El presidente de Taiwán, Lai Ching-te, durante una conferencia de prensa sobre la

El reciente encuentro en Washington entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente de China, Xi Jinping, volvió a concitar una gran atención internacional. Las negociaciones que ambas partes mantienen en materia económica, comercial, tecnológica y de seguridad —incluidas medidas como la extensión por dos meses de la tregua comercial— demuestran que, aun cuando Estados Unidos y China procuran alcanzar una “estabilidad estratégica constructiva”, persisten entre ambos una competencia estructural y profundas divergencias.

Tras la reunión entre Trump y Xi celebrada en mayo de este año, Xi Jinping propuso la “estabilidad estratégica constructiva” como un nuevo marco para las relaciones entre China y Estados Unidos, haciendo hincapié en la cooperación, una competencia moderada y la gestión de las diferencias. En el segundo encuentro Trump-Xi, celebrado en septiembre, ambas partes mantuvieron el diálogo y la cooperación de alto nivel; sin embargo, las declaraciones de ambos líderes dejaron en evidencia que siguen existiendo distintas interpretaciones acerca de cómo debería concretarse dicha “estabilidad”.

Desde otra perspectiva, las propias reuniones entre Trump y Xi constituyen una forma de gestión de riesgos. Estados Unidos y China necesitan mantener el diálogo para evitar que errores de cálculo provoquen una escalada; necesitan preservar los intercambios económicos y comerciales, pero también reducir las vulnerabilidades derivadas de la dependencia tecnológica y de las cadenas de suministro críticas; y necesitan abordar problemas comunes, al mismo tiempo que protegen sus respectivos intereses de seguridad. “Gestionar los riesgos mientras se mantiene la interacción” se ha convertido, por lo tanto, en uno de los principales desafíos que enfrenta hoy la comunidad internacional ante el ascenso de China.

El concepto de “reducción de riesgos” (de-risking), que en los últimos años ha ido cobrando consenso en la comunidad internacional, es una manifestación concreta de este enfoque. Desde la revisión de la dependencia económica respecto de China por parte de la Unión Europea hasta el énfasis sostenido del G7 en la seguridad económica y la resiliencia de las cadenas de suministro, los países no buscan una desvinculación total de China, sino reducir la dependencia excesiva en sectores críticos, diversificar los riesgos y fortalecer su propia resiliencia. El informe sobre asociaciones en materia de seguridad y defensa aprobado por el Parlamento Europeo en febrero de este año también señala expresamente la necesidad de profundizar la cooperación con Taiwán en materia de seguridad y defensa, así como de reforzar la resiliencia económica de la Unión Europea mediante la reducción de riesgos.

Lo mismo ocurre en el ámbito de la seguridad. En vísperas de la reunión Trump-Xi, representantes de Australia, Francia, Alemania, Japón, Nueva Zelanda, Polonia, Corea del Sur y el Reino Unido reafirmaron conjuntamente, durante la Asamblea General de las Naciones Unidas, su oposición a cualquier modificación unilateral del statu quo en el Estrecho de Taiwán, y destacaron que la seguridad, la paz y la prosperidad de Europa y del Indo-Pacífico están cada vez más estrechamente vinculadas.

Estos acontecimientos merecen ser analizados con serenidad por la sociedad taiwanesa. Cada vez que las interacciones de alto nivel entre Estados Unidos y China atraen la atención internacional, surgen en Taiwán voces que cuestionan la confiabilidad de Estados Unidos o plantean la posibilidad de que Washington abandone a Taiwán. Sin embargo, que la comunidad internacional gestione los riesgos derivados de China no significa que busque una confrontación total con ese país. Del mismo modo, que los Estados desarrollen sus políticas hacia China no implica que deban sacrificar sus relaciones con Taiwán. En la práctica, una política hacia China y una política hacia Taiwán pueden coexistir sin contradicción.

La sociedad taiwanesa debe analizar con serenidad los acontecimientos en el Pacífico (REUTERS/Ann Wang)

Para Taiwán, esto significa también que debemos participar de manera más activa en la gestión internacional de riesgos. Frente a la continua expansión de China y a los riesgos que esta genera en los ámbitos de la seguridad, la economía y las instituciones, Taiwán necesita —y ya está haciéndolo— mantener una estrecha cooperación diplomática con países que comparten nuestros valores, a fin de reducir conjuntamente los riesgos de errores de cálculo y conflictos, y fortalecer la paz y la resiliencia regionales.

Tomemos como ejemplo la reciente reunión Trump-Xi. Antes del encuentro, nuestro Gobierno mantuvo una comunicación fluida con la Administración Trump y con distintos sectores de Estados Unidos, intercambiando opiniones de manera continua sobre cuestiones importantes relacionadas con la paz y la estabilidad en el Estrecho de Taiwán y con las relaciones entre Taiwán y Estados Unidos. Los canales de comunicación se han mantenido estables y fluidos. Tras la reunión, el embajador estadounidense en China, David Perdue, señaló en una entrevista que “la política de Estados Unidos hacia Taiwán no ha cambiado”. Esto demuestra una vez más que una comunicación continua y estable, así como la confianza mutua entre Taiwán y sus principales socios, constituyen elementos fundamentales para preservar la estabilidad en el Estrecho de Taiwán.

Director ejecutivo de IPAC: la comunidad internacional debe considerar una “política de una sola Taiwán”

Este es también un aspecto que merece especial atención en los recientes debates sobre la “política de una sola China”. Las políticas que cada país mantiene hacia China responden a sus propias circunstancias históricas, diplomáticas y a sus intereses nacionales. Esto no significa que el “principio de una sola China” sostenido por Beijing sea equivalente a las políticas adoptadas por cada país, ni mucho menos que China pueda decidir unilateralmente cuál debe ser el espacio de Taiwán en la comunidad internacional.

Como ha señalado recientemente Luke de Pulford, director ejecutivo de la Alianza Interparlamentaria sobre China (IPAC), la comunidad internacional puede mantener sus actuales “políticas de una sola China”, pero al mismo tiempo debería considerar una “política de una sola Taiwán” (One-Taiwan Policy) que responda de manera más clara a la realidad de los 23 millones de taiwaneses y a su derecho a participar en la comunidad internacional.

De hecho, desde mediados de la década de 1980, Taiwán llevó adelante una transformación de su sistema político mediante procesos internos de liberalización y democratización. A través de la renovación integral del Parlamento y de la elección directa del presidente, se consolidó una estructura estatal y una base de legitimidad política de la República de China (Taiwán), centradas en Taiwán. El Gobierno de la República de China, como único gobierno legítimo que ejerce un gobierno efectivo sobre Taiwán y lo representa en el exterior, ha dado lugar a un statu quo en el que la República de China (Taiwán) y la República Popular China existen en pie de igualdad y ninguna está subordinada a la otra.

Taiwán posee su propio sistema democrático, su propia economía y sociedad, y asume sus propias responsabilidades internacionales. Taiwán y China son dos entidades políticas distintas. Por lo tanto, los países pueden, naturalmente, desarrollar —además de sus actuales políticas hacia China o “políticas de una sola China”— una política hacia Taiwán, o “política de una sola Taiwán”, acorde con sus propios intereses.

Trump y Xi Jinping mantuvieron un nuevo encuentro en la Casa Blanca (REUTERS/Kylie Cooper)

Estados Unidos constituye un ejemplo concreto. Su política hacia China se enmarca en los tres comunicados conjuntos, mientras que su relación con Taiwán cuenta con una base institucional constituida por la Ley de Relaciones con Taiwán, las Seis Garantías y diversas leyes aprobadas a lo largo de los años por el Congreso estadounidense. Estos instrumentos tienen distintos fundamentos jurídicos y políticos y no son incompatibles entre sí. Asimismo, la política estadounidense hacia Taiwán ha mantenido una continuidad a lo largo de sucesivas presidencias y administraciones. Recientemente, legisladores de ambos partidos del Congreso estadounidense han vuelto a reafirmar la Ley de Relaciones con Taiwán y las Seis Garantías, apoyando el fortalecimiento de las capacidades de autodefensa de Taiwán y rechazando la narrativa de Beijing sobre su “principio de una sola China”.

En cuanto a las relaciones entre Taiwán y Estados Unidos, en materia de seguridad, el Gobierno estadounidense continúa realizando ventas de armas a Taiwán, mientras que Taiwán se esfuerza por fortalecer sus capacidades de autodefensa y la resiliencia de toda la sociedad. Asimismo, ha elevado su presupuesto de defensa a más del 3 % del PIB, avanzando hacia una mayor “distribución de responsabilidades”.

En el ámbito económico, la relación bilateral ha evolucionado desde el comercio y las inversiones recíprocas hacia la cooperación en semiconductores, cadenas de suministro de inteligencia artificial y ecosistemas industriales. Mediante mecanismos como el Diálogo de Asociación para la Prosperidad Económica (EPPD) y la iniciativa “Pax Silica”, ambas partes buscan fortalecer la resiliencia económica y la seguridad de las cadenas de suministro. Taiwán y Estados Unidos están construyendo progresivamente una “asociación simbiótica” que abarca la seguridad, la economía, la tecnología y la industria.

La misma tendencia puede observarse en Europa y en el Indo-Pacífico. El informe de evaluación del entorno estratégico de la Unión Europea publicado en septiembre de este año señala que las acciones cada vez más asertivas de China en el Estrecho de Taiwán, el Mar de China Oriental y el Mar de China Meridional tienen repercusiones cada vez más profundas para la seguridad de Europa y del Indo-Pacífico, y subraya que cualquier intento de alterar el statu quo en el Estrecho de Taiwán afectaría la seguridad mundial.

Asimismo, durante la reciente Asamblea General de las Naciones Unidas, la Unión Europea volvió a señalar que el texto de la Resolución 2758 de la Asamblea General no menciona a Taiwán y que, siempre que se cumplan las normas o prácticas pertinentes de cada organización, debería permitirse la participación de Taiwán en el sistema internacional, “especialmente cuando los conocimientos técnicos y las capacidades de Taiwán puedan aportar un valor agregado”. La UE también reiteró la importancia estratégica de la paz y la estabilidad en el Estrecho de Taiwán para la seguridad regional y mundial.

Taiwán es un defensor del statu quo en el Estrecho de Taiwán

Taiwán, un socio para la paz y la resiliencia globales

Estos cambios también demuestran que Taiwán no tiene motivos para subestimar su propio papel. En la época en que China ingresó a la OMC y la globalización se expandía rápidamente, Taiwán enfrentó en numerosas ocasiones la reducción de su espacio internacional. Hoy, en cambio, la comunidad internacional tiene una mayor conciencia de los riesgos económicos, de seguridad e institucionales asociados a China y concede creciente importancia al papel de Taiwán en ámbitos como la democracia, la tecnología, las cadenas de suministro y la seguridad regional.

En particular, frente a los continuos intentos de China de distorsionar la Resolución 2758 de la Asamblea General de las Naciones Unidas y vincularla con su “principio de una sola China”, la comunidad internacional presta cada vez mayor atención a la necesidad de distinguir entre el texto de la resolución y las interpretaciones políticas posteriores. La Resolución 2758 aborda la cuestión de la representación de China ante las Naciones Unidas; su texto no menciona a Taiwán ni autoriza a la República Popular China a representar a Taiwán dentro del sistema de las Naciones Unidas.

Frente al ascenso de China y los diversos desafíos que este plantea, la comunidad internacional necesita una gestión pragmática de los riesgos. Taiwán es un defensor del statu quo en el Estrecho de Taiwán y un contribuyente a la paz regional. Mientras la comunidad internacional reflexiona conjuntamente sobre cómo gestionar los riesgos relacionados con China, Taiwán también debe cooperar activamente con países que comparten nuestros valores para reducir los riesgos, preservar la paz y fortalecer la resiliencia.

Taiwán no debe ser considerado un problema que haya que resolver, sino un socio con el cual trabajar para preservar conjuntamente la paz, la resiliencia y la prosperidad.