre lo que un docente enseña: “A mí la escuela me enseñó todo. Todo lo que soy es gracias a la escuela”.
La entrevista completa con Silvina Bertazzo está disponible en el podcast de TICMAS.



