En 1931, la crisis de la lana y la Gran Depresión forzaron el abandono de una granja en la isla Campbell, un territorio inhóspito y aislado al sur de Nueva Zelanda. El último encargado, John Warren, y sus empleados quedaron varados durante dos años, hasta que pudieron ser rescatados. Al irse, dejaron atrás las instalaciones y a todos los animales: cerca de 4.000 ovejas y varias docenas de vacas quedaron libradas a su suerte en un entorno hostil, azotado por vientos y humedad constantes.

Sin intervención humana, los animales debieron adaptarse para sobrevivir. El terreno, difícil de abastecer y con costos elevados para mantener personal, se convirtió en un laboratorio natural de evolución forzada.

De animales domésticos a ovejas salvajes: la transformación en la isla Campbell

Con el paso de las décadas, las ovejas abandonadas experimentaron cambios notables. Un estudio publicado en el New Zealand Journal of Ecology reveló que, tras una fuerte mortandad inicial, la población se redujo a unos 1.000 ejemplares en 1961. Sin embargo, el rebaño logró recuperarse y multiplicarse con el tiempo.

El aislamiento provocó una evolución acelerada: las ovejas comenzaron a reproducirse a edades más tempranas y desarrollaron la capacidad de mudar su lana de manera natural, sin necesidad de esquila. La falta de selección artificial y de refugios humanos obligó a la naturaleza a seleccionar los rasgos más aptos para el entorno extremo.

Este fenómeno despertó el interés de la comunidad científica, que vio en la isla una oportunidad única para estudiar cómo un rebaño criado por el hombre se adapta cuando queda completamente expuesto a la naturaleza.

Los investigadores estaban asombrados (Foto: Gemini).
Los investigadores estaban asombrados (Foto: Gemini).

El impacto ambiental y la decisión de sacrificar el rebaño

En los años setenta, la situación dio un giro cuando los ecologistas advirtieron que las ovejas estaban devastando la flora autóctona y alterando el ecosistema de la isla. Para intentar frenar el daño, las autoridades instalaron una gran valla que dividió el territorio y permitió estudiar la recuperación del suelo en distintas zonas.

Por último, el gobierno resolvió sacrificar a la mayoría de los animales para proteger la vegetación y restaurar el equilibrio ambiental. La medida buscó evitar el colapso ecológico de la isla, cuyos valles y colinas estaban cubiertos por matorrales únicos y especies vegetales en peligro.

El rescate científico: diez ovejas y una nueva oportunidad

En el verano de 1975, un grupo de investigadores viajó a la isla con un objetivo: salvar algunos ejemplares que habían desarrollado características excepcionales. Eligieron diez ovejas y las trasladaron en barco a Nueva Zelanda, donde fueron criadas en condiciones controladas.

El propósito era preservar los rasgos adquiridos durante décadas de aislamiento, como la resistencia a infecciones y la muda natural de lana, considerados valiosos para futuras investigaciones y la mejora genética de la especie.