Hans Gernot Schenk, el ciudadano colombo-alemán que se salvó de perder la vida en el World Trade Center porque llegó tarde a trabajar el 11 de septiembre de 2001 - crédito Imagen Ilustrativa Infobae

Hans Gernot Schenk llegó 10 minutos tarde a su oficina en la Torre Norte del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. No obstante, esa demora le salvó la vida, luego de que el edificio fuera impactado por un avión comercial previamente tomado por el grupo terrorista de al Qaeda, aunque dos de sus colegas no tuvieron la misma suerte.

El colombo-alemán de 55 años guarda todavía una pequeña llave de bronce, una tarjeta de acceso y un celular Nokia de aquella época. Objetos cotidianos que se convirtieron en reliquias de un día que lo partió en dos.

La noche anterior a la tragedia definió los minutos que lo separaron de la muerte

Días antes del ataque, la empresa había enviado un comunicado que pedía a los empleados llegar antes de las 9 am. Schenk cumplió, pero había pasado la noche fuera de su casa. Eso lo hizo llegar unos minutos más tarde de lo habitual.

“Analizo el tiempo, los minutos y los choques y sé que eso tuvo un impacto en el desenlace para cada uno”, dijo a BBC Mundo. La persona con quien cenó esa noche comprende el peso de esa coincidencia y cada 11 de septiembre, desde entonces, le envía un mensaje. No se volvieron a ver hasta 2012 o 2013, cuando finalmente pudieron hablar de lo ocurrido.

Hans Gernot Schenk, el colombo-alemán que sobrevivió al ataque a las Torres Gemelas porque llegó tarde a trabajar ese día - crédito @ecuavisanoticias/IG

Estaba a 25 metros del lobby cuando la gente empezó a correr

Schenk caminaba por el centro comercial subterráneo debajo de las torres cuando vio a las personas correr en pánico hacia él. Calculaba que estaba a unos 25 metros de las puertas giratorias de la Torre Norte.

“Lo que más me impactó fue ver a las mujeres con sus vestidos y con sus carteras corriendo”, relató al medio británico. Buscó la salida hacia la calle, miró hacia arriba y vio humo negro. La altura le impidió entender la dimensión de lo que ocurría. Se quedó de pie entre las dos torres mientras la plaza se llenaba de gente.

La explosión del segundo avión le pasó por encima de la cabeza

No vio al segundo avión estrellarse. Solo vio la explosión que salió del otro lado del edificio. “Esa explosión pasa encima de mi cabeza”, contó a BBC Mundo. Una nube negra y roja se extendió sobre él mientras papeles y objetos volaban en todas direcciones.

Hans Gernot Schenk estaba a 25 metros de la entrada del World Trade Center cuando se estrelló el segundo avión - crédito SETH MCALLISTER / AFP)

Su reacción fue instintiva: se cubrió la cabeza y corrió hacia unas escaleras que bajaban al metro. Saltó el torniquete sin detenerse. “Parecía un gimnasta profesional. Es algo que se me quedó en la mente siempre”, recordó ante el medio.

En el andén solo había una mujer. Le dijo que no saliera porque había bombas. Dos estaciones más adelante, en Canal Street, dos jóvenes que lloraban le confirmaron que aviones de pasajeros se habían estrellado contra las torres. Tomó otro tren y fue a su casa.

Desde niño miraba fascinado las fotos de las torres más altas del mundo

Schenk había estudiado Geografía Humana, Economía y Logística en Alemania y dominaba tres idiomas. Con ese perfil consiguió una práctica en una empresa alemana de logística internacional mientras cursaba estudios en la Universidad de Nueva York.

Al terminar, le ofrecieron el cargo de gerente de ventas regionales en el World Trade Center.

Una tarjeta de presentación de Hans G. Schenk y una llave del World Trade Center evocan su trabajo en las Torres Gemelas de Nueva York previo al 11 de septiembre. (Imagen Ilustrativa Infobae)

“¡No lo podía creer! Estaba extasiado”, dijo a BBC Mundo. La oficina era la 3271, en el piso 32 de la Torre Norte, una tarjeta que todavía conserva. El equipo era de unas 25 personas y solían frecuentar el restaurante Windows of the World, en los pisos 106 y 107 del mismo edificio.

Inga murió por las quemaduras. A Eddie lo identificaron por su credencial en un elevador

El fin de semana siguiente al ataque, parte del equipo se reunió en una oficina cercana al aeropuerto JFK. Al contar quiénes habían llegado, faltaban dos personas.

Una era Ingeborg Joseph, conocida como Inga, quien había sido su jefa durante la práctica y lo había entrenado. Sobrevivió el impacto inicial pero sufrió quemaduras graves y murió semanas después en el hospital. Sus compañeros nunca pudieron visitarla.

El otro fue Eddie Reyes, un puertorriqueño que llevaba apenas dos semanas en la empresa. Encontraron su identificación en uno de los elevadores.

Vista del Monumento Nacional al 11-S en el World Trade Center en Nueva York (EE.UU.). Fotografía de archivo. EFE/Mike Segar/Pool

Schenk cree que Inga estaba en el lobby frente a los ascensores cuando el primer avión impactó. La explosión entró por los túneles de los ascensores y estalló en la planta baja. Por eso, cuando él se acercaba al edificio, la gente ya salía corriendo.

La empresa ordenó seguir operando como si nada hubiera ocurrido

Los ejecutivos de la compañía, incluido su presidente, no estaban en Nueva York el día de los atentados. “La directriz fue continuar haciendo negocios como si no hubiera pasado nada. La empresa no entendió el shock en el que estábamos ni el duelo”, contó al medio.

En noviembre de 2001, Schenk renunció. En diciembre regresó a vivir a Alemania.

El cuerpo registró durante años lo que la mente intentó ignorar

El Año Nuevo en Berlín fue la primera señal. Fue con amigos a ver los fuegos artificiales y no pudo mirar hacia arriba. “Mi sensación fue tan horrible que no se lo comenté a nadie, pero solo escuchar las explosiones de la pólvora era tan fuerte que no podía siquiera mirar hacia arriba”, confesó a BBC Mundo. Después vinieron los nervios en los aviones y la tensión constante al ir de copiloto en un carro.

El atentado a las Torres Gemelas cambió la perspectiva de seguridad en los Estados Unidos y, en el colombo-alemán, el sentido de culpa por haberse salvado - crédito Spencer Platt/Getty Images

En octubre de 2002, tras un viaje a Nueva York, se le desencadenó un episodio severo de psoriasis, una condición autoinmune que no sabía que tenía. Prácticamente todo su cuerpo, salvo manos y cara, se cubrió de lesiones.

El momento más revelador llegó en 2004, en un cine de Río de Janeiro, durante la proyección de Fahrenheit 9/11, el documental de Michael Moore. La película comenzó con audios del ataque. Al escuchar el sonido del impacto del segundo avión, Schenk se lanzó al suelo entre las butacas sin pensarlo.

“Creo que mi cerebro debió reconocer esa explosión a un nivel que yo mismo no tengo conciencia”, explicó al medio. No fue una decisión racional. Fue una fracción de milisegundo.

La culpa de haber sobrevivido no desaparece con los años

Veinticinco años después, Schenk describe su relación con la supervivencia como algo que no se resuelve. “Tengo momentos de extrema felicidad, de agradecimiento y de optimismo. Y a veces siento que no es justo. ¿Por qué yo sí y por qué otros no?”, reflexionó ante BBC Mundo.

La llave de bronce, la tarjeta del piso 32 y el celular Nokia siguen guardados. Son los únicos restos físicos de una oficina, de dos colegas y de una versión de su vida que el 11 de septiembre destruyó para siempre.