
El 18 de septiembre de 1965, la televisión estadounidense estrenó una serie protagonizada por un agente secreto que no entendía nada de lo que hacía, usaba un zapato como teléfono y, sin embargo, siempre terminaba ganando. Esa noche, la cadena NBC emitió el episodio piloto de Get Smart —conocida en América Latina como El Superagente 86— y el mundo de las comedias televisivas no volvió a ser el mismo.
El primer episodio se llamaba “Mr. Big” y presentaba a Maxwell Smart, el Agente 86, como un espía voluntarioso, irremediablemente torpe y dotado de una confianza en sí mismo inversamente proporcional a su competencia. A su lado, la Agente 99 —inteligente, sagaz y con una paciencia que rozaba lo sobrehumano— y el Jefe, cuya resignación ante los desaciertos de su subordinado era, en sí misma, una forma de heroísmo.
La historia de cómo Get Smart llegó a la pantalla es casi tan disparatada como sus propios episodios. Todo comenzó en 1964, cuando el productor Daniel Melnick, de la productora Talent Associates, llamó a Mel Brooks con una propuesta concreta. “Necesitamos una nueva serie y queremos que la escribas. El Inspector Clouseau y James Bond son lo más grande del mundo ahora. ¿Tenés alguna idea?”, le dijo, según recordó el propio Brooks en una entrevista por el 60° aniversario de la serie.

Brooks aceptó y eligió como colaborador a Buck Henry, un escritor que, según sus propias palabras, era “loco, rápido y diferente”. La dupla tenía un método de trabajo tan simple como eficaz: si los dos se reían, el chiste entraba. Si solo uno se reía, quedaba afuera. Y si ninguno se reía, ni hablar. También tenían otro incentivo para no apurarse: Talent Associates había reemplazado la mesa de reuniones de su oficina por una mesa de billar, y Henry era muy buen jugador.
El piloto estuvo listo en pocos meses y fue a parar a la cadena ABC, que lo rechazó. El canal de TV exigía que Maxwell Smart tuviera madre, un elemento de anclaje familiar que, según Brooks, hubiera convertido la serie en “una típica comedia hogareña”. Eso era exactamente lo que no querían. “Nadie había hecho jamás un programa centrado en un idiota, así que yo decidí ser el primero”, explicó Brooks al medio.
La salvación llegó por azar. Brooks se cruzó con Grant Tinker, de NBC, en el Beverly Hills Hotel. Tinker le preguntó si tenía algo guardado. “Resulta que tenemos una serie nueva y muy graciosa que ABC acaba de rechazar”, le respondió. NBC vio el piloto, lo amó y le dio luz verde.

El casting de Maxwell Smart también tuvo sus vueltas. ABC había pensado originalmente en Tom Poston para el papel, con un perfil más inclinado a la torpeza física. Pero NBC tenía otro candidato: Don Adams, que por entonces interpretaba a un detective inepto en El show de Bill Dana.
Adams no solo trajo su talento: trajo también parte del material. “La frase ‘¿Me creería usted si le dijera…?’ era algo que trajo del sketch que hacía en su programa anterior”, reveló Buck Henry años después. Con Adams en el rol, la comedia se apoyó en los gestos, en las frases lapidarias y en una gestualidad que parecía diseñada para llamar la atención de los criminales antes que para evitarla.
La negociación del salario fue otra escena digna de la serie. La productora le ofreció un monto ajustado más un porcentaje de las ganancias futuras, en caso de que la serie prosperara. Adams aceptó. Y la apuesta le resultó rentable durante décadas.
La decisión de que Adams no cobrara un cachet alto sino una participación en los beneficios no fue la única jugada riesgosa que resultó bien. Barbara Feldon, quien encarnó a la Agente 99, tampoco llegó al papel sin dudas. Venía de trabajar como modelo y había participado en algunos episodios de la serie El agente de CIPOL, pero la idea de firmar un contrato de cinco años la inquietaba. “¡Y que cuando terminara ese tiempo iba a ser una anciana!”, dijo la actriz. Finalmente aceptó por cuatro episodios y después no pudo irse.
Mel Brooks se atribuyó la paternidad del zapatófono con total desparpajo. Un día, en la oficina, todos los teléfonos sonaban al mismo tiempo. Brooks se sacó el zapato y fingió atenderlo. Supo de inmediato que era la peor ubicación posible para un teléfono secreto y que, justamente por eso, iba a funcionar de maravilla en la serie. Don Adams le contó años después que no podía sentarse a comer en un restaurante sin que alguien se sacara el zapato y lo saludara.
El Cono del Silencio fue una idea de Buck Henry: una gran cúpula transparente que descendía sobre Max y el Jefe para proteger sus conversaciones secretas. El problema era que, una vez adentro, ninguno de los dos podía escuchar al otro. Era, en definitiva, el resumen perfecto de la filosofía de CONTROL.
En el piloto “Mr. Big” quedaron establecidas las bases del universo: CONTROL como agencia de inteligencia —una sátira de la CIA— enfrentada a KAOS, su contraparte del mal —una versión paródica del KGB soviético—. La confrontación se desarrollaba en un clima de Guerra Fría en el mundo real que la serie ridiculizaba chiste a chiste, con gadgets tan avanzados tecnológicamente como inútiles en la práctica.

Brooks explicó que la dinámica entre los personajes no fue casual. En su época trabajando con Sid Caesar había aprendido que los “palos derechos” —los personajes serios que reaccionan ante el disparate— son los que potencian al cómico principal. Ed Platt como el Jefe y Barbara Feldon como la 99 cumplieron exactamente esa función: eran el tablero contra el que Adams rebotaba.
La repercusión de El Superagente 86 no tardó en cruzar fronteras, y la Argentina tuvo su propio episodio dentro del universo de la serie. En “Supersonic Boom”, el sexto capítulo de la tercera temporada, los agentes de CONTROL son engañados por KAOS, que los hace creer que viajaron a Sudamérica cuando en realidad nunca salieron de Washington.
La trampa funciona así: con los ojos vendados, Max y la 99 son subidos a un auto falso, luego a asientos de avión con sonido de turbinas incluido y finalmente encerrados en un calabozo. Cuando la 99 recuerda que el aeropuerto de Ezeiza queda en Buenos Aires, Max ata los cabos: “El aeropuerto de Ezeiza, el calor, el largo viaje, el hombre llamado ‘Gaucho’... 99, esto puede producirte un shock, pero creo que estamos en mi Buenos Aires querido”.
Sin dudarlo, toma el zapatófono y llama al Jefe: “Estamos en la tierra del tango y del churrasco, en la Argentina”. Desde CONTROL le avisan que enviarán todas las fuerzas disponibles.

Lo que sigue es una de las escenas más queridas de la serie en estas latitudes. Max, convencido de estar en Buenos Aires, intenta hablar con un transeúnte con acento porteño: “El palacio de Gobierno, viejo amigo, decime dónde se encuentra el palacio de Gobierno”. El hombre le responde que no habla español. La ilusión se desmorona. Y Max, al volver a la realidad, solo atina a decir: “Me habían dado ganas de comer churrasco”.
Ese sabor local tan preciso no fue solo mérito de los guionistas estadounidenses. El actor mexicano Jorge ‘El Tata’ Arvizu, que prestó su voz para el doblaje al español, agregó condimentos propios que le dieron a la serie una calidez particular para el público hispanohablante. Sus referencias al tango y al churrasco se volvieron parte del imaginario de varias generaciones de televidentes argentinos.
El éxito de El Superagente 86 fue inmediato y arrasador. La serie acumuló catorce nominaciones al Emmy y ganó siete, entre ellos dos premios a Mejor Comedia y tres consecutivos para Don Adams como mejor actor —un récord para la época—. También se llevó el Emmy al mejor guionista para Buck Henry y a la mejor dirección.
Adams nació como Donald James Yarmy en Nueva York el 13 de abril de 1925. Antes de ser Maxwell Smart fue marine en la Segunda Guerra Mundial, peleó en Guadalcanal y contrajo fiebre de aguas negras, una enfermedad que casi lo mata y lo tuvo internado casi un año en un hospital militar del Pacífico. Pocos de sus compañeros de regimiento sobrevivieron. Después de la guerra se convirtió en comediante de clubes, especializado en humor de salón, antes de que la televisión lo encontrara.

Mel Brooks se retiró del equipo después de la primera temporada para volcarse al cine. Buck Henry lo siguió poco después. Sin esos dos motores creativos, la serie comenzó a transformarse. El romance entre Max y la 99 fue ocupando el espacio que antes llenaba el absurdo puro, y en la cuarta temporada los protagonistas se casaron. La NBC canceló la serie tras 26 episodios de esa temporada, pero la CBS le dio un año más de vida. En la quinta temporada, el 86 y la 99 tuvieron gemelos. El 15 de mayo de 1970, tras 138 episodios, CONTROL bajó la persiana.
En la Argentina, la serie cosechó fanáticos durante décadas. Tanto que en 2004, cuando Telefé apostaba por versiones locales de comedias extranjeras —acababa de estrenar su propia La Niñera con Florencia Peña—, el canal avanzó en las negociaciones para producir una versión argentina de El Superagente 86. El convocado para el papel principal fue Julián Weich, que había terminado la conducción de Trato Hecho en esa misma pantalla meses antes. El proyecto nunca se concretó.

En 2008, el actor Steve Carell se transformó en el 86 para el cine, con Anne Hathaway como la 99. La película rescató lo mejor del universo de CONTROL y KAOS sin pretender superarlo. Y Don Adams, que falleció el 25 de septiembre de 2005, ya había encontrado otra forma de seguir siendo un incompetente adorable: desde 1983 prestó su voz al Inspector Gadget, otro héroe que no entendía muy bien lo que hacía y que, por alguna razón que el público siempre supo apreciar, igual terminaba salvando el día.




