...Creo que más me costó asumir el cambio del lenguaje. Eso que era una tragedia que habíamos vivido colectiva y personalmente, cambiarla de lenguaje y colocarla a nivel estético. O sea, pensar en eso como obras de arte, pero no podés dejar de pensarlo... si vos al ver los dibujos pudieras hacer una abstracción... siempre está encima del dibujo, del color y la pintura. Porque si no, es imposible, no tendría ningún valor más que de una documentación, un panfleto o de algo que digamos, no aspiraba a ser... Fue tan difícil encontrar un equilibrio entre esa lucha interior de decir: no, esto tiene que quedar no como un hecho de ficción, sino un testimonio de vida, eso era muy difícil...pensé que tenía un lenguaje que tenía que poner en marcha para dar un testimonio... hacer eso que era para lo que había recibido un lenguaje... me salvó finalmente mi hija también, porque me dejó la capacidad para poder tocar ese tema sin destruirme... me fui curando con eso... Carlos Alonso. Conversaciones acerca de Manos Anónimas. Seguramente, muy pronto no quedarán noticias por revisar y parloteos para escuchar, antes de ponernos a pensar en la importancia de ya no contar con un artista como Carlos Alonso vivo. Yo, por mi parte, no puedo olvidar esa serie de dibujos que vi en la boardilla del Museo Superior de Bellas Artes Evita/Palacio Ferreyra, representando con total crudeza escenas de tortura incluyendo una chica joven, que no costaba demasiado suponer, fueron inspiradas por truculentos retazos finales de la vida de Paloma Alonso, hija del autor, desplegadas en el marco del pozo insondable del terror aberrante que impuso la última dictadura militar argentina. Para esos momentos, el segundo ya era un artista e ilustrador reconocido, con formación y solvencia teóricas soberbias, que ejercía casi todas las técnicas, pero se expresaba con mayor contundencia a través del dibujo, dominándolo hasta el punto de transformarse en uno de los mejores de la historia del género en nuestro país; desde allí y vuelto del exilio, encarará, promediando la década de 1980, la tarea, al límite de lo comprensible para nosotros, de exponer magistralmente la lenta agonía de su hija desaparecida, en el escenario sombríamente despojado de sesiones de tortura casi inimaginables, con consecuencias pedagógicamente significativas para todos. Avanzando por un pasillo estrecho de metal y después de revisar por horas la colección enorme del nuevo museo provincial, descubro y veo la sucesión de dibujos para empezar casi instantáneamente a dudar si continuar caminando; la pericia del artista me sumerge violentamente en la situación que alumbra con habilidad absolutamente inquietante, pero la certeza de que aquella experiencia nace de retorcimientos del dolor agudo por la suposición estudiada de últimas y brutales sensaciones de nada menos que su hija indefensa frente a personajes oscuramente inefables, termina por hacérseme casi intolerable: me muevo entonces en lo que ya percibo como extremos de una comunicación guiada por trabajos sublimes, quizás desnudándonos como nunca. La potencia de representar plásticamente el horror definitivo, es algo que el arte occidental del siglo XX cuenta como capital y consiguiente catálogo de imágenes; exponentes como Francis Bacon (apuntalamiento evidente para la referida etapa de la propuesta de Alonso), pero también dibujantes expresionistas, al modo de Otto Dix y George Grosz, la desarrollaron con maestría e impacto notables en su momento; naciendo ellos precisamente de cercanías ineludibles, entre vitales acontecimientos, con performances improvisadas sin esconder o maquillar en lo más mínimo la naturaleza interior de la agonía que muestran: en el caso de los segundos, cuerpos desmembrados de compañeros en sórdidos alambres de trincheras y cráteres llenos de barro y vísceras de la primera guerra mundial, más las humillaciones infinitas que esa misma posguerra trajo aparejada para quienes la vivieron, acompañada de la revulsiva decadencia moral y económica que desató, por su parte, para el primero, esta pericia se reconcentra esencialmente en proyecciones seriadas de alienaciones desfigurantes, pero eventualmente, traduciendo a un código estético con maestría suprema, identidades y emociones irrefrenables, situadas inicialmente en turbulentos cursos de vidas de amigos cercanos y amantes inclusive, arribando sin escalas a él mismo y con curso de colisión transformadora. Como cualquier artista genuinamente destacado, Alonso nunca dejó de aprender, incorporando con pasión temas, recursos, técnicas o postulados teóricos, pero, sobre todo, arriesgándose infinitamente a exponer su historia sin miramientos, en lo más íntimo de sus padecimientos, siendo este un camino que lleva irremisiblemente, a modo de condición, a extremos de intensidad comunicativa como la descrita arriba. Como todas, la significatividad de este territorio de circulación extrañamente necesario, se encuentra señalada en entendimientos que habilita sobre aquello que por principio parece más difícil de comprender: el sadismo absoluto de la satisfacción con el dolor ajeno del torturador mancillando el cuerpo más querido, infinito salvajismo de intereses nefandos, detrás de un estado capaz de abrirle la tranquera a estos monstruos, y finalmente, la injustificable imposición de la realidad como fenómeno de construcción colectiva pero padecimiento individual, a un artista, que perdiéndolo todo en estas circunstancias, decide llevar adelante además una obra tentativamente redentora en lo personal, representando todo este complejísimo estado de cosas con determinación tan implacable como lacerante. Si la humanista noción de que llegando al final de cualquier camino solamente contaremos con aquello que hayamos aprendido tiene algún viso de verdad, es probable que los grandes maestros mueran con más certeza sobre la utilidad de su periplo en esta tierra sucia; y aquello no será poco, en todo caso, ya podemos descontar que el Maestro Alonso no sufre por los padecimientos de su hija y salvadora Paloma. Que por su parte, seguimos mirando una y otra vez, sufriendo intensamente en sus dibujos que curan, precisamente consignados a sacudirnos para tratar de seguir plantando cara a algo muy difícil de enfrentar, pero el hecho de que su padre nos los haya dejado en herencia invaluable para seguir reconociéndonos en trazos que menos gusta seguir, esos, inscribiéndose en la piel hasta abrir la carne y finalmente permitirnos observar lo que hay muy adentro, es una posibilidad trascendental que nunca podremos agradecerle suficientemente como nación y tradición cultural.