Los chicos llegaron con sus padres y sus maestros. Algunos llevaban flores. Lo que nadie sabía era que un grupo de terroristas chechenos llevaba semanas entrenando en los bosques de la república vecina de Ingushetia, y que esa mañana se dirigía hacia allí.

A las 9.11, un camión militar frenó frente a la escuela. Bajaron unos 35 hombres armados con rifles Kaláshnikov, con pasamontañas negros. Otros aparecieron de la nada. Al principio, algunos chicos creyeron que era una broma o un simulacro. Hasta que los adultos empezaron a correr.
“Los niños primero corrieron hacia ellos y luego corrieron hacia nosotros en la escuela. En unos momentos, estábamos rodeados”, contó después Vala Hosanova, que ese día había llevado a su sobrino pequeño, Borik, a la celebración.
Unas 50 personas lograron escapar en el caos inicial y alertaron a la policía. El resto, alrededor de 1.200 personas entre alumnos de entre 7 y 18 años, padres, maestros y funcionarios locales, fue empujado a punta de arma hacia el gimnasio. Un espacio de apenas 10 metros de ancho por 25 de largo.
Una vez adentro, los terroristas ordenaron entregar todos los teléfonos celulares. Luego instalaron bombas en las paredes, en las entradas y en el centro del gimnasio: dos grandes contenedores con explosivos plásticos. También colgaron artefactos de los aros de básquet. Los rehenes estaban literalmente rodeados de explosivos.

Los líderes del grupo se identificaron ante los rehenes con nombres de guerra: Magas, Fantomas y Abdullah, apodos asociados a jefes del señor de la guerra checheno Shamil Basáyev, quien había organizado el ataque desde afuera pero no había ido a Beslán.
Para dejar en claro que no estaban jugando, mataron de un tiro a un hombre que había escondido su celular. “Mataremos de 20 a 40 de ustedes si encontramos otro teléfono”, advirtió una de las terroristas, que junto a otras dos mujeres llevaba cinturón de explosivos.
Las condiciones dentro del gimnasio se volvieron rápidamente insoportables. Los terroristas rompieron las canillas para impedir el acceso al agua. Con el calor y el hacinamiento, los rehenes llegaron a escurrir su ropa para beber el sudor. Los chicos tomaron orina.
Afuera, las fuerzas de seguridad rusas establecieron un perímetro con vehículos blindados y francotiradores. A ellos se sumaron, de manera caótica, vecinos armados que querían rescatar a sus familias por su cuenta.

El 2 de septiembre el presidente ruso Vladimir Putin canceló un viaje a Turquía y habló por televisión. “Nuestra tarea principal es, por supuesto, salvar la vida y la salud de aquellos que se convirtieron en rehenes”, dijo, y dio la impresión de estar dispuesto a negociar. Pero lo que ocurría puertas adentro de la operación era otra cosa.
Según documentos internos obtenidos por el diario independiente ruso Novaya Gazeta, el Ministerio del Interior ruso había recibido información cuatro horas antes del ataque sobre un plan terrorista contra una escuela en Beslán. La información provenía de un hombre arrestado en Chechenia. No hicieron nada.
El presidente de Osetia del Norte, Alexander Dzasokhov, quiso negociar directamente con los terroristas, pero el Servicio Federal de Seguridad —el FSB, sucesor del KGB— lo excluyó del cuartel de crisis y amenazó con arrestarlo si intentaba acercarse a la escuela.
Dzasokhov logró, sin embargo, que el ex presidente de Ingushetia, Ruslan Aushev, entrara al edificio el 2 de septiembre. Aushev salió con 26 rehenes, 15 de ellos niños. También sacó una nota con las condiciones de Basáyev: independencia formal para Chechenia a cambio de garantías de seguridad para Rusia, sin acuerdos militares contra Moscú y permanencia en la zona del rublo. La existencia de esa nota fue ocultada al público. Las autoridades rusas afirmaron públicamente que los terroristas no habían presentado ninguna exigencia.

Al mediodía del 3 de septiembre, el ex presidente checheno Aslán Masjádov hizo saber que estaba dispuesto a viajar a Beslán para mediar. Dzasokhov transmitió la oferta al general del FSB a cargo de la operación. Los rusos no respondieron. Una hora después comenzó el asalto final.
Mientras tanto, dentro de la escuela, los terroristas habían subido a 20 rehenes varones al segundo piso, los fusilaron y arrojaron sus cuerpos por las ventanas. Luego advirtieron que matarían a cincuenta rehenes por cada terrorista que cayera.
A la una de la tarde del 3 de septiembre, las autoridades locales recibieron permiso de los terroristas para retirar los cuerpos que llevaban dos días frente a la escuela. Minutos después, dos explosiones sacudieron el edificio. El techo del gimnasio se derrumbó sobre cientos de rehenes. Lo que siguió fue una carnicería.
Los sobrevivientes y testigos acusaron desde el primer momento a las fuerzas rusas de haber usado carros de combate, lanzagranadas y lanzallamas durante el rescate, con rehenes todavía adentro. Cuando las autoridades negaron el uso de lanzallamas, los sobrevivientes presentaron ante el tribunal los tubos usados encontrados cerca de la escuela.

El análisis sobre el particular lo hizo Yuri Saveliev, el único experto en física de la combustión que integraba la comisión parlamentaria federal de investigación. Saveliev concluyó que la primera explosión fue provocada por un disparo de lanzallamas efectuado desde el quinto piso de un edificio cercano a la escuela, a la 1.03 de la tarde. La segunda explosión, 22 segundos después, fue causada por una granada de fragmentación disparada desde otro edificio de la misma calle, con un equivalente en dinamita de 6,1 kilogramos. Esas dos explosiones provocaron el derrumbe del techo del gimnasio y la muerte de la mayoría de los rehenes. La orden de apagar el incendio no llegó sino dos horas después. Rehenes que podrían haber sido salvados murieron quemados.
Saveliev calculó además que otros 106 a 110 rehenes murieron cuando los terroristas los trasladaron del gimnasio en llamas a la cafetería de la escuela, que quedó bajo fuego intenso de las fuerzas de seguridad con lanzallamas, lanzacohetes y tanques. Su análisis sostiene que al menos el 80% de los rehenes murió por el fuego indiscriminado de las fuerzas rusas.
Cuando presentó sus conclusiones ante la comisión, el presidente de aquella, Alexander Torshin, lo acusó de “falsificación deliberada”. Saveliev las publicó de forma independiente.

El teniente coronel Andrei Galageyev, de las fuerzas especiales rusas, describió la escena al diario Kommersant: “Cuando entramos al gimnasio había muchos niños en el suelo, estaba lleno de ellos. He estado en guerra desde 1994, pero nunca había visto algo así. Había docenas de cuerpos destrozados, algunos de ellos todavía ardiendo”.
El saldo final fue de 334 muertos, 186 de ellos niños, y más de 700 heridos. De los 32 terroristas, 31 murieron. El único capturado con vida fue Nur-Pashi Kulayev.
El día después del asalto, el 4 de septiembre, las topadoras llegaron a la escuela y juntaron los escombros del edificio, que incluían cuadernos de los chicos y partes de cuerpos, y los llevaron a un basural en las afueras de la ciudad.
Los sobrevivientes querían justicia. Lo que encontraron fue una versión oficial que cargaba toda la responsabilidad sobre los terroristas, eximía a los funcionarios de cualquier culpa y los ascendía de rango.

El juicio a Kulayev se abrió el 18 de mayo de 2005. Era el único imputado. El 16 de mayo de 2006 fue declarado culpable de terrorismo y otros cargos, y el 26 de mayo de ese año fue condenado a cadena perpetua.
En diciembre de 2006, la comisión parlamentaria rusa publicó su informe: culpó a los guerrilleros chechenos por el alto número de muertos y exoneró a las fuerzas de seguridad. Las familias de las víctimas lo denunciaron como una operación de encubrimiento.
La respuesta más contundente llegó once años después. El 4 de abril de 2017, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ordenó a Rusia pagar casi 3 millones de euros a las familias de las víctimas. El tribunal determinó que las autoridades rusas habían cometido “graves fallas” en su respuesta al ataque, que esas fallas contribuyeron directamente a las bajas entre los rehenes, y que Rusia no había hecho lo suficiente para prevenir el ataque pese a contar con “información suficientemente específica sobre un ataque terrorista planificado en la zona, vinculado a una institución educativa”. En septiembre de 2017, Rusia anunció que acataría el fallo y pagaría la indemnización.
Tuvieron que pasar dos décadas para que Putin pisara las ruinas de la Escuela N°1. Lo hizo en agosto de 2024, solo, sin actos públicos ni familias presentes. Colocó flores bajo una cruz de madera en el centro del gimnasio destruido, ante las fotografías enmarcadas de los muertos.

Solo tres madres fueron llevadas a encontrarse con él. Ante las cámaras de la televisión estatal, Putin describió la tragedia y dijo: “De esa cifra, 136 eran niños”. Se equivocó. Fueron 186. Es una cifra que en Beslán nadie olvida.
En los días posteriores al asedio, en 2004, Putin había volado de noche a visitar un hospital, al amparo de la oscuridad, y al amanecer ya se había ido. Las familias en duelo dijeron entonces que había llegado demasiado tarde y que debería haberse quedado. No se quedó.
Lo que sí hizo, apenas terminado el asedio, fue anunciar la cancelación de las elecciones directas para gobernadores regionales en toda Rusia, argumentando razones de seguridad. Políticos opositores hicieron piquetes frente al parlamento advirtiendo que una dictadura se avecinaba. La comisión parlamentaria que investigó Beslán nunca publicó sus conclusiones completas. Ningún alto funcionario rindió cuentas.
En Beslán, el gimnasio destruido funciona hoy como centro de memoria. Las paredes siguen en pie, cubiertas con fotografías de los muertos.