Stephen Curry ganó dos campeonatos de la NBA con los Golden State Warriors —y estaba camino de un tercero— antes de que alguien advirtiera que algo andaba mal con su visión. Recién en 2018, el base de 38 años descubrió que padecía queratocono, una afección ocular poco frecuente que provoca borrosidad e imágenes distorsionadas. Algunas de las temporadas de tiro más notables en la historia de la NBA ocurrieron, sin que nadie lo supiera, con su córnea en deterioro.
El propio jugador admitió que jamás sospechó que su manera de ver el mundo fuera anormal. “Era 2018 y yo no sabía que tenía visión borrosa extrema o imágenes distorsionadas; era simplemente la forma en que veía las cosas, y nos adaptamos a eso”, dijo Curry en una entrevista con la revista People. Sin ese punto de comparación, siguió compitiendo al máximo nivel sin consultar a ningún especialista.
Bob Myers fue quien encendió la alarma al ver a Curry entrecerrar los ojos en el banco
Todo comenzó durante un partido de visitante en 2018, cuando Bob Myers, por entonces gerente general de los Warriors, observó la transmisión televisiva y notó algo fuera de lo común: la cámara volvía una y otra vez al banco de suplentes, donde Curry aparecía con los ojos entrecerrados, como si le costara distinguir lo que ocurría en la cancha.
“Me escribió un mensaje después del partido porque, al parecer, la transmisión seguía mostrándome sentado ahí, y me dijo: ‘Estás con los ojos entrecerrados, como si no pudieras ver nada. ¿Te chequeaste los ojos? Deberías ir, porque eso no era normal’”, recordó el basquetbolista. Con esa advertencia, acudió al oftalmólogo convencido de que no encontraría nada serio. “Pensé que no iba a ser nada”, reconoció.
El diagnóstico reveló una condición progresiva e irreversible si no se trata a tiempo
La consulta desmintió esas expectativas. El dictamen fue queratocono: una deformación de la córnea que genera borrosidad y distorsión visual de forma progresiva. Según la Academia Americana de Oftalmología (AAO), la enfermedad es poco frecuente, aunque las personas de raza negra presentan la tasa anual más alta de diagnóstico.
“Me dijeron que tenía una condición rara llamada queratocono, la córnea de forma irregular que provoca borrosidad e imágenes distorsionadas. Lo que descubrí es que es una condición progresiva que puede deteriorar la visión con el tiempo, y es irreversible si avanza en la dirección equivocada”, explicó Curry a People. La gravedad del cuadro lo obligó a replantear su rutina dentro y fuera de las canchas.
Para entonces, el escolta ya acumulaba dos títulos de la NBA y dos premios MVP, incluido el de la temporada 2015-2016, cuando se convirtió en el primer jugador en la historia en ganar ese galardón por unanimidad. Durante las campañas 2017-2018 y 2018-2019, promedió cerca de 27 puntos por partido con casi 50% de eficacia en tiros de campo y 43% en triples, todo eso con la visión comprometida.
Ocho años después del diagnóstico, Curry asegura ser un “profesional entrenado” con los lentes de contacto
Adaptarse a los lentes de contacto no fue un proceso sencillo. El jugador reconoció haberse resistido al cambio durante el primer año o dos, impulsado por la costumbre: sentía que podía seguir compitiendo tal como lo venía haciendo. “Era parte de mi trabajo poder ver el aro y la cancha, aunque fuera borroso. Pensaba: ‘Ya me acostumbré a esto’”, admitió con humor.
Con el tiempo, encontró los lentes adecuados en cuanto a ajuste y graduación, aquellos que se mantenían estables durante el juego. Ocho años después del diagnóstico, Curry se somete a controles oftalmológicos cada seis meses y asegura que el tratamiento “frenó toda la ansiedad sobre adónde podía llegar esto”.
El jugador cerró la entrevista con una broma sobre su carrera, “cuando me retire, mis memorias deberían llamarse Todo el tiempo que no podía ver”. Más allá del humor, dejó un mensaje concreto para quienes atraviesen síntomas similares. “Quiero que la gente vaya a chequearse y tenga esas conversaciones con los médicos oculistas”, concluyó.



