Que te dé rumbo lo que amás.

Ely tenía 30 años cuando entendió que no quería seguir viviendo la vida que conocía. Nació en Concepción, un pueblo de Tucumán, estudió Educación Física y, como tantos argentinos, trabajaba mucho sin sentir que pudiera acercarse a sus sueños. Le gustaba viajar, conocer lugares, y había algo dentro suyo que le pedía salir. ¿A dónde vamos cuando nos escapamos?

Así fue que en 2023 hizo algo enorme: vendió lo poco que tenía y se fue. Primero llegó a México. No conocía el país ni sabía qué iba a encontrar, pero tenía un amigo que podía darle una mano. Trabajó de moza, dio clases, hizo lo que pudo para sostenerse y empezó a descubrir una versión de sí misma que no conocía. México la cambió: le enseñó que podía salir de su zona de confort. Que podía estar lejos de su casa y sobrevivir; conocer gente nueva, trabajar en lugares desconocidos y, sobre todo, que el mundo era mucho más grande que su vida en Tucumán.

Ely es argentina y Dario, italiano. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Ely es argentina y Dario, italiano. (Foto: gentileza Ely y Dario)

En 2025 se mudó a Europa con una idea clara: trabajar en Italia para seguir hacia Alemania; ese era su próximo gran proyecto. Porque Ely era así: siempre había un próximo destino, una posibilidad, esa pregunta constante —y a veces dañina— que nos lleva a creer que siempre puede haber algo mejor. Lo perfecto es enemigo de lo bueno.

Sus días eran una sucesión de valijas armadas y desarmadas, trabajos temporales y decisiones tomadas con el corazón puesto en algún lugar del mapa. Y no era una fantasía ni un “algún día”. Ely ya tenía todo organizado. Sabía cuándo iba a irse. Tenía trabajo, los papeles encaminados y una vida planeada. Pero antes debía pasar unas semanas trabajando en Calabria, en el sur de Italia.

Llegó a una localidad portuaria llamada Vibo Marina y consiguió empleo de moza. Trabajaba muchísimo. Hasta catorce horas por día. Estaba sola, no conocía gente y, entre turno y turno, intentaba encontrar algún momento para respirar.

La pareja se conoció por la aplicación Bumble. (Foto: gentileza Ely y Dario)
La pareja se conoció por la aplicación Bumble. (Foto: gentileza Ely y Dario)

Entonces descargó Bumble. No porque estuviera desesperada por enamorarse. Sólo quería conocer gente. Había estado mirando perfiles, conversando con algunas personas, pero nadie terminaba de interesarle. Y una noche, cansada de esa dinámica, justo cuando estaba a punto de eliminar la aplicación, llegó un mensaje que la sorprendió. La magia no se busca, llega cuando estás presente.

Era un comentario simple sobre una foto que ella había publicado de un atardecer. “Soy muy fanática de los atardeceres”, revela con pasión. No decía nada extraordinario ni que pudiera anticipar que, detrás de esas pocas palabras estaba el hombre que le cambiaría todos los planes. “Han pasado tantas cosas en un año que es algo de no creer”, adelanta ella con una sonrisa plena de esperanza.

Se llamaba Dario. Tenía 45 años. Había nacido en Italia, aunque prácticamente toda su vida transcurrió en Suiza. Sus padres, italianos, se mudaron allí cuando era un bebé. Dario vivía en Zúrich, hablaba italiano como lengua materna y trabajaba como asesor de seguros de salud. En ese momento, sin embargo, estaba de vacaciones en Calabria.

Ella creció en Tucumán y él en Suiza. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Ella creció en Tucumán y él en Suiza. (Foto: gentileza Ely y Dario)

Ni bien empezaron a hablar, algo llamó la atención de Ely. Dario hablaba un perfecto español. Y no tardaron en pasar del chat al teléfono. “¿Por qué no vamos a la playa?”, propuso Dario. Ely tenía un par de horas libres. Aceptó. Era el 23 de julio de 2025, el día en que se verían por primera vez.

El italiano fue a buscarla. Y cuando llegaron a la playa, sorpresa: no estaba solo. “Eran una banda”. Venía con su hija Cattleya, de 12 años, y un grupo de amigas de Dario. “Me imaginaba una cita de a dos así que fue inesperado pero tranquilizador”, cuenta entre risas. Al menos no habría riesgo con el desconocido: era un hombre de vacaciones con su círculo íntimo.

“Lo primero que me impactó fue la conexión que tuve con su hija. Fue increíble”, admite la tucumana. Mientras Dario y Ely apenas intercambiaban palabras, ella se encontró riendo y charlando con Cattleya como si se conocieran desde antes. Pasaron la mañana en Tropea, una de las playas más hermosas de Calabria, y luego Ely tuvo que volver a Vibo Marina y a sus interminables jornadas laborales. Dario continuó sus vacaciones. Y empezaron las llamadas que cada vez se hacían más largas. Dos horas. Tres. Ni bien terminaba de trabajar, agotada, encontraba tiempo para hablar con él.

Se vieron por primera vez en Calabria. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Se vieron por primera vez en Calabria. (Foto: gentileza Ely y Dario)

Hablaron de todo. De sus vidas. De sus familias. De lo que habían vivido. De lo que soñaban. Y algo empezó a suceder. Todavía no habían tenido siquiera una verdadera cita romántica, pero el magnetismo fluía a través de una pantalla. Hasta que Ely tomó “la” decisión. “Si quería conocerlo realmente, tenía que ir.” No iba a esperar que él hiciera todo: Si a mí me gusta una persona, yo voy y lo hablo”, dice, audaz. Dario se maravilló. No estaba acostumbrado a que una mujer viajara tres horas en tren sólo para verlo. “No, por favor, no vengas. Yo voy a buscarte”, intentó convencerla. Pero Ely ya había tomado una decisión. Subió al tren. Y fue a verlo.

Habían pasado dos días desde la primera vez que se habían encontrado, y aquella cálida noche lo volvieron a hacer en la playa de Calabria. Pero esta vez solos. Dario llevó un vino de su propia cosecha. “Aquella botella tenía algo íntimo, algo de su historia”. Se sentaron frente al mar. La velada fue mágica. Y en algún momento Dario la miró: “¿Te puedo preguntar algo?” Ely asintió con cara de quien espera la más romántica de las propuestas. “¿Qué comiste?”, soltó el italiano. Ely lo miró desconcertada. ¿Qué clase de pregunta era esa en una cita que ni siquiera se habían besado?

La tucumana contestó, entonces ahora sí llegó la pregunta esperada: “¿Te puedo dar un beso?” Para ella, argentina y acostumbrada a otra espontaneidad, aquello era casi insólito. “Si se da, se da”, pensó. Y finalmente se besaron.

Más tarde Ely descubriría el motivo de aquella primera pregunta. Dario sufre alergias alimentarias muy severas. Algunas frutas, verduras y frutos secos pueden provocarle reacciones peligrosísimas. Incluso un beso podía convertirse en un problema si ella había comido algo que él no podía tolerar.

Ely y Dario, juntos. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Ely y Dario, juntos. (Foto: gentileza Ely y Dario)

La noche siguió y ella sólo podía pensar en lo mucho que le gustaba. En lo extraño que era sentir tanta cercanía con alguien a quien prácticamente acababa de conocer. Siguieron conversando, como si no hubiera pasado nada extraordinario, como si ese beso frente al mar hubiera sido una parte más de una conversación eterna. Esa noche no durmieron. Acto seguido, “con una botella encima”, Ely conoció al padre de Dario y terminó de vivir su “noche de película”.

Pero al día siguiente se terminaba el hechizo: tenía que volver. La esperaba el trabajo. Y también Alemania. Porque mientras todo aquello sucedía, su vida seguía teniendo un plan. Uno muy concreto. “Yo tenía hasta qué día me iba a ir a Alemania; ya sabía dónde iba a trabajar. Tenía todo armado. Todo, todo, todo. Faltaban veinte días para que me fuera”.

En la estación de tren de Calabria, antes de despedirse, Dario decidió que no quería seguir fingiendo que aquello era algo casual. “¿Querés ser mi novia?”, le preguntó sin vueltas mirándola con ternura. Ely se quedó inmóvil. Era demasiado rápido. Se conocían hacía “dos minutos”, se habían visto dos veces y, como si fuera poco, ella tenía a Alemania esperándola a sus pies. “Lo tengo que pensar”, respondió. Dario tenía las cosas claras: “El tren pasa una sola vez en la vida. ¿Es sí o es no?”, sentenció. El italiano no estaba jugando. “La primera vez que la vi, me enamoré.” Y al segundo día le dije: ‘O vas a estar conmigo y vas a ser mi novia, o no te quiero ver más’. Porque ya sabía que si seguía viéndola me iba a enamorar más y después iba a sufrir. Yo soy así: o es todo blanco o es todo negro”, se sincera.

Ely volvió a hablarle de Alemania, de los planes que tenía, del trabajo que la esperaba y de todo lo que ya había organizado. “Quería estar con él, pero también tenía mis proyectos. Mi corazón quería elegirlo y eso era lo que yo sentía. Muchas veces dejé de hacer lo que sentía porque ya tenía un proyecto y entendí que la vida es esto. Puede haber cambios para bien y para mal”. Dario insistió: “Veremos cómo se da la vida”. Ely recuerda como hoy la escena clave: “Cuando lo despedí en la estación, Dario estaba en el andén y yo arriba, sentada junto a la ventanilla. Lo miré y lo único que dije fue: ‘Dios, lo quiero en mi vida’. No sé si es o no es”.

Ely dejó su vida en Argentina para mudarse a Alemania. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Ely dejó su vida en Argentina para mudarse a Alemania. (Foto: gentileza Ely y Dario)

Entonces, puede que los bellos paisajes a lo largo de la Costa degli Dei, en Calabria, hayan ayudado. Cuando Ely llegó a Vibo Marina, hizo lo que parecía imposible. Dejó de escuchar a su mente, dio rienda suelta a su corazón y, sin pensar, llamó a Dario: “Siento que quiero estar con vos”. Fue un sí. Y así, se pusieron de novios.

Cuando ella volvió a su trabajo y él regresó a Suiza, nada volvió a ser igual. Durante la semana siguiente hablaron todas las noches. Dario terminaba su jornada laboral y, aun teniendo que levantarse temprano, se quedaba hablando con Ely hasta las cuatro de la mañana. En una de esas videollamadas, escribió una frase en un papel y se la mostró. “Dejá de pensar en la vida y pensemos juntos”. Ella lo miró. Sonrió. Pero, en el fondo, todavía no había abandonado su idea. Alemania seguía latente. Su valija estaba preparada. Su futuro tenía una dirección. Y estaba convencida de que, por más que le gustara Dario, no podía cambiar todo por un hombre al que acababa de conocer.

Pero resulta que a veces el destino se ocupa de decirnos a su modo aquello que nos encaprichamos en torcer. Entonces Ely se enfermó. El estrés, el cansancio y las jornadas interminables de trabajo terminaron pasándole factura. Cayó muy mal. Le diagnosticaron herpes zóster y comprendió que su cuerpo ya no podía seguir al ritmo que llevaba. Encima viviendo sola y lejos de casa.

Cuando Dario se enteró, tomó una decisión, tal vez la decisión que lo cambió todo. “Voy a buscarte”. Ely testaruda intentó decirle que no, que tenía que seguir trabajando, que necesitaba terminar el mes, que no quería perder el dinero. Pero Dario no estaba dispuesto a dejarla sola. Se había enamorado. “¿Por qué no hacés tu vida conmigo en Suiza? Yo te voy a ayudar con todo. No tengas miedo. Vamos a vivir juntos”.

Dario fue a acompañar a Ely cuando ella enfermó. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Dario fue a acompañar a Ely cuando ella enfermó. (Foto: gentileza Ely y Dario)

A Ely le pareció una locura. Hacía apenas unos días que se habían conocido. Y, además, ella tenía una vida organizada en otro país. Pero Dario no hablaba por hablar. Pidió vacaciones. Se subió al auto. Y manejó diecisiete horas desde Suiza hasta el sur de Italia para buscarla.

Ely estaba enferma, agotada y atrapada en un trabajo del que ya no quería seguir formando parte. Y, de pronto, como un príncipe azul, apareció él. Un hombre que había conocido casi de casualidad. ¿Existen las casualidades?

Por ahora, solo tenía una certeza. Dario estaba ahí. Cuidándola. Pero la suavidad también transforma. Y por primera vez en mucho tiempo, Ely decidió que no quería pensar tanto en el futuro. Quería ver qué pasaba si, simplemente, se animaba a vivir el presente. Lo que sí hay. La vida es hoy.

Decidió irse con Dario. Primero pasaron una semana recorriendo Italia. Conocieron pueblitos, volvieron a Tropea, recorrieron Chetraro y disfrutaron. Era como si antes de empezar una vida nueva necesitaran hacer una última pausa. Mirar el mar. Conocer caminos. Perderse para volver a encontrarse.

Ely y Dario. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Ely y Dario. (Foto: gentileza Ely y Dario)

Después llegó Suiza. A fines de agosto de 2025, Ely aterrizó en Zúrich con una valija, una visa que le permitía permanecer un tiempo en Europa y un hombre al que recién había conocido. Empezar una vida juntos no fue tan fácil como enamorarse. Porque una cosa era elegir el amor. Y otra muy distinta era aprender a vivir dentro de un país nuevo. Ely había pasado buena parte de su vida trabajando. Siempre había tenido algo que hacer, que perseguir. Una meta. De repente, en Suiza, se encontró sin trabajo. Sin amigos. Lejos de su familia. Y enfrentándose a un mundo distinto.

Llegó el invierno. Las temperaturas bajaron hasta los catorce o quince grados bajo cero. Y Ely empezó a sentirse cada vez peor. “Fue mi depresión más grande”, recuerda con valentía. No estaba acostumbrada a tener tanto tiempo libre. Dario estaba ahí. Aunque el amor, por sí solo, no podía evitar que extrañara su tierra, a su familia y la independencia que siempre había tenido.

Fue una etapa difícil. Y también una prueba para ambos. Porque ahí, cuando ya no había playas paradisíacas, primeros besos, ni llamadas de madrugada, empezó a aparecer otra forma de amor. La de todos los días, la que acompaña cuando el otro está mal, la que sostiene, la que no siempre sabe cómo solucionar un problema, pero decide quedarse igual. La verdadera.

Dario la acompañó. Y Ely empezó a encontrar su lugar. También él cambió. Porque vivir juntos significaba aprender a convivir con una cultura diferente. Ella era tucumana, bien latina. Él había nacido en Italia, pero había crecido en Suiza. Sus formas de hablar eran distintas. Sus costumbres también. Había palabras que él decía sin ninguna mala intención y que Ely interpretaba de otra manera y así aparecía el famoso choque cultural. No siempre era sencillo. “No es todo amor, claramente”, admite Ely.

Ely y Dario, de viaje. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Ely y Dario, de viaje. (Foto: gentileza Ely y Dario)

Pero había algo que hacía que siempre volvieran a encontrarse. La voluntad de entenderse. Dario empezó a acercarse cada vez más al mundo de ella. Hasta incorporó algo muy argentino: “Ahora habla de ‘vos’ —cuenta ella entre risas—. Hasta en las llamadas de trabajo”. Para Ely, esa diferencia no está solamente en la manera de hablar, sino en los gestos cotidianos. “Mis amigos vienen a casa y Dario les cocina todo el tiempo. Es una persona a la que le encanta juntarse con los argentinos. Y es increíble conmigo. A veces me pregunto: ‘¿Me lo merezco?’. En casa no me faltan las flores. No lavo, no limpio, no cocino, no lavo mi ropa. Nunca había tenido una persona tan presente”.

Encontraron su manera particular de quererse. Una relación intensa, pero no asfixiante. Profunda, pero libre. Dario tiene amigas. Ely tiene amigos. Y ninguno necesita controlar al otro. “En nuestra relación no existe esa maldad ni esos celos. Confiamos mucho el uno en el otro”. Para ellos, la intensidad no tiene que ver con poseer sino con “estar”. Dario lo explica de una manera hermosa: “Ser intenso no es preguntarle al otro dónde está cada cinco minutos ni tener miedo de perderlo. Es hacerle sentir tu presencia. Estar disponible. Compartir la vida. Y, al mismo tiempo, saber cuándo dejarle espacio. Creo que hay que diferenciar, porque a veces la gente se confunde cuando dice: ‘Es muy intensa o es muy tóxica’. Una persona tóxica quiere estar presente porque tiene miedo de algo. Te cela, quiere saber dónde estás. Para mí, la intensidad es diferente. Es estar para una persona, hacerle sentir tu presencia y, al mismo tiempo, darle espacio”.

A veces él necesitaba quedarse solo. Pensar. Hablar consigo mismo. Estar en su “caja vacía”. Y Ely aprendió a reconocer esos momentos. “Nunca había encontrado a una mujer que, siendo tan presente, también me dejara mi espacio”, expresa con ternura. Para él, esa es una de las cosas más valiosas de Ely. Estar. Y saber cuándo no invadir. Aunque Dario reconoce que él sí puede ser más intenso. “Cuando veo que algo pasa con ella, siento siempre su energía. Cuando no está bien, a veces no lo quiere expresar y soy intenso d una manera diferente: quiero saber qué pasa. Me siento con ella como Superman. Quiero siempre resolver todos sus problemas y a veces me olvido de que ella también necesita su espacio”.

Pero mientras aprendían a vivir juntos surgió una pregunta: la del futuro. En noviembre de 2025, llegó el cumpleaños número 30 de Ely. Dario le preparó una sorpresa. Le regaló un viaje. Durante el camino descubrió el destino: Ámsterdam.

Viajaron a Ámsterdam por el cumpleaños de Ely. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Viajaron a Ámsterdam por el cumpleaños de Ely. (Foto: gentileza Ely y Dario)

La noche que llegaron salieron a festejar. Tomaron cerveza. Muchísima. Y en algún momento, entre risas y alcohol, Ely se sacó el anillo que Dario le había regalado meses antes en Calabria. Lo miró y propuso: “¿Te querés casar conmigo?” Estaban los dos bastante borrachos. Al día siguiente se despertaron y se miraron. “¿Qué pasó anoche?”, parecía ser la pregunta que ninguno terminaba de responder. Se emocionaron, lloraron. Y empezaron a planificar su boda.

Ely todavía no trabajaba y una fiesta le parecía algo lejano, costoso y difícil. Pero Dario quería celebrarlo. Y así fue. La boda fue en Tucumán, la tierra de Ely. Para Dario era un viaje nuevo. Nunca había estado en la Argentina. Y el 4 de abril de 2026, a menos de nueve meses de haberse visto por primera vez, celebraron la gran fiesta.

Fue en Concepción, el pueblo donde Ely nació, junto a todos sus seres queridos. Con un detalle especial: el padre de Ely es pastor y fue quien les dio la bendición. Pero todavía faltaba algo que haría que la boda tuviera una historia aún más particular. Ely se casó con el traje de novia que había usado su suegra cuarenta y seis años atrás. Cuatro décadas y media después, otra mujer volvía a llevarlo. Otra historia. Otro país. Otra generación. Y, sin embargo, de alguna manera, aquella prenda volvía a acompañar una promesa. “Nunca en mi vida imaginé algo así, tener a mi papá dándome la bendición y una fiesta con mi familia y mis amigos”. Después de la boda, regresaron a Suiza.

Se casaron en Tucumán. (Foto: gentileza Ely y Dario)
Se casaron en Tucumán. (Foto: gentileza Ely y Dario)

Ely no dice que su vida con Dario sea perfecta. Hay días mejores y días peores. Pero hay algo que no duda: “Lo elijo cada día”. Y Dario siente algo parecido. Cuando habla de Ely, usa palabras gigantes. Dice que estaba atravesando un momento difícil cuando ella apareció en su vida. Y todavía hoy le cuesta explicar lo que siente. “Ella es mi salvación. Ha llegado a mi vida como un milagro para subirme. Porque todos tenemos períodos buenos y malos, momentos en los que estamos felices o infelices y nos damos cuenta de que nos falta algo. Ahora que la tengo, me doy cuenta de cuán preciosa es esta vida que tenemos. A veces sueño que una vida no es suficiente para todo lo que quiero vivir con ella”.

Para Ely, Dario se volvió imprescindible. No solo por el hombre que es con ella. Sino por la forma en que lo vio ser padre. Esa fue una de las primeras cosas que la enamoró. La manera en que quería a Cattleya. La forma en que estaba presente.

Dario también sabe que Ely ocupa un lugar distinto en su vida porque tiene algo que a él le falta: una manera más luminosa de mirar lo que viene: “Yo soy una persona un poco menos positiva que ella. Cuando me ve negativo, cuando no veo el cielo sin nubes o el mar calmo, ella siempre me da fuerza: ‘Todo va a ir bien, todo te va a salir bien, tenés que ser positivo’. Entonces es mi fuerza. Es mi motor”.

Ely dice que él es todo. Y entre los dos encontraron algo que, quizás, no figuraba en ninguno de sus planes. Una vida compartida. Porque a veces el futuro no se parece en nada a lo que habíamos imaginado. Y, sin embargo, termina siendo exactamente el lugar al que queríamos llegar.

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@cynthia.serebrinsky

Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.