
El 15 de septiembre de 1911, en Le Mans, una ciudad del oeste de Francia, nació una niña que, dos décadas después ocuparía las primeras páginas de los diarios como protagonista de uno de los crímenes más perturbadores de la historia criminal francesa. Se llamaba Léa Papin. Creció en una familia atravesada por conflictos, separaciones y dificultades económicas. Con el tiempo, ella y Christine -una de sus hermanas-, terminarían trabajando juntas en casas de familias burguesas. Eran reservadas, prolijas y poco sociables. Su mundo parecía reducido al lugar donde se dessempeñaban, la iglesia y, sobre todo, a la relación entre ellas.
En 1926 o 1927 llegaron al hogar de los Lancelin. René, era un antiguo abogado y funcionario, integrante de una familia acomodada. Allí vivían su esposa, Léonie, y una de sus hijas, Geneviève. Christine era la cocinera y Léa cumplía con el resto de las tareas. Durante años, las dos fueron consideradas como muy confiables. No había, al menos en apariencia, señales de que aquella vivienda terminaría convertida en el escenario de un doble asesinato. Pero el 2 de febrero de 1933 todo cambió. Y lo que ocurrió después sería tan brutal que durante décadas todo Francia intentaría encontrar una explicación.
La casa, dos empleadas y una tarde de sangre
Aquella tarde, Léonie y Geneviève habían salido. En el hogar quedaron las dos hermanas. Christine estaba planchando, y Léa, limpiando. En algún momento se produjo una falla eléctrica en la plancha. Los fusibles saltaron y una parte quedó a oscuras. El episodio, que en cualquier otra circunstancia podría haber sido una molestia doméstica más, adquirió otra dimensión cuando regresaron las Lancelin.
Según la versión que las propias hermanas dieron inicialmente, Léonie se irritó por lo ocurrido y comenzó una discusión con Christine. En el relato de ésta, “la patrona” llegó a golpearla. La respuesta fue inmediata y desproporcionada. Entonces, la pelea pasó de los insultos a los golpes. Geneviève intervino para defender a su madre. Y ocurrió algo que todavía hoy resulta difícil de reconstruir con absoluta precisión. Christine la atacó y Léa se sumó a la agresión. Las dos empleadas les terminaron pegando con una violencia creciente. Aparecieron en escena un martillo, cuchillos y otros objetos que estaban a mano. Así, los cuerpos de Léonie y Geneviève terminaron destrozados. Los ojos de las víctimas fueron arrancados y los cadáveres sufrieron mutilaciones. La brutalidad fue tal que el caso rápidamente adquirió una dimensión que excedía el simple doble homicidio.
Luego, las hermanas limpiaron algunos de los elementos utilizados, subieron a su habitación y se encerraron. Allí permanecieron juntas. Cuando llegó la policía, no intentaron escapar. Tampoco negaron lo sucedido. Incluso antes de ser interrogadas formalmente, confesaron. Su explicación inicial fue sencilla: habían reaccionado frente a una agresión y actuaron en defensa propia. La justicia tendría que decidir si aquella versión podía sostenerse frente a la magnitud de la violencia ejercida.

El descubrimiento del crimen fue casi tan perturbador como el propio asesinato. René Lancelin debía encontrarse con su esposa y su hija para cenar en la casa de un familiar. Pero ellas no aparecieron. Cuando regresó a su domicilio para buscarlas, encontró la puerta cerrada. No había luces encendidas y percibió que algo no estaba bien. Pidió ayuda y la policía ingresó finalmente en la vivienda. En el interior encontraron a Léonie y Geneviève muertas, las lesiones eran espantosas. Las hermanas, mientras tanto, permanecían en la habitación de las empleadas. El contraste era brutal: abajo, dos mujeres asesinadas; arriba, las otras dos, acostadas juntas, esperando.
El caso explotó inmediatamente en los diarios. Francia estaba acostumbrada a los grandes hechos policiales, pero aquel crimen reunía todos los ingredientes capaces de alimentar una conmoción nacional: la violencia era extraordinaria; y la explicación de por qué se produjo el hecho era demasiado pequeña para semejante desenlace. El interrogante se instaló enseguida: ¿Qué había pasado realmente entre las Papin y las Lancelin?
El crimen que dividió a Francia
La discusión dejó muy pronto de ser exclusivamente judicial y empezó a ser interpretado como un conflicto entre clases sociales. Para una parte de la opinión pública, las Papin eran dos trabajadoras sometidas durante años a la autoridad de una familia burguesa. La violencia era presentada como una explosión contra un sistema social que las colocaba en una posición de subordinación permanente.
Para otros, en cambio, aquella interpretación era una forma de justificar un doble asesinato. Y existía un tercer grupo que intentaba encontrar la respuesta en la psiquiatría. Así, el caso se transformó en una batalla de explicaciones: ¿había sido un crimen de clase, un estallido de locura o una combinación de circunstancias personales y sociales? Lo llamativo era que las propias pruebas tampoco presentaban una respuesta sencilla. Las hermanas habían trabajado durante años para los Lancelin. Y aunque posteriormente se habló de malos tratos y humillaciones, también existían testimonios según los cuales las dos eran consideradas buenas empleadas y recibieron un trato correcto.
La propia complejidad de la relación entre patronas y empleadas alimentó las interpretaciones posteriores. El caso ya no pertenecía únicamente a los tribunales, se discutía en todo Francia. Durante la investigación, las hermanas permanecieron estrechamente vinculadas. Pero la situación comenzó a cambiar. Christine, la mayor, tenía una personalidad mucho más fuerte. Léa era considerada tímida y retraída. Esa diferencia tendría enorme importancia durante el proceso.

Así las cosas, los médicos comenzaron a estudiar a las dos mujeres. Y la posibilidad de una enfermedad mental se convirtió en uno de los grandes ejes del expediente. El juez de instrucción ordenó peritajes psiquiátricos. Los expertos Pierre Schützenberger, Victor Truelle y Jacques Baruk llegaron a una conclusión que tendría consecuencias decisivas: consideraron que las hermanas eran responsables de sus actos y estaban en condiciones de ser juzgadas. Pero no todos estaban de acuerdo. Hubo especialistas que cuestionaron aquella conclusión y sostuvieron que esa conducta debía analizarse desde una perspectiva psiquiátrica más profunda. El aislamiento de ambas, su relación extremadamente estrecha y determinados antecedentes familiares alimentaron las hipótesis sobre trastornos mentales.
Con el tiempo, algunos expertos hablarían incluso de fenómenos de paranoia compartida o de una dinámica psicológica en la que una de las hermanas podía ejercer una influencia dominante sobre la otra. Pero en 1933 esas discusiones estaban lejos de encontrar consenso. Y la justicia avanzaba.
El juicio que duró apenas un día
La instrucción de la causa se prolongó durante 25 semanas. La expectativa alrededor del proceso creció hasta niveles extraordinarios. El debate comenzó en septiembre de 1933 ante la Cour d’assises de la Sarthe –tribunal departamental con sede en Le Mans-. La ciudad estaba pendiente de lo que ocurría ahí dentro. Pero el proceso fue sorprendentemente breve. La audiencia se desarrolló prácticamente en una sola jornada. Las dos hermanas aparecieron juntas ante los jueces y los jurados. Hablaron poco. Según las crónicas, permanecían con la mirada en el piso y respondían en voz baja a las preguntas.
La defensa intentó poner en discusión su estado mental y pidió una nueva evaluación psiquiátrica, pero no consiguió modificar el rumbo del proceso. Los peritos que declararon que las hermanas eran responsables de sus actos sostuvieron su posición. El tribunal debía determinar entonces el grado de responsabilidad de cada una. Porque aunque participaron juntas del crimen, la justicia no consideró idénticas sus actuaciones. Allí apareció la diferencia que terminaría salvando a Léa de la pena máxima.
El 29 de septiembre de 1933 llegó la sentencia. Christine Papin fue condenada a muerte. Léa recibió una pena de diez años de trabajos forzados y veinte de prohibición de residencia por su participación en el asesinato. Los jueces entendieron que su responsabilidad era menor y que actuó bajo la influencia de su hermana mayor. La diferencia entre las sentencias reflejaba, en cierta medida, la imagen que quedó instalada durante el proceso: Christine aparecía como la personalidad dominante; Léa, como la que siguió el impulso de aquella.

Pero para Christine todavía quedaba una posibilidad. La condena a muerte no llegó a ejecutarse. El 22 de enero de 1934, el presidente francés Albert Lebrun conmutó la pena por trabajos forzados a perpetuidad. Y fue trasladada a la prisión central de Rennes. Allí empezó la segunda tragedia de la historia de las hermanas Papin. La separación fue devastadora para Christine. Durante años, ella y Léa habían construido una relación prácticamente cerrada al resto del mundo. Trabajaron y vivieron juntas. Ahora estaban separadas.
De vida o muerte
Christine comenzó a deteriorarse psicológicamente. Ya había protagonizado un episodio particularmente perturbador en prisión: intentó arrancarse los ojos. Más tarde describió aquel estado como una especie de crisis que, según ella, se parecía a lo ocurrido el día de los asesinatos. Después de la condena, su situación empeoró. En Rennes atravesó episodios de profunda alteración mental y dejó de alimentarse. Finalmente, el 25 de mayo de 1934 fue trasladada al asilo público de alienados de Saint-Méen. Allí su estado empeoró. Y murió el 18 de mayo de 1937, con apenas 32 años.
¿Qué sucedió con Léa? Su historia fue muy diferente. Cumplió parte de la condena y finalmente recuperó la libertad antes de completar los diez años. Las fuentes históricas más recientes sitúan su liberación en la primera mitad de la década de 1940; algunas otras referencias señalan 1941 y 1943 como fecha. Después desapareció de la vida pública. Y allí comenzó otro de los misterios que acompañaron durante décadas a las hermanas Papin.
Léa habría regresado a Nantes y adoptado una identidad diferente. Trabajó como empleada de hotel y llevó una existencia extremadamente discreta. Durante años circularon versiones que aseguraban que había muerto en 1982. Pero la historia dio un giro a fines del siglo XX. El documentalista francés Claude Ventura, mientras investigaba el caso para una película, siguió el rastro de la hermana menor y encontró indicios de que todavía estaba viva. La mujer descubierta era anciana, había sufrido un accidente cerebrovascular y tenía graves dificultades para comunicarse. Era, según la investigación, aquella muchacha que había entrado a la historia criminal francesa en 1933, nada menos que la mujer que compartió aquel crimen con Christine. Léa Papin murió finalmente en Nantes el 24 de julio de 2001, a los 89 años. Habían pasado 68 años desde el juicio.

Lo extraordinario de la historia de las Papin es que el expediente judicial terminó en 1933, pero el caso, jamás. Mucho después de la muerte de Christine y de la desaparición pública de Léa, escritores, psiquiatras, filósofos y cineastas continuaron intentando explicar qué había sucedido aquella tarde. Jacques Lacan estudió el caso desde el psicoanálisis y publicó en 1933 su trabajo sobre el llamado crimen paranoico de las hermanas. Jean Genet convirtió la historia en materia teatral con Las criadas (Les Bonnes), estrenada en 1947. Más tarde, el caso inspiró otras obras y películas, entre ellas Les Abysses, de Nico Papatakis; Sister My Sister, de Nancy Meckler; y La ceremonia, de Claude Chabrol. La investigación académica posterior también lo convirtió en un prisma para estudiar la sociedad francesa de entreguerras, la situación de las mujeres, el trabajo doméstico y la mirada sobre quienes quedaban en los márgenes sociales.
El crimen fue utilizado para defender posiciones completamente opuestas. Para algunos, fue una explosión de violencia nacida de la opresión social. Para otros, simplemente un doble asesinato cometido por dos mujeres que debían responder por sus actos. Para los psiquiatras, abrió un debate sobre la responsabilidad y la enfermedad mental. Para los escritores, generó una historia sobre identidad, sometimiento, violencia y vínculos extremos. Y para los historiadores, funcionó como una ventana hacia una Francia en la que la distancia entre una familia burguesa y sus empleadas podía atravesar cada aspecto de la vida cotidiana.




