Kicillof volvió a hacerlo. Reunió a su tropa, el Movimiento Derecho al Futuro, en la UTN de Villa Domínico, y repitió tanto el escenario como el discurso que había ofrecido, semanas antes, en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA: muchos jóvenes universitarios celebrándolo y cobijándolo como uno de los suyos, mucho discurso progresista en clave Conicet sobre los problemas sociales “provocados por la motosierra mileista”, muy poca gestión y nula presencia del aparato peronista.

Y de nuevo, lo más sorprendente, sus silencios. Reveladores de los asuntos que no quiere encarar ahora, para que no compliquen su instalación como candidato natural, inevitable, del antimileismo.

Para empezar, ni una sola mención a cómo resolvería los problemas macroeconómicos del país, si continuaría o no, o en qué medida y de qué forma, las políticas de estabilización en curso. Es decir, las preguntas que más interesan a los mercados, a los inversores externos e internos y, lo más importante de todo, a la gran mayoría de los votantes que dudan de apoyar o no la reelección de Milei, y van a decidir los resultados el año próximo. De todo eso, es decir, de lo esencial, entiende que lo mejor es no decir absolutamente nada, al menos hasta que la campaña esté muy avanzada, y lo que él cree va a suceder entonces, el descrédito de las políticas oficiales sea ya irreversible.

En segundo lugar, Kicillof no dice ni mu sobre la interna de su partido, la ignora por completo. Dando a entender que para él no existe, o no es su problema, y que la mejor respuesta a los ataques que recibe del cristianismo es el silencio. Porque, desde su perspectiva, interna en verdad no va a haber: la candidatura caerá inevitablemente en sus manos, es cuestión de esperar a que los demás sectores del partido se resignen a ella, y “vayan al pie” a la hora de negociar las listas. Cosa que, obviamente irrita sobremanera a todos esos sectores partidarios, y en particular a Cristina y los suyos, que estuvieron haciendo exactamente ese juego a costa de las demás facciones en los últimos veinte años.

Por último, y por lógica consecuencia, tampoco Kicillof habla de su candidatura. Porque si lo hiciera no ganaría nada, todo el mundo ya sabe que va a postularse, y perdería la libertad de maniobra de que hoy dispone para evitar definiciones en los dos asuntos anteriores. Así, como candidato “virtual” pero “inevitable”, cree que puede conectar con un público más amplio que el de su grupo de origen y pertenencia, evitar que los aparatos del peronismo lo entornen, y sumar adhesiones por la simple fuerza mecánica que produce la caída en desgracia del oficialismo. Puede, incluso, ser ambiguo en relación a la suspensión de las PASO, que mucho no necesita.

Claro que estas tres apuestas y silencios son también fuente de inconvenientes. Y lo serán en mayor medida si el curso de los acontecimientos no se ajusta a sus previsiones: si el programa económico no colapsa, no haber dicho nada sobre la estabilización va a ser motivo de más desconfianza de los votantes moderados; y si las tribus del peronismo se coordinan para condicionarlo, no haber sellado acuerdos con ninguna de ellas va a jugarle en contra a la hora de armar las listas y confirmar su candidatura.

Las ventajas que él tiene residen en que, por ahora, la política económica hace agua, sigue generando más malhumor que sonrisas, y los sectores internos, incluido el cristianismo, no logran coordinarse en una estrategia alternativa. Algo que desespera a la todavía jefa del partido, contra lo que intentó rebelarse una y otra vez, pero sin éxito. ¿Puede ella hacer algo más que lo que ya probó? Al menos va a intentarlo, lo único seguro es que no va a tirar la toalla.

Es que hay muchos motivos para que la expresidenta desconfíe de quien intenta sucederla, no solo en la primera magistratura, sino en el liderazgo del progresismo peronista y el PJ bonaerense, lo que el kirchnerismo dice es su corazón, y en verdad es, sino solo, principalmente, su billetera.

En primer lugar, es para Cristina inadmisible que Kicillof pretenda convertirse en presidente sin su aval, sin entregarle el resto de las listas, sin depender siquiera de su bendición. El hombre es desconfiado, y esa debe ser la principal virtud que le ha permitido sobrevivir en el ambiente en que se mueve. Así que sabe que le espera lo mismo que a Scioli, Alberto y tantos otros: que los usen y los tiren. Y además entiende que para tener realmente chances de ganar en 2027 depende de que los votantes crean que él no es un nuevo Alberto, ni un nuevo Scioli. Pero ella se hace la que no entiende.

Tal vez porque, como el Perón proscripto, la Cristina “proscripta” teme más que nada al neoperonismo.

Cristina Kirchner en San José 1111.
Cristina Kirchner en San José 1111.

En segundo lugar, sucede que ella no cree que él tenga realmente tantas chances de ganar como pretende: aunque no lo diría con palabras tan llanas como las que usó Aníbal Fernández tiempo atrás (“hay que continuar el 100% de lo que hizo Milei”), ve que para recuperar la mayoría electoral, quien sea candidato por el peronismo debe remover la desconfianza del polo estabilizador de la sociedad, todavía muy mayoritario. Diciendo algo como lo que convirtió en líder del post menemismo a Chacho Álvarez en 1995: “Me arrepiento de no haber votado la convertibilidad”. Cambiando “convertibilidad” por “ley bases”, claro.

Y Kicillof no está dispuesto a decir algo así. Porque no cree ni una décima parte de ese “100%”. Y aunque lo diga, lo haría tarde y mal, y pocos se lo tomarían en serio. Y tanto Cristina como muchos otros peronistas ven que esa es una limitación difícil de remover.

Así que ahí anda la señora, tratando de encontrarle el agujero al mate, buscando alguien con quien reemplazar al bonaerense que reúna las dos condiciones que él no cumple. Con creciente desesperación, desde que Milei se empezó a debilitar en las encuestas, en los últimos meses. Porque eso abrió la posibilidad, aunque tal vez solo sea la esperanza, de que “haya 2027” para el peronismo (como se empezó a decir en 2018 que “había 2019”, y finalmente lo hubo). Es decir, que el PJ tendrá chances de volver al poder antes de lo que se pronosticaba, pero si no mete la pata.

Y Cristina está más convencida que nunca que meter la pata sería ir detrás de Kicillof y hacerlo en sus términos. Opinión que, como dijimos, comparten otros cuantos en su fuerza.

Una buena muestra de esto es la cantidad de precandidatos que empezaron a anunciar que “se lanzan” para disputarle el lugar al kicillofismo: hace un tiempo estaba solo Uñac, y nadie le daba bolilla; ahora se sumaron Gerardo Zamora, Sergio Massa, volvió a asomar la cabeza Juan Manuel Urtubey, y todos empezaron a circular en reuniones transversales y multitudinarias del peronismo, en los medios, midiendo cuánta agua hay en la pileta, para calcular los riesgos de estrellarse contra el fondo.

El problema es que el riesgo es alto: ninguno le hace sombra a Kicillof en las encuestas. Por eso Cristina lanzó una nueva iniciativa: su propia candidatura. “Testimonial”, porque sería por completo ilegal que se presente, tanto a las generales como a una eventual PASO. Pero con el anuncio por ahora le basta: le puede servir para marcar a fuego la grieta que divide al movimiento y mientras más actores se muestren de acuerdo con su postulación, más se graficará la soledad en que navega el gobernador en ese espacio. Y le sirve también para indicarle al peronismo en general que ella está dispuesta a arrastrarlo a compartir su destino cueste lo que cueste: que no es gratis que siga presa, y el peronismo va a tener que defenderla hasta el final, aún al precio de provocar conflictos con la Justicia cada vez más agudos.

Es que Cristina teme también otro escenario, que empezó a dibujarse cuando despuntó, en competencia con el “neokirchnerismo kicillofista”, un “neoperonismo de centro”: en ocasión de una elección en Córdoba y un acto de homenaje a José Manuel de la Sota.

¿Qué chances le podrían quedar a ella, para ejercer influencia y hacerse oír, si al desafío que le plantea su ex hijo dilecto, se le suma otro, fruto de que los peronistas del resto del país se coordinan, convocados por algunos dirigentes que, para beneficio del kirchnerismo, no se hablan hace décadas, como es el caso de los cordobeses, los massistas y unos cuantos ex kirchneristas? Y lo peor de lo peor: ¿qué pito le quedaría por tocar si entre estos centristas y Kicillof se ponen de acuerdo y dejan a La Cámpora a la intemperie?

El inesperado aunque simbólico triunfo de la lista peronista en Marcos Juárez, un municipio de Córdoba que fue el kilómetro cero del macrismo, y punto de referencia desde entonces de la salud electoral de todas las fuerzas no peronistas, le dio un significado especial al encuentro por De la Sota en CABA: todos quisieron estar para la foto, y mostrar que habían entendido el mensaje de las urnas, que tienen que acordar e ir juntos. Porque el malestar económico se extiende, incluso en sectores considerados muy firmes baluartes de la coalición oficial, y hay que sacarle provecho.

El gobernador bonaerense, Axel Kicillof, encabezó un plenario federal este sábado en Avellaneda. (Foto: NA)
El gobernador bonaerense, Axel Kicillof, encabezó un plenario federal este sábado en Avellaneda. (Foto: NA)

Faltó Kicillof, porque en este tipo de reuniones “de aparato”, de movida él tiene por regla no participar. Y aunque envió como representante a su ministro de Gobierno, Carlos Bianco, no dejó de ser un error grave de su parte el faltazo: podía sacar gran provecho de la situación, mostrarse ecuménico celebrando a alguien del partido que no es de su palo, podía hacerle así un guiño a los que le reclaman moderación y más cercanía con el empresariado y la clase media no peronista, podía además mostrar que no está tan aislado como quiere Cristina, y que él puede hacer cosas que ella tiene impedidas, como moverse, conversar con todo el mundo, ir a actos multitudinarios y sacarse fotos con ellos. Pero se ve que nada de eso le interesó: entre la desconfianza que siempre lo domina, su vocación por juntarse solo con los que son como él, investigadores del Conicet y docentes universitarios, y su interés por mostrarse lejos del “aparato”, dejó pasar una oportunidad de oro.

El encuentro fue igual novedoso y potente. Y la foto que lo resumió mandó un mensaje claro, que seguro Cristina leyó con pavura: estaba ahí casi todo el peronismo con votos, el disco rígido del partido, le faltaba solo un candidato, porque había varios de los que quieren, pero ninguno que pueda, si esos se llegan a juntar con el que sí puede serlo, y lo hacen sin consultarla, sería game over para su liderazgo. Nada casualmente, al día siguiente mandó a sus nuevos abogados a batir el parche con que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU avanzaba con su caso, que pronto lo resolvería y ella “podría quedar habilitada al menos para presentarse a las PASO”.

Obviamente, un delirio. No habrá habilitación de ningún tipo. Ni siquiera en el remotísimo caso que esa Comisión decida a velocidad del rayo un caso recién presentado. Pero esos detalles jurídicos importan poco y nada. Lo que importaba era demostrar que no piensa tirar la toalla y no va a permitir que se la haga a un lado. Que cualquier movimiento en el partido tiene que contar con su decisivo aval e intervención protagónica.

¿Y el resto de los peronistas que va a hacer? ¿Podrían realmente coordinarse para juntar el agua y el aceite, los cada vez más dispersos gobernadores del interior con el único aspirante a presidente que tiene popularidad para competir? ¿Puede juntarse la foto de Axel en la UTN con la foto del homenaje a De la Sota, casi el último gran gestor del peronismo que logró llevarse bien con los empresarios y las clases medias no peronistas?

Si algo así llegara a suceder provocaría un cambio realmente importante en esa fuerza y en la política del país. Si además esa conjunción adoptara el discurso que propuso Aníbal Fernández hace tiempo, pero nadie recogió, que hay que continuar el esfuerzo estabilizador hecho por Milei, no tirarlo por la borda, porque es el esfuerzo de los argentinos, ya la novedad sería total. El asunto es que ni Cristina, ni Massa, ni Zamora, ni mucho menos Kicillof están en esa. Están en muchos juegos distintos, ninguno tan innovador, y ninguno muy comprensible para los que realmente van a decidir la próxima elección.

Esto también se dejó ver en el encuentro delasotista y en el acto del MDF en la UTN: hay tantas facciones internas en el peronismo de hoy como posiciones sobre el futuro político y económico del país, y nadie coordina, si hay tantos candidatos es porque no hay ninguno, y si se les preguntara por lo que harían con la economía en caso de vencer a Milei, disparan seguro para tres o cuatro lados distintos.