Un hombre contó que su mejor amigo, Jerry, murió en marzo después de más de 60 años de amistad. En su funeral descubrió que ambos habían construido un vínculo tan estrecho que, pese a tener familiares, vecinos y compañeros de trabajo, ninguno tenía otro amigo verdaderamente cercano.
A los 72 años, un hombre perdió a Jerry, su mejor amigo desde la escuela primaria, y recién durante el funeral comprendió una particularidad de la relación que habían construido durante más de seis décadas: cada uno había sido prácticamente el único amigo cercano del otro.
“Yo no era un amigo entre varios. Yo era el amigo. La categoría entera”, escribió al recordar aquella escena en el sitio Bolde.
Se conocieron cuando tenían 11 años
El hombre contó que conoció a Jerry cuando ambos tenían 11 años, en la escuela primaria. Desde entonces, la amistad se convirtió en una presencia constante durante buena parte de sus vidas.
Durante la infancia, verse todos los días hacía que el vínculo creciera de manera natural. No tuvieron que planificar cómo mantener la amistad ni establecer rutinas para encontrarse: simplemente estaban juntos.

Con el paso de los años, cada uno tuvo otras relaciones. El protagonista recordó a compañeros de trabajo, padres que conoció en la cancha y vecinos con los que conversaba de forma habitual.
Pero aquellas relaciones tenían una característica diferente: “Eran relaciones reales, pero ligadas a lugares concretos; cuando el lugar cambiaba, la relación desaparecía con él”, explicó. Jerry, en cambio, había permanecido.
Durante unos 50 años, el hombre aseguró que nunca sintió que tener un solo amigo íntimo fuera un problema. Jerry era la persona a la que recurría cuando necesitaba ayuda con algo pesado, cuando no sabía qué hacer con alguno de sus hijos o cuando necesitaba apoyo después de la muerte de su esposa.
Era, además, la persona que conocía distintas etapas de su vida y que había estado presente durante décadas de recuerdos compartidos.
El funeral que cambió su manera de entender la amistad
Jerry murió en marzo. En el funeral, la sala estaba llena. Estaban su esposa, sus tres hijas, primos, antiguos compañeros de trabajo, personas a las que había guiado y vecinos.
Sin embargo, el hombre esperaba encontrar algo más: un grupo de amigos varones que hubiera compartido con Jerry distintas etapas de su vida y que pudiera recordar junto a él las historias de varias décadas. No lo encontró.
Había hombres que conocían a Jerry del trabajo o del barrio, pero ninguno había estado junto a él desde los 11 años. Fue entonces cuando comprendió algo que nunca había pensado mientras su amigo estaba vivo: no eran dos integrantes de un grupo de amigos. Cada uno había sido el principal vínculo de amistad del otro. Antes de la muerte de Jerry, el hombre no se consideraba solo.
Tenía familiares y personas con las que hablaba. Sin embargo, si alguien le hubiera pedido que nombrara a sus amigos —en plural—, probablemente habría dado un solo nombre: Jerry.
La verdadera dimensión de la ausencia apareció después del funeral, especialmente en los momentos más pequeños de la vida cotidiana. Con el tiempo, comenzó a considerar que quizá el problema no estaba en la amistad que había tenido con Jerry, sino en haber depositado durante décadas todo ese lugar en una sola persona.

Hasta entonces, un único amigo íntimo le había alcanzado. Pero la muerte de Jerry le mostró una vulnerabilidad que nunca había considerado.



