“Y llegó el día en que el riesgo de permanecer encerrada en el capullo fue más doloroso que el riesgo que implicaba florecer”. Elizabeth Appell sintetizó en esta frase un proceso que hemos vivido cada vez que la vida nos llama a dar un paso más allá de lo conocido. Quedarse como estamos, encerrados dentro de nosotros mismos, ya no es una opción. Duele, incomoda, asfixia y, entonces, hacer el movimiento se vuelve inevitable.
¿De qué se trata lo que estoy viviendo? ¿Voy a quebrarme o podré resistir? ¿Cómo voy a salir de este barro? ¿Por qué no veo el cambio si me esfuerzo a diario por mejorar y crecer? ¿Qué haré con mis partes rotas?
“Preguntale a la naturaleza, allí están todas las respuestas”, dice Janine Benyus, una reconocida científica referente de la biomímesis. “La naturaleza tiene más de 3800 millones de años de experiencia creando formas de vida que se adaptan a todos los ambientes. En los momentos en que necesitamos guía y sostén podemos preguntarnos: ‘¿Cómo lo hubiera resuelto la naturaleza?’”, explica.
La bioinspiración es uno de los desprendimientos de la biomímesis. Nos propone imitar la vida en nuestra vida y observar sus procesos para comprender los nuestros.
La naturaleza misma dirigirá nuestra atención para que podamos observar el movimiento en el que encontramos espejo, resonancia y respuesta.
En este tiempo en que la naturaleza se manifiesta de forma más obvia, quisiera ponerles palabras a algunos de estos movimientos que también magnetizan los propios. Podemos aprender a autorrepararnos, a adaptarnos a ambientes hostiles, a modificar nuestras necesidades, a crecer para alcanzar la luz y a aceptar que hay un tiempo de echar raíces y otro de florecer. Parece obvio y hasta un poco cursi, pero, cuando hacemos la experiencia, cada proceso adquiere dimensiones inesperadas y de transformaciones infinitas.
¿Qué haría la naturaleza en esta situación?
He aquí algunos ejemplos para que cada uno pueda encontrar los propios.
- El bambú japonés
En la perseverancia del bambú también hay enseñanza. ¿Cuántas veces hemos sentido que, a pesar de los esfuerzos diarios por estar mejor, nada cambia? A simple vista, nada se mueve, todo está igual. Sin embargo, el crecimiento del bambú nos ayuda a comprender que, mientras parece que lo que hacemos es en vano, está sucediendo algo fundamental. Durante los primeros siete años, el bambú japonés no brota. Una persona inexperta pensaría que la semilla es infértil, pero, sorprendentemente, después de ser regado a diario durante un septenio, el bambú crece más de treinta metros en seis semanas. Durante los primeros siete años, el bambú se dedica a desarrollar y fortalecer las raíces para luego lograr ese crecimiento tan rápido y repentino.

- Junco
Más cerca de nuestra tierra se cuenta la fábula del Roble y el Junco. El Roble siempre se había jactado con mucha arrogancia de su fortaleza y robustez, mientras despreciaba al junco que crecía cerca de él. Un día, la fuerte tormenta hizo que todo aquello que él consideraba atributos fuera solo debilidad. El roble, fuerte, duro e inflexible, quedó devastado por los vientos y la lluvia. No resistió las inclemencias del tiempo y se quebró. El junco, que al parecer era débil, sobrevivió gracias a su estructura flexible y a su posibilidad de adaptación. La historia habla de dos formas de enfrentar las crisis. Una es la del roble, que se basa en su grandeza aparentemente indestructible por los privilegios estructurales con los que ha sido concebido. Otra forma es la del junco, que parece débil, pero cuya flexibilidad para fluir con la corriente y dejarse inclinar por el viento hace que jamás se quiebre.
- La flor de loto
“La flor de loto no piensa: ‘No quiero el barro’. Sabe que puede florecer tan bella solo gracias al barro. Para nosotros ocurre lo mismo. Tenemos semillas negativas en nuestro interior, el elemento del barro; si sabemos cómo aceptarlo, nos aceptamos a nosotros mismos. La flor de loto no necesita deshacerse del barro. Sin barro, moriría. Si no tenemos desechos, no podemos florecer. No deberíamos juzgarnos ni juzgar a los demás. Solo necesitamos practicar la aceptación y así progresar sin lucha. El proceso de transformación y sanación requiere prácticas continuadas. Producimos basura cada día y, por este motivo, necesitamos practicar continuamente para cuidarnos de nuestra basura y convertirla en flores”, explica Thich Nhat Hanh.
Podemos reconocer las enseñanzas en cada proceso. Cuando le hacemos lugar, la naturaleza misma dirigirá nuestra atención para que podamos observar el movimiento en el que encontramos espejo, resonancia y respuesta.
Desde hace muchos años, mi ciclo favorito es el que hacemos junto a las suculentas. En mi balcón tengo una especie de nursery, un lugar especial para incubar y acunar cada desprendimiento de las suculentas ya crecidas. Con el tiempo, de cada brote nacen tantas plantas nuevas que me despiertan preguntas inesperadas del tipo: “¿Y ahora qué hago con tanta abundancia?”.
“En ocasiones, las suculentas se dañan y desprenden algunas hojas. De forma increíble, cada una de estas partes se autorrepara y de ellas vuelven a crecer tantas plantas nuevas que se desprendieron de la original. Sin embargo, es fundamental que no las plantemos inmediatamente. Necesitamos un poco de tiempo para que se sequen, para que puedan crear callosidad y para que generen raíces; si no, se pudrirán. Permitamos que cada parte se seque durante unos días. Lo único que debemos hacer es dejarlas con apoyo para que descansen. Ellas solas harán su trabajo. Después de un período de tiempo, la zona húmeda de cada parte rota forma una piel dura. Recién entonces será cuando podamos apoyar las partes en tierra fértil, ligeramente húmeda. Es fundamental que el fragmento de suculenta descanse sobre la superficie de la nueva maceta. Si la enterramos profundamente, no crecerá”, explicaba una web dedicada a la jardinería.
En un momento difícil de mi vida, esos párrafos le dieron un nuevo sentido a eso que la vida me pulsaba a hacer. Ahora es conexión, práctica espiritual y enseñanzas para compartir.
Esta historia termina bien
Hace unos años, atravesé uno de esos momentos en que “quedarse dentro del capullo dolía más que florecer”. Un cambio drástico y doloroso se me impuso lejos de casa. El viaje de regreso fue un acto de valentía. La angustia, la incertidumbre y la desolación invadían cada célula del cuerpo.

Dejé las valijas en el medio del living, hice una respiración más profunda y abrí la puerta. Empecé a lagrimear sin parar. No podía creer lo que veía. El balcón era una explosión de vida. Los arbolitos, el jazmín, el aloe, las suculentas y todas las aromáticas estaban abiertas, florecidas, frondosas. Parecía que la vida misma se había duplicado.
En ese momento lo supe: “Algo de todo esto va a estar bien”. Ese balcón me estaba dando la bienvenida, me esperaba florecido para recordarme que, aunque yo no supiera cómo ni por qué, todo lo que estaba viviendo, de alguna forma, me iba a llevar a un mejor lugar. Había una nueva vida esperando por mí.
A pesar de cómo me sentía, pude ver en ese balcón la respuesta a todas las preguntas que se precipitaban en mi interior. Sí. Todo lo que estaba sucediendo tenía un sentido de evolución. “Ahora no sos capaz de verlo ni de saber cómo se resolverá, pero esta historia termina bien”, me dije. Y así fue.
Aun en los momentos más dolorosos e inciertos, podemos detenernos, silenciarnos y recuperar la capacidad de ver el universo manifestado en lo que nos rodea. Las respuestas que buscamos están cerca, esperando ser descubiertas.
Como las suculentas, nuestras partes rotas también se autorreparan; hay semillas germinando debajo de nuestra tierra, hay procesos de crecimiento que tardan en aparecer en la superficie. La flexibilidad también es resistencia.
Necesitamos volver a confiar en los ciclos, en que todo lo que nos sucede está a favor de nuestra evolución. Podar lo que ya no es, preparar nuestra tierra, permitir que las hojas muertas caigan y, en el momento indicado, autotrasplantarnos a un lugar mejor es una parte más del proceso mayor.
Y si aún estamos en ese tiempo en que nos sentimos hundidos, tapados y limitados, sin la fuerza necesaria para abrirnos camino, podemos recordar esa gran frase de Frida en la que ella también sintetizó un gran proceso: “Échame tierra y verás cómo florezco”.
Que así sea.

