Solo el 32% de las personas en el mundo cree que la próxima generación estará mejor que la actual. El porcentaje surge del Edelman Trust Barometer 2026 y cayó cuatro puntos en un año. El dato expone una contradicción: mientras distintos indicadores muestran mejoras en salud, educación, expectativa de vida y pobreza, crece la desconfianza sobre lo que viene.
Rosendo Grobo analizó esa tensión en Infobae a la Tarde y puso el foco en la relación entre progreso, expectativas y malestar social. Para el politólogo, una parte del problema está en que las sociedades comparan cada vez menos su presente con el pasado y cada vez más con un futuro que esperan que sea mejor.
“Hoy en el mundo, 32% de las personas cree que la próxima generación va a estar mejor que la actual”, señaló Grobo. Un año antes, la cifra había sido del 36%.
El dato contrasta con transformaciones que pueden medirse a largo plazo. Grobo recordó que ocho de cada diez personas eran analfabetas en la Argentina del primer censo, hace unos 150 años. También mencionó la reducción de la pobreza extrema, el aumento de la expectativa de vida y la expansión de la escolarización.
Eso no significa que todas las condiciones hayan mejorado para todos ni que los problemas actuales sean menores. El acceso a una vivienda, el costo de vida, los ingresos y las posibilidades de progreso económico forman parte de una experiencia cotidiana que puede generar una percepción negativa aun cuando otros indicadores hayan mejorado.

Grobo planteó, además, una diferencia entre la manera en que las personas evalúan su situación y la forma en que observan el contexto general. Según explicó, suele existir más optimismo cuando la pregunta se refiere al futuro personal y más pesimismo cuando se amplía al país o al mundo.
Esa distancia ayuda a entender por qué una persona puede considerar que su propia vida tiene posibilidades de mejorar y, al mismo tiempo, pensar que el país atraviesa un proceso de deterioro.
La política y una expectativa que nunca deja de crecer
Para Grobo, el funcionamiento de las democracias también influye en esa percepción. Las elecciones generan incentivos para que los dirigentes prometan cambios y mejoras, pero la capacidad de los gobiernos para cumplir con esas expectativas tiene límites.
“El punto central que ordena este malestar tiene que ver con la diferencia entre promesa y realidad”, sostuvo.
La consecuencia, según su planteo, es una brecha que puede ampliarse con el tiempo. Si las campañas electorales presentan soluciones para problemas complejos y los resultados no alcanzan las expectativas generadas, aumenta la frustración y también la desconfianza hacia las instituciones.
Grobo vinculó esa situación con el cambio de clima político de las últimas décadas. Recordó el optimismo que predominó después de la caída del Muro de Berlín, cuando se instaló la idea de que las democracias liberales atravesaban una etapa de expansión. Con el paso del tiempo, ese clima fue reemplazado por una mayor desconfianza y por una percepción de crisis más frecuente.

A ese fenómeno se suma la transformación de la información. La expansión de internet, las redes sociales y las plataformas digitales permite conocer en tiempo real conflictos, problemas económicos, crisis políticas y situaciones de violencia en distintos lugares del mundo.
Para Grobo, esa exposición permanente también puede modificar la percepción sobre el presente. No porque los problemas sean inexistentes, sino porque la conversación pública puede quedar concentrada en aquello que funciona mal.
El resultado es una sociedad que conoce más problemas que antes, los recibe con mayor velocidad y los compara de manera permanente con las expectativas que tiene sobre cómo debería ser su vida.
Una generación argentina marcada por la incertidumbre
En la Argentina, esa discusión tiene además un componente económico. Grobo señaló que la inestabilidad macroeconómica forma parte de la experiencia de varias generaciones y dificulta proyectar a largo plazo.
“Argentina hace 15 años no crece”, afirmó al referirse al estancamiento económico y a las dificultades para sostener un proceso de desarrollo prolongado.

La educación es otro de los puntos en los que, según el análisis de Grobo, conviven avances y problemas. La escolarización se expandió y la secundaria se volvió obligatoria, pero los resultados de aprendizaje siguen mostrando dificultades. El aumento de la cantidad de alumnos, por sí solo, no garantiza una mejora en la calidad educativa.
El mismo contraste aparece en otros ámbitos. La participación de las mujeres en el mercado laboral aumentó de manera significativa respecto de décadas anteriores y la expectativa de vida es mucho mayor que en el pasado. Al mismo tiempo, existen problemas concretos que afectan las posibilidades de progreso de millones de personas.
Por eso, para Grobo, comparar la Argentina actual con la de hace un siglo permite observar avances, pero no alcanza para responder qué tan bien está funcionando el país hoy.
La discusión sobre el futuro requiere mirar las dos dimensiones: qué mejoró y qué sigue sin resolverse.
¿Argentina estará mejor dentro de diez años?
La pregunta que atravesó la columna fue también la más sencilla: si la Argentina estará mejor o peor dentro de una década.

Grobo cuestionó que el pesimismo pueda convertirse en una conclusión definitiva. Reconocer los problemas, sostuvo, no debería implicar abandonar la posibilidad de que el país pueda mejorar.
“Hay una invitación todo el tiempo a pensar cómo mejorar. No tenemos que dejar de tener esa expectativa”, planteó.
Su argumento apunta a una diferencia entre el optimismo ingenuo y la confianza en que las condiciones pueden modificarse. Una sociedad puede reconocer la inflación, el estancamiento económico, los problemas educativos o la falta de previsibilidad sin asumir que esos problemas necesariamente van a permanecer durante las próximas décadas.
El dato global del 32% muestra que la dificultad para imaginar ese futuro no es exclusiva de la Argentina. El Edelman Trust Barometer 2026, elaborado a partir de casi 34.000 personas en 28 países, registró una caída de cuatro puntos en la proporción de quienes creen que la próxima generación estará mejor. En la Argentina, el porcentaje fue del 45%.
La discusión planteada por Grobo deja así una pregunta abierta: cómo sostener una mirada crítica sobre los problemas actuales sin convertir el pesimismo en la única forma posible de pensar el futuro. En un contexto en el que la mayoría de las personas a nivel global ya no confía en que la próxima generación vivirá mejor, recuperar esa expectativa también aparece como parte del debate sobre el rumbo de las sociedades.
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