
Se hace difícil escribir estas líneas, porque traen memorias muy lejanas, personales, entrañables: porque la oscilación de la historia todo lo remueve, y la partida de una persona importante en nuestras vidas (o en alguna de nuestras propias versiones), también. Lo conocí a Carlos Alonso, quien falleció hace unos días, a finales de los 80, cuando él era ya, por supuesto, un artista super consagrado, un maestro cuyas obras todos estudiamos en las escuelas de Bellas Artes, en los talleres, academias y universidades. Un artista cuyo libro de formato cuadrado -de 1986, Ediciones Gaglianone–, resultaba fundamental para quienes dibujábamos. Y aún hoy sigue siendo material obligado en todas las bibliotecas de artistas.
Por ese entonces yo tenía unos 14, 15 años, era estudiante del Bachillerato de Bellas Artes de la UNLP y, como mencioné, dibujaba. Era una pequeña artista a quien, llegado un punto, los profesores del bachillerato sugirieron que fuese a ver a Carlos Alonso, para que me guiara. Así, preparé mis dibujos, mis carpetas, junté mi propia plata para el pasaje, y partí desde La Plata (en donde vivía), hacia Unquillo, con campera de jean y dos trencitas. Recuerdo el día en que llegué a Còrdoba. Era otoño. Lloviznaba. Hacía frío. Los árboles tenían pocas hojas. Recuerdo cómo Carlos me esperó y me recibió arriba, en su casa, en su colina, después de trepar el camino del parque; amable, generoso, abierto. Luego, con paciencia, con curiosidad, con bondad, miró todos mis dibujos, mis bocetos, y (para mi sorpresa y alegría), aceptó guiarme en ese apasionante, difícil e infinito camino abierto, desafiante, que es el dibujo. Y ahora, atisbando el pasado y poniéndome en su lugar, recreo la escena, me emociono y sonrío.
Durante los tres años siguientes me encontré con Carlos muchas veces, en Unquillo y también en su taller de Buenos Aires. Siempre miraba mis dibujos, los analizaba y hacía comentarios exactos, agudos, precisos. Y debo decir que era exigente. Me daba ejercicios, muchísimos. Pedía. Pedía mas. Pero antes que técnica, lo que Carlos me pedía era que aprendiera a mirar, a descifrar, comprender; a desarmar. A escudriñar con mucha, mucha profundidad, con mirada penetrante, desguazadora, el mundo; lo que nos rodea. Sus ejercicios demandaban un nivel de profundidad íntima muy grande. Y por supuesto, en sintonía con todo esto, lo primero que me dijo en nuestro inaugural encuentro formal -con un ejercicio en el que, además, me mantuvo un par de años, hasta que me hice y deshice en mil formas-, fue: “Autorretratos. Hacé autorretratos”. Claro. Nada más cercano y nada más difícil que el camino de los autorretratos. Recuerdo que en los encuentros siguientes me habló sobre los trabajos analíticos, abismales, de los dibujantes renacentistas alemanes. No sobre la línea, sino sobre la mirada abisal, profunda.

Si yo pensaba que los ejercicios con Carlos iban a enseñarme a ser expresiva, a usar la línea libre, suelta, gestual, volante, como la usaba él, me equivocaba completamente. Porque no se trataba de la línea, sino de un ejercicio de ingreso, adentramiento, exploración y desmenuzamiento del mundo y de los seres humanos. Era muy chica entonces. Me llevó décadas comprenderlo.
Ya adulta, mucho más tarde, lo crucé a Carlos repetidas veces, en ocasiones distintas, y en muchas versiones de mí misma. La última larguísima charla que mantuve con él fue cuando realizó Vida de pintor, esa gran exposición de 2018 en el Museo Fortabat. Entonces me habló a pura desnudez, a calzón quitado, y (debo decir), con algo de desilusión, sobre algunos temas respecto al mundo o a los mundos del arte. Me habló de su obra, de la carrera, de su vida, de Paloma. Una parte de esa charla la escribí y publiqué en dos grandes entrevistas, en una revista cultural.
Durante esos diálogos sentí que Carlos estaba algo gris, porque algunos de los sistemas del arte locales todavía no lo habían contemplado como se merecía. Y tenía razón. Durante ese mismo año recibió el Premio Nacional a la Trayectoria Artística de la Secretaría de Cultura de la Nación. Al año siguiente, realizó Carlos Alonso. Pintura y memoria, en el Museo Nacional de Bellas Artes. Más tarde se crearon innumerables notas y entrevistas sobre su obra, sobre él. Se publicaron catálogos importantes, detallados. De alguna forma su historia, sus obras, se dinamizaron.
Tengo memorias variadas sobre Carlos. Siento que era demasiado pequeña cuando lo conocí, y que en ese momento no pude comprenderlo, abarcarlo del todo. Con el paso del tiempo pude asomarme con mayor sabiduría a su vida. Sé que lo que sentí en esa primera visita a Unquillo, a mis 14 años, fue cierto: era el día, que atardecía. Era la noche, que avanzaba. Los árboles del parque de su casa oscurecían. Todo se tornaba violáceo: Munch. Sentí que Carlos a veces se oscurecía también. Tiempo después supe que la tierra, la naturaleza, la distancia, su refugio en Córdoba, lo salvaron. El arte lo salvó, la pintura lo salvó, los propósitos a través de la pintura lo salvaron. Recuerdo su exposición de 1986, de pinturas enormes, paisajes inmensos, en la galería Palatina: esa fuerza, esos cielos, los horizontes… Los gestos ampulosos libres, llenos de energía. Vitales. Dejar atrás el silencio, la no-pintura de algunos años, y hacer posible un retorno muy potente, muy bello.
Le doy las gracias enormes a Carlos, quien me guió tan generosa y modestamente cuando era pequeña, en el interminable arte del dibujo, en el entrenamiento de la mirada. Le agradezco y recuerdo con dolor su inmenso dolor. Celebro la enorme belleza, la prolífica obra que, a pesar, supo crear. Lo sigo viendo y reconociendo a él en su versión más tajante, más desgarrada, más auténtica, cuando visito cuatro momentos suyos: el retrato de su maestro Lino E. Spilimbergo en el Museo Nacional de Bellas Artes; sus ilustraciones/dibujos del Martín Fierro, de El Matadero y de la Divina Comedia; todas las obras de la serie Manos Anónimas en la sala del Museo Evita Palacio Ferreyra de Córdoba; y la pintura, el retrato de 1979 de Paloma, su hija desaparecida.




