
Juan Carlos Distéfano murió de noche, mientras dormía —fue hace menos de dos meses, tenía 92 años— acompañado por Griselda Gambaro, su esposa y compañera desde que se casaron hace mucho, mucho tiempo: 1955. Ella falleció ayer. Las muertes de los dos artistas —él escultor, ella escritora y dramaturga—, separadas por menos de dos meses, cerraron una vida compartida entre la creación, el exilio, la familia y una misma forma de mirar el mundo. Una verdadera historia de amor.
Se conocieron en la década del cincuenta. Ella había empezado a escribir relatos; él se abría paso en las artes visuales. Se casaron en 1955 y, años después, construyeron una casa modesta en Don Bosco, en el sur del conurbano bonaerense. La indemnización que Gambaro recibió tras dejar su empleo en el Club Independiente y el dinero de sus primeros premios literarios ayudaron a acelerar esa obra. Ahí criaron a sus hijos, Andrea y Lucas, mientras cada uno encontraba su propio lenguaje artístico.
En aquellos años reunieron ahorros para viajar a Italia, un destino que Distéfano quería conocer por sus museos. Partieron con la intención de instalarse allí, pero regresaron a los cinco meses. La nostalgia por la Argentina modificó el plan.

La relación incluyó una conversación artística constante, aunque no siempre explícita. Distéfano leía los textos de Gambaro antes de que circularan. En una entrevista de 2015 con La Nación, la dramaturga lo incluyó entre sus primeros lectores, junto con una amiga y uno de sus hijos. También evocó con humor una pieza temprana sobre Vincent van Gogh que les había leído a amigos y que su marido todavía recordaba para burlarse de algunas escenas. Después de esa experiencia, Gambaro dejó de intentar escribir teatro durante un tiempo. Su regreso llegó con Las paredes, en 1963, una obra que todavía se representa.
La intervención de Distéfano fue más allá de la intimidad de la lectura. El escultor hizo llegar a Roberto Villanueva el libreto y la versión teatral de El desatino. Ese gesto ayudó a que el texto se encaminara hacia una puesta en el Instituto Di Tella.
Cuando le preguntaron qué los unía después de casi seis décadas de matrimonio, Gambaro respondió: “No es que hablemos mucho de arte, es la manera de ver las cosas lo que importa”. También recordó la disciplina de la juventud: ambos tenían trabajos para sostenerse y dedicaban el tiempo libre a sus obras.

Volvamos atrás. En abril de 1977, la dictadura prohibió Ganarse la muerte, la novela que Gambaro había publicado el año anterior. El decreto presidencial calificó el libro como contrario a la familia, la moral, el ser humano y la sociedad. La medida incluyó la clausura por 30 días del sello que la publicó: Ediciones de la Flor. Ese mismo año, la familia se exilió en Barcelona.
Distéfano recordó después que la acusación de atacar a la familia les resultaba irónica, porque la suya era “absolutamente tradicional”. Pero el contexto que rodeó la partida estaba marcado por el temor: amigos secuestrados, cuerpos hallados en la zona donde vivían y tiroteos nocturnos en Don Bosco. Volvieron a la Argentina en 1980.
“Desenterramos los libros que habíamos escondido y tratamos de comenzar de nuevo”, contó ella. El regreso ocurrió todavía bajo la dictadura, en una vida cotidiana que el escultor describió como una normalidad atravesada por el autoritarismo.

En los recuerdos de Mercedes Pérez Bergliaffa, publicados tras la muerte de Distéfano, la pareja aparece lejos de las ceremonias institucionales. Llegaban a la casa de Lucas, su hijo, con fuentes de comida, panes y libros. Gambaro reía y, según la autora, los ojos de Distéfano se iluminaban.
La misma crónica registra a Gambaro haciendo bromas en una cocina sin muebles y a Distéfano atento a la ubicación de un reloj para que pudiera verse desde todos los ambientes. Son escenas domésticas de una pareja que compartió la crianza, amistades, casas en construcción y el trabajo de cada día.
El 24 de julio de este año, Gambaro cumplió 98 años. Al día siguiente, Distéfano murió mientras dormía, con ella a su lado y con sus hijos cerca. Como si hubiera estado esperando aquel festejo, para no arruinarlo con una tristeza. Ella falleció 52 días después. Ambas vitalidades estaban encadenadas. Juntos construyeron una obra decisiva para la cultura argentina, pero sobre todo protagonizaron una historia de amor que atravesó más de 70 años.



