Son nuestras costumbres y hay que respetarlas: las élites españolas llevan 3.200 años practicando el noble arte de la endogamia

Había una copistería frente a la facultad de ciencias que tenía colgadas en la pared, una tras otra, todas las orlas de una de las ingenierías más salvajes de todo el sistema universitario español. Solía mirarlas mientras esperaba. Y sé que puede parecer aburrido, pero no había nada más fascinante que ver cómo las personas del claustro iban cambiando, pero los apellidos no. 

Sí, sí. Es una exageración, un estereotipo fácil. Pero además es verdad. Y no sólo en la universidad: la endogamia es uno de esos fenómenos recurrentes de la vida social de nuestro país. 

Una larga historia 

Como explicaban hace unos años el catedrático Javier Barnes y el economista Fernando Faces, "que en España las reglas del juego para los concursos y adjudicaciones de contratos se basen en normas de hace un siglo y medio, de 1870, nos da una idea de lo mucho que necesitamos renovarnos". No es un bug, es una feature.

Como cada vez es más evidente, se trata de una tecnología antropológica muy conocida para reforzar el poder de un grupo de personas. Y es por eso que no solo afecta a los ayuntamientos, las empresas o la universidad: la endogamia llegó a provocar la extinción de la rama de la dinastía Habsburgo. Lo que no sabíamos es que era algo tan antiguo. 

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